El secreto del fichaje estrella (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 2) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Noah

El paisaje industrial del norte de Inglaterra desfilaba al otro lado de la ventanilla del tren en un borrón de grises y verdes húmedos.

Llevaba más de una hora con los auriculares inalámbricos puestos, pero no estaba escuchando música; solo los usaba para que el resto del equipo no me diera la tabarra.

Mis dedos no paraban de juguetear con la pantalla del móvil, releyendo por quinta vez el mensaje que Maia me había enviado antes de salir de la redacción: « Sé el Noah que se divierte con el balón.

El resto es solo ruido de fondo. Te veo a la vuelta » .

Apreté los dientes, sintiendo un nudo asfixiante en el estómago.

Volver a Liverpool nunca era fácil, pero esta vez lo sentía como caminar directo hacia un paredón de fusilamiento.

Ese fin de semana jugábamos contra el Liverpool en Anfield.

Sería mi primer partido en ese estadio desde la muerte de mi padre y desde que el país entero se enteró de que yo era, en realidad, el hijo de Peter Caulfield.

Tenía pánico a la grada. El público del norte era pasional, ruidoso y con mucha memoria; estaba convencido de que me triturarían a base de cánticos crueles sobre el alcoholismo de mi padre o sobre el monstruo en el que se había convertido.

Necesitaba a Maia a mi lado, pero ella seguía cubriendo el fútbol femenino y no nos pudo acompañar.

—Tío, relaja la mandíbula o te vas a partir un diente antes de bajarnos —soltó una voz a mi lado.

Me quité un auricular y miré de reojo. Aiden Brooks se acababa de dejar caer en el asiento libre frente al mío, estirando sus largas piernas con esa ligereza innata que lo caracterizaba.

Aiden era el alma del vestuario del Kingsford: guapo, carismático, siempre con una sonrisa de suficiencia y una facilidad pasmosa para caerte bien.

Sin embargo, al mirarlo con detalle, me di cuenta de que él tampoco tenía su mejor cara.

Había una sombra extraña en sus ojos, una tensión sutil que no solía llevar encima.

—Solo estoy concentrado, Brooks —respondí, bloqueando el teléfono.

—Ya, y yo soy el arzobispo de Canterbury —replicó con un resoplido—. Sé que jugar aquí te remueve las tripas, Hayes. A mí también me pasa. Volver al norte siempre te escupe los recuerdos a la cara.

No tuve tiempo de replicarle porque el tren anunció su llegada a la estación de Lime Street. El desembarco fue el caos habitual de seguridad, aficionados gritando y el trayecto blindado en el autobús oficial hasta el hotel de cinco estrellas de la cadena de lujo donde siempre nos hospedábamos.

El vestíbulo del hotel era inmenso, decorado con mármol brillante y enormes lámparas de cristal que daban una luz cálida y opulenta. Mientras el cuerpo técnico gestionaba las tarjetas de las habitaciones, Aiden, con quien me tocaba compartir habitación, me dio un toque con el codo.

—Acompáñame a la recepción un segundo antes de subir, Noah. Quiero pedir unas almohadas extra, las de estos sitios a veces son demasiado blandas para mi cuello.

Caminamos hacia el largo mostrador de madera noble.

Detrás de él, atendiendo un teléfono, había una chica joven con el uniforme impecable del hotel.

Llevaba una chaqueta oscura perfectamente entallada, con blusa blanca y el pelo castaño recogido en un moño pulcro y profesional.

Cuando colgó el auricular y se giró para atendernos, una sonrisa de cortesía comercial se dibujó en su rostro.

—Buenas tardes, bienvenidos al hotel. ¿En qué puedo...?

Las palabras se le congelaron en la boca.

Toda la amabilidad prefabricada desapareció de su cara, y sus ojos, de un azul grisáceo precioso y profundo, se abrieron de par en par.

Tenía un rostro limpio, de facciones suaves, que transmitía una dignidad y una sencillez purísimas, un contraste absoluto con el lujo artificial que la rodeaba.

A mi lado, Aiden se detuvo en seco. Juro que escuché cómo se le cortaba la respiración.

Toda su fachada de futbolista cotizado, su carisma arrollador y su soltura habitual se evaporaron en un abrir y cerrar de ojos.

