El secreto del Hotel Miramar Capítulo 4 — El precio del silencio
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Capítulo 4 — El precio del silencio

El precio del silencio

El regreso al Hotel Miramar se hizo en silencio.

Lucía caminaba con la caja de lata apretada contra el cuerpo, protegida bajo el abrigo para evitar que la humedad deteriorara los documentos.

A su lado, Mateo llevaba la fotografía de Isabel dentro de una carpeta que había encontrado en la recepción.

Ninguno parecía dispuesto a hablar de lo que acababan de descubrir en la estación.

La imagen de la mujer junto al andén, el registro del equipaje retirado por un tercero y la advertencia dirigida a Adela formaban una historia incompleta, pero lo bastante inquietante como para cambiar el sentido de todo lo que Lucía había creído durante doce años.

Al llegar al hotel, ella cerró la puerta principal y corrió el pestillo.

Después cruzó el vestíbulo y se dirigió a la oficina de su abuela.

Necesitaba revisar los documentos lejos de las ventanas y de las puertas que daban al jardín.

Desde la amenaza encontrada en el cuarto azul, cada ruido de la casa le parecía una advertencia.

Incluso el golpeteo de las ramas contra los cristales le provocaba la incómoda sensación de que alguien observaba sus movimientos desde el exterior.

Lucía comenzó a leer desde el principio. Algunas líneas mencionaban entregas, llamadas y cambios de horario. Otras contenían palabras tan breves que resultaba imposible comprender su significado sin conocer el contexto. Sin embargo, dos anotaciones llamaron inmediatamente su atención.

La primera correspondía al 20 de octubre de 1986. Junto a las iniciales R. Ledesma aparecía una cantidad de dinero y la palabra consigna.

La segunda tenía la misma fecha. Al lado del nombre completo de Tomás Salvatierra figuraba una suma considerablemente mayor, seguida de dos palabras subrayadas con tinta negra: Pago realizado.

Lucía permaneció varios segundos mirando ambos registros.

—Ledesma —murmuró.

Mateo levantó la cabeza.

—El hombre de la estación.

—Eso parece.

—Pero no sabemos si se trata de él. Podría ser otra persona con el mismo apellido.

Lucía señaló las anotaciones.

—El hombre que nos atendió reconoció a mi madre, admitió que había visto a alguien con ella aquella noche y, aun así, no nos contó que recordaba una discusión. Si además aparece un Ledesma en esta lista, vinculado a la consigna de equipajes, tenemos motivos para averiguar qué está ocultando.

Mateo se inclinó sobre el escritorio. Leyó los registros con atención y se detuvo en el nombre de su padre.

—Esta cantidad no es un pago ordinario —dijo—. Mi padre tenía dinero, pero no acostumbraba llevar grandes sumas en efectivo sin una razón. Mucho menos en una fecha como esa.

—¿Cómo sabes que la recibió y no que la pagó?

Mateo volvió a examinar la anotación.

—No lo sé. La frase puede referirse a una deuda saldada, a una entrega de dinero o a una operación que alguien consideraba terminada. Sin más información, no podemos afirmar quién pagó a quién.

Lucía se sorprendió ante aquella respuesta prudente.

Durante años había interpretado el silencio de Mateo como una forma de proteger a su padre, y todavía sospechaba que estaba ocultando información.

Sin embargo, en esa ocasión no intentaba defenderlo ni ofrecerle una explicación que lo absolviera.

Se limitaba a reconocer lo que no sabían.

—Entonces necesitamos encontrar a quien escribió esto —dijo ella—. Alguien que pueda explicar qué significan las anotaciones.

Mateo observó la letra.

—¿Reconoces la caligrafía?

Lucía examinó las líneas. Había algo familiar en la forma de algunas letras, especialmente en la manera de cerrar las aes y prolongar los trazos finales.

Pero no podía asegurar que fueran de su abuela.

Adela había conservado durante años documentos de distinta procedencia y nunca le había explicado de dónde procedían.

La lista podía haber sido escrita por alguien que trabajaba en el hotel, en la estación o incluso por una persona vinculada al taller naval.

—No estoy segura —respondió—. Podría ser su letra, pero también podría haberla copiado alguien.

—¿Por qué iba a copiarla?

—Para que creyéramos que los documentos procedían de ella. O para que nadie pudiera reconocer a quien los escribió realmente.

Mateo la miró con seriedad.

—Cada vez tenemos más preguntas y menos certezas.

—Por eso vamos a hablar con Rivas.

Lucía se dirigió al teléfono de la oficina y marcó el número de la comisaría.

El oficial que atendió le informó que el subcomisario estaba fuera, realizando unas diligencias.

Ella dejó un mensaje para que la llamara en cuanto regresara y explicó que habían encontrado nuevos documentos relacionados con la desaparición de Isabel.

No mencionó los nombres de la lista ni la sospecha que recaía sobre Ramón Ledesma.

Antes de colgar, pidió que le indicaran a Rivas que la situación era urgente.

Al volver al escritorio, encontró a Mateo examinando la fotografía de su madre junto a Tomás.

—¿Qué estás buscando? —preguntó.

