EPÍLOGO
Maia
El olor a carbón encendido, carne adobada y césped recién cortado flotaba en el aire de nuestro nuevo jardín.
Miré a mi alrededor desde el porche, sosteniendo una jarra de limonada fría, y sentí una oleada de paz tan intensa que se me aceleró el pulso.
Habíamos tardado meses en encontrar esta casa en las afueras de Londres, un lugar con los árboles lo suficientemente altos como para mantener a raya a los paparazis y el espacio necesario para dejar atrás los fantasmas del pasado.
Ya no era mi minipiso del centro ni la casa de alquiler de Noah; era nuestro hogar.
—¡Brooks, aparta tus manos de esa carne o te arranco los dedos con las pinzas! —bramó Sebastian desde la enorme barbacoa de acero inoxidable, envuelto en un delantal ridículo que ponía « El Rey de la Parrilla » , un regalo de broma de Ethan.
—Tío, solo estaba comprobando el punto de cocción —se quejó Aiden, dando un paso atrás con una sonrisa de suficiencia, aunque levantó las manos en señal de rendición.
Me fijé en Aiden de reojo. Los tenía a todos calados de tanto estudiar su juego, que, como siempre, basaba en sus circunstancias personales.
Era mi mejor habilidad. Aiden seguía siendo el mismo crío carismático de siempre en el vestuario del Kingsford, pero desde aquel viaje a Liverpool de hacía unos meses, le pillaba a veces con la mirada perdida, como si su cabeza estuviera habitando en otra parte de Inglaterra.
No decía nada, pero yo sabía que algo se le había quedado encallado en el norte.
Al otro lado del jardín, sentadas bajo la sombra de un gran roble, la madre de Noah y Kim compartían confidencias con Olivia.
Kim se había mudado con su madre a un piso precioso mucho más cerca del campus universitario para empezar su segundo año de carrera, pero se pasaban la mitad de los fines de semana metidas en nuestro jardín.
Ver a la madre de Noah reír con ganas, con los ojos limpios y una copa de vino blanco en la mano, era el verdadero triunfo de toda esta historia.
La negrura se había marchado para siempre de sus vidas.
—¿Necesitas ayuda con eso, Maia? —La voz profunda de Ethan me sacó de mis pensamientos. Estaba apoyado en la barandilla del porche, con los brazos cruzados y esa sonrisa pausada de quien lo observa todo.
—No, gracias, Ethan. Estoy disfrutando —respondí, dejando la jarra sobre la mesa de madera exterior.
—Sí, ya te veo. Con el miedo que nos dabas siempre, tan atenta a todos nuestros movimientos —rio. Echó un vistazo hacia el fondo del jardín, donde Noah caminaba cargando un saco de hielo sobre el hombro—. Me alegro mucho por Noah, por vosotros, quiero decir. Está feliz.
Noah llevaba solo unos pantalones cortos y una camiseta blanca de algodón que dejaba a la vista los tatuajes de sus brazos.
Ya no quedaba ni rastro de la rigidez en su mandíbula ni de la sombra de sospecha que lo acompañaba cuando lo conocí en su primera rueda de prensa cuando lo ficharon.
Dejó caer el hielo en la nevera portátil, se sacudió las manos y, como si tuviera un radar para buscarme, sus ojos verdes chocaron con los míos en la distancia.
Sonrió. Una sonrisa abierta, limpia, solo para mí.
Caminó el trayecto que nos separaba y subió los escalones del porche, rodeándome la cintura con un brazo de inmediato, sin importarle que todo el grupo estuviera delante. Me pegó a su costado y me plantó un beso tierno en la sien.
—¿Todo bien por aquí, preciosa? —preguntó, y su voz vibró directamente contra mi oído.
—Perfecto. Aunque creo que Seb y Aiden van a terminar a puñetazos por las salchichas.
—Lo normal en un sábado cualquiera —se rió él, saludando con la cabeza a Ethan, que bajaba los escalones para ir a meterle cizaña a los de la parrilla.
Nos quedamos solos en el porche durante unos minutos, contemplando la estampa. Kim se levantó de la mesa para ir a enseñarle algo en el móvil a Olivia, tropezando cómicamente con los pies de Sebastian por el camino, lo que provocó un coro de quejas y risas que inundó todo el jardín.
—A veces me cuesta creer que todo esto sea real —murmuró Noah en voz baja, apretando un poco más el agarre en mi cintura—. Mirar a mi madre, a mi hermana, que han recuperado la paz,... ver este sitio. Y pensar de dónde venimos.
Me giré entre sus brazos, apoyando las manos en su pecho, sintiendo el latido rítmico y fuerte de su corazón.
—Es real, Noah. Te lo ganaste el día que decidiste que tu historia la escribías tú, no los errores de tu padre.
Él bajó la mirada, devorándome con esos ojos verdes que me habían cambiado la vida, y me acunó el rostro con una mano, rozando mi pómulo con el pulgar.
