Capítulo 1 — La última llave #2
Lucía no le pidió que acusara a nadie. Le pidió que confiara en ella lo suficiente como para contarle lo que sabía.
Mateo, atrapado entre el miedo a perjudicar a su padre y la lealtad hacia la chica que amaba, eligió callar.
Aquel silencio fue más devastador que cualquier respuesta.
Lucía empezó a preguntarse cuánto de su relación había estado construido sobre una confianza que solo existía mientras nadie le exigiera a Mateo tomar una decisión difícil.
A comienzos de 1987, Lucía se marchó a Buenos Aires para vivir con su padre y estudiar.
La distancia no acabó con sus sentimientos de inmediato.
Durante los primeros años intercambiaron cartas, se llamaron por teléfono en cumpleaños y fechas señaladas, y algunas veces sus conversaciones se prolongaron hasta que uno de los dos se quedaba sin nada que decir.
Pero siempre terminaban regresando a la misma discusión: ella quería saber qué había ocurrido entre Tomás e Isabel, y Mateo insistía en que no podía ofrecerle una verdad que ni siquiera él conocía por completo.
La última conversación importante tuvo lugar en 1995.
Lucía le preguntó si alguna vez había pensado en contarle todo lo que sabía.
Mateo respondió que estaba cansado de ser juzgado por algo que no había hecho.
Ella le contestó que el problema no era lo que había hecho, sino lo que había decidido ocultar.
La llamada terminó sin una despedida. Después dejaron de escribirse y llamarse.
Ninguno volvió a buscar al otro, aunque Lucía conservó durante años una caja con las cartas que él le había enviado.
Con el tiempo, llegó a considerar aquella relación como una parte dolorosa pero cerrada de su juventud.
Había tenido otras parejas, había vivido en otros lugares y había construido una vida en la que Mateo ya no ocupaba un espacio consciente.
Sin embargo, nunca llegó a olvidar del todo la facilidad con la que él había sabido hacerla sentir comprendida.
Por eso la advertencia de Adela le provocó una inquietud tan profunda.
Su abuela había desconfiado de Mateo durante los últimos días de su vida, o al menos había considerado necesario advertirle sobre él.
Pero también le había pedido que buscara el cuarto azul, y Lucía no recordaba una sola ocasión en que Adela hubiera pronunciado el nombre de Mateo sin cierta ternura.
Un golpe en la puerta principal la sacó de sus pensamientos.
Lucía dobló la carta y la guardó en el bolsillo del abrigo.
Recogió la llave y caminó hacia la entrada.
Al abrir, encontró a Mateo bajo el alero, con el cabello húmedo por la lluvia y una carpeta de cuero bajo el brazo.
Había cambiado. Sus hombros eran más anchos, algunas líneas nuevas le rodeaban los ojos y su expresión parecía más seria que la que Lucía recordaba.
Sin embargo, bastó que la mirara para que regresaran, con una intensidad inesperada, los recuerdos de las tardes junto al muelle y de las conversaciones que habían durado hasta el amanecer.
Durante unos segundos, ninguno habló.
—Lucía —dijo él finalmente.
—Mateo.
Ella había imaginado aquel encuentro de muchas maneras durante los años en que todavía se permitía pensar en él.
Algunas veces lo imaginaba pidiendo disculpas; otras, admitiendo que ella había tenido razón al desconfiar de su familia.
Nunca había imaginado que, al verlo de nuevo, todas esas posibilidades desaparecerían y solo quedaría la certeza incómoda de que aún sabía exactamente cómo sonaba su voz.
—Siento lo de Adela —dijo Mateo—. Quería venir al entierro, pero estaba fuera del pueblo cuando me avisaron.
—Podrías haber enviado una carta.
—Sí. Debería haberlo hecho.
La falta de excusas la desconcertó. Lucía había preparado reproches durante años, pero ninguno parecía adecuado para aquel vestíbulo vacío.
Mateo levantó la carpeta.
—Vine por el hotel. Tu abuela me pidió que revisara el edificio antes de que tomaras una decisión sobre la venta. Hay filtraciones en el techo y algunos problemas en la instalación eléctrica. Me llamó una semana antes de morir y me pidió que hiciera una evaluación.
Lucía lo observó sin disimular su desconfianza.
—No sabía que seguían en contacto.
—No hablábamos mucho. La llamé algunas veces después de que dejaste de venir al pueblo. Ella me preguntaba por mi trabajo y por mi padre. La última conversación fue distinta.
—¿En qué sentido?
Mateo vaciló.
—Me preguntó si todavía recordaba lo que había sucedido con tu madre. Le dije que sí. Después me pidió que, si algún día volvías, no intentara convencerte de que dejaras de buscar respuestas.
Lucía sintió que la llave se le clavaba en la palma.
No quería mostrarle la carta, pero tampoco podía ignorar la coincidencia entre sus palabras y las instrucciones de Adela.
Durante un instante consideró echarlo, cerrar la puerta y seguir sola las indicaciones de su abuela.
