El secreto del Hotel Miramar Capítulo 2 — La voz en la cinta
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Capítulo 2 — La voz en la cinta

La voz en la cinta

Durante unos segundos, Lucía y Mateo permanecieron inmóviles en el cuarto azul, escuchando el silencio que había quedado después de los pasos.

La casa parecía contener la respiración.

Desde la planta baja llegaba el golpeteo irregular de una gotera, y el viento hacía vibrar los cristales de las ventanas.

Lucía todavía sostenía la nota entre los dedos.

La tinta negra parecía demasiado reciente para pertenecer a un papel que hubiera permanecido años escondido detrás de un espejo.

—Voy a llamar a la policía —dijo, guardando la nota en el bolsillo.

Mateo asintió. No intentó detenerla ni buscó una explicación para lo ocurrido.

La siguió escaleras abajo, pendiente del pasillo y de las puertas cerradas.

Al llegar a la recepción, Lucía levantó el auricular del teléfono fijo y marcó el número de la comisaría.

Mientras esperaba, miró a través del cristal de la entrada.

La niebla había borrado casi por completo la calle, y solo distinguía la luz amarillenta de una farola que parpadeaba al otro lado del camino.

Respondió una voz masculina que reconoció como la del oficial de guardia.

Lucía explicó que había encontrado una amenaza dentro de su casa y que alguien parecía haber entrado en el hotel sin su permiso.

Habló con más calma de la que sentía, describiendo las huellas del jardín, la ventana abierta y el pasillo en el que habían escuchado pasos.

Cuando el oficial le preguntó si había sufrido alguna agresión, respondió que no, aunque la sensación de peligro que la acompañaba era cada vez más difícil de ignorar.

—Vamos a enviar a alguien para que revise el lugar —le dijo el hombre—. No toquen nada más hasta que llegue.

Lucía colgó y se volvió hacia Mateo.

—¿Cuánto tiempo crees que puede llevarle a alguien entrar aquí sin que lo veamos?

—Depende de por dónde haya entrado. Hay una puerta de servicio que da al patio trasero. Si todavía conserva la cerradura antigua, cualquiera que conozca el mecanismo podría abrirla.

—¿Y tú lo conoces?

Mateo la miró.

—Sí. Tu abuela me pidió que la reparara hace unos años. La cerradura nunca quedó del todo bien.

Lucía sintió un nuevo estremecimiento. Adela había confiado en Mateo para revisar el edificio, y él sabía cómo funcionaban algunas de las cerraduras más antiguas del hotel.

Aquello no lo convertía en responsable de la amenaza, pero tampoco le permitía descartar la posibilidad de que alguien con acceso a la casa hubiera aprovechado sus conocimientos.

—¿Quién más tiene llave?

—No lo sé. Tu abuela tenía varias copias. Supongo que algunas seguirán guardadas en la oficina.

Lucía decidió no responder. Subió a buscar la fotografía que había dejado en el cajón de la mesa del cuarto azul y regresó con ella entre las manos.

La fecha escrita por Adela, 18 de octubre de 1986, parecía señalar un punto de partida.

Dos días antes de la desaparición de Isabel, Tomás Salvatierra había estado con ella junto al muelle.

La imagen no demostraba que hubiera cometido ningún delito, pero desmentía la versión de que su relación se había limitado a un encuentro casual en el taller naval.

Mateo contempló la fotografía sin tocarla.

—Mi padre nunca me mostró esto —dijo.

—Tal vez no sabía que existía.

—O tal vez sabía exactamente dónde estaba.

Lucía levantó la mirada. Durante años había imaginado a Tomás como un hombre severo, orgulloso de su trabajo y poco dispuesto a hablar de asuntos familiares.

No lo había considerado un sospechoso. Ahora le costaba separar la imagen del hombre al que había conocido en su infancia de la posibilidad de que hubiera ocultado información sobre Isabel.

—¿Tu padre sigue viviendo en el pueblo? —preguntó.

Mateo asintió.

—Sí. Sigue en la misma casa, aunque casi nunca sale del taller. Desde que se jubiló pasa la mayor parte del tiempo reparando motores viejos. No hablamos demasiado.

—¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

—Hace tres días.

—¿Y no te dijo nada sobre mi abuela?

Mateo tardó en contestar.

—Me preguntó si iba a venir al entierro. Le dije que todavía no lo sabía. Después cambió de tema.

—¿Sabía que habías hablado con ella?

—No se lo conté.

Lucía dejó la fotografía sobre el mostrador.

Quería preguntarle muchas cosas, pero las palabras parecían amontonarse sin encontrar un orden.

Una parte de ella deseaba creer que Mateo estaba intentando ayudarla.

Otra recordaba las conversaciones que habían terminado en reproches, las cartas sin respuesta y el modo en que él había elegido proteger a su familia en lugar de compartir con ella lo poco que sabía.

Un automóvil apareció entre la niebla y se detuvo frente al hotel.

Los faros iluminaron durante unos segundos el jardín y el porche.

Del vehículo descendió un hombre de cabello canoso, vestido con un impermeable oscuro.

