CAPÍTULO 23 #2
—La cena ya está lista, Noah —susurró, aunque ninguno de los dos hizo el amago de moverse hacia la mesa.
—La cena puede esperar cinco minutos —contesté, alargando la mano para delinear la curva de su hombro desnudo, allí donde el jersey de punto gris se había escurrido—.
No sabes la de veces que me he imaginado estando así contigo estas semanas.
Sin gritos, sin periodistas, sin pantallas de por medio. Solo tú y yo.
Ella dejó escapar un suspiro trémulo y apoyó las palmas de sus manos en mi pecho, donde pudo sentir los latidos desbocados de mi corazón.
—Yo también, Noah. Aunque estuviera enfadada contigo... odiaba el silencio que había entre nosotros. Nunca debí investigar en la Fundación…
—Ssst —le dije poniendo un dedo en sus suaves labios—. Ahora no.
No aguanté más. Me incliné y la besé, ahí mismo, entre el vapor de la olla y el desorden de su pequeña cocina.
Fue un beso cargado de sabor a vino, tierno pero con un trasfondo de urgencia contenida que nos hizo temblar a los dos.
Su espalda chocó suavemente contra el borde de madera de la encimera y sus manos subieron por mi cuello, enredándose en mi pelo con la misma desesperación que el día anterior en el estadio.
Cuando nos separamos, apenas unos centímetros, ambos estábamos sin aliento. Maia tenía las mejillas encendidas y una sonrisa preciosa, un poco aturdida.
—Vale... —articuló, intentando recuperar la compostura mientras me daba un empujón cariñoso en el pecho—. Si no nos sentamos ya a cenar, juro que la pasta se va a derretir en la olla y he tardado una hora en hacer la salsa. Lleva los platos a la mesa de centro, anda.
Sonreí, sintiendo una ligereza en el pecho que hacía años no experimentaba. Cogí los platos mientras ella servía la comida, y nos fuimos al salón. Nos sentamos directamente en la alfombra, apoyando las espaldas contra el sofá, compartiendo el espacio y cruzando los pies por debajo de la mesa baja.
Cenamos despacio, picándonos con cada bocado, devorando la comida y el vino mientras la música de jazz seguía flotando de fondo. Ella me preguntó por los entrenamientos y yo me metí con su nueva faceta de estrella televisiva, riéndome de cómo ponía firmes a los trogloditas en el plató.
—Vaya, Hayes —dijo ella, mirándome de reojo con una sonrisa juguetona mientras pinchaba la comida—. Cinco goles en tres partidos. Veo que mi ausencia en la tribuna de prensa te ha sentado de maravilla para concentrarte. A lo mejor es que te ponía nervioso.
—Ya le gustaría a tu ego que fuera eso —le respondí, devolviéndole la estocada con una ceja alzada y una sonrisa cínica—. Es simplemente que ahora los redactores que me cubren hacen preguntas tácticas de verdad, no psicología barata sobre mis traumas infantiles. He ganado en paz mental.
—¡Oye! Mis preguntas eran brillantes —protestó, tirándome una servilleta de papel arrugada que me dio de lleno en el pecho—. Además, reconócelo: echas de menos que te ponga los puntos sobre las íes en las zonas mixtas. Esos nuevos son unos aburridos que solo te bailan el agua.
—Puede ser —admití, bajando la voz, y la ironía se desvaneció de golpe para dejar paso a una gravedad que cargó el ambiente—. Puede que eche de menos muchas cosas de ti.
El ambiente era tan cómodo, tan íntimo, que la mesa de centro no tardó en volverse un obstáculo.
Dejé mi copa vacía a un lado y la miré fijamente. Ella captó la señal de inmediato. Dejó su plato, se giró hacia mí en la alfombra y acortó los pocos centímetros que nos separaban hasta sentarse de rodillas entre mis piernas, rodeándome la cintura con los brazos.
—Creo que ya hemos hablado bastante por hoy, ¿no crees? —murmuró contra mis labios.
—Por una vez en la vida estoy completamente de acuerdo contigo.
