CAPÍTULO 21
Maia
La noticia de la muerte de Peter Caulfield llegó a la redacción como un eco sordo, desprovisto ya del morbo sangriento de las semanas anteriores.
Para el mundo, era el punto final a la trágica historia de una gloria pasada del fútbol; para mí, era un vuelco en el estómago que me dejó paralizada frente a la pantalla del ordenador.
Me enteré por Miller y Harris, los redactores que ahora cubrían la actualidad del Kingsford en mi lugar. Estaban en la mesa pegada a la mía, repasando los teletipos de última hora.
—¿Te has enterado, Maia?
—No, ¿de qué?
—Ha fallecido el padre de Noah. Dicen que el funeral será en Liverpool, este viernes —comentó Miller, tachando algo en su libreta—.
Pero va a ser en la más estricta intimidad familiar.
El club está blindando el entorno de Hayes para que ningún paparazzi se acerque a la iglesia. No quieren un circo en el entierro.
—Normal —respondió Harris—. Bastante tuvo el chaval con el escándalo de hace dos meses. Lo normal es que intente enterrar a su padre en paz.
El sonido de la risa lejana de unos redactores en la sección de maquetación me llegó distorsionado, como si de repente me hubiera metido debajo del agua.
Sentí un escalofrío helado recorriéndome la espina dorsal.
Deslicé las manos con suavidad sobre el escritorio, empujando la silla de ruedas hacia atrás con un movimiento lento, casi invisible, para apartarme del campo de visión de Miller y Harris.
Me di la vuelta por completo, dándole la espalda a mis compañeros, y clavé los ojos en las teclas del ordenador.
Agarré el ratón con tanta fuerza que los nudillos se me tiñeron de blanco, fingiendo que releía un párrafo de mi columna sobre la Superliga femenina solo para tener una excusa para no levantar la cabeza.
No quería, bajo ningún concepto, que vieran cómo se me desencajaba la mandíbula o cómo el brillo de las lágrimas empezaba a empañarme la vista.
Esperé en esa posición, rígida como una estatua, manteniendo una respiración acompasada y artificial hasta que escuché el eco de sus pasos alejándose hacia el pasillo de la salida.
En cuanto el silencio se instaló a mi alrededor y me quedé verdaderamente sola en mi rincón de la redacción, la duda brotó en mi estómago y empezó a carcomerme por dentro con una ferocidad insoportable: ¿debería ir para apoyarle?
Solté el ratón y me llevé las manos a la cara, frotándome las sienes mientras apoyaba los codos en la mesa.
Las pantallas de la redacción seguían parpadeando, ajenas a mi colapso.
Una parte de mí, la más irracional y latente, la que aún recordaba el calor firme de su mano entrelazada con la mía bajo la lluvia y el desamparo absoluto que había vislumbrado en el fondo de su mirada verde la última vez que nos gritamos, se apoderó de mis pensamientos.
Desbloqueé el móvil de manera compulsiva y abrí la aplicación de National Rail .
Mis dedos temblaban tanto que erré dos veces al teclear el destino en el buscador de trayectos.
Revisé los horarios de los trenes nocturnos que salían desde la estación de Euston con destino a Liverpool Lime Street para esa misma noche. Había uno a las diez y media.
Se me pasó por la cabeza comprar el billete en ese mismo instante.
Visualicé la escena en mi mente con un realismo doloroso: subiría al vagón, pasaría la noche mirando por la ventanilla el paisaje oscuro y, al día siguiente, buscaría la iglesia del barrio de Noah.
Quería estar allí. Me prometí a mí misma que no haría ruido, que no me acercaría a su madre ni a Kimberly para no perturbar su luto.
Me compraría un abrigo oscuro, me calaría una gorra hasta las cejas y me sentaría en la última fila de bancos, oculta tras una columna de piedra, en la penumbra del templo.
Solo necesitaba estar presente y cerca de él.
Quería ver con mis propios ojos cómo encajaba el golpe, asegurarme desde la distancia de que Noah no se derrumbaba al ver el ataúd de la persona que destruyó su infancia.
Quería, con mi presencia muda en el último rincón de la iglesia, demostrarle en silencio a su espalda que, a pesar de todo el hielo que nos separaba, de los malentendidos y del orgullo herido, yo seguía estando de su parte. Que no lo había dejado solo.
Dejé el teléfono sobre la mesa, mientras veía cómo la pantalla con los horarios de los trenes se apagaba lentamente, sumiéndome otra vez en la cruda realidad de la redacción.
El sentido común terminó ganando la partida.
Si el funeral era tan estrictamente secreto y familiar, ¿qué pintaba yo allí?
Para él yo seguía siendo la periodista que lo había traicionado, el buitre que aireó sus miserias.
