Capítulo 13 — La luz apagada #3
Antes de que pudieran seguir examinando la habitación, el subcomisario Rivas llegó acompañado por otro agente. Revisó los documentos, fotografió la mesa y pidió que se registrara la ubicación exacta de cada objeto. Después leyó la anotación del puesto de enlace y miró a Lucía.
—Esto demuestra que Isabel estuvo relacionada con este lugar, pero todavía tenemos que establecer cuándo se tomó la fotografía y quién guardó el registro. La fecha podría ser correcta, aunque no podemos asumirlo sin una verificación independiente.
—¿Y Ledesma? —preguntó ella—. Su nombre aparece junto al de mi madre.
—Voy a pedirle que venga a la comisaría. Si participó en una entrega de documentos el veintiuno de octubre, tiene que explicar por qué nunca lo mencionó.
Lucía asintió. Cada nuevo hallazgo parecía acercarlos a una parte de la verdad y, al mismo tiempo, demostraba cuánto habían ignorado durante años.
La fotografía sugería que Isabel podía haber seguido con vida al menos un día después de su desaparición oficial.
El registro confirmaba que hubo una entrega de documentos bajo custodia y que Ledesma aparecía relacionado con ella.
Pero aún no sabían quién había tomado la fotografía, quién había conservado la segunda copia ni qué había sucedido después de aquella mañana.
Rivas guardó los documentos en una carpeta de pruebas y pidió que se revisara el resto del edificio antes de marcharse.
No encontraron ningún compartimento adicional ni señales de que alguien estuviera viviendo allí.
Sin embargo, al examinar la parte posterior del puesto de enlace, el segundo agente descubrió una huella reciente en el barro, junto a la abertura por la que pasaban las conducciones.
La marca era incompleta, pero parecía corresponder a una bota de suela gruesa.
Lucía miró hacia el sendero que conducía al puerto.
—Alguien estuvo aquí antes que nosotros.
Rivas siguió la dirección de su mirada.
—Es posible. Pero no sabemos cuándo ni quién fue. Vamos a documentar la huella y revisar si existen otras marcas en los alrededores.
El subcomisario se volvió hacia ella.
—Por ahora, no regreses aquí sin avisarme. Hemos encontrado documentos importantes, y no quiero que alguien vuelva a entrar antes de que terminemos de examinarlos.
Lucía aceptó la instrucción. No le gustaba depender de la policía para cada paso, pero sabía que no podía arriesgarse a perder los documentos que habían encontrado.
Cuando salieron del puesto de enlace, el viento se había intensificado y las nubes comenzaban a cubrir el cielo.
Mateo caminó junto a Lucía hasta el camino principal.
Durante varios minutos ninguno habló. Ella llevaba la fotografía de su madre en la memoria, reconstruyendo mentalmente la fecha escrita en el reverso y la expresión de Isabel sentada frente a la mesa metálica.
—¿Crees que seguía viva el veintiuno? —preguntó finalmente.
Mateo tardó en responder.
—Creo que tenemos motivos para investigarlo. No puedo asegurarte nada más.
Lucía bajó la mirada. Si la fotografía había sido tomada realmente el día siguiente a la desaparición, entonces Isabel no había desaparecido cuando todos creían.
Había llegado al puesto de enlace, se había reunido con alguien y había participado en una entrega de documentos.
Quizá había intentado salir del pueblo y había regresado por alguna razón.
Quizá alguien la había llevado hasta allí contra su voluntad.
O quizá la fecha escrita en el reverso correspondía al momento en que alguien encontró la fotografía, no al día en que fue tomada.
La incertidumbre era insoportable, pero también le ofrecía una posibilidad que nunca se había atrevido a considerar: la de que su madre hubiera sobrevivido a aquella primera noche.
—Durante años pensé que todo había terminado cuando ella no volvió a casa —dijo—. Ahora resulta que quizá todavía estaba intentando resolverlo al día siguiente.
Mateo la miró con tristeza.
—No sabemos qué ocurrió después. Pero vamos a averiguarlo.
Lucía se detuvo y observó el faro. La torre permanecía inmóvil sobre el acantilado, con la linterna apagada y las ventanas oscuras.
Había pasado doce años creyendo que aquel lugar solo guardaba recuerdos de su infancia.
Ahora sabía que también conservaba una parte de la historia que su madre había intentado proteger.
Antes de marcharse, miró una última vez hacia el puesto de enlace. La puerta verde se balanceaba ligeramente con el viento. Dentro, bajo custodia policial, quedaban la fotografía, el registro y la llave de latón que todavía no sabían utilizar.
La anotación decía que la segunda copia permanecía bajo custodia hasta nueva orden.
Pero no explicaba quién había recibido aquella orden ni dónde estaba realmente la copia.
Y si Isabel había estado allí el 21 de octubre de 1986, alguien podía conocer todavía la respuesta a la pregunta que Lucía llevaba doce años intentando resolver:
¿Qué le ocurrió a su madre después de que saliera de la estación?