El secreto del fichaje estrella (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 2) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Noah

El calor de su cuerpo contra el mío, el olor a jazmín de su pelo y la firmeza de sus brazos rodeándome el cuello eran lo único que me mantenía anclado a la tierra.

Tenía los labios pegados a la comisura de su boca, buscando desesperadamente su aliento en un beso hambriento, torpe y cargado de una necesidad que me quemaba el pecho.

La presa se había roto. Me daba igual el orgullo, me daba igual el hormigón frío del pasillo y que estuviésemos a unos metros de la zona de prensa. Solo la quería a ella.

Entonces, el mundo exterior regresó con la violencia de un bofetón.

El teléfono móvil en el bolsillo interior de mi chaqueta empezó a vibrar y a emitir su tono de llamada, rompiendo el silencio del túnel.

Nos congelamos. Maia se apartó un par de centímetros, con la respiración agitada y los labios encendidos, mirándome con unos ojos brillantes en los que se mezclaban el deseo y la culpabilidad.

Saqué el aparato con una mano temblorosa. En la pantalla parpadeaba el nombre de mi madre.

—Lo siento —balbuceé—. Deben estar buscándome.

—Cógelo.

—¿Mamá? —articulé, intentando limpiar la ronquera de mi voz.

—Noah, ¿dónde estás, hijo? —Su voz sonaba cansada, apagada por el dolor del día—. La gente de la directiva está empezando a marcharse y el señor Pendelton quería despedirse de ti antes de cerrar el palco. Kim y yo te esperamos en el vestíbulo principal.

—Bajo ahora mismo, mamá. Dadme dos minutos.

Colgué y guardé el teléfono, con una punzada de frustración que me recorrió el cuerpo. Miré a Maia. Tenía la chaqueta del traje un poco descolocada y se pasaba los dedos por el pelo, intentando borrar cualquier rastro del torbellino que acababa de suceder entre nosotros.

—Tengo que volver —dije, y me di cuenta de que mi voz sonó suave, desarmada frente a ella.

—Lo sé —asintió, dedicándome una mirada comprensiva pero asustada—. Vete tú primero. Yo saldré por la puerta de la tribuna baja y daré la vuelta por los pasillos exteriores. Si nos ven salir juntos de aquí, mañana seremos portada por motivos muy distintos a los que nos han traído aquí.

Odié que tuviera razón, odié tener que esconderme, pero la prioridad absoluta era proteger lo que acababa de nacer del caos.

Le dediqué un último roce con los dedos en la mejilla, un contacto rápido que me supo a poco, y regresé al salón VIP con el corazón a mil por hora.

Cumplí con el protocolo, estreché manos, agradecí las condolencias de Pendelton con una madurez fingida y saqué a mi madre y a mi hermana del estadio antes de que los últimos fotógrafos que esperaban en el exterior se desperezaran.

El trayecto en coche de vuelta a casa fue silencioso, roto solo por el zumbido de los neumáticos contra el asfalto mojado de Londres. Yo conducía con la vista fija en la carretera, pero mi mente seguía atrapada en el pasillo de hormigón, y en la boca de Maia en la mía.

Desde el asiento trasero, Kim no había dejado de observarme por el espejo retrovisor. Conozco a mi hermana; es demasiado lista y me lee los silencios mejor que nadie.

—Estabas con ella, ¿verdad? —soltó de golpe, con un tono suave pero certero.

Mi madre levantó la cabeza del reposacabezas, mirándome de reojo. Yo apreté el volante, tragando saliva. Sabía que no ganaba nada mintiendo, no a ellas.

—¿De qué hablas, Kim?

—Venga, Noah. Desaparecisteis de la sala exactamente a la vez. Y cuando has vuelto para despedirte del presidente, tenías los ojos rojos y otra energía. Estabas con ella.

—Sí —admití en un susurro, rindiéndome—. Era ella.

Kim no dijo nada más, pero la vi sonreír por el espejo, una mueca de alivio y complicidad que me quitó un peso de encima.

Mi madre simplemente me puso una mano cálida sobre la rodilla, dándome un apretón silencioso.

No hacían falta explicaciones. Ellas sabían lo que Maia significaba para mí, aunque yo me hubiera empeñado en destruirlo las últimas semanas.

En cuanto llegamos a la casa y se fueron a sus habitaciones para cambiarse de ropa antes de cenar, el silencio de mi dormitorio se me hizo insoportable.

Tenía una necesidad física, casi dolorosa, de escuchar su voz sin el ruido de un estadio de fondo.

Saqué el móvil nuevo, busqué su número y, esta vez sin dudar, pulsé el botón de llamada.

Tardó tres tonos.

—¿Noah? —Su voz llegó a través del auricular limpia, un poco tímida.

—Maia —empecé, y sentí que las palabras se me agolpaban en la garganta, desordenadas por la urgencia de vaciarme—.

Necesito... necesito pedirte perdón. Fui un completo imbécil.

Te grité cosas horribles por teléfono, dudé de tu palabra cuando tú eras la única persona que se había preocupado por protegerme...

Supe lo de Liam a los pocos días, Olivia descubrió lo que hizo y lo que te hizo, y aun así fui demasiado cobarde y orgulloso para llamarte y tragarme mis palabras. Lo siento mucho, de verdad.

Escuché su respiración al otro lado, densa, contenida.

