El secreto del Hotel Miramar Capítulo 3 — El andén vacío #2
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Capítulo 3 — El andén vacío #2

Lucía volvió a mirar la fotografía. La imagen mostraba a su madre junto a un hombre cuyo rostro seguía oculto.

Durante doce años había creído que Isabel había desaparecido sin que nadie supiera dónde había estado por última vez.

Ahora tenía una prueba de que aquella noche había llegado a la estación y había preguntado por un tren.

Sin embargo, no había evidencia de que hubiera subido a él.

—¿Por qué nunca declaró esto ante la policía? —preguntó.

Ledesma se quedó inmóvil. El silencio que siguió fue más revelador que cualquier explicación.

—Yo no sabía que era tan importante —respondió finalmente—.

En aquel momento se investigó la desaparición.

Me preguntaron si había visto algo extraño y dije que no había presenciado ninguna situación que pudiera relacionarse con el caso.

No reconocí a la mujer en las fotografías que mostraron. Esta imagen es distinta.

—¿Y la discusión? ¿Tampoco la mencionó?

El hombre bajó la mirada.

—No quería problemas. El hombre que estaba con ella me conocía. Vino a la estación otras veces. Cuando me preguntaron por los movimientos de esa noche, pensé que era mejor no involucrarme en asuntos ajenos.

Lucía sintió una mezcla de indignación y desconfianza.

Otro hombre había decidido que su silencio era más importante que la verdad.

Durante años, la desaparición de su madre había sido tratada como un hecho lamentable, pero quizá la explicación había estado delante de los ojos de todos y nadie había querido reconocerla.

—¿Puede decirme quién era? —preguntó.

Ledesma contempló la fotografía con expresión grave.

—No estoy seguro de poder reconocerlo ahora. Pero si me permiten guardar una copia de la imagen, quizás pueda compararla con alguna fotografía antigua del personal ferroviario. Conozco a casi todos los que trabajaban en esta estación en aquella época.

Lucía vaciló. La fotografía podía ser la pista más importante que habían encontrado, y no estaba dispuesta a dejarla allí sin saber quién aparecería en ella.

—Podemos volver con una copia —dijo—. Esta la vamos a conservar.

Ledesma asintió, aceptando la decisión sin discutir.

Mateo abrió entonces el sobre que habían encontrado en la caja.

Dentro había varias hojas mecanografiadas y una carta escrita a mano.

La primera hoja parecía ser una copia de un informe ferroviario, con una fecha en la parte superior y varias anotaciones hechas con tinta azul.

Lucía se inclinó para leerlas. El documento registraba una consulta sobre un billete de tren a Buenos Aires y una modificación en el horario de salida prevista para aquella noche.

En el margen, alguien había escrito: La pasajera no abordó.

Equipaje retirado por tercero autorizado.

Lucía leyó la frase varias veces. El documento no mencionaba el nombre de la persona autorizada para retirar el equipaje, pero el sello de la estación y la fecha confirmaban que la nota se refería al mismo día en que su madre desapareció.

—¿Qué significa «tercero autorizado»? —preguntó.

Mateo examinó el papel.

—Significa que otra persona pudo retirar su equipaje en su nombre. Pero necesitamos ver el registro original para saber quién lo hizo.

Lucía levantó la mirada hacia Ledesma.

—¿Existe ese registro?

El empleado frunció el ceño.

—Los libros de movimiento de aquella época se enviaron al archivo ferroviario regional cuando reorganizaron el servicio. No están aquí. Podría consultar si todavía se conservan, pero no puedo prometerles que los encuentren.

Lucía volvió a guardar el documento en la caja. El sobre también contenía una carta dirigida a Adela, escrita por Isabel dos días después de la fecha de la fotografía. No había firma, solo una frase al pie: Si no vuelvo, no creas lo que diga Tomás.

La letra era la misma que Lucía había visto en la dedicatoria del libro de la biblioteca. No podía existir ninguna duda: su madre había escrito aquella advertencia y la había escondido para que su abuela la encontrara si algo salía mal.

Mateo leyó la frase en silencio. Su rostro se endureció.

—Mi padre sabía que ella tenía miedo de algo —dijo.

Lucía lo miró.

—¿Y tú nunca te preguntaste por qué?

