El secreto del fichaje estrella (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 2) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Maia

El primer pensamiento que tuve al despertar fue que el frío de Londres había desaparecido de mi habitación.

Me removí entre las sábanas, sintiendo un calor denso y reconfortante pegado a mi espalda, y cuando abrí los ojos, me topé con la claridad grisácea de la mañana filtrándose perezosamente por las rendijas de la persiana.

Tardé un segundo en ubicarme, hasta que el ritmo pausado de una respiración contra mi nuca y el peso de un brazo tatuado y firme rodeándome la cintura me devolvieron el golpe de realidad de la noche anterior.

Noah seguía dormido. Tenía el rostro extrañamente relajado, despojado de esa tensión perenne que le marcaba la mandíbula en los estadios.

Parecía más joven, más vulnerable, casi como el chico de las fotos que me había descrito Kimberly.

Me quedé inmóvil, conteniendo el aliento para no romper el hechizo, disfrutando de la sensación inédita de tenerlo en mi cama, en mi espacio, sin muros ni estrategias de por medio.

Al notar que me movía, Noah soltó un gruñido ronco y me apretó un poco más contra su pecho, escondiendo la nariz en mi pelo todavía enmarañado.

—No te muevas —murmuró, con la voz rota por el sueño, arrastrando las palabras—. Es demasiado pronto.

—Tengo que trabajar, Noah —susurré, aunque no hice el menor amago de zafarme de su agarre. Al contrario, me pegué más a su cuerpo—. La revista no se escribe sola y tengo que entregar una crónica al mediodía.

Noah abrió un ojo, mirándome con una mezcla de pereza y malicia que me aceleró el pulso. Una sonrisa lenta y descarada empezó a dibujarse en sus labios.

—Tengo el día libre —declaró, estirando las piernas bajo la manta y atrapando mis pies con los suyos—. El míster me ha dado cuarenta y ocho horas de descanso por lo de mi padre. Y no pienso pasar mi día libre mirando el techo de mi casa escuchando los vinilos de mi hermana.

—Me parece muy bien, pero el resto de los mortales tenemos obligaciones...

—Llama y di que estás enferma —interrumpió, directo, mientras su mano empezaba a subir lentamente por mi costado hasta acariciarme el pecho, erizándome la piel—. Di que tienes una fiebre terrible. Una que te impide por completo teclear.

—¿Estás incitándome al absentismo laboral, Hayes? Qué mala influencia.

—Estoy incitándote a quedarte conmigo —corrigió, y esta vez abrió los dos ojos, clavando su verde intenso en el mío, desarmándome por completo—. Por una vez, Thawne. Haz trampas.

Me quedé colgada de su mirada, sopesando la locura.

Al final, solté una risa floja, alargué la mano hacia la mesita de noche y cogí el móvil.

Con el corazón latiéndome con una culpabilidad deliciosa, redacté un mensaje rápido a mi jefe de sección alegando una indisposición estomacal horrible.

En cuanto le di a enviar, dejé el teléfono bocarriba y miré a Noah.

—Listo. Oficialmente, soy una pésima profesional por tu culpa.

—Te lo recompensaré —prometió en un susurro.

Y lo hizo. No hubo prisa, ni la urgencia desesperada de la noche anterior en la cocina.

Nos amamos despacio, con la luz del día inundando la habitación a medida que la mañana avanzaba, descubriendo los rincones de nuestros cuerpos con una ternura que me encogió el estómago.

Sus manos se movían sobre mí como si intentara memorizar cada línea, cada respuesta de mi piel, y sus besos en mi cuello y en mis hombros eran suaves, casi devotos.

Fue un encuentro limpio, íntimo, una forma silenciosa de decirnos todo lo que todavía no nos atrevíamos a verbalizar.

Al terminar, nos quedamos abrazados, con la respiración acompasada y las sábanas enredadas en las piernas.

Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho desnudo, escuchando el latido constante de su corazón, mientras él trazaba círculos ausentes en mi hombro con la yema de los dedos.

