Capítulo 14 — El nombre borrado
El nombre borrado
El regreso al Hotel Miramar estuvo acompañado por un silencio que ninguno de los dos intentó romper.
Lucía caminaba junto a Mateo, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y la mirada fija en el camino.
La fotografía encontrada en el puesto de enlace seguía ocupando sus pensamientos.
Si la fecha escrita en el reverso era correcta, Isabel había estado allí el día siguiente a su desaparición.
Si, en cambio, alguien había anotado esa fecha tiempo después, todavía podían estar interpretando mal una pista decisiva.
—No podemos dar por hecho que esa fecha corresponde al día en que se tomó la imagen —dijo—. Necesitamos averiguar quién escribió la anotación.
Mateo se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de una silla.
—También necesitamos saber quién podía entrar al puesto de enlace. Si Isabel estuvo allí después de desaparecer, alguien tuvo que verla o ayudarla a llegar.
Lucía observó la fotografía. Su madre estaba sentada frente a una mesa metálica, con una carpeta abierta delante de ella.
Parecía concentrada en algo situado fuera del encuadre.
No mostraba signos evidentes de miedo, pero tampoco tenía la expresión relajada que Lucía recordaba de las fotografías familiares.
Era una imagen tomada en circunstancias que todavía no comprendían.
—¿Sabes quién administraba el puesto en aquella época? —preguntó.
Mateo negó con la cabeza.
—Mi padre trabajaba en el taller y conocía a algunos empleados del puerto. Pero nunca me habló de ese lugar. Tal vez Ernesto recuerde algo más.
Lucía decidió llamar a su padre. El teléfono sonó varias veces antes de que él respondiera.
—Estoy en el hotel —dijo Ernesto—. ¿Ocurrió algo?
—Encontramos una fotografía de mamá en el puesto de enlace del faro. En el reverso figura la fecha del 21 de octubre de 1986.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio.
—¿Estás segura de la fecha?
—Sí. Está escrita en el reverso. También encontramos un registro donde aparecen los nombres de mamá y de Ledesma, junto a una anotación sobre una entrega de documentos.
Ernesto tardó unos segundos en responder.
—No sabía que hubiera estado allí.
—¿Conocías el puesto de enlace?
—Sí. Era una construcción que se utilizaba para transmitir información entre el faro y el puerto. Los empleados registraban algunos movimientos de mercancías y recibían comunicaciones relacionadas con las embarcaciones. No todo pasaba por la oficina principal de la cooperativa.
—¿Y mi madre tenía acceso?
—No lo sé. Pero si estaba investigando los registros de transporte, es posible que hubiera conseguido entrar.
Lucía apretó el auricular.
—Papá, no quiero otra respuesta incompleta. ¿Conocías a alguien que trabajara allí en 1986?
Ernesto respiró hondo.
—Había un encargado que se ocupaba de los registros y de las comunicaciones. Se llamaba Federico Méndez. Trabajaba para la cooperativa, aunque no dependía directamente de mi empresa. Si todavía vive en el pueblo, quizá pueda explicar cómo funcionaba el lugar.
Lucía anotó el nombre en una hoja.
—¿Sabes dónde puedo encontrarlo?
—No estoy seguro. Después de que cerraron el puesto, creo que se mudó a otra localidad. Pero Adela podría haber conservado su dirección entre los documentos del hotel.
La posibilidad hizo que Lucía mirara hacia el archivador de su abuela. Desde su regreso había revisado facturas, cartas y fotografías, pero todavía quedaban varias cajas que no había abierto. Quizá allí encontraría algún registro de los antiguos empleados del puerto.
—Voy a buscar —dijo.
—Lucía, ten cuidado. Si Isabel estuvo allí el día veintiuno, alguien pudo haber intentado localizarla después. No sabemos quién escribió esa fecha ni por qué la fotografía permaneció escondida durante tantos años.
—Lo sé.
—Y hay algo más que necesito decirte. No estoy seguro de habértelo contado todo sobre aquella semana.
Lucía cerró los ojos.
—¿Qué más, papá?
Ernesto no respondió de inmediato.
—Cuando recibí la cartera de Isabel, la policía me preguntó si ella llevaba una libreta pequeña.
No entendí a qué se referían. Después, al llegar al hotel, Adela me preguntó exactamente lo mismo.
Yo le dije que no había visto ninguna libreta entre las pertenencias que me entregaron.
Ella pareció aliviada, aunque nunca me explicó por qué.
Lucía recordó la libreta de tapas negras que habían encontrado junto a los documentos de la estación. Podía tratarse de la misma, aunque no había manera de asegurarlo todavía.
—¿Qué tenía de especial esa libreta?
