Capítulo 10 — El anillo negro
El anillo negro
Poco después del mediodía, Lucía seguía sentada en la oficina del Hotel Miramar, con la fotografía de su madre extendida sobre el escritorio.
La imagen mostraba a Isabel junto al muelle, dos días antes de su desaparición, con una expresión que Lucía no conseguía interpretar.
A su lado, Tomás aparecía de espaldas, con la mano derecha apoyada sobre una baranda de madera.
El anillo de piedra negra apenas se distinguía entre las sombras, pero bastaba para relacionarlo con el testimonio de Ramón Ledesma y con las palabras de la segunda grabación.
Mateo había salido al jardín para comprobar que la puerta de servicio estuviera bien cerrada. Cuando regresó, traía consigo una pequeña caja de herramientas y una expresión preocupada.
—La cerradura está peor de lo que pensaba —dijo—. El pestillo no encaja bien en el marco. Voy a tener que cambiarlo.
Lucía levantó la vista.
—¿Crees que alguien entró por ahí?
—No puedo asegurarlo. Pero, si alguien conocía el mecanismo, no necesitaba forzar la puerta.
Él dejó la caja junto al escritorio y observó la fotografía.
—Sigo pensando en lo que dijo Ledesma. Si realmente vio el anillo aquella noche, quizá pueda reconocerlo en una imagen más clara.
—Pero no reconoció al hombre cuando le preguntamos.
—Dijo que no le había visto bien la cara. Tal vez recuerde algo más si vuelve a examinar la fotografía.
Lucía recogió la imagen y la guardó en una carpeta.
Había aprendido que la memoria de los testigos podía ser incompleta y que cada detalle necesitaba verificarse.
No quería construir una acusación únicamente porque las piezas parecieran encajar.
Tomás había admitido que ocultó información, pero todavía no existían pruebas suficientes para afirmar que hubiera participado directamente en la desaparición de Isabel.
Lo que Lucía necesitaba era encontrar el documento original que su madre había intentado proteger. Si contenía los nombres de quienes habían autorizado los pagos, quizá permitiría reconstruir el camino que condujo a la última noche de Isabel.
El teléfono de la oficina sonó a las doce y veinte. Lucía levantó el auricular y reconoció la voz del subcomisario Rivas.
—Necesito que vengas a la comisaría esta tarde —dijo—. Hay novedades sobre Ledesma.
Lucía se incorporó.
—¿Qué pasó?
—Volví a hablar con él. Su primera declaración fue incompleta. Ahora reconoce que, después de ver a Isabel en el andén, recibió una visita en la estación esa misma noche. Alguien le pidió acceso al registro de equipajes y le ofreció dinero para que no hiciera preguntas.
Lucía sintió que la respiración se le aceleraba.
—¿Quién fue?
—Todavía no quiere darme un nombre por teléfono. Dice que necesita explicarlo en persona y que tiene miedo de las consecuencias. Quiero que estés presente cuando hablemos con él, porque hay una posibilidad de que reconozca algunos de los documentos que encontraste.
—¿A qué hora?
—A las tres. Ven con Mateo, si está contigo. También necesito que me traigas una copia de la fotografía del muelle, no el original.
Lucía anotó la hora en una hoja.
—Estaremos allí.
Cuando colgó, Mateo la miró desde el otro lado del escritorio.
—¿Qué dijo?
Lucía le contó lo que había revelado Rivas. Mateo escuchó sin interrumpirla, aunque su expresión se fue ensombreciendo con cada detalle.
—Si Ledesma recibió dinero para ocultar información, la anotación de la lista podría referirse a él —dijo—. La palabra consigna ya no parece tan casual.
—Todavía no sabemos si la lista es un registro completo ni quién la escribió.
—Lo sé. Pero empieza a tener sentido.
Lucía guardó los documentos en una carpeta y la cerró con una cinta. Antes de salir, llamó a su padre. Necesitaba saber si había encontrado los papeles que le había prometido llevar al pueblo. Ernesto respondió después de varios tonos.
—Estoy revisando las cajas —dijo—. Hay documentos de la empresa que no veía desde hace años. Algunos están incompletos y otros tienen anotaciones que no recuerdo haber hecho.
—¿Encontraste algo relacionado con los pagos del puerto?
—Sí. Hay varias facturas con importes diferentes para una misma entrega y copias de autorizaciones que llevan la firma de Tomás. También encontré una hoja con los nombres de tres personas que aparecen en la lista que me describiste.
Lucía cerró los ojos durante un instante.
—¿Quiénes son?
—No quiero decirte los nombres por teléfono. Necesito comprobar que las hojas correspondan al mismo período. Si voy a llevarte los documentos, quiero estar seguro de que no te estoy dando información equivocada.
—Papá, cada vez que alguien me dice que no puede contarme algo todavía, termino descubriendo que me ocultó una parte de la verdad.
Ernesto suspiró.
—Lo entiendo. No estoy intentando proteger a nadie. Voy a viajar mañana por la mañana y te llevaré todo lo que encuentre. Pero quiero que sepas una cosa: en esos registros aparece una firma que no es de Tomás ni mía.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿De quién?
