Capítulo 11 — La maleta que nunca partió
La maleta que nunca partió
El automóvil se detuvo junto al porche. Ernesto descendió del asiento trasero con un maletín de cuero gastado y una carpeta marrón bajo el brazo.
Llevaba el mismo abrigo que Lucía recordaba de sus viajes desde Buenos Aires, aunque ahora le quedaba más holgado en los hombros.
Antes de dirigirse a la entrada, se detuvo para observar la fachada del hotel.
Su mirada recorrió las ventanas del primer piso, el jardín descuidado y el cartel de madera que todavía conservaba el nombre de Miramar.
Parecía estar contemplando un lugar al que había intentado no regresar durante demasiado tiempo.
Lucía abrió la puerta antes de que llamara.
—Llegaste.
—El viaje fue más largo de lo que esperaba —respondió él—. Hubo un problema con el servicio de autobuses y tuve que esperar en la terminal.
Ella se hizo a un lado para dejarlo entrar. Durante un instante, ninguno supo cómo saludarse. Ernesto parecía dispuesto a abrazarla, pero se detuvo al advertir la expresión seria de su hija. Finalmente, dejó el maletín sobre el mostrador.
—Traje los documentos que te prometí.
—Bien. El subcomisario Rivas está por venir.
Ernesto levantó la cabeza.
—¿Lo llamaste?
—Sí. Hay registros que llevan tu nombre y necesito que expliques qué significan.
Él asintió lentamente. No intentó protestar ni pedir que hablaran a solas antes de mostrar los papeles.
Esa disposición habría tranquilizado a Lucía en otro momento.
Ahora solo consiguió que se preguntara cuánto había preparado su padre durante el viaje y qué parte de su historia todavía estaba reservándose.
Lo condujo hasta la oficina, donde Mateo los esperaba junto al escritorio.
Ernesto se detuvo al verlo. Entre ambos había una relación que nunca había sido especialmente estrecha, pero que durante años se había sostenido sobre la amistad entre sus familias y el afecto que Lucía sentía por Mateo.
Después de lo ocurrido en 1986, aquella cercanía se había vuelto incómoda.
Ernesto nunca había acusado directamente a Tomás de estar implicado en la desaparición de Isabel, pero tampoco había hecho nada por disipar las sospechas que crecieron en el pueblo.
—Mateo —saludó.
—Ernesto.
El intercambio fue breve. Ninguno añadió nada más, y Lucía decidió que era mejor empezar antes de que el silencio volviera a dominar la habitación.
Ernesto abrió la carpeta y sacó un conjunto de hojas mecanografiadas, varias facturas y un cuaderno de tapas negras.
Los documentos estaban ordenados por fecha y sujetos con una cinta descolorida.
Algunos conservaban sellos de una empresa de transporte que había operado en el puerto durante los años ochenta.
Otros presentaban anotaciones hechas a mano, con cifras corregidas y firmas al pie.
—Estos son los papeles que guardé cuando dejé la empresa —explicó—.
No están completos. Me llevé las copias que tenía en mi oficina porque comprendí que algunas operaciones no estaban bien registradas.
Durante años pensé que podían servirme para demostrar que no había organizado nada de aquello, aunque nunca tuve el valor de entregarlos a la policía.
Lucía tomó la primera hoja. Era una factura por la reparación de un motor de embarcación, fechada en septiembre de 1986. El importe aparecía corregido dos veces. En el margen, alguien había anotado una cantidad diferente, seguida de las iniciales T. S.
—Tomás Salvatierra —dijo Mateo.
Ernesto asintió.
—Era uno de los proveedores habituales. El taller reparaba motores y recibía repuestos a través de la empresa.
En algunos registros, las cantidades entregadas no coincidían con las facturas.
Al principio pensé que eran errores de administración.
Después descubrí que se estaban registrando movimientos de mercancías que nunca llegaban a figurar en los inventarios.
—¿Qué mercancías? —preguntó Lucía.
—Repuestos, motores usados y cajas cuyo contenido no siempre quedaba especificado. No puedo decirte que todo fuera ilegal. Pero había movimientos que se ocultaban deliberadamente y pagos que no tenían una justificación comercial clara.
Mateo examinó otra factura.
—¿Quién autorizaba esas operaciones?
Ernesto señaló las firmas al pie de varios documentos.
—Algunas eran de Tomás. Otras pertenecían a empleados de la empresa o a personas que trabajaban con el puerto. La última firma que aparece en estos registros no conseguí identificarla.
Lucía encontró una hoja con tres nombres escritos en una columna: Ramón Ledesma, Tomás Salvatierra y Ernesto Valdés. Junto a cada uno figuraba una fecha y una cantidad. Las cifras coincidían parcialmente con las anotaciones de la lista que habían encontrado en la caja de lata.
—Esto es lo que quería que trajeras —dijo—. Hay una lista muy parecida escondida en la estación.
Ernesto examinó la copia que ella le mostró.
