Capítulo 7 — El hombre que volvió demasiado tarde
El hombre que volvió demasiado tarde
Tomás Salvatierra esperó bajo el alero del Hotel Miramar mientras la llovizna volvía a cubrir el jardín.
Llevaba un abrigo oscuro, una bufanda gris y un sobre marrón sujeto bajo el brazo.
Su cabello, antes negro y espeso, mostraba ahora amplias zonas plateadas, y las líneas que le rodeaban la boca parecían haberse profundizado con los años.
Sin embargo, cuando Lucía lo observó desde el interior del vestíbulo, reconoció inmediatamente al hombre que había conocido durante su infancia: el vecino que reparaba los motores de las embarcaciones, que asistía a las cenas familiares y que una vez le había regalado un pequeño barco de madera construido en su taller.
El mismo hombre cuya presencia aparecía ahora en una fotografía tomada dos días antes de que Isabel desapareciera.
Mateo permanecía junto a la ventana. Su expresión se había vuelto rígida desde que reconoció a su padre, y mantenía las manos apretadas a los costados del cuerpo.
Lucía no necesitó preguntarle qué estaba pensando.
La confesión que acababa de hacerle —el recuerdo de la camisa manchada de sangre— seguía suspendida entre ambos, demasiado reciente para que cualquiera de los dos pudiera fingir que no la había escuchado.
—¿Vas a abrirle? —preguntó Mateo.
Lucía miró el sobre que Tomás llevaba bajo el brazo.
—Sí. Pero no voy a dejar que decida qué podemos preguntarle.
Se acercó a la puerta, descorrió el pestillo y abrió.
—Buenas tardes, Lucía —dijo Tomás.
Su voz conservaba la serenidad que ella recordaba. No había en ella una vacilación evidente ni un indicio de sorpresa, aunque sus ojos se desplazaron inmediatamente hacia Mateo y luego hacia el fondo del vestíbulo.
—Buenas tardes. ¿Qué necesitas?
Tomás bajó la mirada hacia el sobre.
—Hablar con ustedes. Y entregar algo que tendría que haber traído hace mucho tiempo.
Lucía no se apartó de la entrada.
—Puedes hablar desde ahí.
El hombre aceptó la respuesta sin protestar. Parecía cansado, pero no sorprendido por la hostilidad con la que ella lo recibía.
—Adela me pidió que te entregara esto cuando estuvieras preparada para escuchar ciertas cosas.
No me dijo exactamente cuándo debía hacerlo.
Pensé que tendría más tiempo para decidir cómo explicártelo, pero después de lo que ocurrió en el hotel comprendí que seguir esperando solo iba a empeorar las cosas.
Lucía sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
—¿Qué sabes de lo que ocurrió aquí?
Tomás la miró directamente a los ojos.
—Sé que alguien entró en el hotel. También sé que recibiste una amenaza.
El subcomisario Rivas me visitó esta mañana y me hizo algunas preguntas sobre tu regreso y sobre la investigación de Isabel.
No me contó todo, pero fue suficiente para entender que alguien volvió a remover una historia que muchos preferían dejar enterrada.
Mateo dio un paso hacia la puerta.
—¿Por qué Rivas fue a verte?
—Porque quiere saber qué recuerdo de aquella noche.
—¿Y qué le dijiste?
Tomás respiró hondo antes de contestar.
—Lo que sé.
La respuesta provocó una risa breve y amarga en Mateo.
—Eso es precisamente lo que nunca hiciste cuando te pregunté por Isabel.
El rostro de Tomás se endureció.
—No empieces con eso ahora.
—¿Cuándo, entonces? ¿Cuándo te resulte más cómodo?
Lucía levantó una mano para detenerlos. No estaba dispuesta a permitir que una discusión entre padre e hijo desviara la conversación antes de obtener respuestas.
—Entra —dijo finalmente—. Pero deja el sobre sobre la mesa y no te vayas hasta que hayamos terminado de hablar.
Tomás cruzó el umbral. Al entrar en el vestíbulo, se detuvo un instante para observar los muebles, las fotografías familiares y el mostrador donde Adela había pasado tantos años llevando las cuentas del hotel.
Había algo parecido al pesar en su rostro, aunque Lucía no supo si se debía a los recuerdos o a la certeza de que estaba a punto de perder el control sobre una historia que había permanecido oculta durante demasiado tiempo.
Los tres pasaron a la oficina. Tomás dejó el sobre marrón sobre el escritorio, pero mantuvo una mano apoyada en él.
—Antes de abrirlo, necesito que entiendan algo —dijo—. Lo que van a encontrar no demuestra necesariamente que alguien haya cometido un delito. Hay cosas que ocurrieron hace años, decisiones que se tomaron por miedo y otras que se tomaron por razones que quizá nunca lleguen a comprender del todo.
—No viniste hasta aquí para enseñarnos a interpretar documentos —respondió Lucía—. Viniste porque sabes algo y quieres contarlo a tu manera.
Tomás la observó durante unos segundos. Después retiró la mano del sobre.
—Tienes razón.
Lucía abrió el sobre. Dentro había una carta mecanografiada, dos fotografías pequeñas y un documento doblado en cuatro partes.
