El secreto del Hotel Miramar Capítulo 5 — La llamada de las once
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Capítulo 5 — La llamada de las once

La llamada de las once

Lucía permaneció junto al teléfono durante varios segundos después de que la comunicación se cortara.

El tono continuo que salió del auricular le pareció extrañamente fuerte en medio del silencio del hotel.

Lo dejó sobre la base y miró el reloj de la pared: las once y diecinueve.

Hacía apenas unos minutos, la casa le había parecido un refugio incómodo, lleno de recuerdos y preguntas sin respuesta.

Ahora sentía que aquellas paredes podían ocultar a alguien que conocía sus movimientos y sabía exactamente qué estaba buscando.

Volvió a acercarse a la ventana del dormitorio.

La luz que había visto junto al muro de piedra ya no estaba allí.

La niebla se extendía sobre el jardín y apenas permitía distinguir el contorno de los árboles.

Lucía apartó lentamente la cortina y observó el camino que conducía a la entrada principal.

No vio ningún automóvil ni figura alguna, pero tuvo la sensación de que alguien acababa de marcharse.

Pensó en llamar a Mateo. La idea apareció antes de que pudiera evitarla y le produjo una mezcla de rabia y vergüenza.

Después de todo lo ocurrido, seguía recurriendo mentalmente a él cada vez que algo la asustaba.

Durante años, su primer impulso había sido buscarlo cuando tenía un problema, incluso después de que dejaron de hablar.

Se había acostumbrado a identificar su presencia con una forma de seguridad que ya no tenía derecho a dar por sentada.

Sin embargo, aquella noche no podía permitirse confundir la familiaridad con la confianza. Mateo había ocultado información sobre su padre, y ella todavía ignoraba cuánto sabía acerca de Isabel. Si la amenaza estaba relacionada con la investigación, necesitaba actuar con cuidado.

Bajó a la recepción, descolgó el teléfono y llamó a la comisaría.

El oficial de guardia respondió después de varios tonos.

Lucía explicó que acababa de recibir una llamada amenazante y repitió las palabras que había escuchado.

El hombre le hizo algunas preguntas y le aseguró que intentaría localizar al subcomisario Rivas.

—¿Reconoció la voz? —preguntó.

—No estoy segura.

—¿Era un hombre?

—Sí. Hablaba despacio, sin levantar la voz. Parecía saber muy bien lo que quería decirme.

—¿Le pidió dinero o le dio alguna instrucción concreta?

—Me dijo que dejara de buscar. Que mi madre había cometido el error de hacer preguntas y que no siguiera el mismo camino.

El oficial guardó silencio durante un instante.

—No salga de la casa. Cierre las puertas y espere al subcomisario. Vamos a enviar a alguien para que revise los alrededores.

Lucía colgó, comprobó la cerradura de la entrada principal y cerró con llave la puerta que comunicaba el vestíbulo con el jardín.

Después tomó una linterna del cajón de recepción y revisó las ventanas de la planta baja.

La tarea le permitió mantener las manos ocupadas, pero no consiguió tranquilizarla.

Cada habitación parecía contener un recuerdo de su madre, y la idea de que alguien hubiera estado vigilando el hotel durante años le resultaba más perturbadora que la posibilidad de un simple robo.

Cuando llegó a la cocina, se detuvo frente a la puerta trasera.

El pestillo estaba echado, aunque la cerradura era tan antigua que el metal se había oscurecido con la humedad.

Recordó lo que Mateo le había contado sobre las reparaciones del edificio y volvió a preguntarse quién más conocía los accesos secundarios.

Adela había confiado en muchas personas.

Durante décadas, el Miramar había sido un lugar de paso donde los huéspedes dejaban sus maletas, los comerciantes se reunían para tomar café y los vecinos entraban sin necesidad de anunciarse.

Era posible que alguien hubiera conservado una llave desde hacía años.

Se agachó para examinar el suelo junto a la puerta. No encontró marcas recientes, pero la luz era insuficiente para distinguir detalles. Entonces oyó el motor de un automóvil y se incorporó de golpe.

Unos minutos después, alguien llamó a la entrada principal.

Lucía se acercó sin encender las luces del vestíbulo y miró a través del cristal. El subcomisario Rivas estaba en el porche, acompañado por un agente joven al que ella había visto alguna vez en la comisaría. Abrió la puerta después de reconocerlos y los dejó entrar.

—¿Estás sola? —preguntó Rivas.

—Sí.

—¿Viste a alguien en el jardín?

—No con claridad. Antes de recibir la llamada, vi una luz que se movía cerca del muro. Cuando volví a mirar, había desaparecido.

El subcomisario hizo una señal al agente, que salió a revisar el exterior con una linterna. Después se quitó el abrigo mojado y pidió que le explicara la llamada desde el principio.

