CAPÍTULO 18
Noah
—Dime que no has sido tú, Maia. Por lo que más quieras en este mundo... dime que no me has hecho esto.
El silencio que se filtró por el auricular fue la peor de las respuestas.
No hubo una negativa inmediata, no hubo un grito de indignación.
Solo escuché una respiración ahogada y entrecortada, seguida de un pequeño sollozo que intentó camuflar sin éxito.
Aquel llanto contenido me perforó el pecho como un disparo a quemarropa.
No necesité escuchar nada más. Sentí cómo una náusea violenta me subía por la garganta mientras todo el peso del mundo caía sobre mis hombros, aplastándome.
—Noah, por favor, escúchame... —Alcanzó a articular ella con la voz rota, temblorosa—. No es lo que crees, yo no...
—Cállate —la corté. Mi voz no sonó furiosa; sonó muerta, vacía, desprovista de cualquier rastro de la calidez que alguna vez había sentido por ella—.
No quiero volver a verte en mi puta vida, Maia.
Esto es lo más cruel que me han hecho, después de lo que ya sabes. Y no sé por qué, qué te he hecho yo.
—¡Noah, yo no…!
—Cállate, por favor —supliqué y la furia negra que llevaba conteniendo desde que saltó la noticia estalló, haciéndome temblar la mano—.
Fuiste la única. La única que me preguntó por lo de la Fundación Hope.
Te acerqué a mi familia, te metí en mi casa, dejé que Kimberly te viera como a una amiga...
Dios, incluso dejé que me besaras. Qué estúpido fui.
Todo era parte del plan, ¿verdad? Te acercaste a mí buscando el cadáver en el armario, buscando la puta exclusiva que te consagrara.
¿Lo has conseguido? —bramé—, ¿te han pagado bien?
Al otro lado de la línea, Maia no replicó.
Solo la escuchaba llorar, un llanto desesperado, ruidoso y destrozado que en otro momento me habría partido el alma, pero que en ese instante solo me pareció la actuación de alguien atrapada en su propia mentira.
Mi paranoia, esa vieja enemiga que me susurraba que nadie me querría por mí mismo, se relamió las heridas, victoriosa.
Tenía razón. El mundo exterior solo quería destruirme.
—Felicidades por el artículo, redactora —susurré con un desprecio gélido—. Has conseguido lo que querías. Ahora borra mi número.
Colgué antes de que pudiera pronunciar otra palabra. Lancé el teléfono contra la pared del vestuario de la ciudad deportiva del Kingsford, viendo cómo la pantalla se agrietaba en mil pedazos. Me llevé las manos a la cabeza, tirándome del pelo, intentando contener el temblor de mis rodillas.
Apenas veinte minutos antes, Olivia Ward me había sacado del entrenamiento con la cara completamente desencajada y la tablet en la mano.
Pensé que le había pasado algo a mi familia, y, en cierto modo, así fue.
Cuando leí aquel titular de The Goal Post , sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Mi peor pesadilla, el secreto que me había costado ochenta millones de libras, mi salud mental y el bienestar de mi madre, estaba expuesto en internet para el morbo de millones de desalmados.
El hijo de Peter Caulfield. El hijo del monstruo que intentó asesinar a su familia.
Me compuse como pude, me tragué las lágrimas de orgullo y salí del despacho para dirigirme a la sala de juntas del club. Olivia me estaba esperando allí, paseando de un lado a otro con el teléfono pegado a la oreja, encendida en rabia. Al verme entrar, colgó de golpe y se acercó a mí.
—Noah... lo siento muchísimo, de verdad.
Estamos intentando averiguar de dónde ha salido la filtración.
El departamento legal ya está redactando una demanda por vulneración del derecho a la intimidad, pero el daño...
—Olivia se detuvo, mirándome con una compasión que me dolió más que el propio artículo.
Me senté en la gran mesa de cristal, apoyando los codos en las rodillas. Me sentía desnudo.
—Olivia, voy a poner mi puesto a disposición del club —solté, con la voz plana, mirando al vacío—.
Esto va a ser un circo mediático. Los patrocinadores se van a caer, la prensa va a destrozar la imagen del Kingsford y la afición...
no sé cómo van a reaccionar. Si el club quiere rescindir mi contrato, lo entenderé. No quiero ser una carga.
