Capítulo 7 — El hombre que volvió demasiado tarde #2
Lucía recordó la lista encontrada en la caja de la estación. Las anotaciones, las cantidades y los nombres ya no parecían fragmentos aislados. Sin embargo, aún no explicaban por qué su madre había desaparecido ni qué papel había desempeñado Tomás.
—¿Por qué aparece tu nombre en esa lista? —preguntó.
Tomás respiró hondo.
—Porque recibí dinero por algunos trabajos que hice.
Al principio eran reparaciones legítimas.
Después acepté otras operaciones sin preguntar de dónde procedían los fondos.
Cuando comprendí que algunos de esos pagos estaban relacionados con actividades ilegales, ya había firmado documentos que podían comprometerme.
Me asusté y seguí trabajando para las mismas personas porque creí que así podría mantenerlas lejos de mi familia.
Mateo se apartó de la mesa.
—¿Estabas metido en eso?
—No de la manera que estás imaginando.
—Entonces explica de qué manera.
Tomás levantó la mirada hacia su hijo. Por primera vez, parecía más preocupado por él que por Lucía.
—No participé en todo lo que hicieron esas personas. Pero acepté dinero que no debía aceptar, guardé documentos que no debía guardar y callé cuando tendría que haber denunciado lo que estaba ocurriendo. No voy a inventar una versión para parecer mejor de lo que fui.
Lucía sintió que la rabia se mezclaba con algo más complejo. Tomás no estaba confesando un asesinato ni admitiendo haber provocado directamente la desaparición de Isabel. Pero reconocía que había formado parte de una red de operaciones clandestinas y que había contribuido a mantenerla oculta.
—¿Qué ocurrió el veinte de octubre? —preguntó.
Tomás apretó las manos sobre las rodillas.
—Isabel me llamó por la mañana. Había encontrado un documento que demostraba que uno de los hombres implicados había pagado a alguien para retirar un equipaje de la estación.
No sabía quién había hecho la entrega ni por qué, pero estaba convencida de que el registro podía revelar algo importante.
Me pidió que nos encontráramos en el taller después del mediodía.
—¿Y fuiste?
—Sí. Discutimos porque yo quería que me entregara los documentos. Le dije que eran peligrosos y que, si los conservaba, podía perjudicarnos a todos. Ella se negó. Me dijo que no iba a dejar que siguieran utilizando el miedo para silenciar a las personas.
Lucía bajó la mirada. Aquellas palabras parecían pertenecer a la mujer que recordaba: obstinada cuando creía estar defendiendo algo justo, incapaz de aceptar una explicación que no respondiera a sus preguntas.
—¿La amenazaste? —preguntó.
Tomás levantó la cabeza.
—No. Discutí con ella, sí. Le dije cosas de las que me arrepiento. Pero nunca la amenacé con hacerle daño.
—Eso no significa que no hayas participado en lo que le pasó.
—Lo sé.
La respuesta volvió a dejarla sin palabras. Tomás no intentaba convencerla de su inocencia. Parecía haber aceptado que el silencio de aquellos años había destruido cualquier posibilidad de pedirle que confiara en él.
—Después de la discusión, Isabel se fue —continuó—.
Me dijo que iba a la estación para intentar tomar el tren a Buenos Aires.
Quería entregar una copia de los documentos a alguien que pudiera investigarlos sin estar relacionado con el pueblo.
Yo le ofrecí llevarla, pero se negó. Dijo que no quería que nadie la viera salir del taller conmigo.
Lucía recordó el testimonio de Ledesma y la fotografía del andén.
—Pero estuvo allí.
—Sí. Lo supe esa misma noche.
—¿Cómo?
Tomás miró a su hijo antes de responder.
—Me llamó desde un teléfono público. Estaba asustada. Me dijo que había visto a alguien que no esperaba encontrar en la estación y que no sabía si podía subir al tren. Le pedí que se quedara allí hasta que yo llegara. Cuando llegué, ya no estaba.
Lucía sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas.
—¿Quién era esa persona?
—No lo sé. Isabel no quiso decirme el nombre por teléfono.
—¿Y cuando llegaste?
—Pregunté por ella. Ledesma me dijo que una mujer había estado allí, pero que se había marchado con un hombre. No me dio más detalles. Pensé que Isabel había cambiado de opinión y había vuelto al pueblo con alguien en quien confiaba.
Lucía se inclinó sobre la mesa.
—Entonces, ¿por qué no le dijiste nada a la policía? ¿Por qué declaraste que no sabías dónde había estado?
