Capítulo 15 — La otra testigo
La otra testigo
La mañana siguiente encontró a Lucía en la oficina del Hotel Miramar, revisando una vez más la tarjeta con la dirección de Federico Méndez.
La lluvia había cesado y una claridad pálida entraba por las ventanas, iluminando los archivadores y las pilas de documentos que se habían acumulado sobre el escritorio durante los últimos días.
Desde la cocina llegaba el aroma del café, pero Lucía apenas había probado el suyo.
La frase escrita en el reverso de la tarjeta no dejaba de inquietarla: No fue el único que la vio aquella mañana.
Lucía examinó la tarjeta con una lupa que había encontrado entre los útiles de oficina de Adela.
La dirección estaba escrita con tinta azul, mientras que la frase del reverso parecía haberse añadido con una tinta más oscura.
No podía asegurar que ambas anotaciones fueran de la misma persona, pero la segunda parecía más reciente.
Las letras estaban trazadas con mayor presión y algunas habían dejado una marca visible en el cartón.
Guardó la tarjeta en un sobre y llamó a la comisaría. El subcomisario Rivas respondió después de unos minutos.
—Estaba por llamarte —dijo—. Ya pude verificar la dirección de Federico Méndez. Vive en Santa Marina, a unos cuarenta kilómetros del pueblo. Trabajó en el puesto de enlace hasta su cierre, aunque en el expediente original apenas aparece mencionado.
—¿Por qué apenas aparece?
—Según los registros que encontramos, fue trasladado a una oficina administrativa antes de que terminara 1986.
No figura ninguna declaración suya relacionada con la desaparición de tu madre.
Quiero hablar con él para saber si tuvo conocimiento de las entregas de documentos y por qué su nombre aparece en el registro del puesto.
Lucía miró la tarjeta que acababa de guardar.
—Hay una anotación en el reverso. Dice que no fue el único que vio a mi madre aquella mañana.
Rivas permaneció en silencio unos segundos.
—¿La frase estaba en la tarjeta cuando la encontraste?
—No la vi al principio. La descubrí ayer, después de revisar los documentos de Adela.
—Traela cuando vengas. No escribas nada más sobre ella ni intentes identificar al autor por tu cuenta. Si Federico conoce a otra persona que haya visto a Isabel, necesitamos obtener ese nombre sin sugerirle ninguna posibilidad.
Lucía aceptó la recomendación. Quería salir hacia Santa Marina cuanto antes, pero no estaba dispuesta a poner en riesgo una pista tan importante por actuar con precipitación.
—¿Cuándo podemos ir?
—Voy a pasar por el Miramar dentro de una hora. Si Federico está dispuesto a recibirnos, iremos juntos. Prefiero que la conversación quede registrada desde el principio.
Después de colgar, Lucía se quedó mirando el escritorio.
Había pensado que el faro sería el último lugar que necesitarían revisar, pero cada documento parecía conducirla hacia otra persona y otra historia.
Adela había conservado la dirección de Federico durante años, como si hubiera previsto que su nieta terminaría buscando respuestas.
Ahora solo quedaba averiguar qué sabía aquel hombre y por qué nunca había hablado con la policía.
Mateo apareció en la puerta con una taza de café y una carpeta bajo el brazo. Había pasado parte de la mañana reparando el pestillo de la puerta trasera y revisando las cerraduras del hotel. Cuando Lucía le contó que Rivas había localizado a Federico, dejó la carpeta sobre la mesa.
—¿Vamos a Santa Marina? —preguntó.
—Sí. Rivas nos acompañará.
Mateo asintió. No parecía sorprendido, aunque la posibilidad de encontrar otra persona que hubiera visto a Isabel lo había dejado pensativo.
—Si Federico trabajaba en el puesto de enlace, debe de haber conocido a quienes utilizaban el lugar para las comunicaciones del puerto. Tal vez recuerde quién entró allí el día de la fotografía.
—O quizá sepa por qué la fecha aparece en el reverso y quién la escribió.
Mateo se sentó frente a ella.
—Hay algo que no entiendo. Si Adela tenía su dirección, ¿por qué no lo buscó cuando desapareció tu madre?
Lucía guardó silencio. Se había hecho la misma pregunta durante toda la noche.
Su abuela había conservado la tarjeta, la había ocultado entre los papeles del hotel y había dejado instrucciones para que Lucía la encontrara.
Eso significaba que Federico no era un contacto olvidado al azar.
Adela había querido que su nieta supiera de su existencia, pero también había esperado hasta que ella estuviera preparada para buscarlo.
—Tal vez lo buscó y no quiso dejar constancia —respondió finalmente—. O tal vez él le pidió que no volviera a ponerse en contacto con él.
Mateo observó la tarjeta dentro del sobre.
—Sea cual sea la respuesta, necesitamos escucharla de él.
Rivas llegó poco después de las diez. Venía acompañado por el agente que había inspeccionado el puesto de enlace.
Le pidió a Lucía que llevara la tarjeta original y una copia del registro encontrado en el depósito número 17.