Mi presencia en Liverpool solo conseguiría enfurecerlo o reabrir una herida que ya sangraba bastante.
No pintaba nada. Era un fantasma de su pasado reciente que él quería olvidar.
Sin embargo, la distancia física no evitaba la obsesión.
Durante los tres días siguientes, mi teléfono móvil se convirtió en una extensión de mi propia ansiedad.
Perdí la cuenta de las veces que abrí nuestra conversación de WhatsApp a lo largo del día.
Me quedaba embobada mirando su foto de perfil y la última hora de conexión.
Escribía una frase, la borraba. Escribía algo y volvía a pulsar la tecla de borrar, pensando que sonaba demasiado formal, o demasiado íntimo, o demasiado hipócrita.
El viernes por la tarde, pensando que lo peor de esos días en Liverpool ya había pasado, el impulso pudo conmigo. Me temblaban los dedos sobre el cristal. Ya no podía seguir conteniéndome; necesitaba que supiera que me importaba su dolor, independientemente de lo enfadado que estuviera conmigo.
Redacté un mensaje escueto, directo, desprovisto de justificaciones profesionales o reproches por el pasado.
« Mis más sinceras condolencias para ti, para tu madre y para Kim, Noah. Un beso ».
Le di a enviar antes de arrepentirme y dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa del comedor, sintiendo que el corazón me iba a mil por hora. No esperaba que contestara. De hecho, me preparé mentalmente para el doble check azul del silencio.
Pasaron las horas. Cené sin apetito, miré la televisión sin enterarme de nada y me metí en la cama con una opresión insoportable en el pecho. Fue casi a la medianoche cuando la pantalla del móvil se iluminó con una notificación. Alargué la mano de inmediato.
Era él. Su respuesta había tardado una eternidad, pero allí estaba. Una sola palabra, fría y escueta, pero que al menos demostraba que no me había bloqueado:
«Gracias. Habrá un funeral en el club».
Me quedé mirando esas palabras durante lo que parecieron horas, acariciando las letras con la yema del dedo, antes de apagar la luz y dejarme arrastrar por un sueño inquieto.
A comienzos de la semana siguiente, el Kingsford anunció que organizaría un acto institucional de despedida en Londres, ese debía ser el funeral del que me informó Noah.
Al haber sido Peter Caulfield un nombre importante en el fútbol británico de los noventa, el club quería rendirle un último homenaje en las instalaciones del estadio, abriendo un libro de condolencias para directivos, leyendas de la Premier y prensa acreditada antes del entrenamiento a puerta cerrada.
A ese acto sí que decidí ir. No era Liverpool, era mi terreno profesional, y necesitaba estar allí aunque fuera parapetada tras mi acreditación de la revista que conseguí tras pedirle a Olivia Ward que me incluyera en la lista.
El vestíbulo principal del Kings Crown Stadium estaba transformado.
Habían colocado una fotografía enorme en blanco y negro de Peter en sus años de gloria, rodeada de coronas de flores blancas y un libro con tapas de cuero donde la gente iba firmando en silencio.
El ambiente era solemne, pesado, lleno de trajes oscuros y susurros.
Me quedé en una esquina, cerca de los paneles de prensa, buscando a Noah con la mirada, pero él todavía no había bajado de los vestuarios. Mientras observaba el flujo de gente, una silueta elegante se separó del grupo de la directiva y caminó decidida hacia mí.
Olivia se paró frente a mí, me miró a los ojos con una mezcla de cansancio y sincera calidez, y me puso una mano cariñosa en el brazo.
—Me alegra mucho que hayas venido, Maia —dijo en un hilo de voz, con una sonrisa reconfortante que me quitó un peso de encima—. Sé que las cosas han estado muy difíciles entre vosotros últimamente, pero significa mucho que estés aquí.
—No sabía si debía venir, Olivia —admití, bajando la mirada, con un nudo en la garganta—. Noah me odia. Piensa que...
—Noah es un idiota testarudo cuando se asusta, Maia, y tiene el radar de la confianza un poco roto —me interrumpió ella con suavidad, dándome un pequeño apretón en el brazo—.
Pero ya sabe perfectamente lo que pasó con el chico de tu redacción.
Me contó que Kim y tú os encontrasteis en el Soho.
Dale tiempo. Ahora mismo está procesando demasiadas cosas a la vez.
Olivia metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una tarjeta de plástico oscuro con el escudo dorado del club: un pase de acceso a la zona VIP restringida del estadio, el lugar donde se reuniría la familia después del acto.
—Toma esto —me dijo, deslizándola en mi mano—. Quédate un rato más. El chaval te necesita, aunque su orgullo sea demasiado grande como para admitirlo delante de nadie.