Capítulo 9 — La segunda cinta #2
Tomás había admitido que discutió con Isabel el 20 de octubre, y su anillo aparecía en las fotografías.
Sin embargo, también había asegurado que no sabía dónde estaba la copia.
La cinta no permitía demostrar que el hombre fuera él, aunque confirmaba que Isabel se había enfrentado a alguien que quería obtener los documentos y que conocía la relación entre las personas implicadas.
Rivas apagó el reproductor y guardó la cinta dentro de su caja.
—No podemos identificar a nadie basándonos únicamente en una voz grabada en estas condiciones —dijo—.
Pero esto sí nos proporciona una línea de investigación concreta.
Isabel tenía documentos originales, alguien intentó obtenerlos y Ernesto podría conservar registros que permitan verificar los pagos.
Lucía se levantó y caminó hacia la ventana.
Necesitaba ordenar lo que acababa de escuchar.
La voz de su madre había mencionado a su padre como alguien que conservaba información capaz de demostrar quién había autorizado los movimientos de dinero.
Eso podía significar que Ernesto había participado en la investigación, pero también que estaba involucrado en las operaciones que Isabel intentaba descubrir.
—¿Qué pasa con la copia? —preguntó, volviéndose hacia Rivas—. Isabel dice que Adela sabía dónde estaba. ¿Podemos suponer que la copia sigue escondida en el hotel?
—No. Solo podemos afirmar que Isabel le dijo a Adela que conocía su ubicación. La copia podría haber sido trasladada después, destruida o entregada a otra persona. Tenemos que comprobarlo antes de sacar conclusiones.
Lucía miró la carta encontrada en la biblioteca.
Su madre había escrito que la copia no estaba en el hotel ni en la estación, pero había dejado la cinta precisamente debajo del suelo del antiguo lavadero.
Era posible que hubiera querido que Adela la encontrara si ella no regresaba.
Sin embargo, todavía no había señales del documento al que se refería la grabación.
—Hay algo más —dijo Mateo—. Isabel mencionó que había alguien esperándola en la estación. Tomás dijo que fue hasta allí después de recibir su llamada, pero que ella ya no estaba. Si el hombre de la cinta es el mismo que la siguió aquella noche, su declaración podría ser falsa.
Rivas cerró la carpeta.
—Es una posibilidad. También es posible que se trate de dos personas diferentes. Voy a hablar de nuevo con Ledesma y revisar su declaración. Si reconoció a Isabel en el andén y vio a alguien con ella, necesitamos que describa a esa persona sin sugerencias ni interpretaciones de nuestra parte.
Lucía asintió. No quería acusar a Tomás sin pruebas, pero tampoco podía seguir aceptando sus explicaciones como si fueran suficientes.
Su padre, por su parte, había prometido traer los documentos que conservaba de la empresa de transporte.
Si cumplía su palabra, quizá podrían determinar quién había autorizado los pagos y a quién había beneficiado la desaparición de los registros.
El subcomisario tomó las cintas y preparó una constancia de recepción para incorporarlas al expediente. Lucía firmó el documento y conservó una copia. Después, Rivas pidió hablar con ella a solas.
Mateo salió al vestíbulo, aunque dejó la puerta entreabierta.
—Hay algo que me preocupa —dijo el subcomisario—.
La persona que grabó esta conversación sabía que Isabel tenía documentos y que Ernesto conservaba registros originales.
Si la cinta es auténtica, alguien tuvo acceso a información que nunca se hizo pública.
Necesito saber si tu padre mencionó a alguna persona que pudiera estar detrás de las amenazas.
Lucía negó con la cabeza.
—Solo dijo que había recibido una llamada de alguien que le ofrecía dinero a mi madre a cambio de los documentos. No me dio ningún nombre.
Rivas anotó la respuesta.
—Cuando Ernesto llegue, quiero entrevistarlo formalmente. También necesito que nos entregue los documentos que dice conservar. Si hay nombres y registros que coinciden con los de la lista, podremos verificar qué pagos se realizaron y quién estaba involucrado.
Lucía se quedó pensando durante unos segundos.
—¿Y si mi padre no viene?
—Entonces iremos a buscarlo a Buenos Aires, si es necesario. Pero primero tenemos que darle la oportunidad de cumplir con lo que prometió.