—No estoy seguro. La firma está abreviada y podría pertenecer a un empleado de la empresa. Necesito compararla con otros documentos.
—¿Puede tener relación con la desaparición de mamá?
—No lo sé, Lucía. No voy a decirte que sí solo porque eso encaje con lo que estás buscando.
La respuesta la sorprendió. Por primera vez, Ernesto parecía comprender que la verdad no podía construirse con sospechas, por mucho que la tentación de encontrar una explicación fuera intensa.
—Está bien —dijo ella—. Te espero mañana.
Después de colgar, permaneció unos segundos con el auricular en la mano. Mateo no le preguntó qué habían hablado. Esperó hasta que ella volvió a guardar el teléfono y entonces se acercó al escritorio.
—¿Tu padre viene?
—Mañana. Encontró otros documentos, pero todavía no sabe a quién pertenece una de las firmas.
Mateo asintió.
—Entonces tenemos que escuchar lo que diga Ledesma antes de sacar conclusiones.
Salieron del hotel poco antes de las dos y media.
La tarde había despejado parcialmente la niebla, aunque el cielo continuaba cubierto por nubes bajas.
Caminaron por la avenida que llevaba al centro del pueblo, pasando frente a la panadería, la ferretería y el pequeño almacén donde Lucía solía comprar golosinas cuando era niña.
Algunas personas la reconocieron y la saludaron con discreción.
Otras la observaron desde las puertas de los comercios, como si su regreso hubiera despertado recuerdos que preferían mantener ocultos.
Mateo caminaba a su lado con las manos en los bolsillos de la chaqueta. Lucía notó que miraba con frecuencia hacia las calles laterales, atento a cualquier movimiento que pudiera resultar extraño.
—¿Siempre estás tan pendiente de todo? —preguntó ella.
—Últimamente, sí.
—No era así cuando éramos chicos.
Mateo sonrió apenas.
—Cuando éramos chicos, tú te ocupabas de mirar todo por los dos. Yo solo intentaba evitar que te metieras en problemas.
Lucía no pudo evitar una sonrisa breve. Durante un instante, la conversación les devolvió algo de la naturalidad que habían compartido antes de la desaparición de Isabel.
Recordó las tardes en que recorrían el pueblo en bicicleta, los planes que escribían en cuadernos y las discusiones absurdas que terminaban en carcajadas.
Después recordó las llamadas interrumpidas, las explicaciones que nunca llegaron y la última vez que habían hablado, cuando ambos se marcharon de la conversación creyendo que el otro ya no tenía nada que ofrecer.
—No necesitaba que me evitaras los problemas —dijo—. Necesitaba que confiaras en mí.
Mateo bajó la mirada.
—Lo sé. Tardé demasiado en entenderlo.
Lucía no respondió. No quería que aquella conversación se transformara en una reconciliación prematura. Todavía había demasiadas preguntas sin resolver, y la verdad sobre Isabel podía cambiar de nuevo la manera en que veía a Mateo y a su familia.
Cuando llegaron a la comisaría, Rivas los esperaba en una oficina pequeña al fondo del edificio.
Ramón Ledesma estaba sentado junto a la ventana, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.
Parecía más viejo que durante el encuentro en la estación y tenía el rostro pálido, como si hubiera pasado la noche sin dormir.
Al ver a Lucía, se levantó inmediatamente.
—Quiero pedirte disculpas —dijo.
Ella no aceptó la disculpa ni la rechazó. Se sentó frente a él y dejó la carpeta sobre la mesa.
—Primero quiero saber qué pasó.
Ledesma miró al subcomisario antes de comenzar.
—La noche del veinte de octubre de 1986, Isabel estuvo en la estación. Eso ya se lo conté. Lo que no les dije es que, después de que ella se marchó, llegó un hombre que conocía el sistema de equipajes y me pidió revisar un registro.
—¿Tomás Salvatierra? —preguntó Lucía.
Ledesma bajó la mirada.
—No puedo asegurar que fuera él.
—Pero dijo que conocía al hombre que acompañaba a mi madre.
—Sí. Lo conocía de verlo en el pueblo. La noche en que llegó a la estación, llevaba un abrigo oscuro y un anillo con una piedra negra. No pude verle bien el rostro, pero reconocí el anillo porque lo había visto otras veces.
Mateo apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Cuándo llegó ese hombre?
—Poco antes de que cerráramos la oficina de equipajes. Me preguntó si podía comprobar si una maleta había sido registrada para el tren a Buenos Aires. Le dije que necesitaba una autorización. Entonces sacó un sobre y lo dejó sobre el mostrador.
—¿Había dinero? —preguntó Rivas.
Ledesma asintió.
—Sí. No lo conté en ese momento, pero era bastante más de lo que ganaba en una semana. El hombre me dijo que podía quedármelo si le permitía revisar el registro y que nadie tenía por qué enterarse. Yo sabía que estaba haciendo algo incorrecto. Aun así, acepté.
Lucía sintió que la indignación le apretaba el pecho.
—¿Qué encontró?