La claridad del día ya llenaba todo el cuarto, exponiéndonos por completo.

Fue en ese silencio pacífico donde, de repente, el cuerpo de Noah se tensó sutilmente. Sentí el peso de la conversación que llevábamos semanas aplazando.

—El día del funeral en el club, en el pasillo...

sentí que me moría, Maia —confesó de golpe, con la vista fija en el techo, y su voz volvió a teñirse de esa ronquera grave—.

Cuando me llamaron de la clínica para decirme que había muerto, lo primero que sentí fue un alivio tan grande que me dio asco de mí mismo.

Un hijo no debería alegrarse de la muerte de su padre, por muy monstruo que haya sido.

Me incorporé un poco, apoyando la barbilla en su pecho para poder mirarlo. Tenía los ojos fijos en la ventana, perdidos en sus propios fantasmas.

—No te alegrabas de su muerte, Noah —le dije con suavidad, acariciándole la línea de la mandíbula—. Te alegrabas de que el peligro por fin hubiera terminado. Es distinto.

Él soltó un suspiro pesado y me miró.

—Es que la gente solo vio el escándalo de los periódicos, pero el verdadero infierno fue el camino hasta llegar ahí.

Cuando la policía se lo llevó aquella noche en Liverpool, la historia no se acabó.

El vecindario se enteró de todo. En el colegio...

Dios, en el colegio fue insoportable. Tuve que sufrir burlas de todo tipo, comentarios desagradables por los pasillos.

Los chicos son muy crueles, Maia. Estaba marcado.

Era el hijo del loco, el hijo del alcohólico que casi mata a su familia, del futbolista arruinado.

Iba por la calle agachando la cabeza, arrastrando el apellido Caulfield como si fuera una condena a cadena perpetua.

Le tomé la mano, entrelazando mis dedos con los suyos, con la necesidad de sostenerlo.

—Por eso te refugiaste en el fútbol —deduje en un susurro.

—El fútbol fue mi única terapia —asintió, apretando mis dedos—.

Mi madre recuperó su apellido de soltera y fue el entrenador el que nos sugirió cambiar de barrio, de colegio y de nombre.

El día que encerraron a mi padre y mi madre se divorció, nació Noah Hayes.

El fútbol me salvó. Yo no quería dedicarme a lo mismo que mi padre, pero empecé por culpa de ese entrenador al que le debo la vida.

Cuando tenía el balón en los pies, nadie podía insultarme, nadie podía compadecerme.

En el campo yo mandaba, yo era fuerte. Me creé ese personaje de tipo duro, frío y arrogante que ves en las ruedas de prensa porque necesitaba una armadura.

Si dejaba que alguien se acercara, si mostraba una sola debilidad, sentía que se me colaría la negrura de mi padre por las grietas.

Por eso construí esos muros. Por eso, cuando apareciste tú a husmear en mi vida, me asusté tanto.

Se me encogió el corazón al escucharlo. El remordimiento que llevaba arrastrando desde que estalló la filtración de Liam me subió a la garganta.

—Noah... perdóname —le pedí, y sentí que los ojos se me humedecían—.

Perdóname por haber investigado tu pasado.

Cuando empecé a rascar en la historia de la Fundación Hope no tenía ni idea de que iba a encontrarme con tu pasado.

Sabía que había algo que te frenaba en el juego, esa mirada esquiva que le ponías a la gente, esa forma de aislarte del mundo...

Mi instinto de periodista me decía que ahí había algo grande.

Pero te juro por lo que más quiero que, en cuanto te conocí de verdad, jamás pasó por mi cabeza publicarlo.

Me incliné un poco más sobre él, buscando que entendiera la verdad en mis ojos.

—Solo quería entenderte, Noah. Quería saber por qué te protegías tanto... porque para entonces ya me gustabas. Eras muchísimo más que un simple reto profesional o una buena historia para la revista. Te habías convertido en alguien importante para mí, y me aterrorizaba hacerte daño.

