El secreto del Hotel Miramar Capítulo 6 — El lugar donde empiezan los recuerdos #2
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Capítulo 6 — El lugar donde empiezan los recuerdos #2

Lucía se sentó lentamente. La carta continuaba con varias líneas que hablaban de su infancia, de los veranos en el Miramar y de las historias que su madre le contaba antes de dormir.

Isabel mencionaba el libro que habían encontrado juntos la noche anterior, la primera novela que Lucía había leído por su cuenta y que había llevado consigo a Buenos Aires cuando se marchó.

Recordaba el momento en que su hija había terminado la última página y le había pedido otra historia que fuera igual de emocionante.

Cada palabra parecía acercarla a una parte de su vida que había creído perdida para siempre.

Pero la carta cambiaba de tono a medida que avanzaba.

Hay personas que parecen amables porque saben exactamente qué necesitan que creamos.

Durante mucho tiempo pensé que podía resolver este problema sin involucrar a nadie más.

Me equivoqué. Cuando comprendí lo que estaba ocurriendo, ya había demasiadas personas comprometidas y demasiado miedo para que alguien pudiera hablar con libertad.

No puedo escribir nombres aquí. Si esta carta cae en manos equivocadas, podría poner en peligro a quienes todavía intentan ayudarme. Solo quiero que recuerdes algo: no confundas la lealtad con el silencio. A veces, la persona que dice protegerte es la que más teme que descubras la verdad.

Lucía dejó de leer por un momento. Mateo permanecía al otro lado de la mesa, sin intentar acercarse al papel. Ella comprendió que las palabras de Isabel podían referirse a muchas personas, incluido él, pero no estaba dispuesta a sacar conclusiones antes de terminar la carta.

Volvió a leer.

La copia que necesitas encontrar no está en el hotel ni en la estación.

Adela sabe dónde la guardé, pero no puedo pedirle que corra más riesgos de los necesarios.

Si alguna vez te entrega la llave, sigue las instrucciones sin dejar que nadie te apure.

Hay una diferencia entre llegar a la verdad y permitir que otros decidan cómo tienes que encontrarla.

La carta terminaba con una frase escrita en una línea separada.

Recuerda el lugar donde escuchábamos el mar sin verlo.

Lucía levantó la cabeza.

—¿Qué significa eso? —preguntó Mateo.

Ella le entregó la carta. Él la leyó en silencio, deteniéndose en la última frase.

—Podría referirse al faro —dijo—. Desde el camino que lleva hasta allí se escucha el mar, pero durante la niebla no siempre se ve.

Lucía negó lentamente con la cabeza.

—Mi madre y yo solíamos escondernos en otro lugar.

Había una habitación pequeña debajo de la escalera del Miramar.

Antes se utilizaba para guardar ropa de cama, pero ella la convirtió en una especie de refugio.

Se podía escuchar el mar a través de una rejilla que daba a la pared exterior, aunque no había ninguna ventana.

—¿Todavía existe esa habitación?

—Sí, aunque hace años que no entro. Está detrás del antiguo lavadero.

Mateo dejó la carta sobre la mesa.

—Entonces deberíamos revisar ese lugar.

Lucía lo miró con desconfianza.

—¿Por qué estás tan seguro de que la carta se refiere a esa habitación?

—No estoy seguro. Solo creo que tiene sentido empezar por un lugar que conoces.

Ella guardó la carta en el sobre y examinó los otros objetos encontrados dentro de la bolsa.

La fotografía mostraba a Isabel junto a Adela en el jardín del hotel.

Ambas aparecían sonriendo, y en el fondo se distinguía parte de la fachada lateral.

En el reverso había una fecha, aunque la tinta se había desvanecido tanto que apenas podían distinguirse los números.

Las hojas restantes parecían fragmentos de un documento mecanografiado. Había párrafos incompletos, anotaciones realizadas a mano y varias frases subrayadas. Lucía reconoció algunos nombres de la lista de pagos encontrada en la estación, pero no consiguió comprender el sentido general del texto.

—Esto no es una copia completa —dijo Mateo después de revisarlo—. Parece que alguien separó las páginas de un informe o de una carta más larga.

—¿Podría ser parte de lo que buscaba mi madre?

—Sí. Pero no podemos saberlo todavía.

Lucía volvió a guardar los papeles. La carta de Isabel no revelaba quién la había amenazado ni qué había sucedido después de la discusión en la estación.

Sin embargo, confirmaba algo que hasta entonces solo habían podido suponer: su madre había dejado instrucciones para que alguien encontrara la copia y había querido evitar que cayera en manos equivocadas.

—Tenemos que ir al antiguo lavadero —dijo.

Mateo miró hacia la puerta.

—Antes deberíamos avisar a Rivas de lo que encontramos.

Lucía vaciló. No quería que la policía se llevara los documentos sin haberlos examinado con detenimiento, pero tampoco podía continuar ocultando pruebas mientras alguien seguía amenazándola.

Finalmente, decidió llamar al subcomisario y explicarle el hallazgo.

Rivas le pidió que conservara la carta y las hojas dentro de sus envolturas, evitando manipularlas más de lo necesario.

Prometió acercarse al hotel esa misma tarde para recogerlas formalmente.

Cuando terminó la llamada, Lucía guardó todo en una caja y cerró la biblioteca. El reloj del vestíbulo marcaba las once y cuarenta. Habían pasado casi tres horas revisando los libros, y la luz gris que entraba por las ventanas hacía que el hotel pareciera más viejo y silencioso que de costumbre.