Capítulo 13 — La luz apagada
La luz apagada
Lucía se vistió, recogió el cuaderno de tapas negras y bajó a la cocina.
Había dejado el volumen abierto sobre la mesa la noche anterior, en la página donde aparecían las iniciales P.
E. junto a una flecha que señalaba el extremo del camino costero.
Cuanto más examinaba aquel dibujo, más convencida estaba de que su madre había querido dejar una pista en las inmediaciones del faro.
No podía afirmar que allí encontrarían la copia original, pero era el único lugar que todavía no habían investigado y que figuraba de manera reconocible en los documentos.
Puso agua a calentar y preparó café. Mientras esperaba, volvió a leer la anotación.
La letra era distinta de la utilizada en el resto del cuaderno, quizá porque alguien la había añadido después de que se dibujara el mapa.
Las iniciales podían corresponder a un puesto de vigilancia, a una persona o a un lugar que ya no existía.
Sin embargo, la flecha terminaba junto a una pequeña construcción rectangular situada al este del faro, separada del edificio principal por un sendero estrecho.
Aquella construcción no aparecía en las fotografías turísticas que Lucía recordaba.
De niña había visto el faro desde la playa y, en alguna ocasión, desde la carretera que bordeaba la costa.
Nunca se había acercado lo suficiente para distinguir las estructuras auxiliares.
Su madre, en cambio, conocía aquel sector.
Había pasado parte de su infancia en Puerto de la Niebla y solía caminar por los alrededores cuando necesitaba pensar.
Era posible que hubiera descubierto allí un escondite adecuado para los documentos que intentaba proteger.
A las ocho, alguien llamó a la puerta de la cocina.
Mateo entró con una bolsa de papel bajo el brazo. Se había puesto una chaqueta gruesa y llevaba una mochila pequeña, en la que Lucía alcanzó a ver una linterna, una botella de agua y una cuerda enrollada. Al verla junto a la mesa, levantó la bolsa.
—Traje algo para comer durante el camino.
—¿Dormiste?
—Unas horas.
Lucía le sirvió una taza de café. Mateo dejó la mochila sobre una silla y se sentó frente a ella.
Durante unos minutos hablaron de la visita al faro y de la posibilidad de que el edificio estuviera cerrado.
El acceso principal llevaba años bloqueado, y el camino que conducía a la construcción auxiliar podía haberse deteriorado por la erosión de los acantilados.
—No quiero que entremos a la fuerza si el lugar está en condiciones peligrosas —dijo Mateo—. Si encontramos una puerta cerrada, primero vamos a comprobar si existe otra entrada autorizada.
—No pienso tirar abajo nada. Solo quiero saber qué significa la anotación.
Él asintió, aunque su expresión revelaba preocupación.
—¿Llamaste a Rivas?
—Todavía no.
Mateo dejó la taza sobre la mesa.
—Deberías hacerlo antes de salir. Después de lo que pasó en el hotel, no tiene sentido que vayamos a un lugar apartado sin avisarle.
Lucía lo observó durante unos segundos. Agradecía que Mateo fuera prudente, pero no quería que aquella prudencia se convirtiera en una excusa para aplazar de nuevo la investigación.
Habían encontrado documentos que demostraban que alguien había estado en la estación la noche de la desaparición de Isabel, y el depósito donde podía haberse guardado la copia había sido vaciado.
Si el faro contenía alguna prueba, necesitaban localizarla antes de que otra persona se adelantara.
—Voy a llamarlo —dijo—. Pero no voy a esperar varios días para que nos autorice a caminar por el sendero.
Marcó el número de la comisaría desde el teléfono de la cocina.
El subcomisario Rivas respondió después de unos minutos y escuchó la explicación de Lucía sobre las iniciales y la flecha del cuaderno.
Ella le describió la ubicación del faro y la pequeña construcción que aparecía dibujada junto al camino.
—Podría tratarse de un antiguo puesto de comunicaciones —dijo Rivas—.
En los años en que el puerto tenía más actividad, había estructuras auxiliares que se utilizaban para transmitir avisos entre las embarcaciones y las instalaciones de tierra.
Algunas quedaron abandonadas cuando cambiaron los sistemas de señalización.
—¿Puede acompañarnos alguien?
—Voy a pedirle al agente que estuvo en el hotel que se reúna con ustedes. No quiero que entren en ningún edificio hasta que él haya revisado el exterior. También voy a consultar los registros municipales para saber si esa construcción pertenece al municipio o a alguna entidad privada.
Lucía agradeció la indicación y colgó. Después guardó el cuaderno en la mochila, junto con una copia del dibujo y una fotografía del faro que había encontrado entre los papeles de Adela.