—No lo sé. Adela me pidió que no siguiera preguntando. Dijo que Isabel había anotado cosas que podían poner en peligro a muchas personas.
Lucía miró a Mateo. Él estaba escuchando en silencio, con el rostro tenso.
—Si recuerdas algo más, necesito que me lo digas —dijo ella.
—Lo haré.
La llamada terminó poco después. Lucía dejó el auricular sobre la base y permaneció unos segundos observando el papel donde había escrito el nombre de Federico Méndez.
Una vez más, la respuesta parecía conducirla hacia una persona que podía haber conocido a Isabel durante sus últimas horas en el pueblo.
—Voy a revisar el archivador de Adela —dijo.
Mateo asintió y la acompañó hasta la oficina.
El archivador ocupaba una esquina junto al escritorio y contenía carpetas ordenadas por años.
Lucía comenzó por las más antiguas, apartando facturas de proveedores, recibos de reparaciones y cartas de huéspedes que habían dejado el hotel mucho tiempo atrás.
En una carpeta de 1986 encontró varias hojas relacionadas con los gastos del edificio y un listado de personas que habían realizado trabajos de mantenimiento.
La tercera página contenía una anotación sobre una reparación eléctrica en el puesto de enlace. Junto al importe aparecían las iniciales F. M. y una firma que Lucía no reconoció.
—Federico Méndez —dijo Mateo, leyendo por encima de su hombro.
Lucía pasó la hoja y encontró otra anotación, fechada el 21 de octubre de 1986. Era una factura por materiales utilizados en una reparación del tejado del hotel. En el margen inferior, escrita con tinta azul, había una frase breve.
Recibido personalmente. No incluir en el libro general.
Debajo figuraban las iniciales de Adela.
Lucía sintió una inquietud creciente. Su abuela había registrado gastos que aparentemente no debían aparecer en las cuentas generales del hotel.
Podía tratarse de una operación administrativa sin importancia, pero la fecha coincidía con la de la fotografía y con la entrega de documentos mencionada en el registro del puesto de enlace.
—¿Por qué tu abuela habría ocultado una factura? —preguntó Mateo.
—No lo sé. Pero empieza a parecer que el hotel estaba mucho más relacionado con todo esto de lo que pensamos.
Lucía siguió revisando el archivador. En una carpeta del año siguiente encontró un sobre con varias fotografías de las habitaciones del Miramar.
Una de ellas mostraba el antiguo lavadero, con la puerta abierta y una caja de madera apoyada junto a la pared.
En el reverso, Adela había escrito: Reparación del compartimento inferior. Octubre de 1986.
Mateo examinó la imagen.
—El hueco donde encontramos la segunda cinta.
Lucía asintió. La fecha coincidía con los últimos días de Isabel en el pueblo. Su abuela había dejado constancia de una reparación en el mismo lugar donde su madre había escondido la grabación. Aquello sugería que Adela conocía el escondite y había intervenido para conservarlo.
Pero también abría otra pregunta: ¿había reparado el compartimento para proteger lo que Isabel había dejado allí o para trasladar algo que necesitaba mantener fuera del alcance de los demás?
Lucía guardó las fotografías y continuó revisando los documentos.
Cerca del fondo del archivador encontró un sobre más pequeño, sin fecha ni remitente.
Dentro había una tarjeta con el nombre de Federico Méndez, una dirección en la localidad vecina de Santa Marina y un número de teléfono escrito a mano. Debajo aparecía una frase de Adela:
Si alguna vez Lucía pregunta por el puesto de enlace, entregarle esta dirección.
Lucía mostró la tarjeta a Mateo.
—Mi abuela sabía que algún día iba a buscarlo.
Él observó la escritura con atención.
—O sabía que podía necesitar encontrarlo si algo volvía a ocurrir.
Lucía guardó la tarjeta en el bolsillo. No sabía si Federico seguía viviendo en aquella dirección, pero era la primera pista concreta que les permitiría hablar con alguien que había trabajado directamente en el puesto de enlace.
Antes de salir, decidió llamar a Rivas para informarle del hallazgo. El subcomisario escuchó la explicación y le pidió que no contactara todavía con Méndez hasta que pudiera comprobar la dirección y establecer si el hombre había sido mencionado en la investigación original.
—No sabemos si fue testigo, empleado o alguien que intervino en la entrega de documentos —explicó—. Si le avisamos antes de revisar los antecedentes, podríamos perder la oportunidad de obtener un testimonio espontáneo.
Lucía aceptó la recomendación, aunque le costó renunciar a la posibilidad de llamar inmediatamente. Después de tantos años, cada nombre nuevo parecía una puerta que podía conducirla hasta su madre.
—¿Encontraste algo más en el archivo? —preguntó Rivas.
