El secreto del Hotel Miramar Capítulo 6 — El lugar donde empiezan los recuerdos #3
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Capítulo 6 — El lugar donde empiezan los recuerdos #3

Caminaron juntos hacia el antiguo lavadero.

La puerta se encontraba al final de un pasillo estrecho que comunicaba la cocina con el patio de servicio.

Lucía recordaba que su madre solía llevarla allí cuando quería hablar sin que Adela las escuchara.

La habitación debajo de la escalera era pequeña y tenía una pared de ladrillos sin revocar.

Desde el exterior parecía un simple depósito, pero Isabel había colocado una manta sobre el suelo, una caja de libros y un banco de madera junto a la rejilla que daba al muro costero.

Lucía abrió la puerta.

El olor a polvo y humedad la recibió de inmediato.

La habitación conservaba parte de los objetos que habían estado allí durante su infancia: un cesto de mimbre, una mesa pequeña y una caja de madera con varios libros descoloridos.

La manta había desaparecido, pero el banco seguía junto a la pared.

Al acercarse a la rejilla, escuchó el sonido del mar, amortiguado por los ladrillos y la distancia.

No podía verlo, pero las olas rompían contra la costa con una regularidad que le resultó dolorosamente familiar.

Se agachó y examinó la pared. No encontró ninguna caja oculta ni una puerta secreta. Sin embargo, al mover el banco, descubrió una tabla del suelo que estaba ligeramente levantada en uno de los extremos. Tiró de ella con cuidado y dejó al descubierto un hueco poco profundo.

Dentro había un pequeño paquete envuelto en papel encerado.

Lucía lo sacó y lo colocó sobre el banco. El paquete estaba sujeto con una cuerda fina que se deshizo cuando intentó desatarla. Al abrirlo, encontró una cinta de casete y una hoja doblada en cuatro partes.

La etiqueta de la cinta llevaba una fecha: 20 de octubre de 1986.

Lucía sintió que el corazón se le aceleraba. La primera grabación había sido hecha el día anterior a la desaparición de su madre. Aquella segunda cinta correspondía precisamente a la fecha en que Isabel había dejado de ser vista por sus familiares.

Desplegó la hoja.

Solo contenía una frase, escrita con la letra de Adela.

Esta es la copia que Isabel quería que encontraras. Escuchala hasta el final.

Mateo se acercó, pero no tocó el papel.

—Tenemos que llamar a Rivas —dijo—. No sabemos qué contiene.

Lucía asintió. Esta vez no intentó discutir. La nueva cinta podía ser la prueba que necesitaban para reconstruir los últimos momentos de Isabel, y no quería arriesgarse a dañarla por la impaciencia de escucharla.

Guardó el paquete en una caja y ambos regresaron a la oficina.

Mientras esperaban a Rivas, Lucía se sentó frente al escritorio y sostuvo la fotografía de su madre entre las manos.

El rostro de Isabel parecía más cercano que nunca, pero esa cercanía no le ofrecía consuelo.

Cada respuesta abría otra pregunta, y cada pista parecía demostrar que la desaparición había sido el resultado de una serie de decisiones tomadas por personas que seguían viviendo en Puerto de la Niebla.

Mateo permanecía junto a la ventana, observando el jardín. Después de un rato, habló sin volverse.

—Lucía, hay algo que necesito contarte antes de que escuches esa cinta.

Ella dejó la fotografía sobre el escritorio.

—¿Qué cosa?

Mateo se volvió lentamente. Parecía estar buscando las palabras adecuadas, pero la expresión de su rostro le indicó que lo que iba a decir no sería fácil de escuchar.

—La noche en que desapareció tu madre, mi padre llegó a casa con una mancha de sangre en la camisa.

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Yo se lo pregunté. Me dijo que había tenido un accidente en el taller y que no era nada importante. Le creí porque no quería pensar en otra posibilidad. Pero al día siguiente, cuando escuché que tu madre había desaparecido, recordé aquella camisa. Nunca se lo conté a nadie.

Lucía sintió que la habitación se estrechaba a su alrededor.

—¿Por qué me lo dices ahora?

Mateo bajó la mirada.

—Porque no quiero que vuelvas a descubrir una parte de la verdad por tu cuenta y después tengas que preguntarte qué más decidí ocultarte.

Lucía quiso responder, pero el sonido de un automóvil que se detenía frente al hotel la interrumpió. Un instante después, alguien llamó a la puerta principal.

Mateo se acercó a la ventana y miró hacia el exterior. Su rostro cambió al reconocer al hombre que descendía del vehículo.

—Es mi padre —dijo.

Lucía se levantó lentamente. A través del cristal vio a Tomás Salvatierra subir los escalones del porche con un sobre marrón bajo el brazo. No parecía sorprendido de encontrar el hotel cerrado al público ni de ver el automóvil de la policía estacionado unos metros más allá, frente a la esquina.

Tomás llamó una segunda vez.

Lucía miró la caja que contenía la cinta de 1986, después a Mateo y finalmente hacia la puerta.

Por primera vez desde que había regresado a Puerto de la Niebla, la verdad no parecía escondida en una habitación cerrada ni enterrada bajo años de silencio.

Estaba a punto de entrar en el hotel. Y llevaba el rostro del hombre que podía haber sido el último en ver a su madre con vida.