—Nos lo ganamos, Maia —corrigió con suavidad—. Yo solo encontré el camino porque tú encendiste la luz.
Me incliné hacia él y lo besé, un beso lento, pausado, que sabía a tardes de sol, a promesas cumplidas y a un futuro entero que ya no nos daba miedo transitar.
Al fondo, la voz de Sebastian rompió el encanto gritando que la comida estaba lista, seguido por los vítores de Aiden y las risas de Kim, pero ninguno de los dos tuvo prisa por separarnos. Estábamos en casa.
Cuando, ya solos, nuestras pieles desnudas se encontraron, solté un suspiro trémulo contra sus labios.
Noah no se detuvo; sus manos bajaron a mis caderas para guiar mis movimientos, frotándome contra él mientras sus besos descendían por mi mandíbula, trazando una línea de fuego por mi cuello hasta morder con suavidad la curva de mi hombro.
El contraste de su cuerpo, tan imponente, fuerte y tatuado, rodeando la fragilidad del mío, me hacía perder el sentido.
—Joder, Maia... No te imaginas lo que me cuesta contenerme contigo —necesitó jadear contra mi oreja, con la respiración completamente desbocada, mientras sus dedos buscaban el botón de mi pantalón.
—Entonces no lo hagas —le provoqué en un susurro, arqueando la espalda cuando su boca encontró mi pecho, haciéndome gemir sin control en mitad de la penumbra del salón.
Nos despojamos del resto de la ropa con una torpeza ansiosa, dejando que las prendas rodaran por la alfombra.
Noah me tumbó con delicadeza sobre el tejido mullido, pero se posicionó de inmediato entre mis piernas, cerniéndose sobre mí como un depredador que por fin ha acorralado a su presa.
Sus ojos verdes brillaban con una intensidad casi salvaje bajo la luz de la luna, fijos en mí, leyéndome cada estremecimiento.
Deslizó una de sus manos por la parte interna de mi muslo, abriéndome espacio despacio, torturándome con la lentitud de sus caricias hasta que encontró el centro de mi intimidad, ya húmeda y palpitante por él.
Enterré las uñas en sus hombros anchos cuando sus dedos empezaron a moverse, preparándome, arrancándome gemidos que se ahogaban contra su cuello.
—Mírame, Maia —pidió con voz rota, áspera por el deseo.
Levanté la vista, enturbiada por el placer, y en cuanto clavé mis ojos en los suyos, Noah empujó hacia delante, llenándome por completo de un solo golpe firme y profundo.
Gimió mi nombre contra mi boca, sellando nuestros labios para absorber el grito que se me escapó del pecho.
La sensación de tenerlo dentro, tan grande, tan caliente y tan extrañamente perfecto, me hizo perder el control de mi propio cuerpo.
Empezó a moverse con un ritmo pausado pero implacable, hundiéndose en mí hasta el fondo, obligándome a levantar las caderas para buscar más de su roce.
A cada embestida, el crujido de la madera bajo la cama y el repiqueteo de la lluvia se mezclaban con el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y el roce húmedo de nuestras pieles sudorosas.
Noah aceleró el ritmo, perdiendo esa paciencia del principio; se aferró a mis glúteos con fuerza, levantándome ligeramente para cambiar el ángulo, haciéndome rozar el cielo con cada movimiento.
Era una entrega brutal, un ritmo hambriento que nos arrastraba a los dos por igual, como si quisiéramos fundirnos para que nada ni nadie pudiera volver a separarnos.
El placer se volvió una ola asfixiante, una tensión eléctrica que me contrajo los músculos internos a su alrededor.
—Noah... joder, Noah, ya... —rogué, arañándole la espalda tatuada mientras sentía que el abismo me tragaba.
—Conmigo, Maia. No te cierres, mírame —rugió él, acelerando las últimas embestidas, potentes, profundas, definitivas.
El clímax me golpeó con una violencia hermosa, haciéndome temblar entera bajo su cuerpo.
Al notar mis espasmos, Noah soltó un gemido ronco, se hundió en mí una última vez hasta el límite y se corrió con fuerza, tensándose por completo sobre mi pecho mientras su propia liberación lo hacía vibrar de la cabeza a los pies.
Nos quedamos tumbados de lado sobre la cama, abrazados con una fuerza casi desesperada, con las respiraciones acopladas y el sudor enfriándose sobre nuestras pieles.
Noah me rodeó por detrás, pegando su pecho a mi espalda y entrelazando sus dedos con los míos sobre mi vientre, manteniéndome pegada a él.
—Te amo, Maia —susurró contra mi espalda. Pude escuchar el latido firme y acelerado del hombre que, por fin, había ganado el partido más importante de su vida.
Noah soltó una risa baja, un sonido lleno de alivio y una felicidad transparente que le vibró en las costillas, antes de atrapar mi boca en un beso que sabía a victoria y a futuro.
—Y yo a ti, Noah —respondí con los ojos brillantes, entrelazando nuestros dedos con una fuerza que vibró en mí como una promesa eterna—. Hasta el último minuto del descuento.