Se quedó pálido, mirándola fijamente como si estuviera viendo un fantasma bendito del que llevaba años sin saber nada.

—¿Joyce? —articuló Aiden en un hilo de voz, con una vibración tan cargada de nostalgia y dolor que me obligó a prestar atención.

Miré a mi compañero y luego a la chica. No tenía ni idea de quién era ella, ni qué clase de historia compartían para saludarse por el nombre; solo fui consciente de que la tensión que se instaló entre los dos de golpe se podía cortar con un cuchillo.

La chica apretó las manos sobre el mostrador, intentando recuperar la postura, pero el color también había abandonado sus mejillas. Se enderezó, rodeándose de una coraza invisible pero implacable.

—Hola, Aiden —respondió ella. Su tono fue educado, perfectamente formal, pero tan gélido y distante que me dio frío hasta a mí—. Bienvenidos al hotel. Espero que vuestra estancia sea agradable.

—Dios mío, Joyce... Estás... estás aquí —balbuceó Aiden, completamente desarmado, estirando una mano sobre el mármol de manera instintiva, aunque no llegó a tocarla—.

No tenía ni idea de que estabas trabajando en Liverpool.

Hace tanto tiempo que no sé nada de ti, desde que me fui a Londres…

La verdad es que voy poco por el pueblo. Os he perdido la pista a todos.

La chica desvió la mirada por un segundo hacia el escudo del Kingsford que Aiden llevaba bordado en la sudadera y luego me miró a mí. Una sombra de amargura y profunda inseguridad le cruzó la mirada.

—Me vine a estudiar Turismo y entré a trabajar aquí —le interrumpió ella, con una firmeza que no admitía réplica, aunque su voz temblaba ligeramente—. Veo que a ti te va muy bien. Todo el mundo habla de tus partidos y de tus goles en la televisión. En el pueblo te idolatran.

—Mi abuelo me tiene al día, pero con el calendario que tenemos se me complica visitarlos. Son ellos los que van a verme a mí. Un mal hijo, ¿no crees? Y qué tal, ¿cómo te va?

—Bien, no me quejo.

—Chicos, ¿qué estáis haciendo? —bramó el Mister—. La cena es en media hora, subid ya a vuestra habitación.

—Enseguida —contesté—. Venga, Aiden, acelera o nos multan.

—Si, esto.. Yo —decía mi compañero con inseguridad—, Joyce que si nos pueden subir almohadas anatómicas, por favor.

—Enseguida os las pido. Habitación…

—Trescientos nueve —intervine.

—Os las suben enseguida.

—Gracias, Joyce —se adelantó Aiden rozando la mano de la chica—. Me alegro de verte. Saluda a los demás cuando los veas.

—De tu parte.

—¿Qué ha sido eso, Brooks? —le dije en voz baja, dándole un empujón con el hombro para obligarlo a caminar hacia los ascensores antes de que montara una escena—. Parecía que los dos habíais visto un fantasma.

—Algo así.

Aiden me miró, tragó saliva con dificultad y asintió en silencio, guardándose lo que fuera que sintiera mientras subíamos a las habitaciones.

Ya en el ascensor, con la mirada perdida en las puertas de metal, murmuró algo sobre lo mucho que se arrepentía de haber perdido el contacto con su gente cuando el club lo fichó para las categorías inferiores y se lo llevó a Londres, pero no quise presionar.

Yo ya tenía bastantes fantasmas propios esperándome al día siguiente en Anfield.

Al día siguiente, los fantasmas de Aiden tuvieron que pasar a un segundo plano porque llegó mi hora de la verdad.

El autobús nos dejó en las entrañas de Anfield.

El olor a césped húmedo, a linimento y el eco del murmullo de la grada que empezaba a llenarse me pusieron los pelos de punta.

De golpe, toda mi infancia alrededor de este estadio me vio de golpe y a punto estuve de marearme.

Mientras los demás se cambiaban en el vestuario, yo salí al túnel de hormigón a mirar el campo, con un peso en las piernas que debía superar la tonelada.

Estaba apoyado contra la pared metálica, con la vista fija en el famoso cartel de « This is Anfield » , cuando una silueta alta y corpulenta se detuvo a mi lado.

