Capítulo 12 — El depósito número 17
Rivas dejó su abrigo sobre el respaldo de una silla y examinó el dibujo de la costa que Ernesto había encontrado en el cuaderno.
—¿Estás seguro de que este número corresponde a uno de los antiguos almacenes del puerto? —preguntó.
—Sí —respondió Ernesto—. Los depósitos de la cooperativa tenían una numeración pintada en la fachada.
Algunos se utilizaban para guardar redes, herramientas y repuestos.
El número diecisiete estaba en el extremo del muelle viejo, cerca de las vías que dejaron de utilizarse cuando redujeron el servicio de carga.
—¿Quién tenía acceso al edificio?
—Los empleados de la cooperativa, algunos comerciantes y las personas autorizadas para guardar mercancías. No puedo darte una lista completa. Hace doce años que no trabajo con ellos.
Rivas examinó la anotación del cuaderno y después miró a Lucía.
—Vamos a inspeccionarlo, pero quiero que quede claro que no vamos a entrar para buscar un culpable. Primero necesitamos comprobar si existe algún documento, objeto o indicio que permita relacionar el lugar con la desaparición de tu madre.
—Lo entiendo —respondió ella—. Solo quiero saber qué escondió allí.
El subcomisario pidió que lo acompañara uno de los agentes de la comisaría.
Mientras esperaban, Lucía guardó las copias de los documentos en una carpeta y dejó los originales bajo la custodia de Rivas.
Ernesto insistió en acompañarlos, porque conocía la distribución de los antiguos almacenes y podía reconocer las marcas que aparecían en los registros.
Mateo también se preparó para salir, sin que Lucía tuviera que pedírselo.
Poco después, los cuatro abandonaron el hotel.
El cielo había comenzado a despejarse, pero el viento soplaba desde el mar con suficiente fuerza para levantar pequeñas nubes de polvo y arena en las calles cercanas al puerto.
Caminaron por una avenida que descendía entre galpones, talleres y depósitos de materiales pesqueros.
A medida que se alejaban del centro, el pueblo parecía quedarse sin movimiento.
Las casas daban paso a construcciones industriales antiguas, con paredes de ladrillo, tejados de chapa y grandes puertas de madera oscurecidas por la humedad.
Lucía conocía aquella zona de su infancia.
Su madre solía llevarla a caminar por el sendero costero, y desde allí habían observado muchas veces las embarcaciones que entraban y salían del puerto.
Sin embargo, nunca se había acercado al extremo del muelle viejo.
Adela le había prohibido jugar en aquella parte cuando era niña, alegando que algunas estructuras estaban deterioradas y podían derrumbarse.
Ahora comprendía que aquel lugar podía haber formado parte de la vida secreta de su madre.
El depósito número 17 se encontraba al final de un camino de grava, parcialmente oculto detrás de una hilera de tambores oxidados y cajones de madera.
La fachada conservaba restos de pintura gris, y el número apenas se distinguía sobre el dintel de la puerta.
Una ventana alta estaba cubierta con tablas, mientras que la puerta principal tenía un candado oscuro que parecía mucho más reciente que el resto de la construcción.
Rivas se detuvo frente a la entrada.
—¿Cuándo fue la última vez que estuvieron aquí? —preguntó a Ernesto.
—No lo recuerdo con exactitud. Debió de ser durante los últimos meses de 1986. Después de la desaparición de Isabel, dejé de venir a esta parte del puerto.
—¿Y tú, Mateo?
—Nunca entré. Conocía el edificio de verlo desde el camino, pero mi padre trabajaba en otra zona.
El subcomisario examinó el candado sin tocarlo. El metal estaba menos corroído que las bisagras de la puerta, y alrededor del cierre había marcas que parecían recientes.
—Alguien lo cambió —dijo.
Ernesto se acercó para observarlo.
—Ese no es el candado original. Recuerdo que la puerta tenía una cerradura más pequeña.
Rivas hizo una señal al agente, que examinó el cierre y tomó varias fotografías antes de intentar abrirlo con las herramientas que llevaba. El mecanismo cedió después de unos minutos. Cuando la puerta se abrió, un olor penetrante a polvo, humedad y aceite viejo salió del interior.
El agente entró primero con una linterna.
Rivas lo siguió y pidió a los demás que esperaran hasta que comprobara que no había nadie dentro.
Desde el umbral, Lucía distinguió un espacio amplio, atravesado por columnas de madera y vigas metálicas.
Había estantes vacíos, una mesa de trabajo y varios cajones apilados contra la pared del fondo.
El suelo estaba cubierto de polvo, aunque en algunos sectores aparecían marcas oscuras que parecían indicar que alguien había arrastrado objetos pesados.
—Pueden entrar —dijo Rivas.
Lucía cruzó el umbral detrás de Mateo. La luz de la tarde penetraba por las rendijas de las tablas y dibujaba franjas sobre el suelo.
No había muebles suficientes para que aquel depósito hubiera funcionado como una oficina, pero sí espacio para almacenar cajas, herramientas o mercancías.
