El secreto del Hotel Miramar Capítulo 12 — El depósito número 17 #2
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Capítulo 12 — El depósito número 17 #2

—¿Podrías reconocer quién llevaba esos registros? —preguntó Lucía.

Ernesto negó con la cabeza.

—No sin consultar los documentos originales. Había varios empleados que utilizaban el mismo sistema.

Rivas guardó la etiqueta y pidió que el agente continuara revisando el depósito.

Mientras tanto, Lucía se alejó unos pasos y observó la pared lateral.

Había algo en aquel lugar que le provocaba una sensación extraña.

No era solo el hecho de que alguien hubiera retirado los documentos.

Era la impresión de que el depósito había sido preparado para ocultar algo durante un tiempo y que, después, alguien había regresado para llevárselo sin dejar más que rastros parciales.

Se acercó a la ventana cubierta por tablas.

A través de una rendija pudo ver una parte del muelle, las vías antiguas y el camino de grava por el que habían llegado.

Desde allí, el depósito quedaba prácticamente aislado del resto del puerto.

Una persona podía entrar y salir sin que la vieran desde la avenida principal.

—Este lugar era ideal para esconder algo —dijo en voz baja.

Mateo se acercó a su lado.

—Sí. Y también para que nadie oyera una discusión.

Lucía lo miró. Ambos recordaron al mismo tiempo la conversación grabada en la cinta del 20 de octubre, la voz masculina que le había exigido a Isabel que entregara los documentos y el golpe que había interrumpido la grabación.

—¿Crees que la discusión ocurrió aquí? —preguntó ella.

—No lo sé. Pero sabemos que Isabel conocía este depósito y que alguien quería recuperar lo que había escondido. No sería extraño que hubieran elegido un lugar apartado para encontrarse.

Lucía volvió a mirar el exterior. Por primera vez, imaginó a su madre caminando por aquel camino, con una carpeta bajo el brazo y la certeza de que alguien la estaba siguiendo.

La imagen le produjo una mezcla de tristeza y rabia.

Isabel había intentado proteger a su hija, pero no había podido explicar por qué necesitaba esconderse ni qué había ocurrido después de su última llamada.

—Si estuvo aquí, alguien tuvo que verla entrar —dijo.

Mateo asintió.

—Y alguien tuvo que ayudarla a llegar o a salir del depósito, si no lo hizo sola.

Rivas se acercó a ellos con la libreta abierta.

—He pedido que revisen los registros de propiedad y las antiguas listas de empleados de la cooperativa. También voy a solicitar que se compruebe si el candado pertenece a algún comercio del pueblo. Si podemos identificar quién lo instaló, quizá sepamos quién tuvo acceso reciente al edificio.

—¿Y qué pasa con la caja? —preguntó Lucía.

—Se va a documentar y quedará bajo custodia. Si encontramos huellas que puedan analizarse, veremos qué se puede hacer con ellas. Pero no quiero que esperes una respuesta inmediata. El depósito ha permanecido abandonado durante años y hay muchos objetos que podrían dificultar el análisis.

Lucía sabía que el subcomisario tenía razón, aunque la prudencia no aliviaba su frustración.

La copia original seguía sin aparecer. El hombre que había hablado con Isabel en la cinta no tenía rostro, y el anillo negro continuaba siendo una pista insuficiente para identificarlo.

Ahora el único lugar que podía haber conservado los documentos estaba vacío.

Antes de abandonar el depósito, Ernesto se detuvo junto a la entrada. Miró el número pintado en la fachada y luego hacia la zona del muelle donde las vías desaparecían entre la maleza.

—Hay algo que me llama la atención —dijo—. Si Isabel quería que alguien encontrara la copia, no habría elegido un lugar que solo ella conociera. Necesitaba que Adela o yo pudiéramos localizarlo. El depósito debió de ser una primera ubicación, no necesariamente la última.

Lucía lo miró.

—¿Estás diciendo que pudo haber trasladado los documentos?

—Sí. El cuaderno solo dice que fueron guardados aquí. No especifica que debieran permanecer en este lugar para siempre. Y la fecha de la etiqueta indica que alguien pudo haberlos movido dos días después de su desaparición.

Rivas asintió lentamente.

—Es una hipótesis razonable. Vamos a revisar los registros de movimiento del depósito y consultar a quienes trabajaban en el puerto durante esa época. Si existe un inventario de las cajas trasladadas, quizá podamos encontrar una referencia a la etiqueta 17-B.

