Capítulo 3 — El andén vacío
El andén vacío
No dejes que Lucía crea que me fui porque quise abandonarla.
Durante años, Lucía había intentado convencerse de que Isabel había tenido sus propias razones para marcharse.
A veces la imaginaba viviendo en otra ciudad, con otra identidad y una vida completamente distinta.
En otras ocasiones se permitía pensar que su madre había muerto durante aquella noche de octubre y que alguien había ocultado el cuerpo para impedir que la verdad saliera a la luz.
Ninguna de esas posibilidades la había preparado para escuchar su voz, tan cercana y, al mismo tiempo, separada de ella por doce años de silencio.
Dejó la taza sobre la mesa y miró el reloj de pared.
Eran las ocho y diez. Mateo había dicho que pasaría por el hotel a las nueve para acompañarla a la estación.
Lucía todavía no sabía si había cometido un error al aceptar su ayuda.
Una parte de ella recordaba al muchacho que la esperaba a la salida de la escuela, que le guardaba el último trozo de chocolate cuando compartían una merienda y que había pasado noches enteras buscando a su madre a su lado.
Otra parte solo recordaba las llamadas interrumpidas, las explicaciones incompletas y la manera en que él había elegido proteger a su padre cuando ella más necesitaba conocer la verdad.
El golpe en la puerta llegó unos minutos antes de las nueve.
Mateo llevaba una chaqueta oscura, una bufanda de lana y una bolsa de papel bajo el brazo. El cabello todavía estaba húmedo y tenía las manos enrojecidas por el frío. Cuando Lucía abrió, él levantó ligeramente la bolsa.
—Traje medialunas. Supuse que no habrías desayunado.
Ella lo miró sin apartarse de la puerta.
—No tenías que molestarte.
—Lo sé.
La respuesta no contenía reproche ni exigía agradecimiento.
Mateo dejó la bolsa sobre el mostrador y esperó a que ella terminara de prepararse.
Lucía se puso el abrigo, guardó la cinta y la pequeña llave plateada en el bolsillo interior y tomó la fotografía que habían encontrado en el cuarto azul.
Antes de salir, comprobó que la puerta trasera estuviera cerrada y que las ventanas de la planta baja no hubieran vuelto a abrirse.
—¿Le contaste al subcomisario que vamos a la estación? —preguntó Mateo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque todavía no sé qué vamos a encontrar. Prefiero hablar con él cuando tengamos algo concreto.
Mateo asintió, aunque su expresión revelaba cierta preocupación.
—Rivas no va a estar contento si descubre que estamos buscando pruebas sin avisarle.
—No tiene que estar contento. Tiene que hacer su trabajo.
—Lucía, no estoy defendiendo a Rivas. Solo digo que conviene tener cuidado.
Ella se detuvo junto a la puerta.
—¿Cuidado con qué, Mateo? ¿Con la policía, con tu padre o contigo?
Él no respondió inmediatamente. Bajó la mirada hacia el suelo, como si reconociera que ninguna respuesta podía mejorar la situación.
—Con todos —dijo al fin—. Incluido yo, si eso es lo que necesitas escuchar.
Lucía abrió la puerta y salió sin contestar.
La estación de Puerto de la Niebla se encontraba a unas pocas cuadras del hotel, al final de una calle flanqueada por plátanos cuyas ramas desnudas se entrecruzaban sobre el pavimento.
Durante los mejores años del servicio ferroviario, el edificio había recibido familias que viajaban hacia la costa durante el verano, trabajadores que se trasladaban a las localidades vecinas y comerciantes que llegaban con maletas repletas de mercancías.
Ahora, los trenes pasaban con menor frecuencia y la sala de espera permanecía casi siempre vacía.
La fachada conservaba el reloj circular sobre la entrada, las ventanas altas y un cartel con letras negras cuyo esmalte empezaba a desprenderse.
Lucía recordaba aquel lugar con una claridad dolorosa.
De niña, había acompañado a su abuela a recibir huéspedes que llegaban desde Buenos Aires.
Los esperaba junto a las vías, impaciente por ver aparecer la locomotora entre los árboles.
Años después, había partido desde el mismo andén con una maleta pequeña y la certeza de que no regresaría mientras pudiera evitarlo.
Su madre había desaparecido en el pueblo, pero la estación siempre había representado para ella la frontera entre la vida que conocía y la que esperaba construir lejos de allí.
Al entrar, sintió el olor familiar del hierro húmedo, el polvo y el humo que impregnaba las viejas estructuras ferroviarias. Un hombre de bigote gris atendía la ventanilla de boletos. Levantó la vista cuando los vio acercarse y reconoció a Mateo antes que a Lucía.
—Salvatierra. Hace tiempo que no te veía por aquí.
—Buenos días, Ledesma.
El empleado miró a Lucía con atención y después sonrió con una mezcla de sorpresa y cautela.
—Tú debes de ser la nieta de Adela. Te recuerdo de cuando eras chica. Venías con ella los días de llegada de los trenes.
—Sí. Hace bastante que no vengo.
—Lo siento mucho por tu abuela. Era una buena mujer.