Olivia se plantó frente a mí y, saltándose cualquier protocolo profesional, me agarró de la barbilla, obligándome a mirarla. Sus ojos destilaban una furia protectora feroz.
—Escúchame bien, Noah Hayes. No digas más estupideces —me espetó, tajante—.
Tú no eres tu padre. No tienes la culpa de los pecados de un hombre enfermo del pasado, y en este club nadie, absolutamente nadie, te juzga por tu familia.
Te fichamos por ser el mejor delantero de Europa, no por tu árbol genealógico.
El Kingsford es tu casa, y de aquí no te mueves.
En ese momento, la puerta de la sala se abrió y entraron Arthur Pendelton, el presidente del club, y el míster. Pendelton, con su habitual elegancia británica y su rostro serio, se acercó a mí y me puso una mano firme en el hombro. El míster, cruzado de brazos, asintió con la cabeza.
—Olivia tiene razón, muchacho —dijo Pendelton con una voz grave que transmitía una seguridad tremenda—.
El club está contigo al cien por cien. Ya hemos emitido un comunicado oficial condenando el amarillismo de ese portal y exigiendo respeto para tu privacidad.
De hecho, Noah... el míster y yo hemos estado hablando.
Creemos que lo mejor es que te tomes unas semanas de vacaciones.
Aléjate de Londres, vete con tu madre a una playa, descansa y deja que la tormenta pase.
Te daremos permiso retribuido el tiempo que necesites.
Miré al presidente y luego al entrenador. La tentación de huir, de esconderme en un agujero negro donde nadie pudiera señalarme, era enorme. Pero entonces me imaginé a mí mismo en una casa vacía, viendo las noticias en la televisión, carcomido por la rabia y el recuerdo de la traición de Maia.
—No —respondí, poniéndome en pie de golpe.
La mandíbula se me tensó—. Con todo el respeto, señor Pendelton, pero no quiero vacaciones.
Esconderme sería como achicarme y darles la razón.
Además, lo único que me da la vida, lo único que me mantiene cuerdo y me hace olvidar quién soy, es jugar al fútbol.
Si me quitan el césped, me hundo. Quiero entrenar mañana. Quiero jugar el sábado. Necesito jugar.
El míster sonrió de medio lado, una mueca de orgullo deportivo. Miró al presidente y se encogió de hombros.
—Te lo dije, Arthur. Este chico está hecho de otra pasta. Mañana te quiero a primera hora en el gimnasio, Hayes.
Pendelton suspiró, pero asintió, visiblemente conmovido por mi reacción.
—De acuerdo. Pero déjanos hacer algo por ti.
Olivia nos ha contado que tu madre y tu hermana estaban planeando la mudanza a Londres para huir de la presión del norte.
Con este escándalo, la prensa va a asediar su casa en Liverpool en cuestión de horas.
El club puede enviar un equipo de seguridad privado allí mismo esta tarde.
Nosotros nos encargaremos de empaquetar todo, fletar los camiones y traerlas a Londres en secreto total.
Se instalarán donde nos digas mañana mismo.
Un nudo de gratitud me apretó la garganta.
—Gracias, señor —alcancé a decir.
A pesar del apoyo del club, el regreso a mi casa por la tarde fue un descenso a los infiernos.
Crucé el umbral y la soledad de aquella mansión lujosa me envolvió como un sudario.
Estaba hecho polvo, destrozado por dentro.
Me quité la ropa y me metí en la cama, cubriéndome el rostro con las sábanas, deseando desaparecer.
Toda mi vida estaba expuesta. Mis peores vergüenzas, el dolor de mi infancia, los delirios de mi padre...
todo el mundo lo sabía, los programas empezarían a escarbar y a mentir cuando no tuvieran verdad que contar.
Me iban a hundir como una vez ya hicieron con mi padre.
Y lo que más me quemaba las entrañas, lo que me hacía retorcerme de dolor en el colchón, era ella.
Maia. Me había traicionado. Otra vez alguien en quien había confiado me apuñalaba por la espalda.
Me dolía más su traición que el propio artículo.
Recordar sus labios, sus promesas silenciosas de comprensión...
todo había sido una puta mentira de periodista.
La odiaba. La odiaba con toda mi alma por haberme hecho creer, aunque fuera por un segundo, que no estaba solo en el mundo.