Lucía guardó silencio. Por un momento había creído que, al encontrar el depósito, estarían a un paso de la verdad. Ahora comprendía que Isabel había podido utilizarlo como parte de un plan más complejo, dejando señales que solo cobrarían sentido cuando alguien reuniera los documentos dispersos.

Regresaron al centro del pueblo poco después de las cuatro.

El viento había aumentado y las nubes volvían a cubrir el cielo.

Rivas se adelantó para llevar los registros a la comisaría, mientras Ernesto y Mateo acompañaron a Lucía hasta el hotel.

Durante el trayecto, nadie habló de la caja vacía ni de las huellas que habían encontrado en el depósito.

Cada uno parecía estar revisando mentalmente los mismos hechos, buscando una conexión que hasta entonces había pasado inadvertida.

Cuando llegaron al Miramar, Lucía abrió la puerta y dejó que los demás entraran.

Se dirigió directamente a la oficina y abrió el cuaderno de tapas negras en la página donde aparecía el dibujo del depósito.

Junto al número 17 había una anotación que no habían examinado con suficiente atención: una pequeña flecha y las iniciales P. E.

Las mostró a Mateo.

—¿Sabes qué significa esto?

Él observó las letras durante unos segundos.

—No. Pero podrían indicar otro punto de referencia.

Ernesto se acercó y tomó el cuaderno con cuidado.

—Las iniciales podrían corresponder a una persona o a un lugar. En la empresa se usaban abreviaturas para identificar a los responsables de cada entrega, pero también para señalar los lugares donde se guardaban copias de los documentos.

Lucía siguió con el dedo la línea trazada desde el depósito hasta el borde de la página. La flecha no terminaba en el muelle ni en la estación. Apuntaba hacia una pequeña marca dibujada a cierta distancia de la costa, junto al camino que conducía al antiguo faro.

Durante unos segundos, nadie habló.

El faro llevaba años fuera de servicio. Su acceso permanecía cerrado por una verja metálica y, durante la infancia de Lucía, Adela le había prohibido acercarse demasiado a la estructura porque parte de la escalera interior estaba dañada.

Sin embargo, Isabel la había llevado allí en varias ocasiones, antes de la desaparición, para observar las tormentas y contarle historias sobre los barcos que se perdían entre la niebla.

—P. E. —murmuró Lucía—. ¿Podría significar «puesto de escucha»?

Mateo negó lentamente con la cabeza.

—Es posible, pero no tenemos motivos para asumirlo. Puede ser una abreviatura de otra cosa.

Ernesto volvió a examinar el dibujo.

—Hay que averiguar qué significa antes de ir allí. Si Isabel trasladó los documentos a otro lugar, el faro podría estar relacionado. Pero también podría tratarse de una anotación antigua sin importancia.

Lucía cerró el cuaderno y miró por la ventana.

El cielo se había oscurecido, y el viento levantaba pequeñas olas que rompían contra la costa.

El depósito número 17 no había revelado la copia, pero sí había demostrado que alguien había regresado para retirar objetos que podían haber estado ocultos desde 1986.

Si el faro era el siguiente lugar señalado en el cuaderno, quizá allí encontrarían la respuesta. O quizá hallarían otra puerta cerrada, otra caja vacía y una nueva advertencia.

Lo único que Lucía sabía con certeza era que no podía detenerse.

Su madre había dejado señales para que la verdad pudiera encontrarse, incluso si ella no regresaba. Adela las había conservado durante años. Y alguien había dedicado un esfuerzo considerable a impedir que esas señales condujeran hasta el final.

Cuando Mateo se acercó para cerrar las cortinas, Lucía levantó la mirada.

—Mañana vamos al faro.

Él no intentó disuadirla.

—Mañana iremos —respondió.

Lucía guardó el cuaderno en el cajón y cerró con llave. Después permaneció unos instantes frente a la ventana, observando cómo la luz del día desaparecía detrás de las nubes.

El depósito número 17 estaba vacío, pero alguien había estado allí después de que su madre desapareciera. La caja había sido retirada de su escondite, la etiqueta permanecía oculta detrás de un estante y las huellas recientes demostraban que el lugar no había sido olvidado por todos.

Ahora tenían otra dirección, dos iniciales que todavía no comprendían y la posibilidad de que Isabel hubiera dejado una última copia cerca del faro.

Lucía no sabía qué encontraría al día siguiente. Pero empezaba a comprender que el silencio que había rodeado la desaparición de su madre no era una ausencia de respuestas.

Era el resultado de muchas personas que, durante años, habían trabajado para mantenerlas separadas.