Capítulo 6 — El lugar donde empiezan los recuerdos
El lugar donde empiezan los recuerdos
Se levantó, se puso una bata y bajó a la cocina para preparar café.
El hotel estaba silencioso. Desde la habitación de huéspedes no llegaba ningún ruido, y Lucía supuso que Mateo seguía durmiendo.
No le sorprendió. Había pasado buena parte de la noche revisando las cerraduras y recorriendo el edificio después de recibir su llamada.
Ella misma había tardado horas en conciliar el sueño, y todavía sentía el cansancio detrás de los ojos.
Mientras esperaba que el agua hirviera, repasó mentalmente los acontecimientos de los últimos días.
Había regresado al pueblo para enterrar a su abuela y resolver la venta del hotel.
Ahora tenía una grabación de su madre, una fotografía que vinculaba a Tomás Salvatierra con Isabel poco antes de su desaparición, documentos ferroviarios que registraban la retirada de un equipaje y una lista de pagos cuyos destinatarios no comprendía.
A todo aquello se sumaba una amenaza escrita y una llamada nocturna de alguien que sabía que había decidido investigar.
La idea de abandonar Puerto de la Niebla apareció en su mente con una claridad inesperada.
Podía guardar los documentos, volver a Buenos Aires y dejar que Rivas continuara con las averiguaciones.
Sin embargo, sabía que nunca lograría hacerlo.
Si se marchaba sin descubrir qué había sucedido con su madre, aquella decisión la acompañaría el resto de su vida.
Lo que la retenía no era únicamente el deseo de conocer la verdad.
Era también la necesidad de dejar de preguntarse si Isabel había decidido abandonarla.
Terminó el café, se vistió y subió al segundo piso.
Quería volver al cuarto azul antes de comenzar a revisar la biblioteca.
La nota que habían encontrado la noche anterior seguía guardada en el cajón de la oficina, pero necesitaba examinar de nuevo el armario oculto y asegurarse de que no hubiera pasado por alto algún detalle.
Al llegar al pasillo, se detuvo.
Debajo de la puerta del cuarto azul sobresalía una esquina de papel blanco.
Lucía sintió que el corazón le golpeaba con fuerza. Se acercó sin tocarlo y observó ambos extremos del pasillo. No había nadie. El papel parecía haber sido doblado dos veces y empujado con cuidado hasta quedar visible desde el exterior.
Se agachó, lo recogió y abrió la hoja.
La frase estaba escrita con tinta negra, en la misma letra angulosa de la amenaza anterior.
La copia ya no está donde Adela la dejó.
Lucía leyó el mensaje varias veces. No había firma ni fecha.
Tampoco una explicación que permitiera saber quién lo había escrito o cuándo había entrado en la casa.
El papel estaba seco, a diferencia del que habían encontrado en el cuarto azul la tarde anterior, por lo que podía haber sido colocado durante la noche o al amanecer.
Lo que más la inquietaba era el contenido. La persona que había dejado aquella nota sabía que estaban buscando una copia relacionada con la desaparición de Isabel. No se limitaba a advertirle que abandonara la investigación: parecía estar siguiendo cada paso que daba.
Lucía se volvió para bajar a la recepción, pero en ese momento se abrió una puerta al fondo del pasillo. Mateo apareció con el cabello revuelto y la camisa arrugada, todavía adormilado. Al verla, comprendió de inmediato que algo había ocurrido.
—¿Qué pasa?
Lucía le mostró el papel.
Mateo lo leyó sin decir una palabra. Su expresión se endureció y, durante unos segundos, pareció escuchar el silencio de la casa como si esperara descubrir algún movimiento detrás de las paredes.
—¿Cuándo apareció? —preguntó.
—Acabo de encontrarlo.
—¿Oíste algo durante la noche?
—Nada que pudiera distinguir de los ruidos habituales del hotel. ¿Tú?
Mateo negó con la cabeza.
—Me desperté una vez, cerca de las tres, porque escuché un golpe. Pensé que había sido una persiana.
Lucía lo observó con inquietud.
—¿Y no te levantaste a revisar?
—Fui hasta la ventana de la habitación, pero no vi a nadie. Después volví a acostarme.
Ella apretó el papel entre los dedos. No podía reprocharle que no hubiera reconocido un ruido entre tantos otros, pero la idea de que alguien hubiera recorrido el segundo piso mientras ambos dormían le resultaba insoportable.
—Voy a llamar a Rivas.
Bajaron juntos a la recepción. Lucía marcó el número de la comisaría y pidió hablar con el subcomisario.
Le informaron que todavía no había llegado, pero que podían localizarlo en cuanto regresara.
Dejó un mensaje y describió brevemente el nuevo hallazgo, sin exagerar lo ocurrido.
Después guardó la nota dentro de un sobre limpio y lo colocó en un cajón separado de los demás documentos.