Lucía agradeció sus palabras y, después de unos segundos, decidió preguntarle por el antiguo sector de equipajes.
Recordaba que, durante su infancia, había una habitación detrás de la taquilla donde se guardaban las maletas que los pasajeros dejaban a resguardo.
Ledesma frunció el ceño cuando ella mencionó el lugar.
—La consigna lleva años cerrada —explicó—. Casi nadie la utilizaba y, cuando redujeron el servicio, dejaron de mantenerla. ¿Por qué quieren entrar?
Lucía sacó la llave plateada del bolsillo y le mostró la etiqueta de cartón.
—Encontré esto entre unas pertenencias de mi abuela. Solo dice «Estación». Creemos que puede abrir algo en la antigua sala de equipajes.
Ledesma examinó la llave, aunque no llegó a tocarla.
—Es posible. Había varios armarios pequeños junto a los estantes de las maletas. Eran bastante antiguos. Algunos tenían cerraduras diferentes.
—¿Podríamos revisarlos?
El hombre guardó silencio durante unos segundos. Miró hacia la puerta que comunicaba con el sector de equipajes y luego volvió a observar la llave.
—No deberían quedar cosas allí, pero nunca se sabe. Acompáñenme. No quiero que se pongan a revolver todo sin saber dónde mirar.
Los condujo por un pasillo estrecho que terminaba en una puerta de madera.
Al abrirla, se encontraron con una habitación alargada, iluminada por una ventana alta que daba a las vías.
Había estantes metálicos cubiertos de polvo, un banco de madera y varias maletas antiguas que nadie parecía haber reclamado.
En la pared del fondo se alineaban una docena de pequeñas puertas metálicas, todas pintadas de gris.
Algunas tenían números casi borrados; otras conservaban un hueco para introducir una llave.
Lucía recorrió la fila con la mirada. No sabía cuál debía abrir, pero cuando llegó a la séptima puerta sintió que la llave plateada encajaba en su cerradura con una precisión inquietante.
Se volvió hacia Mateo.
—Es esta.
Él se acercó mientras Ledesma observaba desde la entrada. Lucía introdujo la llave y giró lentamente. El mecanismo se resistió al principio, pero después cedió con un chasquido. Dentro había un compartimento estrecho, vacío salvo por una caja de lata envuelta en un trozo de tela encerada.
Lucía la sacó con cuidado. El polvo cubría la superficie, pero el cierre no estaba oxidado por completo. La colocó sobre el banco y retiró la tela. En la tapa había una pequeña etiqueta con dos palabras escritas a mano: Copia original.
—¿Qué significa esto? —preguntó Mateo.
—No lo sé.
Lucía levantó la tapa. En el interior encontró un sobre amarillento, varias hojas dobladas y una fotografía en blanco y negro.
Debajo de todo había una pequeña libreta con tapas de cartón, cuyas esquinas estaban gastadas por el uso.
No había ninguna cinta de casete, ningún objeto que explicara de inmediato por qué su madre había querido ocultar la caja en aquel lugar.
La fotografía fue lo primero que llamó su atención.
Mostraba el andén de la estación una noche lluviosa.
La locomotora aparecía al fondo, envuelta en vapor, y dos figuras estaban de pie junto a un banco.
Una era Isabel. Lucía la reconoció por el perfil de su rostro y por la forma en que llevaba el cabello recogido.
La otra era un hombre vestido con un abrigo oscuro, cuyo rostro quedaba oculto por la sombra de un poste.
En el reverso alguien había escrito una fecha: 20 de octubre de 1986.
Lucía sintió que se le cerraba la garganta. Era el día en que su madre había desaparecido.
—Mi madre estuvo aquí aquella noche —dijo.
Mateo tomó aire lentamente. Ledesma se acercó para observar la imagen, y su expresión cambió cuando reconoció a Isabel.
—Dios mío —murmuró.
Lucía levantó la cabeza.
—¿La recuerda?
El empleado tardó en responder.
—Sí. Recuerdo haberla visto por aquí en aquella época. Pero no sabía que existía esta fotografía.
—¿La vio el veinte de octubre?
Ledesma se quitó las gafas y las limpió con un pañuelo, aunque no parecían estar sucias. Lucía comprendió que estaba intentando ganar tiempo para encontrar una respuesta.
—No podría asegurarlo. Hace muchos años de eso.
—Pero la recuerda.
El hombre volvió a ponerse las gafas.
—Recuerdo a una mujer que vino a la estación una noche de lluvia. Estaba nerviosa y preguntó a qué hora salía el siguiente tren hacia Buenos Aires. Le dije que tendría que esperar hasta la mañana. Después se marchó.
—¿Estaba sola?
Ledesma miró a Mateo antes de responder.
—No. Había alguien con ella.
Lucía sintió un pulso acelerado en las sienes.
—¿Quién?
—No le vi bien la cara. Estaba oscuro y yo me encontraba detrás de la ventanilla. Pero recuerdo que discutieron. Ella parecía asustada. Él le dijo algo y después se alejaron por el camino que lleva al pueblo.
—¿Hacia el hotel? —preguntó Mateo.
—No lo sé. Los vi irse juntos, pero no puedo decirles adónde fueron.