Rivas guardó su libreta y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se volvió una última vez.
—No escuches estas grabaciones sola y no intentes seguir a nadie por tu cuenta. La investigación recién está empezando. Quiero que puedas ayudarnos sin ponerte en peligro.
Lucía agradeció la advertencia. Cuando el subcomisario se marchó, encontró a Mateo junto a la recepción, observando una fotografía antigua del hotel que colgaba en la pared. Al oír sus pasos, él se volvió.
—¿Qué te dijo?
—Que tenemos que esperar a que mi padre traiga los documentos. Y que no debemos intentar identificar al hombre de la cinta sin pruebas.
Mateo asintió, pero su atención seguía fija en la fotografía.
—¿Qué estás mirando? —preguntó Lucía.
Él señaló la imagen. Mostraba el Miramar durante una temporada de verano, con varios huéspedes reunidos en el porche y Adela junto a la entrada principal.
La fotografía había sido tomada muchos años antes de la desaparición de Isabel.
A un lado aparecía Tomás, con una mano apoyada en el hombro de Ernesto.
—Mira la mano de mi padre —dijo Mateo.
Lucía se acercó. En la imagen, Tomás llevaba el anillo de piedra negra que habían visto en la fotografía del muelle. En cambio, Ernesto no llevaba ningún anillo visible.
—¿Qué tiene de extraño?
Mateo tardó un momento en responder.
—Mi padre dejó de usar ese anillo después de octubre de 1986. Nunca supe por qué. Durante años pensé que lo había perdido, pero ahora recuerdo que, cuando le pregunté, me dijo que había decidido guardarlo porque le recordaba una época que prefería olvidar.
Lucía sintió que la observación podía ser importante, pero no sabía qué demostraba.
El anillo vinculaba a Tomás con la fotografía y coincidía con la descripción que Ledesma había dado del hombre en la estación.
Sin embargo, no probaba que hubiera estado con Isabel después de que ella abandonara el andén ni que fuera la persona que había hablado en la segunda cinta.
—¿Todavía lo conserva? —preguntó.
—No lo sé. Tendría que preguntárselo.
Lucía miró hacia la puerta por la que Tomás había salido el día anterior.
Había reconocido que discutió con Isabel, que la vio por última vez en la estación y que ocultó información a la policía.
Si el hombre de la grabación era él, las palabras de Isabel podían demostrar que conocía la amenaza contra su hija.
Pero, si no lo era, seguía existiendo alguien más que había tenido acceso a los documentos y que podía estar involucrado en la desaparición.
—No quiero volver a hablar con él sin Rivas presente —dijo—. Si tiene el anillo, quiero que nos explique por qué dejó de usarlo. Y si dice que no lo conserva, tendremos que averiguar cuándo desapareció.
Mateo asintió.
—Estoy de acuerdo.
Permanecieron en silencio mientras la luz de la mañana se extendía sobre el jardín.
Lucía sentía que la historia se acercaba a un punto decisivo, pero todavía no sabía qué puerta debían abrir después.
Habían encontrado la voz de Isabel, habían escuchado una discusión que parecía confirmar sus temores y habían descubierto que su padre conservaba registros relacionados con las operaciones del puerto.
Sin embargo, la identidad del hombre de la cinta seguía oculta detrás de una voz distorsionada y de una frase que no había podido escucharse por completo.
Cuando Mateo se dispuso a preparar más café, Lucía volvió a mirar la etiqueta de la segunda cinta.
La fecha escrita por Adela, el 20 de octubre de 1986, coincidía con el día en que Isabel había intentado tomar el tren y desaparecido sin dejar rastro.
La grabación había sido conservada en un escondite que solo su madre y su abuela parecían conocer, y contenía información que podía comprometer a más de una persona.
Entonces recordó la última frase que Isabel había pronunciado antes de que la cinta se llenara de ruido.
No puedes hacer desaparecer todo.
Durante doce años, alguien había conseguido que los documentos faltaran, que los testimonios se contradijeran y que las preguntas quedaran sin respuesta. Ahora, por primera vez, Lucía tenía una prueba de que su madre había intentado resistirse a ese silencio.
Y estaba decidida a descubrir quién había tenido tanto miedo de lo que Isabel sabía.