El secreto del Hotel Miramar Capítulo 2 — La voz en la cinta #2
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Capítulo 2 — La voz en la cinta #2

Volvió a abrir el armario. Dentro había un conjunto de carpetas atadas con una cinta, varias fotografías sueltas, un pequeño cuaderno de tapas negras y una caja de madera cuyo cierre estaba corroído por la humedad. En el fondo, envuelta en un pañuelo blanco, encontró una cinta de casete.

La etiqueta llevaba una fecha escrita con tinta azul: 19 de octubre de 1986. Debajo, con la misma letra de Adela, había una frase que le hizo contener la respiración.

Para Lucía. Escúchala cuando estés preparada.

Mateo se acercó.

—¿Qué es?

Lucía le mostró la cinta.

Él la observó durante unos segundos.

—Una grabación.

—Eso ya lo veo.

—Quiero decir que tu abuela tenía un grabador en la oficina. Lo usaba para escuchar música cuando trabajaba en las cuentas del hotel. Todavía debe estar allí.

Lucía sostuvo la cinta entre los dedos. El plástico estaba amarillento y una pequeña grieta recorría una de las esquinas.

No sabía qué contenía, pero la fecha indicaba que había sido grabada el día anterior a la desaparición de su madre.

Por primera vez desde que había regresado, sintió que estaba a punto de tocar algo que podía acercarla a una respuesta.

Bajaron a la oficina. El cuarto permanecía casi igual que en su infancia: un escritorio de madera oscura, archivadores metálicos, una lámpara verde y estantes llenos de libros de contabilidad.

Sobre una repisa, junto a una radio antigua, seguía el grabador de casetes que Adela utilizaba para escuchar tangos mientras revisaba las cuentas del hotel.

Lucía lo conectó a la corriente y comprobó que el mecanismo todavía funcionaba.

Limpió el polvo de la tapa, introdujo la cinta y se sentó frente al escritorio.

Mateo permaneció de pie a su lado.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó.

Lucía lo miró. Una parte de ella deseaba escuchar la voz de su madre a solas, sin tener que compartir con nadie la emoción de aquel momento.

Otra comprendía que, si la grabación contenía algo relacionado con Tomás, Mateo tenía derecho a escucharla, aunque eso no significara que fuera a confiar en él.

—Quédate —dijo—. Pero si escuchas algo que ya sabías, no vuelvas a mentirme.

Mateo asintió.

Lucía presionó el botón de reproducción.

Al principio solo se oyó un siseo leve, el ruido de la cinta girando y un golpe que parecía provenir de un micrófono colocado demasiado cerca de una superficie. Después llegó una respiración entrecortada. Lucía sintió que los dedos se le entumecían.

Conocía aquella respiración. Había escuchado a su madre llorar en la oscuridad, reír durante las comidas familiares y cantar mientras preparaba el desayuno. Habría reconocido su voz entre miles, incluso después de tantos años.

—Adela, no sé si vas a encontrar la manera de guardar esto sin que nadie lo descubra —dijo Isabel en la grabación—. Pero necesito que me escuches hasta el final. No puedo seguir fingiendo que todo está bien.

Lucía se llevó una mano a la boca. Mateo no se movió.

La voz de Isabel sonaba cansada, como si llevara mucho tiempo sin dormir. De fondo se oía un ruido tenue, quizá el viento golpeando una ventana. Después hubo una pausa, seguida de un suspiro.

—Mañana voy a encontrarme con Tomás. Me dijo que tiene algo que puede demostrar que no estoy equivocada, pero no sé si puedo confiar en él. Si no vuelvo, no dejes que Lucía crea que me fui porque quise abandonarla. Nunca haría eso. Nunca.

Lucía cerró los ojos. Había pasado años imaginando todas las posibles razones por las que su madre podía haberse marchado.

Había odiado a Isabel por abandonarla, la había defendido ante los vecinos y, en los peores momentos, se había preguntado si había hecho algo para que no quisiera volver.

Ahora aquella voz le decía que no la había abandonado por voluntad propia, y la certeza le produjo una mezcla de alivio y dolor tan intensa que apenas podía respirar.

La grabación continuó.

—Hay otra persona involucrada, Adela. Alguien que sabe lo que ocurrió aquella noche y que está dispuesto a hacer cualquier cosa para que nadie lo descubra. Si me pasa algo, busca la copia. No está en el taller ni en mi casa. Está donde Lucía aprendió a leer.

Mateo se inclinó hacia el grabador.

—¿Qué significa eso? —murmuró.

Lucía no respondió. Recordaba perfectamente el lugar donde había aprendido a leer: una pequeña biblioteca en la planta baja del Miramar, junto a la recepción.

Adela le había enseñado a reconocer las letras con libros ilustrados y cuentos de tapas duras.

Aquel rincón había sido su refugio durante los años en que el hotel todavía estaba lleno de huéspedes y su madre pasaba las tardes ayudando en la cocina.

En la cinta se oyó un golpe más fuerte. Isabel interrumpió la frase y guardó silencio. Al cabo de unos segundos volvió a hablar, esta vez en voz más baja.

—No puedo decir su nombre. Si alguien encuentra esto, quizá sea demasiado tarde. Adela, prométeme que vas a proteger a Lucía. No dejes que confíe en él solo porque crea conocerlo.

La voz se quebró. Se oyó un ruido de pasos, una puerta que se cerraba y, después, un silencio prolongado.

Lucía miró a Mateo. Él había perdido el color del rostro.

—¿A quién se refiere? —preguntó ella.

Mateo negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Estás seguro?

—Sí.