—No recuerdo haber visto esta hoja. Pero la manera de organizar los pagos es similar a la que utilizaban en la empresa. Anotaban primero el nombre del destinatario, luego la fecha y finalmente el importe. A veces añadían una palabra para indicar el motivo de la operación.
—En la nuestra, junto al nombre de Ledesma aparece la palabra «consigna».
Ernesto levantó la mirada.
—Entonces probablemente se refiera al movimiento de equipajes en la estación.
Lucía sintió que la conversación llegaba al punto que había estado esperando desde la noche anterior.
—¿Qué equipaje retiraste tú el 20 de octubre de 1986?
Su padre dejó la hoja sobre el escritorio. Por primera vez desde su llegada, pareció perder la seguridad con la que había comenzado a explicar los documentos.
Mateo se enderezó en la silla.
—Las iniciales E. V. aparecen en el registro de la estación —dijo—. Ledesma asegura que alguien retiró una maleta de Isabel y que el nombre de la persona autorizada figuraba en una anotación. Queremos saber si fuiste tú.
Ernesto permaneció inmóvil durante varios segundos. Después se quitó los anteojos y los dejó junto al cuaderno.
—Sí —respondió—. Fui yo.
Lucía sintió que una parte de ella esperaba aquella respuesta y otra seguía sin estar preparada para escucharla.
—¿Por qué no me lo dijiste cuando hablamos por teléfono?
—Porque sabía que, en cuanto lo hiciera, tendrías motivos para sospechar que había participado en lo que le ocurrió a tu madre. Y no estaba seguro de poder explicártelo de manera que comprendieras lo que sucedió.
—Eso no es una explicación, papá. Es otra forma de ocultarme algo.
Ernesto bajó la cabeza.
—Lo sé.
El silencio se prolongó hasta que Lucía volvió a hablar.
—Cuéntame exactamente qué pasó.
Su padre tomó aire lentamente.
—El veinte de octubre, Isabel me llamó por la mañana.
Estaba muy nerviosa. Me dijo que había decidido marcharse del pueblo por unos días y que no quería llevarse los documentos que había encontrado.
Temía que alguien revisara su equipaje antes de que pudiera salir de la provincia.
Me pidió que retirara una maleta de la estación y la guardara hasta que ella pudiera decirme qué hacer con ella.
—¿Por qué no la acompañaste?
—Porque no quería que nos vieran juntos.
Había empezado a sospechar que alguien vigilaba sus movimientos y creía que, si yo aparecía con ella, podrían relacionarme con los documentos que estaba investigando.
Me dijo que iría sola a la estación y que, si no conseguía tomar el tren, me llamaría desde un teléfono público.
Lucía recordó la voz de su madre en la grabación, cuando hablaba de alguien que la esperaba en el andén y de una persona que podía poner en peligro a su hija. Aquellas palabras parecían encajar con el relato de Ernesto, aunque todavía quedaban demasiados vacíos.
—¿Fuiste a la estación antes o después de que ella desapareciera?
—Fui durante la noche. La maleta había quedado guardada en la consigna. Ledesma me la entregó después de comprobar la autorización que Isabel había dejado. No vi a tu madre. Pensé que había conseguido salir del pueblo por otro medio y que me llamaría cuando estuviera a salvo.
—¿Y qué hiciste con la maleta?
Ernesto se pasó una mano por el rostro.
—La llevé al hotel y se la entregué a Adela. Dentro había ropa, algunos documentos personales y una carpeta con copias de los registros de la empresa. Adela me pidió que no abriera la carpeta porque Isabel había dejado instrucciones específicas sobre lo que debía hacerse con esos papeles.
Lucía se quedó mirándolo.
—¿La maleta estuvo en el hotel todo este tiempo?
—No. Adela me dijo que la había escondido en otro lugar porque temía que alguien entrara a buscarla.
Nunca me explicó dónde. Después de que Isabel desapareció, yo no quise seguir preguntando.
Me convencí de que, si los documentos permanecían ocultos, al menos no podrían utilizarlos para perjudicar a nuestra familia.
—Entonces sabías que mi madre estaba intentando escapar y que había dejado pruebas escondidas —dijo Lucía—. Y aun así, cuando desapareció, me dejaste creer que se había marchado sin querer volver.
Ernesto cerró los ojos.
—Sí.
La respuesta fue tan directa que Lucía sintió que la rabia se le convertía en una tristeza más profunda.
Durante años había necesitado creer que su padre también sufría por la ausencia de Isabel, que su silencio era la expresión de un dolor que no sabía compartir.
Ahora descubría que había tenido en sus manos una parte de la historia desde el primer día y que había decidido ocultarla.
—¿Por qué nunca le dijiste a la policía que habías retirado la maleta?
—Porque sabía que los documentos contenían información que podía comprometerme.
Había trabajado para una empresa que estaba involucrada en operaciones irregulares, y temía que, si entregaba las copias, terminaría siendo investigado.
También tenía miedo de que alguien descubriera que Isabel había confiado en mí y que yo no había sabido protegerla.
—¿Y la cartera que te entregaron después?
Ernesto levantó la cabeza.