Capítulo 4 — El precio del silencio #3
La idea le resultó insoportable. No quería sospechar de su abuela, pero tampoco podía ignorar la posibilidad de que Adela hubiera guardado secretos que afectaban directamente a su familia.
Al caer la tarde, Mateo se levantó y comenzó a recoger los papeles que estaban sobre el escritorio. Lucía lo observó durante unos segundos antes de hablar.
—¿Crees que tu padre sabe que encontramos esto?
Mateo dejó la lista en su lugar.
—No lo sé.
—¿Podría haber venido al hotel para buscarlo?
—Es posible.
—¿Y si fue él quien dejó la amenaza?
Mateo cerró los ojos un instante.
—No quiero creerlo, pero tampoco puedo descartarlo.
Lucía sintió que aquellas palabras, por primera vez, no escondían una defensa ni una excusa. Mateo parecía estar aceptando que la verdad podía ser mucho más dolorosa que cualquier sospecha.
—Necesito que me prometas algo —dijo ella.
Él levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
—Si descubrimos que tu padre estuvo involucrado, no vas a intentar protegerlo otra vez.
Mateo tardó en responder. Después se acercó al escritorio y apoyó ambas manos sobre la madera.
—No puedo prometerte que no me va a doler. Pero sí puedo prometerte que no voy a volver a mentirte para protegerlo.
Lucía quiso creerle. Sin embargo, después de tantos años, una promesa ya no era suficiente para recuperar lo que habían perdido. Necesitaba que sus decisiones confirmaran sus palabras, y sabía que eso solo podía ocurrir con el tiempo.
Mateo se puso el abrigo y se dirigió hacia la puerta.
—Volveré mañana temprano —dijo—. Si Rivas descubre algo, me avisas.
Lucía lo acompañó hasta el vestíbulo. Durante un instante, ninguno pareció encontrar una despedida adecuada.
Él levantó una mano como si fuera a tocarle el rostro, pero se detuvo antes de hacerlo.
Lucía vio el gesto y sintió que algo antiguo se movía en su interior, una emoción que no quería reconocer porque todavía no sabía si podía confiar en él.
—Buenas noches, Lucía.
—Buenas noches, Mateo.
Lo vio alejarse por el camino de entrada hasta que la niebla lo ocultó. Después cerró la puerta y volvió a la oficina. La lista permanecía sobre el escritorio, junto a la fotografía de Isabel y la carta dirigida a Adela.
Estaba a punto de guardar los documentos cuando descubrió una anotación en el margen inferior de la última página. Era tan pequeña que había pasado inadvertida entre las marcas de humedad. Lucía acercó la lámpara y logró distinguir una frase escrita con tinta casi desvanecida.
La copia no está en la estación. Adela sabe dónde encontrarla.
Sintió un escalofrío.
La anotación podía haber sido escrita antes de que la caja llegara a la consigna, o quizá alguien la había añadido después.
No sabía qué copia mencionaba, ni por qué la estación parecía ser solamente una parte de la historia.
Lo único claro era que su abuela había conocido la existencia de algo que todavía no habían encontrado.
Guardó la lista, apagó la lámpara y se dirigió al dormitorio. Afuera, el viento había vuelto a levantarse sobre la costa y golpeaba las persianas con una insistencia casi humana.
Antes de acostarse, Lucía comprobó dos veces la cerradura de la puerta.
Luego se sentó en el borde de la cama y sacó del bolsillo la fotografía de Isabel junto al muelle.
Durante mucho tiempo observó la sonrisa de su madre, intentando imaginar qué había sentido al escribir aquella carta, qué temía que ocurriera y por qué había decidido confiar en Adela cuando parecía desconfiar de todos los demás.
Finalmente, colocó la fotografía sobre la mesa de noche y apagó la luz.
El teléfono sonó a las once y diecisiete.
Lucía se incorporó de inmediato. Durante un segundo pensó que podía ser Rivas con alguna novedad, pero el reloj del pasillo marcaba una hora demasiado tardía para una llamada de rutina. Levantó el auricular.
—¿Hola?
Al otro lado no hubo respuesta. Solo escuchó una respiración lenta, seguida de un leve ruido que parecía provenir de una habitación vacía.
—¿Quién habla? —preguntó.
La voz de un hombre surgió finalmente del silencio.
—Deja de buscar, Lucía.
Ella apretó el auricular.
—¿Quién eres?
—Tu madre cometió el error de hacer preguntas. No sigas el mismo camino.
La llamada se cortó.
Lucía permaneció inmóvil, con el auricular todavía pegado a la oreja.
No había reconocido la voz, pero el hombre había pronunciado su nombre con una familiaridad que le produjo una sensación helada en el pecho.
No parecía alguien que hubiera elegido llamarla por azar.
Sabía quién era, conocía la historia de Isabel y estaba dispuesto a amenazarla para que abandonara la investigación.
Colgó lentamente y miró hacia la ventana. La niebla cubría el jardín, y una luz distante se movía junto al muro de piedra antes de desaparecer detrás de los árboles.
Por primera vez desde su regreso, Lucía comprendió que la verdad no estaba solamente escondida en documentos antiguos. Había alguien vivo que sabía lo que había ocurrido en octubre de 1986 y que seguía dispuesto a proteger ese secreto.
Y esa persona acababa de demostrarle que sabía exactamente dónde encontrarla.