Lucía le contó todo sin omitir las palabras que la habían impresionado más. Rivas escuchó con atención, anotó la hora aproximada y le preguntó si la persona había mencionado algún detalle que solo alguien cercano a la familia pudiera conocer.

—No. Solo habló de mi madre y me ordenó que dejara de investigar. Pero no parecía una broma.

—¿La voz te resultó familiar?

Lucía vaciló.

—No podría asegurarlo. Tal vez me recordó a alguien, pero no consigo identificarlo.

Rivas cerró la libreta.

—No intentes adivinarlo ahora. Es fácil confundir una voz cuando uno está asustado. Lo importante es que recibiste una amenaza concreta después de encontrar documentos relacionados con una desaparición que nunca se resolvió.

—¿Cree que es la misma persona que dejó la nota?

—Es una posibilidad. Todavía no podemos afirmarlo.

El agente regresó unos minutos después. Había recorrido el perímetro del hotel, iluminado los arbustos y revisado el acceso al sendero costero, pero no había encontrado a nadie.

Cerca de la puerta trasera observó unas marcas de barro que podrían ser recientes, aunque la lluvia había borrado casi todos los detalles.

Rivas le pidió que anotara el lugar y la descripción de las huellas, y después volvió a dirigirse a Lucía.

—Esta noche no te quedes sola. ¿Hay algún familiar o alguna amiga que pueda acompañarte?

Lucía pensó en su padre, pero descartó la idea.

Vivía en Buenos Aires y no habría llegado al pueblo hasta el día siguiente, aun si hubiera encontrado un tren o conseguido un automóvil a esa hora.

No tenía amigos cercanos en Puerto de la Niebla.

Las personas que había conocido durante su infancia seguían allí, pero los años y las circunstancias habían convertido sus relaciones en saludos ocasionales y conversaciones breves.

Solo quedaba Mateo.

La idea le resultó incómoda. No quería depender de él, pero tampoco estaba dispuesta a fingir que podía ignorar el peligro por orgullo.

Antes de responder, miró hacia la escalera y recordó la manera en que Mateo se había interpuesto entre ella y la puerta cuando habían escuchado los pasos en el pasillo.

—Voy a llamar a alguien —dijo finalmente.

Rivas asintió.

—Bien. Mañana quiero que vengas a la comisaría para dejar una declaración formal.

También voy a hablar con el personal de la estación y revisar los documentos que me mostraste.

Si recibes otra llamada, no discutas con quien esté del otro lado.

Anota la hora y las palabras exactas, y avísame de inmediato.

Lucía agradeció su presencia y acompañó a los dos hombres hasta la entrada. Antes de marcharse, Rivas se volvió hacia ella.

—Hay algo que deberías recordar. No sabemos si la persona que te amenaza está relacionada con la desaparición de tu madre o si intenta aprovecharse de la situación por algún otro motivo. No saques conclusiones antes de tener pruebas, pero tampoco ignores las señales de peligro.

Cuando el automóvil desapareció entre la niebla, Lucía cerró la puerta y se quedó un momento con la mano apoyada sobre el pestillo. Después regresó al teléfono y marcó el número de Mateo.

Él contestó al cuarto tono. Parecía no haberse acostado todavía.

—¿Lucía?

—Recibí otra amenaza.

Hubo un silencio inmediato al otro lado de la línea.

—¿Qué pasó?

Ella le contó lo sucedido y le explicó que Rivas acababa de marcharse.

No le dijo que había pensado en él antes de llamar a la comisaría, ni que le había costado decidirse a buscarlo.

Mateo no la interrumpió. Cuando terminó, él preguntó si había visto a alguien en el jardín y si la policía había encontrado señales de que alguien hubiera intentado entrar.

—No encontraron nada concluyente.

—Voy para allá.

—Mateo, no hace falta que vengas corriendo.

—No estoy corriendo. Voy a buscar las llaves y salgo.

Lucía cerró los ojos un instante. No quería que él interpretara su llamada como una reconciliación, pero tampoco podía fingir que no necesitaba ayuda.

—Está bien. Pero no hagas ninguna locura.

—No pienso hacerlo.

La comunicación terminó. Lucía dejó el auricular en su sitio y preparó café, aunque sabía que no lograría dormir durante el resto de la noche.

Mientras esperaba, regresó a la oficina y examinó una vez más la lista de nombres.

La frase escrita en el margen inferior seguía allí, casi oculta bajo una marca de humedad: La copia no está en la estación. Adela sabe dónde encontrarla.

Hasta entonces había pensado que la caja de lata contenía todo lo que su madre había conseguido salvar.

Pero la nota sugería que existía otra copia, un documento o una grabación que alguien había buscado y que Adela había logrado ocultar durante años.

Si la amenaza estaba relacionada con aquello, la caja de la estación no era el final del camino.

Era apenas una parte de una historia mucho más amplia.

Mateo llegó veinte minutos después. Entró con el abrigo cerrado hasta el cuello y una pequeña bolsa que contenía una muda de ropa y una linterna.

