El secreto del fichaje estrella (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 2) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Maia

Apagué el televisor en cuanto terminó la rueda de prensa postpartido.

El salón se quedó sumido en un silencio denso, roto solo por el repiqueteo de la lluvia nocturna contra los cristales.

Me abracé las rodillas sobre el sofá, incapaz de quitarme la sonrisa de la cara.

Había visto la ovación de Anfield en directo desde la pantalla.

Había visto la mirada de Noah al saltar al campo: limpia, serena, sin esa mandíbula apretada que solía ser su escudo contra el mundo.

Había jugado como nunca, libre de la losa que lo asfixiaba.

Casi a las tres de la mañana, el sonido nítido de una llave girando en la cerradura me hizo ponerme en pie de un salto.

La puerta se abrió y Noah apareció en el umbral.

Venía con la ropa cómoda del club, la bolsa de viaje al hombro y el pelo ligeramente húmedo por la llovizna londinense.

En cuanto cruzó mi mirada, dejó caer la bolsa al suelo y no dijo nada.

Tampoco hizo falta. Había algo en su postura, en la forma en que caían sus hombros y en el brillo entornado de sus ojos verdes, que me dijo que el hombre que volvía de Liverpool ya no era el mismo que se había subido al tren.

Los fantasmas se habían quedado en el norte.

Caminó directo hacia mí, me rodeó la cintura con los brazos y me pegó a su pecho, hundiendo la cara en mi cuello con un suspiro largo que arrastraba el cansancio de semanas de tensión.

—Te he visto —le susurré, acariciándole la nuca—. Ha sido increíble, Noah. Toda la grada en pie...

—Me han respetado, Maia —murmuró, y su voz vibró contra mi piel, cargada de una emoción contenida—. Por primera vez en mi vida, me he sentido en paz en ese campo. Como si Noah Hayes existiera de verdad, y no solo el hijo de Peter Caulfield.

Dejamos la bolsa de viaje en el recibidor y nos movimos hacia el salón de manera casi automática, arrastrando los pies con el cansancio propio de la madrugada.

No encendimos las luces. En lugar de eso, dejamos que la claridad tenue de las farolas de la calle entrara por el ventanal, tiñendo las paredes de un azul grisáceo y tranquilo que invitaba a bajar la voz.

Fui a la cocina un momento y preparé dos tazas de té, aunque solo fuera por el placer de sostener algo tibio entre las manos, un ancla para no desarmarnos del todo antes de tiempo, mientras le daba tiempo a Noah de ordenar sus pensamientos y me contara cómo se sentía.

Al volver, me lo encontré ya sentado en el suelo.

Nos acomodamos directamente sobre la alfombra, apoyando las espaldas contra la base del sofá.

Estiré una manta fina de lana gris que guardaba en el reposabrazos y la extendí sobre nuestras piernas, cubriéndonos del frío residual que él traía pegado a la ropa. Noah estiró sus piernas largas, cruzando un tobillo sobre el otro, y sopló la superficie de su taza antes de mirarme de reojo.

—Huele bien —comentó con voz queda, y la vibración grave de su pecho pareció llenar el hueco que quedaba entre los dos—. ¿Qué es?

—Un preparado que hago para relajarme y un toque de miel —respondí, rodeando mi taza con ambas palmas, buscando el calor del barro—. No quería darte nada con teína a estas horas. Bastante adrenalina llevas encima después de lo de Anfield.

Noah soltó una pequeña risa, una exhalación suave que le relajó los hombros por completo. Se inclinó un poco hacia mí, buscando que nuestros hombros chocaran bajo la manta, un roce mínimo pero que sentí increíblemente arraigado.

—Buen detalle. Creo que mi corazón todavía va a cien revoluciones por minuto, aunque por razones muy distintas a las de antes.

Me quedé mirándolo en la penumbra. El vapor de la infusión subía perezosamente entre nosotros, empañando sutilmente la línea de su mandíbula.

Había algo tan puramente entrañable en ver al gran Noah Hayes, el delantero estrella de la Premier, descalzo en la alfombra de mi salón y compartiendo una manta vieja, que el pecho me dio un vuelco cargado de una ternura que ya no podía, ni quería, frenar.

—Hablaba en serio cuando te lo he dicho en la puerta —añadí, bajando la vista hacia mi taza—. Has estado soberbio, Noah. Cuando toda la grada ha empezado a aplaudir... Dios, se me ha parado el corazón al escucharlo. Temía que fuera un abucheo.

Noah se quedó en silencio unos segundos, mirando fijamente el líquido oscuro. Su semblante se volvió serio, maduro, despojado de cualquier máscara.

