El secreto del fichaje estrella (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 2) CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

El silencio de la madrugada se rompió de golpe cuando el teléfono de mi madre comenzó a sonar en la planta de abajo.

En una casa donde siempre se temían las llamadas nocturnas, el sonido nos puso a todos en alerta.

Me levanté de la cama de inmediato y bajé los escalones de dos en dos, encontrándome a mi madre en el pasillo con el auricular en la mano y a Kim saliendo de su cuarto, asustada.

Mi madre escuchaba en silencio. Su rostro se fue vaciando de color poco a poco, hasta volverse una máscara de piedra.

—Entiendo... Sí. Gracias por avisar —articuló con un hilo de voz antes de colgar.

Se giró hacia nosotros, apoyándose en la pared como si las piernas no pudieran sostenerla. Nos miró a Kim y a mí, con los ojos empañados en una mezcla de shock y vacío.

—Era la Fundación Hope —dijo, y su voz tembló de una manera que me congeló la sangre—. Vuestro padre... Peter ha fallecido hace una hora. Un fallo cardiorrespiratorio en mitad del delirio. No han podido hacer nada.

Nos quedamos los tres sin hablar, petrificados en mitad del pasillo.

El tiempo pareció detenerse. Durante unos minutos largos y densos, el silencio fue total, sepulcral.

Y entonces, de forma casi imperceptible, sentí cómo un peso invisible pero gigantesco, una losa de plomo que llevaba arrastrando sobre mis hombros desde los diez años, se desprendía de golpe.

Nos habíamos librado. El monstruo ya no existía; la amenaza real que nos perseguía en la sombra había desaparecido para siempre. Éramos libres, por fin.

Miré a mi madre. A pesar de los años de maltrato, de la locura y del infierno que ese hombre nos hizo pasar, sus piernas fallaron.

Se dejó caer en el centro del sofá de cuero, doblando el cuerpo hacia delante, y comenzó a llorar con un desconsuelo sordo que me partió el alma en dos.

Eran lágrimas amargas, pesadas, de esas que lavan años de terror, pero que también arrastran los restos de lo que alguna vez fue amor.

Kim se sentó a su lado de inmediato, rodeándola con sus brazos delgados, apoyando la mejilla en su hombro mientras contenía sus propias lágrimas.

Yo me acerqué despacio. El alivio inicial que había sentido en el pasillo se transformó en una punzada de compasión purísima al ver a mi madre así de rota.

Me arrodillé en la alfombra, justo frente a ella, y le tomé las manos. Las tenía heladas.

—Mamá... —susurré, sin saber muy bien qué decir. En mi cabeza, la muerte de Peter Caulfield era un motivo de liberación, pero al mirar el rostro surcado de lágrimas de mi madre, comprendí que para ella era algo mucho más complejo.

Ella no respondió de inmediato. Con los dedos temblorosos, se limpió las mejillas y alargó la mano hacia el pequeño cajón de la mesa auxiliar, el único lugar donde guardaba las pocas pertenencias de mi padre que se había negado a dejar en Liverpool.

Sacó una pequeña caja de lata desgastada, con dibujos de galletas descoloridos por el tiempo.

La abrió con una lentitud dolorosa y extrajo un par de fotografías en papel fotográfico antiguo, con los bordes gastados y amarillentos.

Nos las tendió a Kim y a mí.

—Era tan guapo, Noah... —articuló mi madre en un hilo de voz, con un sollozo atascado en la garganta—. Miradlo. Tenía vuestra misma mirada.

Acuciado por la curiosidad, acerqué la vista a la primera imagen.

En ella aparecía un Peter Caulfield de apenas veinte años, vistiendo la mítica camiseta roja del Liverpool, con el pelo alborotado por el viento y una sonrisa brillante, limpia, descarada.

Estaba abrazando a mi madre junto a la barandilla del puerto; ella reía, joven, con los ojos encendidos de ilusión, ajena por completo al monstruo en el que ese chico se convertiría años después.

—Esta foto nos la hicimos el día que debutó con el primer equipo —rememoró mi madre, acariciando el papel con la yema del pulgar, como si intentara revivir el tacto de su piel de entonces—.

No tenía maldad, de verdad que no. Era solo un chico de barrio con un talento increíble y un miedo atroz a defraudar a todo el mundo.

Cuando firmó ese contrato, pensábamos que nos habíamos salvado del frío de los astilleros.

—¿Cuándo cambió todo, mamá? —preguntó Kim en un susurro, mirando la foto por encima de mi hombro con una mezcla de tristeza y fascinación. Era la primera vez que se atrevía a preguntar de forma directa por el pasado de su padre.

—Poco a poco, cielo —suspiró mi madre, entrelazando sus dedos con los míos mientras volvía a clavar la vista en la pared blanca del salón, como si proyectara allí las escenas de su memoria—.

Esas cosas nunca ocurren de golpe. La presión que sentía por no defraudar le pasó como un rodillo.

Si fallaba un pase, la prensa lo trituraba; si jugaba mal, los aficionados le gritaban por la calle.

Empezó a no dormir. Luego llegó el alcohol para apagar el ruido de las críticas, y después...

las pastillas que le daban para calmar la ansiedad.

Esas malditas pastillas le rompieron algo por dentro.

La negrura se le metió en la cabeza y las sonrisas de estas fotos se convirtieron en gritos, en desconfianza, en ver enemigos donde solo estábamos nosotros.

Escucharla hablar así, con esa melancolía desprovista de odio, me generó un nudo asfixiante en el estómago.

Yo solo recordaba al hombre del cuchillo, al alcohólico paranoico que nos insultaba a oscuras en la cocina, pero mi madre recordaba al novio que le compraba flores con sus primeras libras y al padre que me cargaba a hombros por el parque cuando yo apenas sabía andar.

Lloraba por el final definitivo de una esperanza que se había truncado quince años atrás; lloraba por el chico de la foto, el juguete roto que la fama y la presión habían desguazado hasta volverlo un monstruo.

Me levanté del suelo en silencio, abrumado por la densidad de la atmósfera, y caminé hacia el gran ventanal del salón.

Me quedé de pie allí, apoyando una mano contra el cristal frío, mirando la noche de Londres y el reflejo difuso de mi madre y mi hermana consolándose mutuamente en el sofá.

El contraste era brutal: fuera, las luces de la gran ciudad parpadeaban ajenas a nuestro drama; dentro, una era de terror terminaba con el llanto de una mujer que recordaba al fantasma de su juventud.

Una sensación extraña de vacío me invadió el pecho.

Éramos libres. El monstruo ya no respiraba, nadie nos volvería a amenazar con acabar con nosotros, nadie publicaría otra exclusiva sobre el monstruo.

La losa de plomo había caído, pero, aun así, sentía el suelo bajo mis pies extrañamente inestable.

El pasado estaba enterrado de forma oficial, y una etapa completamente nueva, limpia e incierta, empezaba a dibujarse ante mí en el horizonte oscuro de la ciudad.