El secreto del Hotel Miramar Capítulo 15 — La otra testigo #2
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Capítulo 15 — La otra testigo #2

—Una discusión. Eso fue lo que me dijeron.

No la presencié personalmente, pero al llegar al puesto encontré algunos papeles fuera de lugar y una silla caída.

Isabel apareció poco después. Tenía la ropa mojada y parecía haber pasado una noche terrible.

Me pidió que la ayudara porque no confiaba en nadie más.

Lucía sintió una mezcla de dolor y esperanza. La descripción no confirmaba todo lo que había imaginado, pero sí sugería que su madre había sobrevivido a la noche del 20 de octubre y había intentado continuar con la investigación durante la mañana siguiente.

—¿Qué documentos le entregó a usted? —preguntó Rivas.

—Una carpeta con copias de registros de transporte, facturas y una lista de pagos. También me pidió que conservara una hoja separada, porque contenía un nombre que no debía aparecer en los documentos oficiales.

—¿Qué nombre?

Federico negó lentamente con la cabeza.

—No lo leí. Isabel dobló la hoja y la guardó dentro de un sobre sellado. Me pidió que no lo abriera y que se lo entregara a la mujer cuando llegara.

—¿Y llegó? —preguntó Lucía.

Federico tardó en responder.

—Sí. Llegó poco antes de las siete. Se quedó con Isabel unos minutos y después se marcharon juntas.

Lucía sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Hacia dónde fueron?

—Salieron por la puerta trasera del puesto y tomaron el sendero que conduce al camino costero. No volví a verlas.

—¿Está seguro de que mi madre se marchó por voluntad propia?

Federico la miró con gravedad.

—En ese momento, sí. No parecía que la estuvieran obligando. Pero estaba asustada y me dijo que tenía que terminar algo antes de poder regresar a casa.

La frase dejó a Lucía sin palabras. Durante años había imaginado a su madre atrapada, herida o huyendo de alguien que quería hacerle daño.

Ahora aparecía otra posibilidad: Isabel podía haber seguido con vida después de la noche de su desaparición y haber estado intentando resolver el problema que la había llevado a ocultar los documentos.

—¿Por qué nunca se lo contó a la policía? —preguntó Rivas.

Federico bajó la mirada.

—Porque recibí una amenaza. Me dijeron que, si hablaba del encuentro, pondría en peligro a la mujer que había ayudado a Isabel. No sabía quién había dejado la nota, pero conocían mi dirección y sabían que vivía con mi esposa. En aquel momento decidí callar.

—¿Conserva la amenaza?

—No. La quemé al día siguiente. Pero recuerdo las palabras.

Rivas anotó la respuesta.

—¿Y qué pasó con los documentos?

Federico se quedó pensativo durante varios segundos. Después se levantó, fue hasta la biblioteca y tomó un libro grueso de tapas oscuras. Lo abrió por la mitad y sacó una fotografía que parecía haber permanecido allí durante años.

La dejó sobre la mesa.

Lucía reconoció a su madre de inmediato.

Isabel aparecía junto a la puerta del puesto de enlace, con la carpeta apretada contra el pecho.

A su lado había otra mujer, de cabello castaño y rostro parcialmente oculto por el ángulo de la cámara.

Ambas parecían estar mirando hacia el camino que conducía al puerto.

En el reverso, escrito con tinta azul, había una fecha: 21 de octubre de 1986.

Y debajo, un nombre.

Clara Benítez.

Lucía levantó la mirada.

—¿Quién era?

Federico guardó silencio durante unos segundos antes de responder.

—Trabajaba como telefonista en la central del pueblo.

Conocía a casi todos los habitantes y tenía acceso a llamadas que se realizaban desde las oficinas del puerto.

Isabel confiaba en ella porque había descubierto que alguien utilizaba la central para avisar cuándo llegaban determinados cargamentos.

Rivas tomó la fotografía para examinarla con detenimiento.

—¿Clara sigue viviendo en la zona?

Federico negó con la cabeza.

—Se marchó poco después de la desaparición de Isabel. Creo que se fue a Buenos Aires, aunque no podría asegurarlo. Nunca volví a verla.

Lucía sintió que una nueva dirección se abría ante ella.

Clara podía ser la mujer que había ayudado a Isabel, la persona que se había llevado el sobre sellado y que conocía los movimientos del puerto.

También podía ser alguien que hubiera decidido desaparecer para protegerse de quienes estaban implicados.

—¿Por qué no nos dijo su nombre antes? —preguntó Mateo.

Federico lo miró con una expresión cansada.

—Porque no quería volver a ponerla en peligro. Pero si Isabel dejó tantos documentos escondidos, si alguien sigue amenazando a su hija después de doce años, entonces quizá mi silencio ya no sirva para proteger a nadie.

Rivas cerró su libreta y guardó la fotografía en una funda.

—Vamos a verificar la identidad de Clara Benítez y a buscar su domicilio actual. Si podemos localizarla, será importante escuchar su versión antes de tomar cualquier decisión.

Lucía se levantó lentamente. Había llegado a Santa Marina buscando confirmar si su madre había estado en el puesto de enlace. Se marchaba con una prueba de que Isabel había seguido con vida la mañana del 21 de octubre y había abandonado el lugar acompañada por otra mujer.

Todavía no sabía adónde habían ido, qué contenía el sobre sellado ni por qué Clara había desaparecido del pueblo poco después. Pero, por primera vez, una de las pistas conducía a una persona que podía conocer los pasos de su madre después de la última noche en que había sido vista.

Antes de despedirse, Federico la acompañó hasta la puerta.

—Hay algo que necesito decirte —murmuró.

Lucía se volvió.

—¿Qué cosa?

El hombre miró hacia la calle antes de hablar.

—La mañana en que Isabel se marchó, me pidió que, si alguna vez alguien venía a buscarla, le dijera que no intentara encontrarla siguiendo el camino del tren. Dijo que la verdadera salida estaba en otra parte.

Lucía sintió que la frase le atravesaba la memoria.

Durante días había seguido las pistas de la estación, los registros de equipajes y las anotaciones del puerto, convencida de que el tren era el centro de la desaparición.

Ahora parecía que su madre había querido advertirles que estaban buscando en la dirección equivocada.

—¿Le explicó qué significaba?

Federico negó con la cabeza.

—No. Solo me pidió que lo recordara.

Lucía agradeció su ayuda y salió de la casa junto a Mateo y Rivas.

Mientras caminaban hacia el automóvil, volvió a mirar la fotografía que el subcomisario llevaba guardada en la carpeta.

Isabel aparecía de pie junto a Clara, con una expresión seria y decidida.

No parecía una mujer que hubiera abandonado a su hija.

Parecía alguien que había tomado una decisión difícil y que esperaba encontrar una manera de regresar.

Cuando el automóvil comenzó a recorrer la carretera hacia Puerto de la Niebla, Lucía apoyó la cabeza contra el asiento y cerró los ojos unos segundos.

Habían encontrado el nombre de la mujer que pudo haber ayudado a su madre a salir del pueblo, pero todavía faltaba conocer la parte más importante de la historia.

Clara Benítez podía saber dónde estaba la copia original, quién había amenazado a Isabel y por qué todos aquellos documentos habían desaparecido de los archivos.

Y si seguía viva, Lucía estaba decidida a encontrarla.