El secreto del fichaje estrella (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Maia

El pase de prensa dorado que Olivia me había deslizado en la mano pesaba como si fuera de plomo.

Crucé el control de seguridad hacia los salones VIP del Kings Crown Stadium con el corazón golpeándome con fuerza contra las costillas.

La jefa de prensa del club me había abierto la puerta a su santuario privado, pero en cuanto crucé el umbral, me arrepentí.

El lugar estaba abarrotado de trajes de sastre caros, directivos con rostros solemnes y leyendas del fútbol inglés que hablaban en un susurro respetuoso.

Y entonces lo vi.

Noah estaba en el centro de un corrillo, flanqueado por Arthur Pendelton y dos miembros del consejo de administración.

Vestía un traje negro impecable, una camisa blanca abotonada hasta el cuello sin corbata y llevaba el pelo perfectamente peinado hacia atrás.

Parecía un modelo de portada, frío, inaccesible y blindado tras una máscara de absoluta corrección.

Me quedé petrificada a unos metros, debatiéndome entre darme la vuelta o avanzar, cuando él desvió la mirada por encima del hombro del presidente y sus ojos verdes chocaron directamente con los míos.

Su mandíbula se tensó de inmediato, pero no apartó la vista.

Con una educación exquisita, se disculpó con los directivos y caminó hacia mí a paso lento.

Cada segundo que acortaba la distancia me pareció una eternidad; la atracción que siempre había existido entre nosotros flotaba en el aire, densa y eléctrica, pero la presencia de tanta gente y los murmullos de la sala nos obligaban a mantener una distancia insalvable.

—Maia —saludó al llegar a mi altura. Su voz era plana, formal, la de un extraño.

—Noah. Lo siento muchísimo —alcancé a decir de manera automática, forzando una cordialidad rígida que me arañaba la garganta.

Él dio un paso al frente y se inclinó levemente.

Nos saludamos con dos besos protocolarios en las mejillas.

Fue un contacto efímero, apenas un roce de piel fría, pero el olor a su colonia y la cercanía de su cuerpo me provocaron un escalofrío violento.

Nos separamos al instante, manteniendo los brazos pegados al cuerpo, sin tocarnos las manos, sin permitirnos un solo milímetro de espontaneidad.

—Gracias por venir. Significa mucho para la familia —respondió él, repitiendo una frase tópica que seguro que le había dicho a las cincuenta personas anteriores.

Sus ojos, sin embargo, me gritaban otra cosa; vi el cansancio extremo, las ojeras mal disimuladas y una súplica muda de que no le complicara más el día. No había reproches por el pasado en su mirada, solo una fatiga infinita.

—Es lo mínimo, Noah —contesté de forma escueta, carcomida por la tensión de estar actuando delante de medio Londres.

Él asintió rígidamente, me dedicó una última mirada indescifrable y regresó junto al grupo del presidente, dejándome con una sensación de vacío espantosa.

Me sentí completamente fuera de lugar, di unos pasos hacia la zona de los sofás para desaparecer de su vista.

Fue entonces cuando divisé a Kimberly. Estaba apartada en un rincón, cerca de un gran ventanal que daba al campo vacío, sosteniendo un vaso de agua que ni siquiera había probado.

Llevaba un vestido oscuro sencillo y miraba a su alrededor con una expresión de absoluto agobio; supuse que no conocía a nadie, los lujos de la alta sociedad londinense le venían grandes y parecía un gorrión asustado en mitad de una jaula de oro.

Me acerqué a ella a paso rápido, aliviada de encontrar un refugio humano en esa sala de hielo.

—Hola, Kim —susurré, parándome a su lado.

Al escuchar mi voz, su rostro se iluminó con un alivio purísimo. Dejó el vaso sobre una mesa auxiliar de inmediato y me agarró de los brazos, manteniéndome cerca de ella.

—Maia... gracias a Dios —suspiró, bajando los hombros, y nos dimos un abrazo—.

Esto es insoportable. Toda esta gente hablando de mi padre como si lo conocieran, usando palabras raras...

Mamá está de tertulia con unas señoras que no conozco y Noah está ahí haciendo de capitán del barco, pero sé que está a punto de estallar.

Odio los trajes, odio este salón y me siento ridícula aquí metida.

Me guardé mi propio dolor en el bolsillo y le dediqué una sonrisa sincera, acariciándole el brazo.

—Lo estás haciendo muy bien, de verdad. Tu hermano te necesita fuerte hoy. Solo quédate aquí conmigo, mira al campo y olvídate del resto de la sala. Ya casi ha terminado.

—Yo casi no lo conocí, ¿sabes? —me miró con una tristeza infinita en los ojos—. Cuando pasó… aquello, yo era muy pequeña y ni me acuerdo; luego vino la orden de alejamiento y, bueno, imagínate. Por eso no siento ni pena ni nada. ¿Soy mala persona?

—No lo creo, Kim. Tú no has hecho nada más que sobrevivir.

—Ni siquiera echaba de menos un padre gracias a Noah.

Estuvimos hablando un rato más en voz baja, compartiendo confidencias sobre sus primeros días en Londres y las ganas que tenía de empezar el curso para conocer gente de su edad y salir de la protección de su hermano.

Kim no paraba de mirar de reojo hacia donde estaba Noah, controlándolo con un instinto protector que me conmovió profundamente.

Media hora más tarde, el ambiente empezó a despejarse.

Los directivos comenzaron a desfilar hacia la salida y el murmullo disminuyó.

Fue en ese momento de descuido general cuando vi a Noah apartarse del último grupo.

