Capítulo 9 — La segunda cinta
La segunda cinta
Bajó a la recepción poco después de las ocho y encontró a Mateo sentado junto a la ventana, con una taza de café entre las manos.
Había dormido poco. La noche anterior, después de la llamada amenazante, había vuelto a revisar las cerraduras y comprobado que la puerta del patio no pudiera abrirse desde el exterior.
Lucía le había agradecido que se quedara, aunque ninguno de los dos había mencionado el significado que aquel gesto podía tener para ellos.
Los recuerdos compartidos permanecían demasiado cerca de la superficie, mezclados con una desconfianza que no desaparecía solo porque él estuviera allí cuando ella lo necesitaba.
—¿Dormiste algo? —preguntó Mateo.
—Lo suficiente. ¿Tú?
—Un poco.
Lucía se sirvió café y se sentó frente a él.
Durante varios minutos hablaron de asuntos prácticos: la visita de Rivas, los documentos que debían entregarle y la posibilidad de que Ernesto llegara desde Buenos Aires con las carpetas que había conservado después de abandonar la empresa de transporte.
Su padre había prometido revisar los papeles antes de viajar, pero todavía no había llamado para confirmar una hora de llegada.
—Creo que deberíamos escuchar la segunda cinta con Rivas presente —dijo Mateo—. Si contiene una conversación que pueda utilizarse como prueba, es mejor que quede registrada desde el principio.
Lucía asintió. La noche anterior había estado a punto de reproducirla, pero la llegada de Tomás y las revelaciones posteriores habían cambiado sus prioridades.
Ahora comprendía que no debía seguir escuchando fragmentos de la historia sin conservar un registro de lo que encontraban y de dónde procedía cada objeto.
—Voy a llamarlo —respondió—. También quiero que escuche la primera grabación completa. Hay detalles que quizá no interpretamos bien.
Después del desayuno, subió a la habitación de Adela y recogió las dos cintas.
La primera estaba dentro de una caja transparente, con la etiqueta amarillenta que indicaba el 19 de octubre de 1986.
La segunda, encontrada bajo la tabla del antiguo lavadero, llevaba la fecha del día siguiente.
Lucía las colocó junto a la carta de Isabel y bajó con todo a la oficina.
Rivas llegó poco antes de las nueve y media. Llevaba una carpeta de cartón, una libreta y un pequeño reproductor de casetes que había conseguido en la comisaría. Saludó a Lucía y a Mateo, dejó sus cosas sobre el escritorio y preguntó si habían encontrado algo más durante la noche.
Lucía le mostró la nota que había aparecido debajo de la puerta del cuarto azul y le contó que la habían encontrado al levantarse. Rivas examinó el papel sin tocar directamente la tinta y lo guardó en una funda.
—La amenaza sigue una pauta bastante clara —dijo—.
Alguien sabe que estás buscando documentos y quiere que abandones.
Voy a pedir que un agente pase por el hotel durante el día y que se registre cualquier llamada sospechosa.
Pero necesitamos averiguar qué hay en estas cintas para entender por qué alguien está tan preocupado.
Lucía colocó la primera grabación sobre el escritorio.
—Esta la escuchamos ayer. Es la voz de mi madre. Habla de Tomás, de una reunión y de alguien que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para impedir que se descubriera la verdad.
Rivas anotó la fecha de la cinta y pidió que se la describiera de nuevo.
Después la introdujo en el reproductor y presionó el botón de reproducción.
El siseo inicial llenó la oficina. Lucía reconoció la respiración de Isabel, el golpe contra una superficie y la vacilación con la que había pronunciado las primeras palabras.
Escucharla junto a un agente policial le produjo una sensación diferente de la que había experimentado en soledad.
Ya no era únicamente un recuerdo íntimo, sino un testimonio que podía ayudar a reconstruir lo sucedido.
Rivas escuchó hasta el final sin interrumpir. Cuando la grabación terminó, volvió a colocar la cinta al principio y reprodujo unos segundos de la parte en la que Isabel mencionaba la copia y a la persona que podía estar involucrada. Después detuvo el aparato.
—La voz es clara, pero el contexto no está completo —dijo—. Necesitamos saber quién estaba con ella y cuándo se grabó exactamente. La fecha escrita en la etiqueta no demuestra por sí sola que la cinta se haya grabado ese día.
Lucía tomó la segunda grabación y la colocó junto al reproductor.
—Esta la encontramos ayer en una habitación debajo de la escalera del antiguo lavadero. Mi madre solía esconderse allí conmigo cuando yo era chica. La carta que encontramos en la biblioteca decía que recordara el lugar donde escuchábamos el mar sin verlo.
Rivas observó la etiqueta y anotó la procedencia del objeto.
Después preparó una hoja para registrar la apertura y reproducción de la cinta, indicando quiénes estaban presentes y la hora en que comenzaría la escucha.