Pasadas las nueve de la noche, el timbre de la casa empezó a sonar de forma insistente. No pensaba abrir. Seguro que era un paparazzi o un reportero pesado que habría sobornado al de seguridad para entrar. Pero a los pocos minutos, escuché el ruido de unas llaves en la cerradura del piso de abajo.
Me levanté de la cama de mal humor, y encendí las luces, dispuesto a echar a patadas a quien fuera. Al llegar al final de la escalera, me quedé helado.
Seb y Ethan estaban en mi cocina. Seb tenía una copia de mis llaves de emergencia, que me pareció buena idea darle cuando alquilé la casa, y Ethan cargaba con cuatro bolsas gigantes de papel grasiento de una cadena de hamburgueserías local.
—¿Qué coño hacéis aquí? —pregunté, con la voz ronca y el pelo revuelto.
—¿A ti qué te parece, idiota? Traemos la cena —soltó Ethan con su habitual desparpajo, vaciando el contenido de las bolsas sobre la encimera de mármol: hamburguesas dobles con queso, montañas de patatas fritas y botes de salsas—.
Comida basura a espaldas del nutricionista del equipo.
Si ese nazi de las calorías se entera de lo que vas a cenar hoy, nos manda a los tres al banquillo hasta el final de la temporada.
—No tengo hambre, tíos. Iros a casa —pedí, dándome la vuelta, sintiendo que no tenía fuerzas para fingir.
Seb se plantó en mitad de mi camino, cruzándose de brazos. Su mirada era seria, pero cargada de una lealtad inquebrantable.
—No nos vamos a ir, Noah. Así que muévete, coge una cerveza de la nevera y siéntate en el sofá. Vas a cenar con tus amigos, te guste o no.
No tuve energía para discutir. Nos sentamos los tres en el suelo del salón, alrededor de la mesa de centro, devorando la comida grasienta en mitad de un ambiente que, milagrosamente, empezó a aligerarse.
Ethan no paraba de hacer chistes estúpidos sobre los entrenamientos y de imitar los gritos del míster cuando alguien perdía un balón en los rondos.
—Tío, tenías que haber visto la cara de Jalid hoy cuando el preparador le ha dicho que tenía los niveles de grasa altos —se reía Ethan, con la boca medio llena de patatas—. Ha estado a punto de morderle la oreja. Dice que el africano come barro y que el barro no tiene calorías.
Me descubrí soltando una pequeña carcajada, la primera de todo el día.
Miré a Seb y a Ethan; se estaban esforzando al máximo por mantener el tema alejado de la prensa, hablándome de videojuegos, de tácticas y de estupideces de vestuario.
Me estaban cuidando a su manera, de la forma en que lo hacen los tíos: sin dramas, sin discursos lacrimógenos, simplemente estando ahí, llenando el vacío de mi casa con ruido y lealtad.
Estuvimos jugando a la consola hasta pasada la medianoche.
Poco a poco, la opresión que sentía en el pecho se fue relajando, sustituida por el cansancio y la calidez de su compañía.
Cuando el reloj marcó la una, Seb y Ethan recogieron los restos de la cena y se despidieron con un par de palmadas fuertes en la espalda.
—Mañana a primera hora en el gimnasio, Hayes. No te retrases o te robaré el puesto de titular —me amenazó Ethan con una sonrisa antes de salir por la puerta.
—Gracias, tíos —les dije de corazón.
Cuando cerré la puerta tras ellos, la soledad regresó, pero ya no era tan oscura.
Subí a mi habitación y me metí en la cama, completamente agotado.
Me acorralaba el agobio de pensar en el partido del sábado, en los estadios llenos y en las portadas de los periódicos que estarían esperándome.
Mi vida entera estaba expuesta al mundo.
Me acomodé de lado, con los ojos cerrados, intentando conciliar el sueño.
Pero antes de caer en la inconsciencia, el rostro de Maia volvió a cruzarse por mi mente.
Su llanto en el teléfono seguía resonando en mis oídos.
La herida de su traición seguía sangrando, recordándome que el amor y la confianza eran lujos que un chico como yo no podía permitirse.
Me dormí con el puño apretado, jurándome a mí mismo que no volvería a dejar que nadie se acercara lo suficiente como para volver a romperme.