La carta estaba escrita en una hoja del Hotel Miramar, con el nombre de Adela impreso en la parte superior.
Reconoció la letra de su abuela en la firma antes de comenzar a leer.
Tomás: si recibes esta carta, significa que ya no voy a poder hablar con Lucía personalmente.
No te pido que le cuentes una versión que te resulte más fácil de sostener.
Te pido que le digas la verdad sobre lo que ocurrió en octubre de 1986 y que no vuelvas a utilizar el silencio como una forma de protección.
Lucía levantó la vista. Tomás permanecía inmóvil, mirando la carta como si conociera cada palabra.
Continuó leyendo.
No eres el único responsable de lo que ocurrió, pero tampoco eres un simple espectador. Si quieres reparar algo de todo lo que se perdió, entrégale los documentos que conservaste. Ella tiene derecho a saber por qué su madre desapareció y por qué tantas personas decidieron callar.
La carta terminaba con una frase subrayada.
No confundas el miedo a las consecuencias con la imposibilidad de decir la verdad.
Lucía dejó la hoja sobre el escritorio.
—¿Qué documentos conservaste?
Tomás señaló el sobre.
—El resto está ahí.
Ella sacó las fotografías. La primera mostraba el taller naval desde el exterior, con una camioneta estacionada junto a la entrada.
La segunda era una imagen de una habitación que Lucía no reconoció inmediatamente.
Había una mesa, una silla y un armario metálico contra la pared.
En el reverso figuraba la fecha del 20 de octubre de 1986.
—¿Dónde se tomaron estas fotografías? —preguntó.
—La primera, en el taller. La segunda corresponde a una habitación que se utilizó durante un tiempo en una propiedad cerca del puerto.
—¿Qué propiedad?
Tomás no respondió de inmediato. Mateo lo observaba con una mezcla de rabia y temor.
—Papá, basta de rodeos.
El hombre se pasó una mano por el rostro antes de continuar.
—La habitación pertenecía a una casa que utilizaba uno de los hombres que trabajaban con nosotros en el taller. Allí se guardaban documentos, herramientas y materiales que no queríamos dejar en el galpón principal. Isabel estuvo en esa casa el día que desapareció.
Lucía sintió que las palabras la golpeaban con una fuerza física.
Durante doce años había imaginado a su madre recorriendo las calles del pueblo, subiendo a un tren o alejándose de la costa sin mirar atrás.
Nunca había considerado que pudiera haber permanecido en una casa cercana al puerto, a pocas cuadras de los lugares que conocía desde niña.
—¿La llevaste tú? —preguntó.
Tomás sostuvo su mirada.
—Sí.
El silencio que siguió fue tan profundo que Lucía oyó el leve zumbido de la lámpara sobre el escritorio.
—¿Por qué?
—Porque ella me pidió ayuda.
Lucía negó lentamente con la cabeza.
—Mi madre no te habría pedido ayuda si sabía que eras parte de lo que estaba ocurriendo.
—No sabes qué sabía Isabel ni qué había descubierto. Yo tampoco entendía todo en ese momento.
—Entonces empieza por explicar qué pasó.
Tomás se sentó en una de las sillas, aunque nadie se lo había ofrecido. Parecía necesitar apoyo para continuar.
—Isabel descubrió que se estaban realizando pagos relacionados con el movimiento de mercancías en el puerto.
Algunas embarcaciones declaraban una carga y transportaban otra.
Había registros que no coincidían, facturas con cantidades diferentes y personas que recibían dinero por servicios que no figuraban en ningún documento oficial.
Al principio creyó que se trataba de una irregularidad comercial.
Después encontró pruebas de que alguien estaba utilizando el taller para ocultar parte de aquellas operaciones.
—¿Qué tipo de mercancías? —preguntó Mateo.
—No puedo decirte que conociera cada detalle.
Había repuestos, motores usados y cargamentos que se trasladaban entre embarcaciones sin que quedara constancia de todos los movimientos.
Parte del negocio era legítimo. Otra parte no.
Yo reparaba motores y aceptaba trabajos sin hacer demasiadas preguntas.
Durante mucho tiempo preferí creer que las cuentas se llevaban de manera incorrecta, pero que no había nada más grave detrás.
—¿Y mi madre? —preguntó Lucía—. ¿Cómo se involucró?
Tomás bajó la mirada hacia las fotografías.
—Isabel llevaba las cuentas del hotel y ayudaba a Adela con los proveedores.
Algunas facturas del Miramar no coincidían con los recibos que aparecían en los registros del puerto.
Ella empezó a revisar los documentos porque creyó que alguien estaba utilizando el nombre del hotel sin permiso.
Cuando me preguntó por las diferencias, le aconsejé que no siguiera investigando.
—Pero siguió haciéndolo.
—Sí. Encontró una lista de pagos y una serie de nombres que se repetían en distintas fechas.
Había funcionarios, empleados de la estación y trabajadores del puerto.
También estaba mi nombre. No podía saber cuánto conocía cada persona, pero comprendió que el problema era más grande de lo que había imaginado.