Lucía firmó la nota y Mateo hizo lo mismo como testigo del hallazgo.
Solo entonces Rivas introdujo el casete en el reproductor.
Al principio se oyó el ruido habitual de la cinta girando. Después apareció la voz de Isabel, más cercana que en la primera grabación, como si hubiera colocado el micrófono sobre una mesa. Hablaba despacio, con una tensión que se percibía en cada pausa.
—Adela, si encontraste esto, significa que no pude volver a tiempo.
No sé cuánto de lo que está ocurriendo vas a comprender cuando lo escuches, pero necesito que recuerdes una cosa: no entregues la copia a nadie que venga a pedirla en mi nombre.
No importa lo que te diga ni lo que prometa.
Si yo no estoy presente, no puedes saber si esa persona viene a ayudarme o a terminar lo que empezó.
Lucía apretó los dedos contra el borde de la silla. Mateo permaneció inmóvil, con la mirada fija en el reproductor. La voz de Isabel continuó, ahora más baja.
—Hoy fui a la estación. Pensé que podría tomar el tren y salir del pueblo antes de que alguien se enterara de lo que había encontrado. Me equivoqué. Había alguien esperándome. No vi su cara al principio, pero reconocí el anillo. No era la primera vez que lo veía.
Se oyó un ruido seco, como una puerta cerrándose a cierta distancia. Isabel dejó de hablar durante varios segundos. Cuando volvió a hacerlo, su voz había cambiado. Parecía estar intentando mantener la calma mientras se dirigía a una persona que se encontraba en la misma habitación.
—No voy a darte los documentos.
Una voz masculina respondió desde el fondo. La grabación era deficiente y el tono estaba parcialmente cubierto por el ruido de la cinta, pero las palabras se entendieron con claridad.
—No entiendes lo que estás haciendo, Isabel.
—Lo entiendo mejor que tú.
—Entonces sabes que no puedes llevarte esa copia.
Lucía sintió que se le tensaba la espalda. Rivas no apartó la vista del reproductor. Mateo se inclinó ligeramente hacia delante, intentando distinguir la voz.
—No voy a entregar nada hasta que me digas qué pasó con el dinero —respondió Isabel—. Hay nombres en esos registros. Hay pagos que nadie puede justificar y documentos que demuestran quién los autorizó.
El hombre respondió algo que se perdió en el ruido. La voz de Isabel se elevó.
—No me amenaces con mi hija. Ella no tiene nada que ver con esto.
Lucía se llevó una mano a la boca. La frase le produjo una punzada de dolor, pero también le confirmó algo que había temido desde la primera grabación: su madre sabía que podía estar en peligro y había intentado mantenerla al margen.
—Tu hija no corre ningún riesgo si dejas de hacer preguntas —dijo el hombre.
—Eso no depende de mí, ¿verdad? Depende de lo que tú estés dispuesto a hacer.
Hubo un silencio prolongado. Después se escuchó un movimiento brusco, seguido por un golpe metálico. La voz masculina volvió a aparecer, esta vez más cerca del micrófono.
—No voy a dejar que destruyas a todos por unos papeles.
—No son solamente papeles. Son pruebas.
—Pruebas que nadie va a utilizar.
—Eso lo vas a tener que decidir después de que las entregue.
La grabación volvió a llenarse de ruido. Durante unos segundos solo se oyó una respiración agitada. Después, Isabel habló una última vez.
—Si algo me pasa, Adela sabe dónde está la copia. Y Ernesto tiene los registros originales. No puedes hacer desaparecer todo.
Se escuchó un golpe seco y la cinta continuó girando. La voz masculina pronunció unas palabras casi inaudibles. Rivas aumentó el volumen, pero la frase se perdió entre el siseo y un ruido de estática. Después de unos segundos, el aparato reprodujo un chasquido y se detuvo.
Nadie habló inmediatamente.
Lucía miraba el reproductor como si todavía pudiera escuchar la voz de su madre en aquella pequeña caja de plástico.
La grabación confirmaba que Isabel había discutido con alguien que quería recuperar los documentos, que la había amenazado con las consecuencias de continuar la investigación y que había mencionado tanto a Ernesto como a Adela.
Pero la voz del hombre no resultaba lo bastante clara como para identificarlo.
Mateo fue el primero en romper el silencio.
—¿Podemos escuchar otra vez el comienzo de la conversación?
Rivas asintió y rebobinó la cinta unos segundos. Reprodujeron la parte en la que Isabel mencionaba el anillo. La frase apareció de nuevo, seguida por el ruido de la puerta y la primera respuesta del hombre. Mateo cerró los ojos, concentrado en el sonido.
—¿Reconoces la voz? —preguntó Lucía.
Él tardó en responder.
—No puedo asegurarlo. Se parece a la de mi padre, pero la calidad de la grabación es demasiado mala para afirmarlo. Hay muchas personas en el pueblo que tienen una voz grave y hablan de esa manera.