Mateo insistió en acompañarlos, y el subcomisario aceptó después de advertirles que la conversación no debía convertirse en un interrogatorio por parte de los familiares.
El viaje hasta Santa Marina transcurrió por una carretera estrecha que bordeaba campos, pequeñas viviendas rurales y terrenos cubiertos de pasto.
A medida que se alejaban de Puerto de la Niebla, el aire adquiría un olor más seco, y la brisa del mar dejaba paso al de la tierra húmeda.
Lucía viajaba en el asiento trasero, junto a Mateo, con la carpeta apoyada sobre las rodillas.
De vez en cuando volvía a abrirla para comprobar que la tarjeta y las copias seguían allí.
—¿Qué piensas preguntarle primero? —dijo Mateo.
—Si vio a mi madre el 21 de octubre y si sabe quién tomó la fotografía.
—Yo le preguntaría por la entrega de documentos. Si aparece en el registro junto a Ledesma, tuvo que conocer al menos una parte de lo que ocurrió.
Lucía asintió. No quería llegar con una teoría preparada y obligar a Federico a responder dentro de los límites de sus sospechas. Necesitaba que hablara por sí mismo, que explicara lo que recordaba y que distinguiera entre lo que había visto y lo que había supuesto durante todos esos años.
Santa Marina era una localidad pequeña, con una plaza central, una iglesia de fachada blanca y varias calles de casas bajas.
La dirección los condujo hasta una vivienda situada a pocas cuadras de la estación.
Tenía un jardín delantero, una galería de madera y una puerta verde que necesitaba una mano de pintura.
Junto al porche había una bicicleta antigua apoyada contra la pared y una mesa donde descansaban varias macetas de barro.
Rivas golpeó la puerta. Nadie respondió al principio. Volvió a llamar y, después de unos segundos, escucharon pasos lentos en el interior.
La puerta se abrió y apareció un hombre delgado, de cabello completamente blanco y ojos claros. Llevaba un chaleco de lana sobre una camisa a cuadros. Observó a Rivas, después a Mateo y finalmente a Lucía. Su expresión cambió al reconocer el apellido que el subcomisario pronunció para presentarla.
—Soy la nieta de Adela —dijo Lucía—. Mi madre era Isabel Valdés.
Federico permaneció inmóvil durante unos segundos. Luego miró hacia la calle, como si quisiera comprobar que nadie más los había seguido.
—Pasen —respondió.
La casa estaba ordenada y olía a madera encerada y café recién hecho.
En la sala había una biblioteca pequeña, un reloj de péndulo y varias fotografías de barcos antiguos.
Federico les indicó que se sentaran alrededor de una mesa junto a la ventana.
Después se acomodó frente a ellos, con las manos apoyadas sobre las rodillas.
Rivas fue directo al asunto.
—Estamos revisando la desaparición de Isabel Valdés. Encontramos documentos relacionados con el antiguo puesto de enlace del faro, y su nombre aparece en un registro del 21 de octubre de 1986. Necesitamos saber qué recuerda de aquella época.
Federico miró a Lucía antes de responder.
—Recuerdo a Isabel. Era una mujer inteligente y muy observadora. Hacía preguntas que otros preferían no escuchar.
Lucía sintió que la descripción coincidía con la imagen de su madre que había conservado durante toda su vida.
—¿La vio el 21 de octubre? —preguntó.
Federico bajó la mirada hacia sus manos.
—Sí.
La respuesta llegó sin rodeos, pero el silencio que siguió pareció contener doce años de miedo.
—¿Dónde? —preguntó Rivas.
—En el puesto de enlace. Llegó temprano, antes de que comenzaran los movimientos habituales del puerto. Llevaba una carpeta y parecía cansada. Me pidió que guardara unos documentos hasta que pudiera retirarlos sin que nadie lo supiera.
Lucía se inclinó hacia delante.
—¿Estaba sola?
Federico dudó.
—Cuando llegó, sí. Pero no permaneció sola durante mucho tiempo.
Mateo miró a Lucía. La frase de la tarjeta parecía adquirir un significado concreto.
—¿Quién llegó después? —preguntó el subcomisario.
Federico se levantó y caminó hasta la ventana. Apartó ligeramente la cortina antes de volver a sentarse.
—No quiero dar nombres sin estar seguro de que puedo hacerlo. Han pasado muchos años, y algunas cosas que recordaba con claridad se han vuelto confusas. Pero hay algo que nunca olvidé: Isabel no estaba intentando escapar del pueblo cuando la vi. Estaba esperando a alguien.
Lucía sintió que la garganta se le cerraba.
—¿A quién esperaba?
Federico la observó con una expresión que parecía mezclar compasión y temor.
—A una mujer. No conozco su nombre. Habían acordado encontrarse para intercambiar documentos. Isabel me dijo que, si alguien preguntaba por ella, debía responder que nunca había estado allí. Después de lo que había ocurrido la noche anterior, no quería que quedara constancia de sus movimientos.
—¿Qué había ocurrido la noche anterior? —preguntó Mateo.
Federico se pasó una mano por la frente.