Sin embargo, necesitaba saber qué había ocurrido en aquella última conversación y por qué Adela había recurrido precisamente a él.
—¿Te explicó por qué te hizo ese pedido? —preguntó.
—No. Me dijo que había guardado algo durante muchos años y que ya no quería llevárselo a la tumba. Pensé que hablaba de tu madre, pero no me dio más detalles.
Lucía lo estudió. No podía distinguir si estaba ocultando algo o si realmente sabía tan poco como afirmaba.
Después de tres años sin hablar, el hombre que tenía delante conservaba la capacidad de despertar en ella emociones contradictorias: la ternura de lo que habían compartido y la desconfianza de todo lo que había quedado sin resolver.
—El edificio necesita una inspección —dijo ella—. Puedes revisar el techo y las instalaciones, pero eso no significa que haya decidido conservarlo.
—Lo entiendo.
Mateo dejó la carpeta sobre el mostrador. Mientras sacaba unos documentos, Lucía advirtió que llevaba una fotografía antigua asomando entre las hojas. No tuvo tiempo de reconocerla antes de que él volviera a guardarla.
—¿Todavía está cerrado el cuarto azul? —preguntó Mateo.
Lucía levantó la cabeza.
—¿Por qué te interesa esa habitación?
—Porque tu abuela me dijo que no debía modificar nada de ese lado de la casa. Pensé que quizá guardaba documentos antiguos. El edificio tiene algunas paredes que convendría revisar antes de hacer reparaciones.
La explicación parecía razonable, pero Lucía no estaba dispuesta a confiar en ella.
Apretó la llave dentro del bolsillo y miró hacia la escalera.
El cuarto azul llevaba casi veinte años cerrado.
Si Adela había esperado hasta el final de su vida para contarle lo que guardaba allí, quizá había tenido un motivo que iba más allá de la nostalgia.
—Voy a abrirlo —dijo.
Mateo dejó los documentos sobre la mesa.
—¿Te acompaño?
Lucía pensó en la advertencia de su abuela. Después miró la carpeta, la fotografía que él acababa de ocultar y el rostro de un hombre al que había amado lo suficiente como para creer que nunca le mentiría.
—Sí —respondió—. Pero no confundas eso con confianza.
Subieron juntos al segundo piso. La madera crujía bajo sus zapatos y el papel pintado se había desprendido en algunas zonas, dejando al descubierto la pared antigua.
Al final del pasillo, la puerta del cuarto azul seguía cerrada.
Lucía introdujo la llave de hierro en la cerradura.
El mecanismo cedió con un chasquido seco.
El aire del interior tenía el olor estancado de una habitación que llevaba años sin ventilar.
Lucía encendió la luz. Las paredes conservaban un tono azul desvaído, casi gris, y una fina capa de polvo cubría los muebles.
Había una mesa junto a la ventana, una cómoda de nogal y varias sillas apiladas bajo sábanas blancas.
Al fondo, un espejo de cuerpo entero ocupaba casi toda una pared.
El marco, tallado con flores y hojas, parecía demasiado elaborado para el resto de la habitación.
Mateo permaneció junto a la puerta mientras Lucía avanzaba hacia la mesa.
Allí encontró una fotografía apoyada junto a una caja de madera.
La imagen era antigua, ligeramente amarillenta en los bordes.
Mostraba a su madre junto al muelle, con el cabello suelto y una sonrisa que Lucía reconoció de inmediato.
Isabel llevaba un vestido claro y sostenía algo entre los dedos.
A su lado había un hombre de espaldas a la cámara.
Lucía tomó la fotografía con ambas manos y le dio vuelta. En el reverso, escrito con la caligrafía de Adela, aparecía una fecha: 18 de octubre de 1986. Dos días antes de la desaparición de Isabel.
Debajo, su abuela había añadido una frase: Si algo me sucede, la respuesta está donde empezó todo.
—Mateo, ven a ver esto.
Él se acercó. Al observar la fotografía, su expresión cambió. Lucía siguió la dirección de su mirada y sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Reconoces a ese hombre? —preguntó.
Mateo tardó en responder. Miró la imagen, después la fecha escrita en el reverso y finalmente a Lucía.
—Sí.
—¿Quién es?
Él respiró hondo.
—Mi padre.
Lucía volvió a mirar la fotografía. Tomás Salvatierra había sido un hombre conocido en todo el pueblo, propietario de un taller naval en el que reparaba embarcaciones y motores.
No era amigo íntimo de Isabel, aunque ambas familias se habían tratado durante años.
Lucía recordaba que su madre lo saludaba con cordialidad cada vez que se encontraban, pero nunca había sospechado que existiera entre ellos algo que justificara una fotografía tomada dos días antes de su desaparición.
—¿Qué hacía con mi madre? —preguntó.
Mateo bajó la mirada.
—No lo sé con certeza. Mi padre me dijo que ella había ido al taller porque necesitaba hablar con él. Me contó que se habían encontrado el dieciocho, pero nunca me explicó de qué hablaron.
—¿Y tú le creíste?