El secreto del Hotel Miramar Capítulo 8 — Lo que mi padre guardó #3
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Capítulo 8 — Lo que mi padre guardó #3

—No sé qué más puedo recordar que sea útil —dijo—. Pero voy a revisar los papeles. Si encuentro algo, te lo llevaré.

Lucía quiso creerle, aunque sabía que ya no podía depender solamente de sus palabras.

—Te espero —respondió.

Colgó lentamente y permaneció junto al teléfono durante varios segundos. Mateo se había acercado al mostrador y la observaba sin preguntarle nada. Tomás seguía sentado en la oficina, donde Rivas había comenzado a ordenar las copias del expediente. Cuando Lucía entró, ambos levantaron la mirada.

—Mi padre recibió la cartera —dijo ella—. La entregó a Adela, junto con un papel que contenía una amenaza. También sabía que mi madre había descubierto irregularidades en las operaciones del puerto y que alguien había intentado comprar su silencio.

Rivas dejó la carpeta sobre la mesa.

—¿Va a venir a declarar?

—Dijo que intentaría venir y que conserva algunos documentos de la época.

El subcomisario asintió.

—Necesito que lo haga formalmente. Si tiene facturas, registros o copias de documentos relacionados con esas operaciones, debemos incorporarlos al expediente. Pero no quiero que los entregue sin que podamos registrar su procedencia.

Lucía estuvo de acuerdo. Después miró a Tomás.

—¿Tú sabías que mi padre recibió la cartera?

Tomás negó con la cabeza.

—No. Sabía que Ernesto había ido a la estación después de la desaparición de Isabel, pero nunca supe que había recibido sus pertenencias.

—¿Y sabías que mi madre había sido amenazada para que entregara los documentos?

Tomás tardó en responder.

—Sí. Ella me lo contó durante nuestra conversación en el taller.

Me dijo que alguien la había llamado y que le había ofrecido dinero.

No quiso decirme quién era. Yo le recomendé que acudiera a la policía, pero se negó porque creía que algunas de las personas involucradas podían tener contactos dentro de las instituciones.

Rivas levantó la cabeza.

—¿Por qué no declaró eso en 1986?

Tomás aceptó la pregunta sin discutir.

—Porque tenía miedo de que investigaran mis propias actividades. Había recibido pagos que no podía justificar y temía terminar implicado en algo que no había organizado. Me convencí de que Isabel se había marchado por su cuenta y que, si mantenía la boca cerrada, podría proteger a mi familia.

—¿Y ahora qué cambió? —preguntó el subcomisario.

Tomás miró a Lucía.

—Adela murió. Alguien volvió a amenazar a su nieta y comprendí que el silencio no había protegido a nadie. Solo había permitido que el miedo siguiera decidiendo por nosotros.

Rivas anotó la respuesta y cerró la carpeta.

—Entonces vamos a necesitar una declaración completa de los tres.

Hay demasiados elementos que verificar para seguir trabajando con recuerdos aislados.

Pero antes quiero examinar el documento de la cartera y establecer quién firmó la entrega, quién separó el papel y por qué no quedó constancia de su contenido.

Lucía asintió. Por primera vez, las averiguaciones comenzaban a tomar una dirección concreta.

Su padre estaba dispuesto a colaborar, Tomás había reconocido su participación en algunas operaciones y el subcomisario había decidido revisar el expediente de nuevo.

Aun así, el misterio central seguía intacto: nadie había explicado qué ocurrió con Isabel después de abandonar la estación.

Cuando Rivas se marchó para comenzar las diligencias, Lucía acompañó a Tomás hasta la entrada. Él se detuvo antes de salir y la miró con una expresión que ella nunca le había visto durante su infancia.

—Sé que no puedes confiar en mí —dijo—. No te voy a pedir que lo hagas. Pero si encuentras algo que te parezca extraño en esos documentos, dímelo. Puede que yo reconozca algún nombre o alguna fecha.

Lucía no respondió inmediatamente.

—Si me mientes otra vez, no voy a darte una segunda oportunidad.

Tomás inclinó la cabeza.

—Lo entiendo.

Cuando se marchó, Mateo permaneció junto a la puerta.

Lucía volvió a la oficina y recogió la fotografía de su madre.

La conversación con Ernesto había abierto una herida que creía cerrada, pero también le había permitido comprender que su padre no era el hombre ajeno a aquella historia que ella había imaginado durante años.

Había participado en las operaciones, había recibido la cartera y había elegido guardar silencio. Sin embargo, todavía no sabía si ese silencio había protegido a alguien, encubierto un delito o simplemente prolongado su miedo.

Tomó la carta de Adela y volvió a leer la frase que había subrayado: No confundas el miedo a las consecuencias con la imposibilidad de decir la verdad.

Durante años, todos habían utilizado el miedo como una razón para callar. Su padre, Mateo, Tomás y quizá también la propia Adela habían creído que esconder la verdad era una forma de evitar un daño mayor.

Pero el daño ya estaba hecho.

Y ahora Lucía comenzaba a comprender que, para descubrir qué le había sucedido a su madre, tendría que enfrentarse no solo a las personas que podían haberle hecho daño, sino también a quienes habían decidido que ella no tenía derecho a conocerlo.