El secreto del Hotel Miramar Capítulo 4 — El precio del silencio #2
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Capítulo 4 — El precio del silencio #2

—La investigación se prolongó durante meses.

Se revisaron testimonios, movimientos bancarios y declaraciones de familiares y conocidos.

En aquel momento no había pruebas de un delito y se consideró posible que Isabel hubiera abandonado el pueblo voluntariamente.

Hubo aspectos que nunca pudieron aclararse, pero no existían elementos suficientes para mantener el caso abierto indefinidamente.

—¿Y no le pareció extraño que no se llevara sus documentos, que no retirara dinero y que no se comunicara con su hija?

—Sí. Por eso se hicieron otras averiguaciones. Pero algunas pistas no llevaron a ninguna parte y otras no pudieron verificarse.

Lucía sintió que la explicación se parecía demasiado a las que había escuchado durante su adolescencia.

Una sucesión de procedimientos, informes y decisiones administrativas parecía haber convertido la desaparición de su madre en un problema que podía archivarse sin resolver.

No podía saber si Rivas había cometido un error, si alguien lo había engañado o si también había decidido callar.

Lo que sí sabía era que la versión oficial ya no bastaba.

—¿Le puedo hacer una pregunta? —dijo.

—Adelante.

—¿Usted conocía a mi madre?

El subcomisario levantó la mirada. Por primera vez, Lucía tuvo la impresión de que no estaba respondiendo como un funcionario, sino como alguien que recordaba una historia personal.

—La conocía del pueblo. A veces pasaba por la comisaría para consultar por asuntos del hotel o hacer algún trámite. Era una mujer reservada, pero amable. Nunca me pareció que quisiera desaparecer.

—Entonces, ¿por qué aceptaron tan pronto esa posibilidad?

Rivas tardó en contestar.

—Porque no teníamos otra explicación que pudiéramos demostrar.

La respuesta no satisfizo a Lucía, pero tampoco podía ignorar que el subcomisario estaba reconociendo una limitación real de la investigación. Lo que necesitaba no era una disculpa. Necesitaba hechos.

Rivas guardó una copia de la lista entre las hojas de su libreta y pidió revisar la grabación de Isabel.

Lucía se la mostró, pero no le permitió llevársela sin un registro formal de recepción.

El subcomisario aceptó la condición y anotó los datos de la cinta, junto con el lugar y la hora en que había sido encontrada.

Después examinó la fotografía del muelle y la de la estación.

Al observar la primera, se detuvo.

—¿Quién tomó esta fotografía?

—No lo sabemos —respondió Mateo—. Estaba escondida en el cuarto azul de la casa de Adela.

Rivas acercó la imagen a la luz.

—Tomás llevaba un anillo como ese —dijo Lucía.

—Lo recuerdo —respondió el subcomisario—. Era una pieza antigua, con una piedra negra. Lo usaba en reuniones y cuando iba al taller. Pero eso no demuestra que estuviera con Isabel la noche de su desaparición.

—La foto fue tomada dos días antes —dijo Mateo—. Y Ledesma recordó un anillo similar en la mano del hombre que la acompañaba en la estación.

Rivas dejó la fotografía en la mesa.

—Por eso tenemos que hablar con él y verificar los registros. No voy a acusar a nadie basándome solamente en una imagen y una anotación ambigua.

Lucía comprendía la necesidad de cautela, pero empezaba a sentir que cada prueba parecía detenerse justo antes de ofrecer una respuesta.

La grabación sugería que Isabel temía a alguien.

La fotografía situaba a Tomás junto a ella.

El registro confirmaba que el equipaje había sido retirado por otra persona.

Y la lista vinculaba sus nombres con una operación de dinero que nadie había explicado.

—¿Qué va a hacer ahora? —preguntó.

—Voy a consultar el expediente original y pedir el acceso a los registros ferroviarios que todavía se conserven. También hablaré con Ledesma y con Tomás. Hasta entonces, quiero que me avises de inmediato si recibes otra amenaza.

Rivas se levantó y cerró el maletín. Antes de salir, se volvió hacia Lucía.

—Hay algo más que debes tener en cuenta. Si alguien ocultó documentos durante doce años y ahora está intentando asustarte para que dejes de buscar, es posible que la persona que tememos todavía esté cerca. No tomes decisiones impulsivas y no te quedes sola en el hotel esta noche.

Lucía asintió. Cuando el subcomisario se marchó, el silencio de la oficina pareció más pesado que antes.

Mateo se acercó a la ventana.

—Podrías quedarte en mi casa hasta que sepamos qué está pasando —dijo.

Lucía lo miró con sorpresa.

—¿En tu casa?

—Sí. Tengo una habitación libre. Es más seguro que quedarte aquí si alguien conoce las entradas del hotel.

Ella sintió una mezcla de gratitud y resistencia.

La idea de pasar la noche bajo el mismo techo que Mateo le despertaba recuerdos que prefería no examinar.

Había una parte de ella que todavía recordaba las noches en que se quedaba dormida a su lado, cuando el mundo parecía reducirse a una habitación tranquila y a la confianza de que él estaría allí al despertar.

Pero esa intimidad pertenecía a otra época, anterior a las mentiras y a las palabras que nunca habían sabido decirse.

—No necesito que me rescates —respondió.

—No te estoy rescatando. Te estoy ofreciendo un lugar seguro.

—¿Y tu padre? ¿También va a estar allí?

Mateo comprendió de inmediato la razón de la pregunta.

—No. Vive en su casa, cerca del taller. Yo tengo mi propia vivienda desde hace años.

Lucía apartó la mirada. No quería que su negativa pareciera un castigo, pero tampoco podía aceptar la invitación sin pensar en lo que significaba.

La presencia de Mateo la tranquilizaba y la inquietaba al mismo tiempo.

Seguía siendo la persona a la que había amado, pero también era el hombre que había guardado silencio cuando ella necesitaba que hablara.

—Voy a quedarme aquí esta noche —dijo—. Si vuelve a pasar algo, llamaré a la policía.

Mateo asintió, aunque no pareció convencido.

—Entonces me quedaré hasta que oscurezca.

—No tienes que hacerlo.

—Lo sé.

Lucía no insistió. Había algo en la sencillez de aquella respuesta que le impedía rechazarlo por completo.

Pasaron la tarde revisando los documentos.

La lista contenía otros nombres que no reconocían, además de los de Ledesma y Tomás.

Algunas anotaciones se repetían en distintas fechas, siempre acompañadas de sumas de dinero y palabras breves.

Una de ellas mencionaba una entrega en el puerto.

Otra registraba una llamada realizada desde el teléfono del hotel.

Ninguna ofrecía una explicación completa, pero juntas sugerían que alguien había estado organizando movimientos discretos durante los días anteriores a la desaparición de Isabel.

Lucía empezó a sospechar que el hotel había sido algo más que el escenario de su infancia.

Adela había administrado el Miramar durante décadas, había conocido a casi todos los habitantes del pueblo y había mantenido relaciones con comerciantes, funcionarios y trabajadores del puerto.

Era posible que hubiera descubierto algo que no debía saber.

También era posible que hubiera colaborado en alguna parte de aquella historia y que, después, hubiera intentado proteger a su nieta de las consecuencias.