Salieron del hotel poco después de las nueve.
Mateo cerró la puerta principal y comprobó dos veces el pestillo.
Antes de marcharse, Lucía observó las ventanas del segundo piso, en particular la del cuarto azul.
Desde la amenaza que había aparecido debajo de la puerta, ya no conseguía mirar aquella habitación sin pensar que alguien podía haber entrado en ella mientras dormían.
El camino hacia el faro comenzaba detrás de los últimos depósitos del puerto.
A medida que avanzaban, las casas quedaban atrás y el paisaje se volvía más abierto.
El aire olía a sal y a tierra húmeda, y las ráfagas de viento sacudían los pastizales que crecían junto a la carretera.
En algunos tramos, el pavimento daba paso a una senda de grava que descendía hacia la costa.
Desde allí se podían ver las olas rompiendo contra las rocas, blancas bajo la luz tenue de la mañana.
Lucía caminaba con el cuaderno sujeto contra el pecho.
Había pasado buena parte de su infancia recorriendo aquellos caminos junto a su madre.
Recordaba las conversaciones que mantenían durante los paseos, las historias sobre barcos que habían llegado a puerto después de atravesar tormentas y las veces en que Isabel se detenía para señalar alguna luz lejana en el horizonte.
Nunca le había contado que conociera a las personas que trabajaban en el faro ni que hubiera motivos para esconder documentos allí.
—¿Te acuerdas de la última vez que viniste por este camino? —preguntó Mateo.
Lucía tardó en responder.
—Sí. Fue poco antes de que mamá desapareciera. Habíamos salido a caminar después de una discusión con mi padre. Ella estaba preocupada por algo, pero no quiso contarme qué. Me dijo que a veces los adultos se complicaban la vida por miedo a reconocer que habían cometido errores.
Mateo la miró de reojo.
—Parece que tenía razón.
—Sí. Aunque entonces pensé que hablaba de un problema del hotel.
Caminaron unos metros en silencio. Lucía se preguntó cuántas conversaciones de aquella época había interpretado de manera equivocada.
Cuando Isabel desapareció, empezó a revisar cada recuerdo como si pudiera encontrar una advertencia escondida en una frase cotidiana.
Durante años había creído que su madre le había dejado señales que no había sabido reconocer.
Ahora comenzaba a comprender que quizá Isabel había intentado protegerla de una historia que ni siquiera una persona adulta habría podido comprender por completo.
Al llegar a una curva del sendero, el faro apareció ante ellos.
Se levantaba sobre un promontorio de roca, con la torre blanca cubierta de manchas grises y una barandilla oxidada alrededor de la plataforma superior.
La antigua linterna estaba apagada desde hacía años.
Algunas ventanas estaban tapiadas y la puerta principal conservaba una cadena gruesa que impedía abrirla.
A pocos metros, parcialmente escondida detrás de un grupo de arbustos, se encontraba la construcción rectangular que habían visto en el dibujo.
Era un edificio bajo, de ladrillos oscuros, con un tejado inclinado y una puerta metálica pintada de verde. Sobre el dintel se distinguían restos de letras negras, casi borradas por la intemperie.
Mateo se acercó para observarlas.
—Puesto de Enlace —leyó, pronunciando las palabras lentamente—. Ahí tienes las iniciales.
Lucía sintió que una pieza encajaba por primera vez sin necesidad de forzarla.
La anotación P. E. no correspondía a una persona, sino a aquella construcción.
Si Isabel había señalado ese lugar en el cuaderno, tal vez había querido indicar dónde se encontraba la copia o dónde había mantenido una conversación con alguien relacionado con las operaciones del puerto.
—¿Para qué se usaba? —preguntó ella.
Mateo examinó el pequeño edificio.
—Probablemente para transmitir información entre el faro y el puerto. Puede haber tenido una radio o algún equipo de señalización. En aquella época todavía se utilizaban sistemas de comunicación que no dependían de las líneas telefónicas convencionales.
Lucía se acercó a la puerta. La pintura estaba descascarada y el metal presentaba manchas de óxido. Junto a la cerradura había marcas recientes que contrastaban con el resto de la superficie. Parecían arañazos producidos por una herramienta, aunque no podía saber cuándo se habían hecho.
—Alguien intentó abrirla —dijo.
Mateo se agachó para examinar el cierre.
—O estuvo manipulándola. No podemos saberlo solo por las marcas.
En ese momento escucharon un automóvil acercándose por el camino.
El agente de la comisaría apareció detrás de una curva, estacionó cerca del faro y descendió con una linterna y una libreta.
Se presentó ante Lucía y Mateo, les pidió que esperaran mientras revisaba el perímetro y comenzó a recorrer el exterior del puesto de enlace.