La tomé por los muslos, levantándola sin esfuerzo mientras ella se enganchaba a mi cintura, y la guié a oscuras hacia su habitación, tropezando con el marco de la puerta entre risas y besos ansiosos.
Cuando ya en la cama mis labios encontraron los suyos, ya no hubo interrupciones, ni teléfonos, ni fantasmas del pasado.
El beso fue lento al principio, saboreando el reencuentro, pero pronto se transformó en una urgencia salvaje.
Nos despojamos de la ropa como si fuesen cadenas que nos habían mantenido atados demasiado tiempo.
—Sueño con aprenderme cada centímetro de tu cuerpo —susurré mientras le bajaba los pantalones.
Ella ya se había deshecho del jersey gris de lana cuando la miré.
Era preciosa y por un momento pensé que no podía tener tanta suerte.
Le quité el sujetador con movimientos lentos y acerqué la lengua a sus pechos para explorarlos, jugué con sus pezones, que se volvieron duros a mi contacto, y le arranqué un gemido.
Me deslicé acariciando con mis labios cada rincón de su cuerpo.
Que mis caricias la hicieran estremecer me impulsaba a seguir.
Abrí sus piernas sin prisa, acariciando sus pliegues.
Deslicé dos dedos dentro de ella, primero con movimientos lentos y luego acelerando a un ritmo que la hizo gemir.
—Te quiero dentro —me dijo.
—No tenemos prisa, Maia. Yo no la tengo. Quiero saborearte.
Puse fin a mis palabras al alcanzar su clítoris con mi boca. Su sabor era dulce, exquisito, maravilloso. Bebí de ella con mi lengua bailando en su interior, lamiendo sus pliegues mientras se contoneaba sobre mi cara hasta que le arranqué un orgasmo glorioso.
Me incorporé hacia ella, que jadeaba cansada sobre la cama.
—Brutal, Noah. No tengo palabras.
—No las quiero, solo tus besos. Me he hecho adicto a ellos.
Atrapé su boca, pasé las manos por detrás de sus hombros y le di la vuelta.
Ella se sentó a horcajadas sobre mí y con la mano dirigió mi erección hacia su cueva.
Aferré su culo con las manos mientras descendía sobre mí, clavándome en ella.
Apoyada en mis hombros, con un ritmo suave al principio y cada vez más firme, Maia subía y bajaba mientras yo la acompañaba en un baile a ritmo de gemidos que eran música para mis oídos.
Mis manos iban de sus pechos a su culo, su boca alcanzaba la mía para luego alejarse y arquear la espalda.
Temblábamos y jadeábamos como si nuestros cuerpos hubieran sido hechos uno para el otro, totalmente acoplados y acompasados.
Explotamos en un orgasmo casi al unísono que nos dejó temblando y sin aliento, con la piel sudorosa y ardiente.
La abracé y retuve una lágrima que quería salir de mis ojos, lágrimas de felicidad.
Hacer el amor con Maia no se pareció a nada de lo que había vivido antes.
No fue una descarga de adrenalina para olvidar el estrés, ni un encuentro fortuito de una noche.
Fue una entrega absoluta que me dejó expuesto, sin defensas.
Sentir su piel desnuda, el calor de sus manos recorriéndome la espalda y sus gemidos ahogados contra mi oído me destrozó y me reconstruyó a la vez.
Cada caricia suya en mis cicatrices, reales y emocionales, las sentí como una redención.
Me perdí en ella, en su ritmo, en la forma en que me miraba a los ojos en mitad de la penumbra, demostrándome que me conocía de verdad, que no le importaba el pichichi de la liga ni el hijo de Caulfield. Solo le importaba yo.
Cuando terminamos una segunda embestida, me quedé tumbado a su lado, con su cabeza apoyada en mi pecho y nuestros dedos entrelazados con fuerza sobre las sábanas revueltas.
Mientras escuchaba los latidos acompasados de nuestros corazones, miré el techo de su habitación y, por primera vez en toda mi puta vida, sentí que la tormenta se había alejado del todo. Estaba en paz.