—Me lo pregunté muchas veces. Pero mi padre siempre decía que Isabel estaba atravesando problemas personales y que había exagerado una discusión. Yo quería creer que no tenía nada que ver con su desaparición.

—¿Y ahora?

Mateo sostuvo su mirada.

—Ahora no sé qué creer.

Lucía guardó la carta en el sobre y cerró la caja.

Las pruebas no bastaban para acusar a Tomás de nada, pero todas señalaban en la misma dirección: Isabel había planeado tomar un tren, no había subido a él y alguien había retirado su equipaje.

El hombre que la acompañó a la estación conocía sus movimientos y quizá había sido la última persona que la vio con vida.

—Tenemos que hablar con el subcomisario Rivas —dijo Mateo.

Lucía asintió. Ya no podían limitarse a seguir las pistas por su cuenta.

La amenaza encontrada en el hotel, la grabación y los documentos de la estación formaban parte de una historia que podía implicar a más personas de las que imaginaban.

Si alguien había ocultado la verdad durante doce años, era posible que todavía estuviera dispuesto a hacer lo mismo.

Ledesma los acompañó hasta la puerta de la antigua consigna. Antes de despedirse, pidió mirar de nuevo la fotografía. La sostuvo a la altura de los ojos y permaneció inmóvil durante varios segundos.

—Hay algo que no les dije —murmuró.

Lucía se volvió hacia él.

—¿Qué cosa?

Ledesma señaló la figura del hombre junto a Isabel.

—Ahora recuerdo un detalle. Cuando se marcharon, el hombre llevaba un anillo grande en la mano derecha. Tenía una piedra oscura, casi negra. Nunca olvidé ese anillo porque lo vi brillar bajo la luz del andén.

Lucía sintió que el estómago se le contraía.

Recordaba haber visto un anillo semejante en la mano de Tomás Salvatierra durante las reuniones familiares.

Era una pieza antigua, de plata, con una piedra negra que su padre le había regalado cuando se casó.

Mateo también lo recordó. Se quedó mirando la fotografía como si acabara de descubrir algo que había estado delante de él durante años.

—Mi padre tenía uno así —dijo en voz baja.

Nadie respondió.

Fuera de la estación, un tren de mercancías cruzó lentamente las vías, llenando el aire con un estruendo metálico que hizo vibrar los cristales.

Lucía apretó la caja contra el pecho y contempló el andén vacío.

Había llegado buscando una copia de un documento, pero se marchaba con la certeza de que su madre había intentado tomar un tren y que alguien se lo había impedido.

Todavía no sabía qué había sucedido después, ni por qué Tomás había ocultado la verdad.

Tampoco sabía quién había dejado la amenaza en el cuarto azul o cuánto tiempo llevaba vigilando el hotel.

Pero por primera vez desde la desaparición de Isabel, el pasado había dejado de ser una colección de recuerdos contradictorios para convertirse en una serie de hechos que podían seguirse, uno tras otro, hasta encontrar una respuesta.

Mateo caminaba a su lado sin decir palabra. Cuando llegaron a la salida, Lucía se detuvo y lo miró.

—Si descubrimos que tu padre estuvo involucrado, no voy a detenerme por ti.

Mateo sostuvo su mirada. En sus ojos había dolor, pero no la sorpresa de quien escucha una amenaza inesperada.

—No te lo pediría.

Lucía quiso creerle. A pesar de todo lo ocurrido, todavía recordaba al muchacho que había prometido no mentirle nunca. Ahora sabía que aquella promesa se había roto, pero una parte de ella seguía buscando al hombre que alguna vez había sido capaz de cumplirla.

Guardó la llave en el bolsillo y salió al frío de la mañana. El reloj de la estación marcaba las diez y veinte. A lo lejos, el mar se confundía con la niebla y el viento arrastraba el olor de las algas hacia las calles del pueblo.

En la caja, debajo de la carta de Isabel, había quedado una última hoja que ninguno de los dos había leído todavía.

Era una lista de nombres, escrita a mano y ordenada por fechas. Junto a cada nombre aparecía una hora, una cantidad de dinero y una breve anotación.

El último registro correspondía al 20 de octubre de 1986.

Al lado del nombre de Tomás Salvatierra había dos palabras, subrayadas con tinta negra.

Pago realizado.