El secreto del Hotel Miramar Capítulo 8 — Lo que mi padre guardó #2
38%

Capítulo 8 — Lo que mi padre guardó #2

—No, papá. No creo que lo sepas. Durante años pensé que mamá se había marchado porque no quería seguir viviendo con nosotros.

Me pregunté qué había hecho para que se fuera sin despedirse.

Me convencí de que, si hubiera sido mejor hija, tal vez habría vuelto.

Tú sabías que había recibido una amenaza y nunca me lo dijiste.

Ernesto no respondió. Lucía escuchó un ruido leve, como si hubiera dejado el auricular sobre una mesa para llevarse una mano al rostro.

—Lo siento —dijo él finalmente—. Sé que eso no cambia nada.

Lucía respiró hondo. Quería preguntarle por Tomás, por los pagos del puerto y por la firma que aparecía en los documentos. Pero antes necesitaba resolver una cuestión que podía cambiar la interpretación de todo lo ocurrido.

—¿Tú sabías que mamá había descubierto las irregularidades en el puerto?

Ernesto guardó silencio.

—Papá.

—Sí —respondió al fin—. Sabía que había encontrado documentos que no coincidían.

Trabajé durante un tiempo llevando registros para una empresa de transporte que operaba con el puerto.

Vi facturas que parecían correctas, pero cuyos importes no coincidían con las entregas reales.

Al principio pensé que eran errores administrativos.

Cuando Isabel empezó a investigar, comprendí que algunos pagos se estaban utilizando para encubrir otras operaciones.

—¿Y participaste en ellas?

—No en todas las que después aparecieron en las investigaciones.

Pero firmé documentos que no debería haber firmado.

Acepté dinero por trabajos administrativos y seguí trabajando allí cuando ya tenía motivos para sospechar que algo no estaba bien.

No fui quien organizó aquellas operaciones, pero tampoco puedo decir que no tuve ninguna responsabilidad.

Lucía sintió que el suelo parecía ceder bajo sus pies. Su padre no había sido un simple espectador. Había reconocido que trabajó para una empresa vinculada con las operaciones clandestinas y que firmó documentos que podían comprometerlo.

—¿Mamá lo sabía?

—Sí. Fue ella quien me mostró las primeras diferencias.

Quería que yo la ayudara a entender los registros porque conocía mejor que nadie la manera en que se llevaban las cuentas de los proveedores.

Cuando comprendimos que algunos movimientos no podían explicarse como errores, le pedí que dejara de investigar. Ella se negó.

—¿Y qué pasó después?

—Dejó de contarme todo lo que encontraba. Decía que necesitaba estar segura antes de acusar a nadie. La última vez que hablamos sobre el asunto, me dijo que iba a reunirse con Tomás y que esperaba obtener una respuesta definitiva.

Lucía recordó la confesión que Tomás había hecho en el hotel. También él había hablado de aquel encuentro, aunque había asegurado que Isabel se había marchado por su cuenta después de discutir.

—¿Por qué nunca fuiste a buscarla cuando desapareció?

La voz de Ernesto se quebró ligeramente.

—Fui. Busqué por el pueblo, recorrí la costa y fui a la estación.

Pero no podía decirle a la policía todo lo que sabía sin exponer mis propios actos y a las personas con las que había trabajado.

Me convencí de que Isabel podría haber subido al tren y de que, si realmente se había marchado, al menos estaría viva.

Cuando apareció la cartera, pensé que quizá había dejado el pueblo y que no quería que la encontráramos.

—¿De verdad creíste eso?

—Quise creerlo. Era la única explicación que me permitía seguir adelante.

Lucía no encontró una respuesta. La posibilidad de que su padre hubiera vivido durante años aferrado a una explicación que él mismo sabía incompleta le resultaba tan dolorosa como la posibilidad de que hubiera ocultado deliberadamente una prueba.

—Necesito que vengas al pueblo —dijo.

Ernesto tardó en contestar.

—¿Para qué?

—Para revisar los documentos con Rivas. Para explicar lo que sabes y para que dejes de decidir qué debo conocer. Si realmente quieres ayudarme, tienes que hacerlo en persona.

—No sé si es una buena idea.

Lucía cerró los ojos.

—¿Todavía tienes miedo?

—Sí.

La respuesta fue tan honesta que le dolió más que cualquier excusa.

—Yo también tengo miedo, papá. Pero no voy a seguir viviendo como si eso fuera una razón para callarnos.

Ernesto permaneció en silencio durante unos segundos.

—Voy a buscar la manera de ir —dijo finalmente—. Necesito revisar algunos papeles que guardé después de dejar la empresa. Puede que todavía tenga algo que sirva.

—¿Qué papeles?

—Copias de facturas y algunos registros de pagos. No sé si estarán completos. Los guardé porque pensé que algún día tendría que explicar lo que había ocurrido.

Lucía sintió que una nueva posibilidad se abría ante ella.

—Traelos. No destruyas nada y no hables con nadie sobre lo que acabamos de conversar hasta que llegues.

—Está bien.

—Y, papá…

—¿Sí?

—Si sabes algo más sobre la desaparición de mamá, necesito que me lo digas ahora. No después. No cuando alguien más encuentre un documento que tú ya conocías.

Ernesto soltó el aire lentamente.

—Hay algo que nunca te conté. La semana anterior a su desaparición, Isabel recibió una llamada en casa.

No sé quién era, pero después de hablar se quedó muy pálida.

Cuando le pregunté qué había pasado, me dijo que alguien le había ofrecido dinero a cambio de entregar los documentos que había encontrado. Se negó a hacerlo.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Por qué no me dijiste eso antes?

—Porque pensé que era una provocación sin importancia. No sabía que iba a desaparecer dos días después.

—¿Y tampoco se lo contaste a la policía?

—No.

Lucía apretó el auricular hasta que le dolieron los dedos.

—Entonces no me has contado todo todavía.

Ernesto no respondió enseguida.