—Noah, no pasa nada, yo...

—Sí pasa —la interrumpí, firme—. Y gracias. Gracias por el abrazo de hoy. Si no hubieras aparecido en ese pasillo, creo que me habría vuelto loco allí dentro. Quiero... necesito hacer las paces contigo en condiciones, Maia. Déjame invitarte a cenar mañana. Donde tú quieras. Lejos de la prensa.

Hubo un pequeño silencio que me puso los pelos de punta, hasta que escuché un suspiro suave.

—Ven a mi casa, Noah —propuso, y notar la calidez en su tono me devolvió el aire—. En los restaurantes siempre hay ojos. Aquí estaremos tranquilos. Te pasaré la dirección por mensaje.

Al día siguiente, cuando paré el coche frente a su edificio, sentía el estómago cerrado por un nudo de nervios que no me provocaba ni una final de la FA Cup.

Me revisé el pelo en el retrovisor tres veces, me ajusté los vaqueros y subí las escaleras con los puños metidos en los bolsillos de la chaqueta, intentando controlar el temblor de mis manos.

Estaba asustado. El Noah Hayes que no le temía a nada se desvanecía cuando se trataba de ella.

Cuando Maia abrió la puerta, me quedé sin habla. Llevaba ropa cómoda, un jersey de punto amplio que le caía por un hombro y el pelo recogido en un moño desenfadado con algunos mechones sueltos. Estaba preciosa en su naturalidad.

—Hola —dijo en voz baja, apartándose un poco para dejarme paso. Una sonrisa tímida, casi contenida, le asomó a los labios—. Pasa, no te quedes ahí fuera.

—Hola —atiné a decir, sintiéndome extrañamente torpe.

Crucé el umbral y me detuve en el pequeño recibidor, mirando a mi alrededor mientras ella cerraba la puerta a mis espaldas.

Su casa era exactamente como me la había imaginado: pequeña, un poco caótica, pero inundada de una calidez que mi mansión jamás tendría.

Había estanterías abarrotadas de libros hasta el techo, plantas colgando cerca de las ventanas, una alfombra de colores desgastados y un tocadiscos antiguo en una esquina del que brotaba una melodía de jazz muy suave. Olía a ajo, a especias y a hogar.

—Es... acogedor —comenté, con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta, sin saber muy bien qué hacer con mi propio cuerpo. Me sentía un gigante torpe en mitad de su salón.

Maia soltó una pequeña carcajada, cruzándose de brazos mientras me miraba de arriba abajo.

—Eso es una forma elegante de decir que es diminuto comparado con tu fortaleza —bromeó, dándose la vuelta hacia el pasillo—. Anda, quítate la chaqueta y ven. Estoy en la cocina terminando la cena, que si me despisto un segundo se me quema la salsa.

Dejé la cazadora en el perchero y la seguí.

La cocina era estrecha, con azulejos blancos y una encimera de madera donde ya había dos copas servidas con vino tinto y una tabla con un poco de queso.

Una olla humeaba sobre los fogones, y llenaba el espacio de un olor delicioso a tomate, albahaca y carne.

Me apoyé contra el marco de la puerta, observando cómo se movía con soltura, cogiendo una cuchara de madera para remover el contenido de la olla.

—¿El gran Noah Hayes se va a quedar ahí de pie como un crítico gastronómico o va a dignarse a ayudar a la cocinera? — preguntó sin mirarme, con ese tono de sutil desafío que tanto me gustaba.

—Depende —dije, dando un paso hacia ella y alcanzando una de las copas de vino—. ¿Qué se supone que tengo que hacer? En mi casa la comida suele aparecer mágicamente en la mesa.

Maia giró la cabeza, entornando los ojos con fingida indignación.

—Qué duro es ser millonario, de verdad. Toma —me plantó un rallador en la mano libre y señaló un trozo de queso parmesano que había sobre la tabla—. Ralla el queso. Y que sea perfecto, por favor. No quiero trozos amorfos en mi plato.

—Soy cirujano con el balón en los pies, Thawne. Un trozo de queso no va a ser un problema —le aseguré, dándole un sorbo al vino. El sabor afrutado y cálido me ayudó a relajar los hombros del todo.

Me coloqué justo a su lado, ocupando casi todo el espacio que quedaba libre frente a la encimera.

Mientras rallaba el queso, nuestras líneas de movimiento empezaron a cruzarse de forma inevitable.

Cada vez que ella se estiraba para coger un plato del armario alto, su brazo rozaba el mío; cada vez que yo me movía para dejar caer el queso en bol, mi cadera chocaba suavemente con la suya.

Era una coreografía torpe, estrecha, pero jodidamente eléctrica.

—A ver cómo va ese queso... —Maia se inclinó para inspeccionar mi trabajo. Estaba tan cerca que pude oler la vainilla de su perfume mezclada con el aroma de la salsa—. Bueno, aceptable. Pensaba que los futbolistas teníais las manos de trapo.

—Tenemos mucha precisión cuando queremos —respondí, bajando la voz. Dejé el rallador sobre la tabla y me giré por completo hacia ella, acorralándola sutilmente contra el borde de la encimera.

Maia dejó la cuchara de madera a un lado y levantó la mirada. El juego y la ironía flaquearon por un segundo, devorados por la intensidad que brillaba en sus ojos. Su respiración se volvió un poco más rápida.