—Yo también lo temía, Maia —confesó, y sus dedos rozaron el borde de mi taza antes de buscar mis dedos bajo la manta—.

Tenía los puños cerrados dentro de las mangas.

Pero cuando abrieron la boca... no había rabia.

Había respeto. Fue como si, de alguna manera, el norte me estuviera dando permiso para dejar de esconderme.

Fue ahí, en la penumbra, donde la burbuja de intimidad nos empujó a vaciar los bolsillos de los miedos que todavía no nos habíamos atrevido a confesar.

Noah miraba el humo que subía de su taza, con el semblante serio pero extrañamente vulnerable.

—Tengo miedo, Maia —confesó de golpe, sin apartar los ojos del vapor—.

El trauma de mi padre se ha cerrado, sí, pero ahora me aterra el vacío que queda.

Llevo toda la vida convencido de que tengo su sangre, de que la negrura que lo destruyó a él está latente en mí.

Me da pánico descubrir que no sea capaz de amar, que solo sepa construir muros o reaccionar con rabia cuando las cosas se complican.

No quiero hacerte daño. No quiero convertirme en un monstruo para la gente que quiero.

Le tomé la mano libre, apretando sus dedos con firmeza, obligándolo a mirarme.

—El simple hecho de que te asuste eso, Noah, ya te aleja un abismo de él —le aseguré con el corazón en un puño—. Los monstruos no se preocupan por el daño que causan. Tú sí.

Apoyé la cabeza en su hombro, buscando su calor, y dejé que el silencio de la noche me diera el valor para soltar mi propia carga.

—Uf, es lo que quiero creer. ¿Tú no tienes miedo?

—Muchos… —Suspiré; era mi turno de sacar lo que me carcomía desde que me fijé en él—.

Yo también tengo un miedo atroz —admití en un susurro—.

Y tiene que ver con nosotros. Por mi trabajo en la revista, he visto pasar a decenas de futbolistas por la redacción.

Chicos jóvenes, talentosos, devorados por la maquinaria de la fama, los excesos y el dinero.

He visto cómo ese brillo artificial les destruía la cabeza, cómo convertía sus relaciones en una mentira para las revistas de cotilleos.

Me juré a mí misma que jamás saldría con un jugador.

Me prometí que mantendría mi vida a salvo de ese circo destructivo.

Y ahora... mírame. Estoy metida en el ojo del huracán contigo, y me aterroriza que el ruido exterior acabe salpicando lo que tenemos aquí dentro.

Noah dejó la taza en el suelo, se giró por completo hacia mí y me tomó el rostro entre las manos. Su tacto era suave, pero su mirada tenía una determinación implacable que me caló hasta los huesos.

—¿Por eso eras tan  borde en las ruedas de prensa? —bromeó, aunque no dejara de ser bastante cierto.

—Solo lo era contigo —le recordé—. Notaba que algo no estaba bien.

—Chica lista. —Me besó en la punta de la nariz—.

Estoy seguros de que a nosotros no nos pasará, Maia —añadió, arrastrando las palabras con una seguridad absoluta—.

El ruido de fuera solo te destruye si no tienes dónde agarrarte.

Yo he tocado el fondo más oscuro y sé lo que vale la pena proteger.

Tú y mi familia sois mi toma de tierra. A mí la fama ya no me puede mover los cimientos porque mi madre se encargó de fijarlos bien y porque mi prioridad está aquí, en este salón desordenado.

No nos va a pasar porque tu felicidad es ahora mi principal objetivo. Te lo prometo.

No hubo espacio para las dudas después de eso. Me incliné hacia él y lo besé, un beso que empezó con el sabor cálido del té y la nostalgia de la confesión, pero que maduró rápido, cargándose de una necesidad física y limpia de borrarnos los temores mutuos.

Noah se deshizo de la manta con un movimiento rápido, me tomó por los muslos y me sentó sobre su regazo.

Mis manos se enredaron en su pelo mientras sus labios descendían por mi mandíbula hasta la curva del cuello, arrancándome un suspiro trémulo.

Nos desvestimos allí mismo, despacio, dejando la ropa tirada sobre la alfombra como si estuviéramos despojándonos de las últimas defensas que nos quedaban frente al mundo.

Ver sus ojos admirando mi cuerpo centímetro a centímetro conforme la ropa descubría mi piel desnuda, me hizo sentirme más deseada que nunca.

Me quitó el sujetador y con la mirada hambrienta, acercó la mano a mi pecho, y pasó el dedo pulgar por mi pezón, que respondió al segundo a sus caricias.

