Capítulo 2 — La voz en la cinta #3
La cinta continuó girando unos segundos más, hasta que la voz de Isabel reapareció, apenas audible.
—Si alguna vez vuelve a preguntarme qué pasó en el muelle, voy a tener que decirle la verdad. No puedo seguir protegiéndolo.
La grabación terminó con un chasquido seco.
Lucía permaneció sentada frente al escritorio, mirando el grabador como si todavía pudiera escuchar la respiración de su madre al otro lado del tiempo.
La cinta no había resuelto el misterio, pero acababa de modificarlo por completo.
Tomás no era el único hombre que podía saber lo ocurrido.
Isabel había mencionado a otra persona, alguien cuya identidad parecía ser más peligrosa que la de su padre.
—Hay que escucharla de nuevo —dijo Mateo.
Lucía detuvo el aparato antes de que pudiera rebobinarla.
—No.
Él la miró, desconcertado.
—¿Por qué?
—Porque antes vamos a buscar la copia.
Se levantó y guardó la cinta en el bolsillo interior de su abrigo. Después se volvió hacia Mateo.
—La biblioteca del hotel. Vamos a revisar cada libro, cada cajón y cada estante. Si mi madre escondió algo allí, quiero encontrarlo antes de que lo haga otra persona.
Mateo asintió, aunque su atención seguía fija en el grabador. Lucía no podía saber si estaba intentando recordar algo que su padre le había contado o si acababa de comprender que su familia estaba mucho más implicada en la desaparición de Isabel de lo que había querido aceptar.
Salieron de la oficina y cruzaron el vestíbulo. El hotel estaba oscuro, salvo por la lámpara de la recepción. Afuera, la lluvia había cesado y la niebla comenzaba a retirarse del jardín, dejando al descubierto el muro de piedra y las huellas que el agua todavía no había borrado.
Al llegar a la puerta de la antigua biblioteca, Lucía se detuvo.
Hacía años que no entraba allí. La habitación conservaba las estanterías de madera, una mesa baja junto a la ventana y el sillón donde su madre solía sentarse a leerle cuentos cuando era niña.
La mayoría de los libros seguían en su lugar, aunque algunos tenían las tapas curvadas por la humedad.
Lucía pasó la mano por los lomos, buscando algún objeto fuera de sitio.
Recordaba los cuentos que Adela le leía por las noches y las novelas que su madre escondía para que los huéspedes no las tomaran prestadas.
En aquel cuarto había aprendido que los libros podían ofrecer refugio, pero también que las historias no siempre terminaban de la manera que uno esperaba.
Al retirar un volumen de una balda inferior, encontró una pequeña fotografía encajada entre las páginas.
Era una imagen de su infancia, tomada frente al hotel.
Isabel la sostenía en brazos mientras Adela sonreía junto a ellas.
En el reverso, escrito con la letra de su madre, había una frase que Lucía nunca había visto.
Para mi hija, cuando llegue el momento de conocer la verdad.
Lucía sintió que las piernas le flaqueaban. Debajo de la fotografía había una llave pequeña, distinta de la que Adela le había entregado años atrás. Era plateada, con una etiqueta de cartón atada al aro mediante un hilo. En la etiqueta aparecía una sola palabra, escrita con tinta azul.
Estación.
Mateo se acercó para leerla.
—La estación de tren —dijo.
Lucía asintió. En Puerto de la Niebla, la estación llevaba años funcionando con un servicio reducido, pero seguía siendo el único lugar desde el que partían los trenes hacia Buenos Aires.
En octubre de 1986, Isabel había desaparecido sin llevarse sus documentos ni retirar dinero de su cuenta.
Si había llegado a la estación aquella noche, quizá alguien la había visto.
Quizá había dejado allí la copia a la que se refería en la grabación.
Lucía guardó la fotografía y la llave en el bolsillo.
—Mañana vamos a la estación.
Mateo no discutió. Se limitó a mirarla con una expresión que mezclaba preocupación y algo más difícil de identificar.
—Voy contigo —dijo.
Lucía quiso responder que no necesitaba su compañía, que podía seguir las pistas por su cuenta y que no pensaba volver a depender de él.
Pero la verdad era que, después de escuchar la voz de su madre y encontrar aquella llave, la soledad le resultaba más difícil de soportar de lo que estaba dispuesta a reconocer.
—Está bien —respondió—. Pero mañana no me vas a ocultar nada.
Mateo bajó la mirada.
—No voy a hacerlo.
Lucía no supo si creerle. Mientras apagaba la luz de la biblioteca, comprendió que la cinta había devuelto a su madre a la habitación durante unos minutos, pero también había abierto una herida que llevaba doce años intentando cerrar.
Isabel no había desaparecido por voluntad propia.
Había tenido miedo, había intentado proteger a su hija y había dejado una pista que esperaba ser encontrada.
Quedaba por descubrir de quién había intentado protegerla.
Y, mientras el viento volvía a levantarse sobre el mar, Lucía comprendió que la respuesta podía estar mucho más cerca de lo que jamás habría imaginado.