Mateo se apoyó contra el mostrador.
—No deberías quedarte aquí sola.
—Ya hablamos de eso.
—Y no te estoy pidiendo que te vayas conmigo. Solo digo que alguien logró entrar o acercarse lo suficiente para dejar esto bajo la puerta sin que lo notáramos.
Lucía lo miró con cansancio.
—¿Qué propones? ¿Que cerremos el hotel, que nos vayamos del pueblo y esperemos a que la persona que nos amenaza decida dejar de hacerlo?
—Propongo que no actuemos como si nada hubiera pasado.
Ella quiso replicar, pero se dio cuenta de que, en el fondo, estaba de acuerdo con él.
La llamada de la noche anterior y aquella nota no podían ser ignoradas.
Aun así, necesitaba continuar con la búsqueda.
Habían prometido revisar la biblioteca, y cada hora que pasaba sin respuestas aumentaba su temor de que alguien estuviera destruyendo las pruebas que quedaban.
—Vamos a la biblioteca —dijo—. Si la copia estaba en algún lugar del hotel, quiero saberlo antes de que desaparezca cualquier otra cosa.
Mateo aceptó sin discutir.
La antigua biblioteca ocupaba una habitación pequeña de la planta baja, junto a la oficina de Adela.
En su infancia había sido el lugar favorito de Lucía.
Su madre solía sentarse junto a la ventana para leerle cuentos cuando las tardes de lluvia impedían salir al jardín.
Los estantes llegaban hasta el techo, y una escalera estrecha permitía alcanzar los libros colocados en las baldas superiores.
En una esquina había una mesa infantil con las patas pintadas de blanco, cubierta de marcas hechas con lápices de colores.
Adela la había conservado a pesar de que nadie la utilizaba desde hacía años.
Lucía recorrió la habitación despacio. El día anterior había encontrado una fotografía y una llave entre las páginas de un libro, pero apenas había tenido tiempo de examinar el resto de los estantes.
Ahora quería revisar cada rincón con cuidado.
Si Isabel había escondido una copia allí, debía existir alguna señal que permitiera encontrarla.
Comenzaron por las baldas inferiores. Mateo retiraba los libros uno a uno mientras Lucía examinaba las tapas y los lomos.
Había novelas antiguas, cuentos infantiles, enciclopedias y varios manuales de administración hotelera.
Algunos volúmenes estaban deformados por la humedad.
Otros conservaban anotaciones en los márgenes, con nombres y fechas que correspondían a distintas épocas de la vida del hotel.
En el segundo estante encontraron una colección de cuentos que Isabel solía leerle a Lucía cuando era niña.
Ella recordó una tarde de invierno en la que su madre había llegado a la biblioteca con el cabello mojado y una bolsa de papel llena de mandarinas.
Había pasado la tarde leyendo junto a la ventana, mientras Adela atendía a los huéspedes y el viento hacía temblar los cristales.
Al recordar aquella escena, Lucía tuvo que detenerse unos segundos.
Mateo notó su silencio.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo me acordé de algo.
Él no insistió. Tomó otro libro y continuó revisando las baldas.
Después de casi una hora, habían examinado una parte considerable de la colección sin encontrar nada que pudiera corresponder a la copia.
Lucía empezaba a pensar que estaban buscando en el lugar equivocado cuando reparó en una diferencia entre dos estantes.
La balda inferior de la pared del fondo parecía más gruesa que las demás, y el zócalo de madera presentaba una separación irregular en uno de sus extremos.
Se agachó para observarlo.
—Mateo, ven.
Él dejó el libro que tenía en las manos y se acercó.
Lucía pasó los dedos por la unión entre el zócalo y la pared.
En un punto, la madera cedió ligeramente al presionarla.
Introdujo una uña en la ranura y tiró con cuidado.
El panel se separó unos centímetros, dejando al descubierto un hueco estrecho entre la pared y el suelo.
Dentro había una bolsa de tela.
Lucía la sacó y la colocó sobre la mesa.
Estaba cerrada con un cordón, y el tejido había adquirido un tono amarillento con el paso de los años.
Al abrirla encontró varias hojas dobladas, una fotografía más pequeña que las anteriores y un sobre sin sello.
El sobre llevaba escrito únicamente su nombre.
Esta vez, la caligrafía era distinta de la que aparecía en las amenazas. Las letras eran redondeadas, con trazos firmes y una inclinación leve hacia la derecha. Lucía reconoció la letra de su madre antes de abrirlo.
Dentro había una carta.
Mi querida Lucía:
Si algún día llegas a leer esto, significa que no pude explicarte personalmente por qué tuve que marcharme aquella noche.
Quiero que sepas que nunca fue mi intención dejarte sola.
Cada decisión que tomé estuvo guiada por el deseo de protegerte, aunque ahora comprendo que el silencio también puede hacer daño.