Era Gavin Fletcher. Mi primer entrenador.

El hombre que me había visto dar patadas a un balón deforme en los campos embarrados de los barrios obreros de Liverpool, a los que nos tuvimos que mudar después de que mi padre se arruinara, cuando yo solo era un crío desnutrido y asustado.

Llevaba una chaqueta de chándal vieja y mantenía esa mirada limpia y severa que tanto me había marcado.

—Sabía que te encontraría aquí parado, chaval —dijo Gavin, con esa voz áspera del norte.

—Gavin —atiné a decir, y sentí un vuelco de emoción en el pecho—. No sabía que vendrías.

—¿Perdérmelo? Ni de coña —soltó una pequeña risa y me puso una mano enorme sobre el hombro, apretándolo con una fuerza protectora—. Hace quince años, en una oficina cochambrosa de este mismo estadio, te miré a los ojos y te dije que tenías un gran futuro, ¿lo recuerdas?

—Cada día de mi vida, Gavin. Necesitaba el fútbol para sobrevivir, pero no me planteé ser profesional; no quería seguir sus pasos.

—Te estaba salvando la puta vida, hijo, y ni tú ni yo lo sabíamos.

Tuve una corazonada, pero sabía que necesitabas alejarte de su influencia y por eso el apellido fue lo primero, para que pudieras destacar por ti mismo —corrigió Gavin, mirándome con una seriedad aplastante—.

Peter Caulfield era un genio, pero su sombra era un agujero negro que te habría tragado.

Necesitabas espacio para ser tú mismo, no el heredero de sus demonios.

Ayer vi el homenaje que le hicieron en la televisión.

Vi lo que publicaron los periódicos. Y hoy estás aquí, a punto de saltar al campo. Quiero que me mires, Noah.

Gavin me obligó a encararlo, agarrándome de los dos hombros.

—Tu padre ya no está. Su luto terminó. El apellido de tu camiseta dice 'Hayes', y ese nombre te lo has ganado tú solito a base de goles, de esfuerzo y de tener los cojones de no convertirte en un monstruo.

La gente de esta ciudad sabe perfectamente quién eres y de dónde vienes.

No salgas ahí fuera con rabia y, mucho menos, con vergüenza.

Sal a jugar como el niño que se divertía conmigo bajo la lluvia en los astilleros.

Las palabras de Gavin me perforaron la coraza, limpiándome el aire que me faltaba en los pulmones.

Le di un abrazo apretado, un agradecimiento mudo que me devolvió la hombría, y regresé al vestuario con otra energía.

Los muros de hormigón ya no hacían falta; la verdad estaba fuera y yo estaba limpio.

Cinco minutos después, llegó el momento. Nos colocamos en fila en el túnel. El himno del You’ll Never Walk Alone atronaba desde las gradas, haciendo vibrar las paredes del estadio. Cerré los ojos, respiré hondo y salté al césped de Anfield detrás de mi capitán.

Me preparé para el impacto. Tensé el cuerpo esperando el abucheo, la mofa, el grito hiriente.

Pero lo que sucedió me rompió los esquemas por completo.

En cuanto el speaker del estadio pronunció mi nombre por los altavoces —«¡Con el número nueve, Noah Hayes!

»—, la grada de Anfield no me trituró. Todo lo contrario.

Un aplauso cerrado, unánime, respetuoso y atronador comenzó a extenderse desde la mítica grada de The Kop hasta los palcos laterales.

No era una ovación de fiesta; era un aplauso de puro respeto obrero, un reconocimiento a mi luto, a mi historia y al dolor que la ciudad sabía que mi familia había arrastrado.

Se pusieron en pie para decirme, a su manera norteña, que me respetaban.

Que sabían quién era mi padre, pero que sabían perfectamente que yo era Noah.

Una oleada de calor me subió por el pecho. Sentí que las lágrimas me empañaban la vista por un segundo, pero me las tragué con una sonrisa de alivio purísimo. Miré al cielo gris de Liverpool, exhalé todo el aire retenido y sentí que la losa de plomo se desintegraba para siempre bajo mis botas.

Estaba listo para jugar. Ojalá Maia me estuviera viendo. Hice un gesto a la cámara para ella, para mi madre y para Kim. Mis tres motivos para vivir y para ganar.