Capítulo 1 — La última llave #3
—Quise creerle. Era mi padre. Estaba asustado y no sabía qué pensar. Me convencí de que guardar silencio era lo mismo que no acusarlo sin pruebas.
—Pero yo te pedí que me contaras lo que sabías.
—Lo sé.
—Y elegiste no hacerlo.
—Sí.
La respuesta, pronunciada sin excusas, le dolió más que una discusión.
Lucía había esperado años para escuchar una admisión semejante.
Imaginaba que, al llegar el día, sentiría alivio o rabia suficiente para decir todo lo que había guardado.
Sin embargo, lo único que encontró fue una tristeza antigua que todavía sabía dónde herirla.
—¿Por qué no me contaste que mi abuela te había hablado de esto? —preguntó.
—Porque no sabía qué había encontrado. Me pidió que no intentara impedirte entrar en esta habitación, pero no me explicó qué guardaba allí. Supuse que quería que descubrieras las cosas a tu manera.
Lucía se volvió hacia el espejo. La carta de Adela mencionaba un armario escondido detrás de él.
Examinó el marco y encontró una pequeña hendidura en uno de los laterales.
Al presionarla, el espejo se desplazó unos centímetros sobre un riel oculto.
Detrás apareció un armario estrecho, integrado en la pared, con una puerta de madera.
Lucía abrió el armario. Dentro había una caja de documentos, varias fotografías y un sobre blanco sin remitente. Lo sacó con cuidado. En el frente, alguien había escrito el nombre de Adela con una letra angulosa que Lucía no reconoció.
Abrió el sobre. Dentro encontró una nota breve, escrita con tinta negra.
Adela ha muerto. Ahora le toca a su nieta.
Lucía leyó las palabras una vez y después otra, incapaz de comprender cómo una nota semejante había llegado hasta un lugar que su abuela había mantenido cerrado durante años.
El polvo acumulado en las baldas estaba intacto, salvo por una franja limpia junto al sobre, como si alguien lo hubiera colocado allí recientemente.
Mateo leyó el mensaje por encima de su hombro. Su rostro perdió el color.
—Tenemos que llamar a la policía —dijo Lucía.
—Sí.
—Y quiero que me cuentes todo lo que sabes sobre tu padre y sobre mi madre. Sin más silencios, sin más excusas.
Mateo asintió, pero no habló de inmediato. Miró la nota, después la fotografía de Isabel junto al muelle. Parecía estar contemplando la posibilidad de que una sospecha que había intentado ignorar durante doce años acabara de convertirse en algo mucho más peligroso.
—Hay algo que no te dije aquella vez —empezó—. Después de la desaparición de tu madre, mi padre me pidió que, si alguien me preguntaba por aquella noche, dijera que él había estado en el taller hasta tarde y que no recordaba a qué hora había regresado a casa.
Lucía sintió un vacío en el estómago.
—¿Y lo hiciste?
—Sí. Cuando la policía me interrogó, conté lo que sabía, pero omití la conversación que tuve con él.
Me dije que no tenía pruebas de nada y que no debía destruir a mi familia por una sospecha.
Durante años intenté convencerme de que había tomado la decisión correcta.
Pero después de hablar con tu abuela la semana pasada, ya no estoy seguro.
Lucía quiso responder, pero en ese momento oyó un ruido en el pasillo. No fue un crujido de la madera ni el golpe de una puerta movida por el viento. Fue un paso lento, seguido de otro, como si alguien caminara con cuidado para no ser descubierto.
Mateo se volvió hacia la puerta. Lucía permaneció inmóvil, escuchando. Los pasos se detuvieron justo al otro lado.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó él.
Nadie respondió.
Mateo abrió la puerta de golpe y miró hacia ambos extremos del pasillo. Estaba vacío. La luz del techo parpadeó una vez antes de estabilizarse. Al fondo, la ventana que daba a la escalera de servicio estaba abierta, aunque Lucía estaba segura de haberla cerrado aquella mañana.
Mateo avanzó unos pasos, pero no encontró a nadie. Cuando regresó al cuarto azul, Lucía seguía junto al armario oculto, sosteniendo la nota entre los dedos.
—No estamos solos en esta casa —dijo ella.
Mateo no intentó tranquilizarla. Por primera vez desde su regreso, Lucía tuvo la impresión de que él estaba tan asustado como ella.
—No —respondió—. Y creo que quien dejó esa nota sabe mucho más sobre lo que le ocurrió a tu madre de lo que está dispuesto a admitir.
Lucía volvió a mirar la fotografía del 18 de octubre de 1986.
La fecha correspondía a dos días antes de la desaparición de Isabel, el mismo día en que su madre había sido fotografiada junto al hombre que ahora sabía que era Tomás Salvatierra.
Durante años había imaginado que descubrir la verdad le permitiría cerrar una herida.
Nunca había considerado la posibilidad de que esa verdad involucrara a las dos personas que habían marcado su adolescencia: el hombre al que había amado por primera vez y la familia que lo había convertido en parte de su vida.
Afuera, la niebla se espesaba sobre el jardín y borraba el sendero que conducía al mar.
Lucía guardó la fotografía y las dos notas en el cajón de la mesa.
No sabía quién había escrito la amenaza ni cuánto tiempo llevaba observando el Miramar.
Tampoco sabía si Mateo le estaba contando toda la verdad.
Pero entendió que vender el hotel y regresar a Buenos Aires ya no era una opción tan sencilla como había creído unas horas antes.
Durante años había considerado que el pasado pertenecía a un lugar al que solo debía regresar cuando fuera necesario. Ahora comprendía que el pasado no siempre esperaba en silencio. A veces, llamaba a la puerta, dejaba una llave bajo el felpudo y exigía que alguien tuviera el valor de abrirla.
Mientras Mateo permanecía junto a la ventana, vigilando el jardín vacío, Lucía volvió a leer mentalmente la advertencia de su abuela: No confíes en todo lo que te diga Mateo Salvatierra.
Lo más inquietante no era que Adela hubiera desconfiado de él.
Era que, después de todo lo ocurrido, Lucía seguía queriendo creerle.