En una pared se conservaban los restos de un antiguo cartel de la cooperativa pesquera.
Debajo, varias marcas rectangulares señalaban lugares donde habían estado colgados documentos o estantes que ya no existían.
Ernesto caminó hacia la zona central y se detuvo junto a una mesa de madera.
—Aquí se trabajaba con los registros de entrada y salida —dijo—. Recuerdo que había un armario metálico en ese rincón.
Señaló la pared del fondo. El suelo presentaba dos marcas paralelas, más oscuras que el resto, como si una estructura pesada hubiera permanecido allí durante muchos años y alguien la hubiera retirado recientemente.
Rivas se agachó para examinar las marcas.
—¿Qué guardaban en ese armario?
—No lo sé. Los almacenes tenían herramientas, cajas de repuestos y documentos relacionados con las entregas. Pero no todos los registros se guardaban en el mismo lugar.
Lucía avanzó hacia la mesa. Sobre la superficie había una capa fina de polvo, interrumpida por un rectángulo limpio, del tamaño de un cuaderno. Cerca del borde encontró una pequeña mancha de tinta azul y un fragmento de papel atrapado entre dos tablas.
Se agachó y lo recogió con cuidado.
Solo quedaban unas pocas letras, impresas en una hoja amarillenta. El papel estaba rasgado y la tinta casi había desaparecido, pero todavía se podía leer parte de una palabra:...salida.
—Rivas, mira esto.
El subcomisario se acercó y examinó el fragmento sin retirarlo de la mano de Lucía.
—No lo manipules más. Puede ser parte de un documento que alguien dejó aquí.
El agente fotografió el lugar y guardó el papel en una funda. Después revisó las estanterías, los cajones y el espacio situado debajo de la mesa. No encontró ningún documento completo, pero descubrió que una de las tablas del suelo estaba ligeramente desplazada.
Rivas ordenó que nadie la levantara hasta que el agente pudiera fotografiar su posición. Cuando finalmente la retiraron, encontraron un hueco poco profundo entre las vigas. Allí había quedado una caja metálica vacía, cubierta por una capa de polvo.
Lucía se acercó a observarla.
—¿Era aquí donde mi madre había escondido la copia?
Nadie respondió inmediatamente. Ernesto se arrodilló junto al hueco y examinó las dimensiones de la caja.
—Podría haber guardado documentos —dijo—. Pero no puedo asegurar que fuera la que buscaba Isabel.
Rivas inspeccionó el interior. El cierre estaba abierto y no se apreciaban señales de haber sido forzado. Una de las esquinas presentaba una abolladura reciente, como si alguien hubiera tirado de la caja para extraerla del hueco.
—Parece que la vaciaron hace poco —observó el subcomisario—. O alguien retiró lo que contenía y la dejó aquí.
Lucía sintió una punzada de frustración.
Habían encontrado un depósito vinculado a los registros del puerto, un armario retirado y una caja vacía que probablemente había guardado documentos.
Todo indicaba que alguien había estado allí después de que Adela muriera.
Sin embargo, no había ninguna prueba que permitiera saber quién había retirado el contenido ni cuándo lo había hecho.
Mateo se acercó a la pared del fondo. Pasó la mano por uno de los estantes y observó una serie de marcas en la madera.
—Hay algo extraño aquí —dijo.
Rivas se volvió hacia él.
—¿Qué encontraste?
Mateo señaló una línea fina que recorría el borde de una tabla.
Al presionarla, la madera se movió ligeramente.
El agente examinó el mecanismo y descubrió que una parte del estante podía separarse de la pared.
Detrás había un hueco estrecho, lo bastante grande para ocultar un sobre o una libreta pequeña.
El compartimento estaba vacío, salvo por un trozo de cuerda y una etiqueta de cartón.
Lucía tomó la etiqueta cuando Rivas le indicó que podía examinarla una vez fotografiada. En el frente aparecía un número escrito con tinta azul: 17-B. En el reverso, una fecha casi borrada: 22-X-86.
Dos días después de la desaparición de Isabel.
—Esto demuestra que alguien volvió aquí después de aquella noche —dijo Mateo.
—Demuestra que una etiqueta fechada el veintidós de octubre de 1986 estaba en este lugar —corrigió Rivas—. Todavía tenemos que verificar quién la escribió y a qué objeto correspondía.
Lucía comprendía la prudencia del subcomisario, pero el hallazgo le provocó una inquietud difícil de ignorar.
Si la etiqueta había pertenecido a una caja de documentos, alguien podía haberla trasladado después de la desaparición.
La caja vacía que habían encontrado en el suelo podía haber contenido la copia que Isabel había intentado proteger, pero también podía tratarse de otra cosa.
Ernesto examinó el número con atención.
—En la empresa utilizábamos letras para distinguir los compartimentos de un mismo depósito. No era una práctica exclusiva de este almacén. Si este sistema se mantenía en 1986, la etiqueta podría identificar una sección o una caja registrada en los inventarios.