Capítulo 11 — La maleta que nunca partió #2
—Esa apareció dos días más tarde, cuando la policía encontró sus pertenencias en el tren.
Fui a reconocerla y firmé la recepción. La cartera contenía la fotografía tuya y un papel con una amenaza.
Se la llevé a Adela, como ya te conté. Pero la maleta era otra cosa.
La había retirado yo mismo antes de que la policía supiera que Isabel había desaparecido.
Lucía comprendió entonces por qué el expediente contenía dos referencias que nunca habían coincidido del todo.
La cartera había sido recuperada después de que Isabel desapareciera; la maleta, en cambio, había sido retirada de la estación por una persona autorizada la misma noche en que su madre intentaba marcharse.
Ernesto había ocultado ambos movimientos, aunque por motivos diferentes.
—¿Qué pasó con los documentos de la maleta? —preguntó Mateo.
Ernesto abrió el cuaderno de tapas negras y comenzó a pasar las hojas.
En la parte central había una anotación hecha con tinta azul, fechada tres días después de la desaparición de Isabel.
Al lado de una lista de facturas aparecía una frase breve: Original trasladado al depósito del muelle viejo. No entregar sin autorización de Isabel.
Lucía se inclinó para leerla.
—¿Qué depósito es ese?
—Había varios almacenes cerca del antiguo muelle de carga. Uno pertenecía a la cooperativa pesquera y otros se alquilaban a comerciantes. Algunos se cerraron cuando redujeron la actividad del puerto. No sé cuál de ellos es.
—¿Adela lo sabía?
—Estoy seguro de que sí. Fue ella quien me pidió que guardara el cuaderno. Me dijo que, si algún día necesitábamos recuperar los documentos, tendríamos que buscar donde Isabel había indicado. Pero nunca me dio una dirección.
Lucía sintió una mezcla de esperanza y frustración.
El registro no resolvía la desaparición, pero podía conducirlos al lugar donde su madre había guardado la copia original.
Quizá allí encontrarían los nombres de quienes habían organizado los pagos y la información que faltaba en los documentos de Ernesto.
Mateo examinó la anotación con atención.
—¿Hay alguna otra referencia al muelle viejo?
Ernesto pasó varias páginas. Al final del cuaderno había un pequeño dibujo de la costa, trazado a mano, con una línea que señalaba una construcción rectangular junto a las vías de carga. Debajo aparecía un número: 17.
Lucía miró el dibujo, intentando reconocerlo.
—Creo que sé dónde está —dijo.
Mateo se acercó.
—¿Dónde?
—Cuando era chica, mi madre me llevaba a caminar por el sendero que pasa detrás del puerto. Había un galpón de ladrillos con una puerta verde y una inscripción casi borrada en la fachada. Nunca entré, pero recuerdo que tenía un número pintado junto a la entrada.
Ernesto asintió lentamente.
—Podría ser ese. Era uno de los antiguos depósitos de la cooperativa. Si Isabel guardó allí los originales, es posible que todavía estén en el interior.
Lucía cerró el cuaderno.
—Entonces vamos a ir.
—No —intervino Ernesto—. No podemos presentarnos allí sin saber si alguien sigue utilizando el lugar. Si los documentos continúan escondidos, es posible que la persona que los busca haya regresado al depósito.
Lucía lo miró con dureza.
—No pienso quedarme sentada esperando a que otra persona decida qué puedo hacer.
—No te estoy pidiendo que abandones la investigación. Te estoy diciendo que no quiero que cometas el mismo error que cometimos nosotros: creer que basta con conocer una parte de la verdad para saber qué hacer con ella.
La frase la sorprendió. Por primera vez, Ernesto no intentaba tranquilizarla ni convencerla de que olvidara el pasado. Parecía estar reconociendo que su propia conducta había contribuido a prolongar el silencio.
—Entonces vamos con Rivas —dijo Lucía—. Si el depósito forma parte de la investigación, la policía tiene que acompañarnos.
Mateo asintió. Ernesto cerró el cuaderno y lo guardó en la carpeta.
—Hay otra cosa que deben saber —dijo.
Lucía esperó.
—La noche en que retiré la maleta, vi a alguien cerca del andén. No pude distinguir su rostro, pero llevaba una chaqueta oscura y tenía algo brillante en la mano derecha. Pensé que era un reloj. Ahora, después de lo que me contaron sobre el anillo de Tomás, no estoy seguro.
Mateo se quedó inmóvil.
—¿Quieres decir que mi padre estaba allí?
—No puedo asegurarlo. Pero la figura tenía una constitución parecida a la de Tomás. Cuando terminé de retirar la maleta, miré hacia el otro extremo del andén y ya no estaba.
Lucía comprendió que aquella observación podía cambiar nuevamente la dirección de la investigación.
Hasta entonces, habían supuesto que Tomás había llegado a la estación después de recibir la llamada de Isabel.
Si realmente había estado allí mientras Ernesto retiraba la maleta, su declaración podía haber ocultado un encuentro entre dos hombres que compartían información sobre los documentos.
—¿Por qué no lo dijiste antes? —preguntó.
Ernesto bajó la mirada.
—Porque no estaba seguro de haberlo visto. No quería acusar a alguien sin pruebas y, al mismo tiempo, tenía miedo de que mi declaración terminara perjudicándome. Me convencí de que era mejor guardar silencio.
Lucía no respondió. Había escuchado esa explicación demasiadas veces. El miedo, la incertidumbre y el deseo de proteger a la familia habían servido de excusa para ocultar información que quizá podría haber ayudado a encontrar a Isabel.
En ese momento sonó el teléfono de la oficina.
Lucía levantó el auricular y reconoció la voz del subcomisario Rivas.
Le explicó que su padre había llegado con documentos de la empresa y que acababan de encontrar una referencia al depósito número 17 del muelle viejo.
El subcomisario le pidió que no se movieran del hotel hasta que él llegara.
Quería revisar los papeles y comprobar la ubicación exacta del galpón antes de organizar una inspección.
Cuando Lucía colgó, Ernesto permaneció junto al escritorio, mirando el cuaderno que había conservado durante doce años.
—No sé si los documentos seguirán allí —dijo—. Pero, si los encontramos, puede que por fin sepamos quién estaba detrás de los pagos.
Lucía sostuvo la mirada de su padre.
—Y también qué pasó con mamá.
Ernesto no respondió. No parecía capaz de ofrecerle esa certeza, y Lucía comprendió que no debía exigirle respuestas que todavía no tenía.
Al otro lado de la ventana, el viento comenzó a levantar las hojas húmedas del jardín. El Hotel Miramar permanecía en silencio, como si guardara en cada habitación una parte de la historia que nadie había querido contar.
Lucía recogió la fotografía de su madre y la colocó junto al cuaderno. Por primera vez desde su regreso, las pistas parecían conducir hacia un lugar concreto, no hacia otra pregunta suspendida en el aire.
El depósito número 17 podía contener la copia original de los documentos que Isabel había intentado proteger. Si seguían allí, tendrían una oportunidad de reconstruir los movimientos de aquella noche y descubrir qué papel había desempeñado cada persona.
Pero Lucía también sabía que, si alguien había pasado doce años intentando ocultar esos papeles, no iba a permitir que los encontraran sin hacer nada.
Y mientras esperaba la llegada de Rivas, tuvo la inquietante certeza de que el siguiente paso podía acercarla a la verdad tanto como al peligro.