Tomás cerró los ojos un instante.
—Porque sabía que mis movimientos podían comprometerme.
Había recibido dinero de personas que estaban involucradas en las operaciones del puerto y no quería que investigaran mis cuentas.
Me convencí de que Isabel había decidido marcharse y que no tenía sentido ponerme en peligro por algo que no comprendía.
Después, cuando la investigación se cerró sin respuestas, me dije que ya era demasiado tarde para cambiar mi declaración.
Mateo se apartó de la mesa y comenzó a caminar por la habitación. Su rostro estaba tenso y tenía los puños cerrados.
—Me dejaste creer que no sabías nada —dijo—.
Durante años te pregunté qué había pasado aquella noche.
Me dijiste que Isabel había desaparecido y que no había motivos para pensar que le hubiera ocurrido algo malo.
Me dejaste discutir con Lucía, perderla y vivir con la idea de que tal vez ella tenía razón sobre ti.
Tomás lo miró con tristeza.
—Tienes razón.
—No me digas que tengo razón. Dime por qué lo hiciste.
El hombre tardó en responder.
—Porque tuve miedo. Porque pensé que podía evitar que todo se derrumbara si mantenía la boca cerrada. Y porque me convencí de que protegerte significaba impedir que supieras la verdad. No fue una decisión justa. Fue una decisión cobarde.
Lucía sintió un nudo en la garganta. Aquella confesión no absolvía a Tomás ni explicaba lo que le había ocurrido a Isabel.
Pero, por primera vez, la historia dejaba de estar formada únicamente por insinuaciones y sospechas.
El hombre que había aparecido en la fotografía reconocía que había discutido con su madre, que la había visto por última vez en la estación y que había ocultado información a la policía.
—¿Qué pasó con la camisa manchada de sangre? —preguntó Lucía.
Tomás se quedó inmóvil.
Mateo levantó la cabeza de inmediato.
—¿Qué camisa? —preguntó su padre.
—La que llevabas cuando volviste a casa aquella noche —respondió Mateo—. Me dijiste que te habías lastimado en el taller.
Tomás bajó la mirada hacia sus manos. Durante varios segundos pareció incapaz de encontrar una respuesta.
—Me corté al reparar un motor. Fue un accidente. La camisa tenía sangre, sí. No era de Isabel.
Lucía lo observó con atención. No podía saber si decía la verdad, pero la respuesta coincidía con algo que Mateo había recordado antes de escuchar el relato de su padre.
—¿Conservaste esa camisa? —preguntó.
—No. La tiré esa misma noche.
—¿Por qué no mencionaste la herida cuando declaraste ante la policía?
Tomás levantó la mirada.
—Porque no quería que me relacionaran con Isabel. Ya había recibido dinero de personas que estaban siendo investigadas por irregularidades en el puerto. Cualquier detalle podía convertirse en una excusa para registrar el taller y revisar mis documentos.
Lucía sintió que la explicación volvía a girar alrededor del mismo punto: el miedo de Tomás a que descubrieran sus vínculos con aquellas operaciones.
La desaparición de Isabel podía haber sido una consecuencia de su investigación, pero todavía no había pruebas que demostraran quién la había seguido desde la estación ni qué había sucedido después.
—¿Qué hay en el sobre? —preguntó Lucía, señalando los documentos que aún no había revisado.
Tomás lo abrió por completo y sacó una hoja doblada.
Era una copia de un recibo con fecha del 20 de octubre de 1986.
En la parte superior figuraba el nombre de una empresa de transporte, y debajo aparecía una descripción breve de una carga entregada en el puerto.
Al pie, alguien había escrito el nombre de Isabel y una anotación que parecía indicar que ella había recibido un duplicado del documento.
En el margen inferior se distinguía una firma.
Lucía conocía aquella firma. No porque hubiera aparecido en papeles de su madre, sino porque la había visto muchas veces en documentos del hotel y en cartas que llegaban desde Buenos Aires.
Pertenecía a su padre.
Lucía levantó la vista lentamente.
—¿Por qué está la firma de mi padre en este documento?
Tomás no respondió de inmediato. Mateo se acercó para examinar el papel y pareció reconocerla también.
—Tu padre trabajó durante un tiempo con la empresa de transporte —dijo Tomás—. No en el taller, sino en la parte administrativa. Ayudaba con las facturas y los registros de carga. Cuando Isabel descubrió las diferencias entre los documentos, fue él quien le dijo dónde buscar.