Luego se lo llevó a la boca, enviando un mensaje directo a mi entrepierna que empezaba a humedecerse.

Gemí a la vez que arqueaba la espalda mientras él lamía y chupaba haciéndome estremecer.

Pero yo quería más. Bajé las manos hacia la cinturilla de su pantalón para desabrocharlo.

Noah elevó un poco el culo facilitando así que le bajara la ropa.

Nos quedamos piel con piel. Entonces, noté uno de sus dedos extendiendo mi humedad, para luego jugar con mi pequeña protuberancia, arrancándome un gemido gutural.

Metió uno dentro de mí, después otro, y los dobló tocando un punto que me desbordó en un placer tan profundo que creía que no podía aguantar.

Pero aguanté. Noah me sonrió con cara de pícaro.

—Joder, Noah. Esto, esto… —me cortó con un beso que me robó el aliento. Mis manos se pasearon por sus abdominales, suaves y duros, perfectamente delineados gracias al gimnasio. Ni en mis mejores sueños pensé.

—Esto no es nada si uso la lengua a la vez —me retó.

—¿Cómo?

Me guiñó un ojo antes de empujarme suavemente hacia el suelo.

Me abrió los muslos y bajó la cabeza. Con la lengua comenzó a lamerme mientras los dos dedos volvían al punto de máximo placer.

Me sentía blanda, pletórica, a punto de romperme con un placer que iba a más.

Su lengua era rápida, persistente, juguetona y no dejaba de presionar, junto a los dedos, hasta que mi grito lo atravesó.

Me quedé laxa y tremendamente feliz. Lo abracé, necesitaba sentir todo su cuerpo pegado al mío y me reía.

Un ataque de risa que quizás no venía a cuento, pero que me ayudó a soltar toda la adrenalina que me había provocado.

—Eres perfecta.

—No, tú lo eres. —Nos miramos con una profundidad nueva, y ya no tenía ese halo gris en sus ojos, esas capas que lo escondían de mí. En ese momento éramos transparentes y nos amábamos.

De nuevo nos besamos.

—Tócate, Maia, y ábrete para mí —susurró a mi oído. Bajé las manos y lo hice. Él salivaba al verme, su erección creció y se puso sobre mí, buscando con ella mi abertura. Sacó mi mano, se la llevó a la boca y me penetró de una estocada.

—Otro día querré verte cómo te corres, pero hoy ya no podías más —confesó. Me quedé atónita.

—Yo tampoco. Te quiero dentro, más dentro, Noah.

Entonces me obedeció él a mí y empujó más, moviendo las caderas hacia delante y hacia atrás, bombeando dentro de mí, jadeando a la vez que yo, con los músculos de los brazos y del abdomen tensos. Yo recibía sus embestidas, rendida al disfrute del placer que el sexo con Noah me estaba dando.

Noah aceleró cuando le llegaba el orgasmo y gritó un segundo antes de que yo también lo alcanzara. Se desplomó sobre mí, jadeando, sudoroso y totalmente rendido a mí.

Así fue como hicimos el amor sobre la alfombra del salón, a la luz tenue de la ventana, con una lentitud y una entrega que no tenían nada que ver con la urgencia del pasado.

Cada caricia suya en mi espalda, cada vez que sus manos se aferraban a mi cintura para pegarme más a él, para mí eran una promesa silenciosa de protección y de amor.

Nos movimos al compás del sonido de la lluvia, fundiéndonos en una intimidad tan pura que el miedo a la prensa, al pasado de Liverpool y al futuro pareció disolverse por completo en el aire cálido de mi piso.

Nos habíamos quedado tumbados de lado, agotados pero con las respiraciones acopladas. Noah me rodeó por detrás, pegando su pecho a mi espalda desnuda y entrelazando sus dedos con los míos sobre mi vientre.

Me besó el hombro con delicadeza antes de cerrar los ojos.

—¿Vamos a la cama?

—Mmmm, estoy tan bien ahora… —gimoteé.

—Podemos quedarnos aquí. Has estado muy bien, Thawne —murmuró contra mi piel, con la voz ronca.

—Tú tampoco has estado mal, Hayes —respondí, apretando su mano contra mí, sabiendo que, aunque me levantara con un gran dolor de espalda al día siguiente, habría merecido la pena.

Nunca imaginé que el esquivo jugador de la Premier, del que dudé cuando lo conocí, sería mi lugar seguro.

Porque lo era. Quise decírselo, pero un ronquido me confirmó que no era el mejor momento.

—Que duermas bien, Noah —susurré. Él me dio un beso suave en el pelo y cerré los ojos.