Lucía lo reconoció cuando se acercó a la entrada: el subcomisario Rivas, uno de los policías que había participado en las primeras búsquedas de Isabel.

Los años habían endurecido sus facciones, pero conservaba la misma mirada atenta con la que escuchaba a los vecinos durante la investigación.

—Lucía —dijo al entrar—. Siento mucho lo de tu abuela.

—Gracias, subcomisario.

Rivas se quitó el impermeable y lo dejó sobre el respaldo de una silla. Miró a Mateo con una expresión difícil de interpretar.

—Salvatierra. No esperaba encontrarte aquí.

—Vine por el hotel —respondió Mateo—. Adela me había pedido que revisara el edificio.

El subcomisario asintió sin hacer más preguntas.

Después pidió que le mostraran la nota, la ventana abierta y las huellas del jardín.

Lucía lo condujo al segundo piso. Rivas observó el cuarto azul con detenimiento, examinó la cerradura de la puerta y se acercó al espejo que ocultaba el armario.

No comentó nada sobre el compartimento secreto, aunque parecía advertir que aquel lugar guardaba algo más que muebles viejos.

Lucía le entregó la nota amenazante. El hombre la leyó dos veces y la guardó en una funda de plástico que sacó del bolsillo de su chaqueta.

—¿Están seguros de que nadie más entró en la habitación? —preguntó.

—No lo sabemos —respondió Lucía—. Escuchamos pasos en el pasillo y encontramos la ventana abierta. Cuando salimos al jardín, vimos huellas que llegaban hasta esta pared.

Rivas observó el suelo, las ventanas y el marco del espejo. Se tomó su tiempo antes de hablar.

—No veo señales claras de que hayan forzado la entrada. Eso no significa que alguien no haya entrado, pero necesitaremos algo más que una nota para determinarlo. Voy a pedir que revisen el exterior y hablaré con los vecinos. Mientras tanto, les recomiendo que no se queden solos esta noche.

—¿Y qué pasa con la amenaza? —preguntó Lucía—. ¿No es suficiente para abrir una investigación?

—La voy a registrar, por supuesto. Pero necesito saber quién escribió esto y cuándo lo dejó aquí. ¿Encontraron alguna otra cosa?

Lucía miró a Mateo. Él permaneció en silencio, con los brazos cruzados.

Podían contarle lo del armario y la caja de documentos, pero ella no estaba segura de querer revelar todo lo que su abuela había escondido antes de saber qué contenía.

No era una cuestión de ocultar pruebas, sino de comprender primero por qué Adela había dejado instrucciones tan precisas.

—Encontramos fotografías y papeles antiguos —respondió finalmente—. Todavía no los revisamos.

Rivas no pareció convencido, aunque tampoco insistió.

—No muevan nada más hasta que vuelva. Hay muchas cosas de esta historia que quedaron sin aclarar en su momento, y no quiero que terminemos perdiendo una pista importante por actuar con apuro.

Lucía lo observó con atención.

—¿Usted cree que esto tiene que ver con mi madre?

El subcomisario la miró durante unos segundos. Por primera vez desde su llegada, pareció incómodo.

—No puedo afirmarlo sin pruebas. Pero si alguien está dispuesto a amenazarte, tenemos que averiguar por qué. Y si el mensaje se refiere a tu abuela, también necesitamos saber si ella recibió advertencias antes de morir.

—Nunca me dijo nada.

—Quizá no quería preocuparte.

Rivas cerró su libreta y se dirigió hacia la puerta. Antes de bajar las escaleras, se volvió hacia Mateo.

—Necesito hablar contigo mañana. Hay algunas cosas que quiero preguntarte sobre octubre de 1986.

Mateo palideció ligeramente, pero asintió.

—Está bien.

Cuando el policía se marchó, Lucía permaneció junto a la ventana hasta que el automóvil desapareció entre la niebla.

No sabía si Rivas sospechaba de Mateo, de Tomás o de alguien más.

Sin embargo, su reacción al mencionar la desaparición de Isabel le había dejado la impresión de que el subcomisario recordaba más de aquella investigación de lo que estaba dispuesto a admitir.

—No tenías por qué ocultarle la caja —dijo Mateo cuando regresaron al cuarto azul.

Lucía se volvió hacia él.

—¿Y tú tenías por qué ocultarme que mi abuela te había hablado de mi madre?

Él aceptó el golpe sin responder.

—No confío en nadie ahora mismo —continuó ella—. Ni en ti, ni en tu padre, ni en el subcomisario. Si vamos a descubrir qué pasó, necesito saber exactamente qué estamos buscando.

Mateo miró el espejo que ocultaba el armario.

—Entonces tenemos que revisar lo que dejó tu abuela.

Lucía vaciló. La recomendación de Rivas seguía resonando en su memoria.

No quería destruir una posible prueba, pero tampoco podía ignorar las instrucciones de Adela.

La caja había permanecido oculta durante años.

Si alguien había entrado recientemente en la habitación para dejar una amenaza, quizá lo había hecho para asegurarse de que determinados documentos siguieran fuera de su alcance.