Capítulo 7 — El hombre que volvió demasiado tarde #3
Lucía sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies.
Durante toda su vida había pensado que su padre estaba al margen de la desaparición de Isabel.
Después de la muerte de su madre, él la había llevado a Buenos Aires, la había ayudado a estudiar y nunca le había contado nada que pudiera relacionarlo con las irregularidades del puerto.
—¿Mi padre sabía lo que estaba pasando?
Tomás bajó la mirada.
—Sabía que había documentos que no coincidían.
No puedo decirte cuánto más conocía. Isabel confiaba en él, y yo también creí que estaba intentando ayudarla.
Pero cuando las cosas se complicaron, tu padre abandonó la empresa y se marchó de Puerto de la Niebla.
Nunca supe si lo hizo para protegerte o para protegerse a sí mismo.
Lucía apartó la silla y se puso de pie. Necesitaba alejarse de la mesa, de los documentos y de las palabras que parecían derribar, una tras otra, las certezas que había conservado desde la adolescencia.
Su padre no era solamente el hombre que la había llevado a Buenos Aires cuando su madre desapareció.
También podía haber formado parte de la historia que había intentado dejar atrás.
Lucía comprendió que, si quería descubrir la verdad, tendría que preguntarle por aquellos documentos y aceptar que quizá había cosas sobre su propia familia que nunca había llegado a conocer.
Tomás se levantó despacio.
—Sé que no tienes motivos para confiar en mí —dijo—. No te pido que lo hagas. Pero necesitaba entregarte esos papeles antes de que alguien más intentara encontrarlos.
—¿Por qué ahora?
Él miró hacia la ventana.
—Porque Adela me hizo prometer que no me llevaría estos secretos a la tumba. Y porque, después de lo ocurrido en el hotel, comprendí que ya no puedo seguir esperando a que la verdad aparezca por sí sola.
Lucía volvió a la mesa y recogió el documento firmado por su padre.
Había pasado años intentando encontrar una explicación para la desaparición de Isabel, pero nunca había imaginado que la respuesta pudiera involucrar a las dos personas que habían formado su hogar y a la familia del hombre al que había amado.
—¿Dónde está el resto de los documentos? —preguntó.
Tomás señaló el sobre marrón.
—Eso es todo lo que conservé.
—¿Y la copia que mi madre escondió?
—No sé dónde está.
—¿No sabes o no quieres decirlo?
Tomás sostuvo su mirada.
—No lo sé, Lucía. Si lo supiera, te lo diría.
Ella no respondió. No podía determinar si aquel hombre acababa de entregarle una parte de la verdad o si estaba utilizando la confesión para ocultar algo todavía más grave.
Lo único que sabía era que el documento que tenía entre las manos la obligaba a buscar respuestas más allá del taller naval y de la estación.
La puerta principal se abrió de pronto y los tres se volvieron hacia el vestíbulo. El subcomisario Rivas entró con el abrigo húmedo y una carpeta bajo el brazo. Al ver a Tomás, se detuvo.
—Salvatierra —dijo—. Justamente iba a buscarte.
Tomás dejó el sobre sobre el escritorio.
—Entonces podemos hablar ahora.
Rivas miró a Lucía, después a Mateo y finalmente los documentos extendidos sobre la mesa.
—¿Qué pasó aquí?
Lucía reunió las hojas sin ocultarlas.
—Tomás vino a contar lo que sabe sobre la desaparición de mi madre. Admitió que estuvo con ella el día que desapareció, que la vio por última vez en la estación y que ocultó información durante la investigación.
El subcomisario no pareció sorprendido, pero su mandíbula se tensó.
—¿Me está diciendo que mintió en su declaración?
Tomás asintió.
—Sí.
Rivas abrió su carpeta y sacó una hoja que colocó sobre la mesa.
—Entonces hay algo que debe ver antes de seguir hablando.
Lucía se inclinó para leer el encabezado.
Era una copia de un informe ferroviario recuperado del archivo regional, fechado el 21 de octubre de 1986.
En el centro de la página, una anotación mecanografiada registraba el hallazgo de un objeto personal en un compartimento del último tren que había partido hacia Buenos Aires la mañana siguiente a la desaparición de Isabel.
Debajo de la descripción del objeto aparecía un nombre.
Isabel Valdés.
Lucía levantó la mirada hacia el subcomisario.
—¿Qué encontraron?
Rivas señaló la última línea.
—Una cartera. No contenía documentos ni dinero, pero sí una fotografía de una niña frente al Hotel Miramar. El personal ferroviario la entregó a la policía y, según el expediente, fue devuelta a la familia.
Lucía sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Nunca recibí esa fotografía.
Rivas volvió a revisar el informe.
—Eso es lo que dice el registro. Alguien firmó la recepción del objeto dos días después de que fuera encontrado.
Mateo se acercó para mirar el nombre escrito al pie del documento.
Lucía no tuvo que leerlo dos veces.
La firma pertenecía a su padre.
Y, por primera vez desde que había regresado al pueblo, comprendió que el hombre que se había llevado parte de su vida a Buenos Aires podía ser también el único capaz de explicar qué había ocurrido realmente con su madre.