Capítulo 13 — La luz apagada #2
El sendero que rodeaba la construcción estaba cubierto de hierba alta, pero cerca de la parte trasera había una zona donde la vegetación parecía haber sido aplastada recientemente.
El agente se agachó y observó el suelo. Después llamó a Rivas por la radio portátil que llevaba en el cinturón y le explicó que había encontrado señales de movimiento en el terreno.
Lucía sintió que la inquietud volvía a crecer.
Si alguien había entrado en el depósito número 17 y había retirado los documentos, podía haber seguido el mismo camino hasta el faro.
El lugar ya no parecía un escondite olvidado, sino un punto de paso dentro de una ruta que alguien había utilizado durante años.
El agente terminó la inspección exterior y regresó hacia la puerta.
—No encuentro señales de que haya nadie dentro —dijo—. Pero el candado está dañado y la cerradura parece haber sido manipulada. Voy a intentar abrirla sin alterar más el mecanismo.
Después de varios minutos, consiguió desplazar el pestillo. La puerta se abrió con un chirrido que resonó en el espacio vacío.
El interior era pequeño y estaba cubierto de polvo.
Había una mesa metálica junto a la pared, dos sillas de madera y un armario estrecho con varios cajones.
En el techo se conservaban unos soportes que quizá habían sostenido una antena o cables de comunicación.
Una ventana rectangular daba al mar, y debajo de ella se veía una abertura por la que probablemente habían pasado antiguas conducciones.
Lucía entró despacio. El aire estaba cargado de humedad y el suelo crujía bajo sus zapatos.
No había equipos, papeles ni muebles que parecieran haber sido utilizados recientemente.
Sin embargo, sobre la mesa había una franja limpia, del tamaño de una caja, y en el suelo se distinguían marcas que sugerían que alguien había movido una silla no hacía mucho tiempo.
Mateo se acercó al armario. Los cajones estaban vacíos, salvo por algunos tornillos y fragmentos de papel. En el último encontró una pequeña etiqueta de cartón con un número escrito en tinta azul: 17-B.
Lucía sintió un estremecimiento.
—Es el mismo número que encontramos en el depósito.
El agente colocó la etiqueta sobre una hoja limpia y la fotografió. Después examinó el cajón con una linterna. Había un pequeño compartimento en el fondo, oculto detrás de una placa de madera. Al retirarla, encontraron un sobre transparente que contenía una hoja doblada y una fotografía.
Lucía reconoció a su madre antes de ver el resto de la imagen.
Isabel aparecía sentada frente a la mesa metálica del puesto de enlace.
Tenía una carpeta abierta delante de ella y miraba hacia la ventana.
La fotografía estaba tomada desde la puerta, como si alguien hubiera querido documentar su presencia en el lugar.
En el reverso, escrito con tinta negra, aparecía una fecha: 21 de octubre de 1986.
El día siguiente a su desaparición.
Lucía sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Durante doce años, todos habían dado por hecho que Isabel había desaparecido la noche del veinte de octubre.
Ahora tenían una fotografía que demostraba que había estado en aquel edificio al día siguiente, aunque no podían saber en qué momento había sido tomada ni si la fecha del reverso era fiable.
—Esto cambia la cronología —murmuró Mateo.
El agente tomó la fotografía para documentarla y comparó la fecha escrita en el reverso con la anotación del cuaderno de Ernesto. Después examinó la hoja doblada que había dentro del sobre.
Era un registro breve, mecanografiado, con varias líneas tachadas. En la parte superior se leía: Entrega de documentos. Puesto de Enlace. Registro reservado.
Debajo aparecían dos nombres: Isabel Valdés y Ramón Ledesma. A un lado figuraba una hora, las 6:40, y en el margen inferior alguien había escrito una frase con tinta azul:
La segunda copia permanece bajo custodia hasta nueva orden.
Lucía leyó la anotación varias veces.
—¿Qué significa «bajo custodia»? —preguntó.
Mateo observó el documento.
—Puede indicar que alguien se hizo responsable de guardar la copia. Pero no dice quién ni dónde.
El agente llamó de nuevo a Rivas y le comunicó el hallazgo.
El subcomisario le pidió que no moviera los documentos y que esperara a su llegada para examinar el resto de la habitación.
Mientras aguardaban, Lucía se acercó a la ventana y observó el mar.
Desde allí podía verse parte del muelle viejo y el camino que conectaba el faro con los depósitos.
El lugar era lo bastante apartado como para permitir una conversación sin testigos, pero también estaba suficientemente cerca del puerto para que alguien pudiera llegar caminando en pocos minutos.
—Mi madre estuvo aquí después de que desapareció —dijo.
Mateo se colocó a su lado.
—Si la fecha es correcta.
Lucía lo miró con cansancio.
—Siempre hay una razón para no creer nada.
—No estoy diciendo que no debamos creerlo. Solo quiero que podamos demostrarlo.
Ella volvió a mirar la fotografía. Isabel parecía cansada, pero no asustada.
Tenía la mano apoyada sobre la carpeta y la mirada fija en algún punto fuera del encuadre.
Lucía se preguntó quién había tomado la imagen y por qué había decidido conservarla.
Si alguien la había fotografiado para demostrar que estaba viva, ¿por qué no se había entregado esa prueba a la policía?
Y si la fotografía había sido tomada por una persona involucrada en su desaparición, ¿por qué había quedado escondida en un puesto de enlace abandonado?
El agente revisó el armario mientras Lucía y Mateo seguían examinando el documento. En el interior de uno de los cajones encontró una pequeña llave de latón, sujeta a un aro sin etiqueta. La guardó en una funda después de fotografiarla y la mostró a Lucía.
—¿La reconoces?
Ella negó con la cabeza.
—No. Pero parece antigua.
Mateo la observó con atención.
—Podría abrir uno de los compartimentos del depósito. En el número diecisiete encontramos una caja, pero había otras cerraduras que no pudimos identificar.
Lucía recordó la fila de puertas metálicas de la antigua consigna y el compartimento que se había abierto con la llave plateada.
Si la llave de latón correspondía a otra puerta, quizá los documentos se habían distribuido entre varios lugares para evitar que una sola persona pudiera encontrarlos todos.