Lucía le explicó que podía quedarse en la habitación de huéspedes del primer piso, mientras ella dormiría en la antigua habitación de Adela.

Él aceptó sin discutir. Antes de subir, revisó las cerraduras y comprobó que las ventanas de la planta baja estuvieran cerradas.

—La puerta del jardín necesita una reparación —dijo cuando regresó a la recepción—. El pestillo no termina de encajar. Si alguien conoce el mecanismo, puede abrirlo sin hacer demasiado ruido.

Lucía cruzó los brazos.

—¿Y quién lo conoce?

Mateo la miró.

—Yo, porque tu abuela me pidió que lo revisara. También cualquier persona que haya trabajado aquí durante los últimos años.

—¿Ledesma?

—Es posible. Venía al hotel con frecuencia cuando tu abuela todavía recibía huéspedes. También podría conocerlo algún empleado antiguo.

Lucía sintió que la lista de sospechosos se extendía cada vez más.

No bastaba con descubrir quién había estado con Isabel en la estación.

Necesitaba comprender por qué tantas personas parecían haber guardado silencio y por qué Adela había esperado hasta el final de su vida para dejarle pistas que la obligaban a desconfiar de todos.

—Voy a revisar otra vez la biblioteca —dijo—. Mañana. Quiero encontrar la copia de la que hablaba la nota.

Mateo asintió.

—Te acompaño.

—No te lo estoy pidiendo.

—Lo sé. Pero voy a estar aquí de todos modos.

Lucía lo miró con una mezcla de cansancio y frustración.

Había olvidado lo difícil que podía ser discutir con Mateo cuando él decidía mantenerse firme sin levantar la voz.

Durante años, había interpretado esa actitud como una muestra de seguridad; después de la desaparición de su madre, comenzó a verla como una forma de obstinación. Ahora no estaba segura de qué pensar.

—No quiero que esto se convierta en algo entre nosotros —dijo.

Mateo bajó la mirada.

—No tiene por qué serlo.

—No estoy hablando del hotel.

Él permaneció inmóvil. La distancia entre ambos pareció llenarse de todas las conversaciones que no habían tenido, de las cartas que habían dejado de enviarse y de las palabras que ninguno había encontrado a tiempo.

—Lo sé —respondió finalmente—. Y no voy a pedirte que olvides lo que pasó.

Lucía quiso preguntarle si todavía pensaba en aquellos años, si alguna vez había lamentado que dejaran de hablar o si había encontrado en otra persona la confianza que habían perdido.

No hizo ninguna de esas preguntas. No podía permitirse confundir el dolor de una historia inconclusa con una oportunidad para recuperarla.

—Buenas noches, Mateo.

—Buenas noches.

Él subió al primer piso y cerró la puerta de la habitación de huéspedes.

Lucía permaneció unos instantes en el vestíbulo antes de apagar las luces.

Se sentía agotada, pero sabía que el sueño tardaría en llegar.

La llamada había confirmado que alguien seguía pendiente de sus investigaciones, y la presencia de Mateo no bastaba para devolverle la tranquilidad.

Antes de acostarse, sacó la fotografía de su madre y la dejó junto a la lámpara.

Después abrió el cajón de la mesa de noche y guardó dentro la cinta, la llave plateada y la carta dirigida a Adela.

Quería mantener los objetos juntos, en un lugar donde pudiera encontrarlos rápidamente si necesitaba marcharse.

Cuando finalmente apagó la luz, el reloj del pasillo marcaba las doce y treinta y seis.

La casa se sumió en el silencio. Desde la habitación contigua no llegaba ningún sonido, y el viento había comenzado a amainar. Lucía estaba a punto de cerrar los ojos cuando recordó la última frase de la grabación de su madre: No puedo seguir protegiéndolo.

No podía saber a quién se refería Isabel.

El hombre del muelle podía ser Tomás, pero también había alguien más cuya identidad seguía oculta.

Quizá Adela había descubierto el secreto y había pasado años intentando protegerla de sus consecuencias.

Quizá había cometido errores que nunca se atrevió a confesar.

O quizá había sido la única persona dispuesta a enfrentarse a quienes querían mantener la historia enterrada.

A la mañana siguiente tendría que volver a la biblioteca, revisar cada libro y cada rincón, y encontrar la copia que su abuela había escondido. Solo entonces podría empezar a comprender qué había ocurrido realmente en octubre de 1986.

Lucía se acomodó bajo las sábanas y cerró los ojos.

No vio la sombra que se detuvo unos minutos después frente a la ventana del cuarto azul, ni la mano que dejó deslizar un papel doblado por debajo de la puerta de aquella habitación cerrada.

Cuando el pasillo volvió a quedar vacío, el hotel recuperó su silencio.

Y en el suelo, junto al espejo, quedó una nota escrita con la misma tinta negra que había aparecido en el armario oculto.

La copia ya no está donde Adela la dejó.