—Una factura del hotel fechada el 21 de octubre de 1986, con una anotación que dice que no debía incluirse en el libro general. También hay una fotografía del antiguo lavadero y un registro de reparaciones en el mismo lugar donde encontramos la segunda cinta.
El subcomisario permaneció en silencio unos segundos.
—Guarda todo. Voy a pasar por el hotel esta tarde y revisaré esos documentos. También quiero comprobar si Federico Méndez aparece en los registros de personal del puerto.
Lucía colgó y volvió a colocar las carpetas en el archivador. Había empezado el día convencida de que la siguiente pista estaba en el faro. Ahora comprendía que el propio hotel conservaba pruebas de movimientos que Adela había intentado mantener fuera de los registros generales.
Al salir de la oficina, encontró a Mateo junto a la puerta que daba al jardín. La luz de la tarde se filtraba entre las nubes y dibujaba sombras largas sobre el suelo del vestíbulo.
—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó él.
—Esperar a Rivas. Después veremos si podemos hablar con Méndez.
Mateo asintió, pero no se apartó de la puerta.
—Lucía, hay algo que quiero preguntarte.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué?
—Si descubriéramos que tu madre estaba viva después de aquella noche, ¿qué harías?
La pregunta la sorprendió. Durante los últimos días había pensado muchas veces en esa posibilidad, especialmente después de encontrar la fotografía fechada el 21 de octubre.
Sin embargo, nunca se había permitido imaginar el momento en que pudiera confirmarse.
Durante doce años había vivido con la incertidumbre de no saber si Isabel estaba muerta o si había decidido marcharse sin regresar.
Si todavía estuviera viva, significaría que todo lo que había creído sobre su familia tendría que ser revisado.
—No lo sé —respondió con honestidad—. Supongo que primero intentaría encontrarla.
Mateo bajó la mirada.
—¿Aunque hubiera decidido no volver?
Lucía tardó en contestar.
—No puedo saber qué habría hecho ella. Pero sí sé que necesito conocer la verdad. No puedo seguir viviendo con una historia que otros han construido por mí.
Mateo asintió lentamente. Durante un instante, Lucía creyó que iba a decir algo más, pero él se limitó a apartarse para dejarla pasar.
Ella salió al porche y contempló el jardín. El viento había disminuido y, desde la costa, llegaba el ruido regular de las olas. La luz del día comenzaba a apagarse sobre los tejados del pueblo.
Por primera vez desde su regreso, Lucía tenía una dirección, un nombre y una posibilidad concreta de avanzar.
Federico Méndez podía confirmar si Isabel había estado en el puesto de enlace el 21 de octubre de 1986.
Podía explicar por qué aparecía junto a Ledesma en el registro y quién había conservado la segunda copia de los documentos.
Pero había un detalle que seguía inquietándola.
Si Adela había sabido que Lucía podía necesitar encontrar a Méndez, ¿por qué no había dejado la dirección junto con la primera carta? ¿Por qué había esperado hasta que su nieta descubriera el cuarto azul, la consigna de la estación y el puesto de enlace?
Quizá había querido que Lucía llegara a ese punto por sí misma. O quizá había temido que cualquier persona que encontrara la dirección antes que ella pudiera utilizarla para destruir otra prueba.
Cuando Mateo salió al porche, Lucía todavía sostenía la tarjeta de Federico Méndez entre los dedos.
—¿Estás pensando en tu abuela? —preguntó él.
—Sí. Creo que sabía mucho más de lo que nos contó.
Mateo se colocó a su lado.
—Tal vez intentaba protegerte.
Lucía lo miró.
—Eso es lo que todos dicen cuando tienen que justificar sus silencios.
Él no respondió. La frase había alcanzado un lugar que ambos conocían demasiado bien.
Permanecieron un momento mirando el mar antes de regresar al interior. Lucía guardó la tarjeta en la oficina, junto a las copias de los documentos, y cerró el cajón con llave.
Al día siguiente, Rivas comprobaría los registros y decidiría si podían ponerse en contacto con Federico Méndez. Hasta entonces, no podían hacer mucho más.
Sin embargo, antes de que Lucía apagara las luces del vestíbulo, advirtió un detalle en el reverso de la tarjeta que no había visto durante la primera lectura. Debajo de la dirección, casi borrada por el roce del papel, aparecía una segunda anotación.
No fue el único que la vio aquella mañana.
Lucía sintió que el frío le recorría la espalda.
La frase no tenía firma ni fecha, y no sabía si se refería a Isabel o a otra persona. Pero confirmaba que, incluso en el lugar más apartado del puerto, había alguien que había visto a su madre después de la noche en que desapareció.
Y ese alguien todavía no tenía nombre.