Él levantó la imagen.

—Quiero ver si el anillo se distingue mejor aquí.

Lucía se acercó. La fotografía había sido tomada al atardecer, y la figura de Tomás aparecía de espaldas, con la mano derecha apoyada sobre la baranda del muelle.

La imagen estaba algo desenfocada, pero en uno de sus dedos se distinguía una forma oscura que podía corresponder a una piedra montada en un anillo.

—Es el mismo que recordaba Ledesma —dijo Mateo—. Mi padre lo llevaba casi siempre.

—¿Todavía lo tiene?

—No lo sé. Hace tiempo que no lo veo usarlo.

Lucía dejó la fotografía sobre el escritorio.

—¿Cuándo fue la última vez que estuviste en su casa?

—Hace unos días. Fui a llevarle unos repuestos que había encargado para el taller. El anillo no estaba a la vista, pero tampoco le presté demasiada atención.

—¿Crees que deberíamos hablar con él?

Mateo tardó en responder. Lucía comprendió que aquella pregunta lo enfrentaba a una decisión que llevaba años evitando. Tomás seguía siendo su padre. Fuera cual fuese la verdad sobre Isabel, Mateo tendría que aceptar que la investigación podía destruir la imagen que había conservado de su familia.

—Sí —dijo finalmente—. Pero no sin antes saber qué le vamos a preguntar. Si lo enfrentamos con una acusación sin pruebas, se cerrará y no conseguiremos nada.

—No hace falta acusarlo. Podemos preguntarle por la fotografía, por la estación y por la lista.

—¿Y si nos miente?

Lucía sostuvo su mirada.

—Entonces sabremos que todavía está ocultando algo.

El teléfono sonó antes de que Mateo pudiera responder. Lucía levantó el auricular. Era Rivas. Su voz sonaba cansada y tenía el ruido de una puerta cerrándose al fondo.

—Recibí tu mensaje —dijo—. ¿Qué encontraron?

Lucía le explicó que habían descubierto una lista de pagos fechada en octubre de 1986, una anotación relacionada con la consigna de equipajes y un registro que parecía vincular a Tomás Salvatierra con un movimiento de dinero el día en que Isabel desapareció.

No mencionó todavía la grabación ni todas las fotografías.

Quería saber qué hacía el subcomisario con aquellos datos antes de entregarle el conjunto completo.

Rivas permaneció en silencio unos segundos.

—Voy para allá —respondió finalmente—. No toquen nada más y guarden los documentos en un lugar seguro.

Cuando llegó al Miramar, llevaba un maletín pequeño y una expresión más seria que la del día anterior.

Lucía lo condujo a la oficina y le mostró la lista, el registro ferroviario y la carta de Isabel.

Rivas leyó los documentos con detenimiento.

No hizo preguntas al principio, pero su mirada se detuvo en las anotaciones de Ramón Ledesma y Tomás Salvatierra.

—¿Dónde encontraron esto? —preguntó.

—En una caja escondida en la antigua consigna de la estación.

Rivas levantó la cabeza.

—¿La consigna?

—Sí. Detrás de una de las puertas metálicas había un compartimento cerrado con esta llave. La caja estaba dentro.

El subcomisario tomó aire lentamente.

—¿Quién más sabía que existía?

—Hasta ayer, nosotros no. El encargado de la estación nos ayudó a abrir la puerta, pero no vio todo lo que contenía la caja.

—¿El encargado actual?

—Ramón Ledesma —respondió Lucía.

Rivas volvió a mirar la lista. Su expresión apenas cambió, pero Lucía advirtió una tensión nueva en la mandíbula.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Nada que pueda asegurar todavía. Necesito verificar varias cosas antes de sacar conclusiones.

—¿Conocía usted a Ledesma en 1986?

El subcomisario dejó el papel sobre la mesa.

—Sí. Trabajaba en la estación y colaboró con la policía cuando desapareció tu madre.

—¿Y por qué nunca mencionó que ella había estado allí?

Rivas la miró con cautela.

—Porque no tengo constancia de que declarara haberla visto esa noche. En el expediente que recibí no figura ese testimonio.

—Nos dijo esta mañana que la recordaba. Incluso admitió que discutió con un hombre y que después se marcharon juntos.

Rivas frunció el ceño.

—¿Están seguros de que habló de esa noche en particular?

—Nos describió la lluvia, la consulta por el tren a Buenos Aires y la discusión. Además, reconoció que conocía al hombre que la acompañaba, aunque dijo que no pudo verle bien la cara.

El subcomisario se recostó en la silla. Durante unos segundos pareció estar haciendo un esfuerzo por ordenar recuerdos que prefería mantener separados.

—Voy a hablar con él —dijo—. Pero no quiero que regresen a la estación ni que lo enfrenten por su cuenta. Si hay una relación entre estas anotaciones y la desaparición de Isabel, necesitamos establecerla de manera formal.

—¿Y qué pasa con mi madre? —preguntó Lucía—. ¿Por qué el expediente no contiene esa información? ¿Por qué se cerró la investigación si nadie podía explicar dónde estaba?

Rivas bajó la vista hacia los papeles.