Noah me miró en silencio durante unos segundos largos y densos, analizando mis palabras.

La tensión de su rostro se fue disolviendo poco a poco y una pequeña sonrisa, cansada pero sincera, asomó en la comisura de sus labios.

Alzó la mano libre y me acarició la mejilla, secando con el pulgar una lágrima rezagada que amenazaba con caer.

—Vaya par de idiotas estamos hechos, Maia —comentó con una pizca de su ironía habitual, aunque el tono era puramente cariñoso—.

Tú investigando a escondidas para entender al ogro y yo levantando muros de hormigón para que no descubrieras que, en el fondo, me dabas un miedo de cojones porque eras la única capaz de desmontarme con una sola frase.

Dejé escapar una risa floja, aliviada, y apoyé la mejilla en su palma.

—Nos habríamos ahorrado unos cuantos dolores de cabeza si hubiéramos hablado antes.

—Seguramente —coincidió él, tirando de mí hacia abajo para darme un beso corto y dulce en los labios—. Pero no se te da bien lo de ponérmelo fácil, ¿no?

Pasamos el resto del día encerrados en el piso, ajenos por completo al ruido de Londres y a las llamadas perdidas, que no fueron pocas. Fue un día extrañamente hermoso, lleno de pequeños detalles domésticos que se sintieron increíblemente entrañables.

Cocinamos algo rápido a media tarde, compartiendo los pocos ingredientes que quedaban en mi nevera.

Noah, con su metro noventa y su planta de atleta de élite, se pasaba el tiempo tropezando con los muebles de mi minúscula cocina, quejándose de que el techo estaba demasiado bajo, lo que me hacía reír a carcajadas cada cinco minutos.

Comimos tirados en el suelo del salón, viendo una serie de Netflix de la que ni siquiera prestamos atención, hablando de cosas insignificantes, de libros, de música y de la infancia de Kim, para quien él fue como un padre.

Verlo allí, integrado en la sencillez de mi rutina, descalzo y vistiendo una de mis camisetas oversize que le quedaba ridículamente pequeña, me llenó el pecho de una felicidad que no recordaba haber sentido nunca.

La noche cayó sin que nos diéramos cuenta, y volvimos a refugiarnos en la cama, durmiendo abrazados con la tranquilidad de los que ya no tienen secretos que ocultar.

A la mañana siguiente, la burbuja se rompió de forma natural con el sonido del despertador. El día a día reclamaba su espacio.

Nos levantamos muy temprano, cuando el cielo de Londres todavía era de un azul oscuro y frío.

Preparé un café rápido mientras Noah se vestía con el traje del día que llegó, intentando alisarse la camisa con las manos frente al espejo del pasillo.

Verlo volver a ponerse la armadura profesional me dio una pizca de melancolía, pero esta vez sabía que debajo de la tela cara seguía estando el Noah real.

Nos despedimos en el recibidor, junto a la puerta, con un beso largo, pausado y lleno de promesas mudas.

—Tengo que irme ya si quiero llegar a la ciudad deportiva antes que los fotógrafos, y antes he de pasar por casa a cambiarme —dijo contra mis labios, rodeándome la cintura con un último apretón—. Mañana jugamos contra el Chelsea.

—Lo sé —sonreí, ajustándole el cuello de la chaqueta—. Ve a entrenar, Hayes. Y juega como tú sabes. Esta vez estaré mirándote desde la televisión de la redacción.

—Prefiero que me mires tú a que lo haga media Inglaterra —respondió con un guiño descarado.

Él bajó las escaleras con paso firme hacia su coche antes de que el barrio despertara, y yo me quedé en el piso terminando de arreglarme para ir a la redacción.

El ambiente era del todo diferente; la casa seguía oliendo a él, pero ya no había angustia en el aire.

Estábamos bien. Habíamos limpiado el pasado.

Metí el ordenador en el bolso, eché un último vistazo al salón desordenado y salí hacia el metro, dispuesta a afrontar mi jornada de trabajo con una sonrisa que no me cabía en la cara.