No miró a nadie. Caminó con paso rápido e irregular hacia una puerta de servicio lateral, una que indicaba el acceso restringido a las escaleras internas del estadio.

Tenía los hombros hundidos y caminaba como un hombre que se está quedando sin aire.

Miré a Kim, que estaba distraída respondiendo un mensaje en su móvil, y tomé una decisión impulsiva.

—Ahora vuelvo, Kim. Voy al baño —mentí.

Me escabullí entre los últimos corrillos y empujé la puerta lateral por la que Noah había desaparecido.

Crucé un umbral de moqueta que dio paso de inmediato a la cruda realidad del hormigón y las luces fluorescentes de los pasillos internos de seguridad.

El ruido del salón VIP se apagó de golpe, sustituido por un silencio industrial y frío.

Caminé en silencio, guiándome por el eco lejano de unos pasos, hasta que llegué a la boca de hormigón que daba acceso directo a las gradas vacías de la zona baja, justo al lado del túnel de vestuarios.

La luz gris de la tarde londinense se filtraba por el pasillo, y bajo el cielo encapotado, el césped del Kings Crown parecía un desierto verde.

Allí estaba él.

Noah se había sentado en uno de los escalones de hormigón del pasillo de acceso, completamente oculto de las cámaras del palco.

Se había aflojado los dos primeros botones de la camisa y tenía la cabeza hundida entre las rodillas, con las manos entrelazadas en la nuca.

El armazón del gran delantero, el chico de los ochenta millones, se había desmoronado por completo.

Su espalda temblaba con violencia bajo la chaqueta del traje negro, y de su pecho escapaba un llanto sordo, desgarrador y asfixiante.

Lloraba en la más absoluta soledad, donde nadie pudiera castigar su debilidad.

Verlo así me destrozó el alma. Olvidé por completo las semanas de distancia, el orgullo, las mentiras de Liam y las palabras gélidas que nos habíamos dedicado al teléfono. Solo existía él, roto en mil pedazos sobre el cemento frío.

Me acerqué despacio, intentando que mis pasos no resonaran demasiado. Cuando estuve a su altura, me dejé caer de rodillas en el escalón inferior, justo frente a él.

—Noah... —susurré con suavidad.

Él levantó la cabeza de golpe, alarmado, con los ojos completamente inyectados en sangre, el rostro surcado de lágrimas y la respiración rota. Intentó recomponerse por instinto, afilando la mirada para levantar su habitual muro de hielo, pero no le di tiempo.

Me incliné hacia delante y lo rodeé con mis brazos.

Lo estreché contra mi pecho con todas las fuerzas que me quedaban, atrapándolo en un abrazo firme, protector y desesperado.

Al principio, su cuerpo se quedó rígido como una piedra, oponiendo una resistencia inútil nacida del orgullo herido.

Pero yo no lo solté. Enterré mis dedos en el pelo de su nuca, pegándolo más a mí, y comencé a acariciarle la cabeza con suavidad, susurrándole cosas sin sentido contra el oído y arrullándolo como a un bebé desvalido.

—Ya está, Noah... Ya pasó. Estoy aquí. No estás solo.

Y entonces, la presa se rompió del todo.

Noah soltó un gemido ahogado y se deshizo por completo en mis brazos.

Enterró el rostro en el hueco de mi cuello, aferrándose a la tela de mi chaqueta con una urgencia salvaje, como el náufrago que encuentra una balsa en mitad de la peor tormenta.

Sus manos me apretaban la espalda con tanta fuerza que casi me hacían daño, pero no me importó.

Lloró como un niño pequeño, vaciando quince años de secretos, miedos, persecuciones y culpas sobre mi hombro, mientras yo seguía meciéndolo despacio y acariciando su cabello, sintiendo cómo mis propias lágrimas se mezclaban con las suyas en la penumbra del hormigón.

Las manos de Noah fueron bajando hacia mis caderas y rodearon mi culo.

No quise reaccionar de ninguna manera, solo lo dejé desahogarse a pesar de que el calor que dejaba en mi piel a través de la ropa empezaba a calentarme otras zonas de mi cuerpo.

Se pegó más a mí. Su torso rozaba mi pecho y yo, en vez de separarme, junté más mis manos por su espalda, deleitándome en sus músculos firmes.

¿Qué estaba pasando? No quería aprovecharme de su dolor, pero tampoco poner distancia.

Me gustaba tocarlo, sentir su respiración en mi cuello y el olor de su piel.

No estaba segura de nada más que de un instinto primitivo que me decía que todo estaba bien.

Tan bien que no me di ni cuenta de cuándo él alzó la cara, mirándome a los labios con los ojos ardientes.

Con un dedo repasó el contorno de mi boca, que abrí casi por inercia.

Con el dedo bajó un poco mi labio inferior y me besó.

Primero como un roce de sus labios en el interior del mío, luego su lengua se abrió paso entre mis dientes buscando la mía.

Su gemido me provocó un escalofrío de anticipación que me volvió loca y me hizo profundizar ese beso que tanto necesitábamos los dos.

Quería esto y quería más, lo supe con una claridad brutal, aunque no fuera el mejor momento, aunque él me odiara y ya no confiara en mí, aunque quizás se estuviera aprovechando de su vulnerabilidad para besar a la chica difícil de la prensa. Todo me daba igual.

Su móvil sonó en ese momento. Lo giró hacia mí para que viera que era su madre.

—Lo siento —balbuceó—. Deben de estar buscándome.

—Cógelo.