CAPÍTULO 19
Maia
Los días posteriores a la llamada de Noah fueron un desierto de culpa, rabia e impotencia.
No podía concentrarme en la redacción. Cada vez que escuchaba el teclado de un compañero o veía una alerta de la Premier League en las pantallas de la redacción, sentía que me faltaba el aire.
No podía seguir cubriendo al Kingsford FC.
No podía arriesgarme a cruzarme con los ojos verdes de Noah en una zona mixta, ni a soportar el desprecio que sabía que me profesaba.
Por eso, el lunes por la mañana, tras pasar un domingo entre kleenex, botes de helado, pizzas y películas tipo Hallmark, que eran como echar sal en la herida, me planté en el despacho del director de la revista. Le pedí, casi suplicando, un cambio de sección.
—El fútbol femenino está cogiendo muchísimo tirón esta temporada, Maia —me dijo el director, ajustándose las gafas mientras revisaba los índices de audiencia—.
Necesitamos una firma acreditada y respetada como la tuya para liderar la cobertura de la Super League femenina. Te vendrá bien el cambio de aires.
Acepté de inmediato. Fue mi tabla de salvación.
El fútbol femenino se manejaba en otra dimensión, con otros estadios, otras dinámicas y, afortunadamente, otro calendario completamente diferente al de los chicos, por lo que no había casi ninguna probabilidad de cruzarme con Noah.
Pasaron las semanas y el destino se encargó de mantenernos blindados: ni un solo encuentro fortuito, ni una sola llamada.
Desaparecí por completo del mapa de Noah Hayes, o él del mío.
Al principio pensé que sería un alivio, pero la realidad se instaló en mi pecho como un frío constante; era una sensación extraña de orfandad profesional y personal, como si me hubieran arrancado de golpe el centro de gravedad.
Me dolía el vacío de sus silencios mucho más que el eco de sus gritos, y cada vez que abría la libreta de notas, la ausencia de esos ojos verdes en las zonas mixtas era como una amputación que intentaba disimular de cara a la galería.
Aunque nunca fuimos nada y nuestras peleas verbales no eran divertidas, se puede decir que de alguna manera lo echaba de menos.
A pesar de todo eso, mi nuevo destino no tardó en presentar sus propios desafíos que me ayudaron a mantener la cabeza ocupada.
Aunque las jugadoras me recibieron con los brazos abiertos y descubrí un fútbol puro, técnico y vibrante, los pasillos de la profesión seguían oliendo a naftalina.
Tuve que morderme la lengua más de una vez en la redacción al escuchar los comentarios condescendientes y machistas de algunos compañeros veteranos.
—Vaya, Thawne, de cubrir al pichichi de la liga a ver los partidillos mediocres del fin de semana —se mofó una tarde Miller, uno de los redactores jefe de la sección tradicional, en la máquina de café—. Al menos ahora no tendrás que estresarte tanto con las ruedas de prensa.
Esos comentarios no solo se quedaban en la oficina; se repetían en los pasillos de los estadios cuando las futbolistas abandonaban la sala de prensa.
«Hacen lo que pueden», «el ritmo no es el mismo», «esto no vende», «qué se habrán creído, nunca jugarán como ellos», «mejor estarían calentándonos la cama, aunque la mayoría se lo hacen entre ellas», seguido de una risotada.
La condescendencia y el lenguaje despectivo me ponían enferma.
En lugar de estallar o ganarme fama de borde en la editorial, decidí usar mi mejor arma: la pluma.
Comencé a escribir una columna semanal titulada Desde el banquillo de atrás .
En ella, analizaba el machismo estructural del fútbol, pero no desde el ataque directo o el panfleto feminista, sino a través de una ironía fina, elegante y sumamente inteligente.
Desarmaba los prejuicios de los trogloditas con datos tácticos, comparaciones brillantes y un humor ácido que sentó como un soplo de aire fresco en el periodismo deportivo.
La columna fue un éxito absoluto. Se volvió viral en redes sociales y pronto me llamaron de la televisión para participar como tertuliana en algunos de los debates nocturnos.
Cada vez que las luces del plató se encendían y el piloto rojo de la cámara me enfocaba, un pensamiento intrusivo cruzaba mi mente como un relámpago: « ¿Me estará viendo?
¿Qué pensará de mí ahora?». Sabía que Noah seguía enfadado, que me consideraba un monstruo, pero una parte de mí deseaba desesperadamente que leyera mis palabras y entendiera que yo no era el buitre que él imaginaba.
Al cabo de casi dos meses en esta nueva rutina, el destino decidió mover sus fichas.
Era un viernes por la tarde y disfrutaba de mi único día libre paseando por el Soho.
El cielo de Londres amenazaba lluvia, así que me refugié en una pequeña tienda de música especializada en vinilos y partituras antiguas.
Me gustaba perder la noción del tiempo entre los estantes, oliendo el papel viejo y desconectando del mundo.
Estaba ojeando una sección de clásicos de los setenta cuando una silueta a mi lado me hizo dar un respingo.
Era una chica alta, con el pelo castaño recogido en una coleta y unos auriculares colgando del cuello. Sus ojos verdes, tan parecidos a los de su hermano, estaban fijos en un LP de los Rolling y no me vio.
Me quedé helada, con los dedos paralizados sobre un vinilo, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta. Intenté retroceder disimuladamente para marcharme de la tienda antes de que me viera, pero fue tarde. Kim se giró y sus ojos se abrieron de par en par al reconocerme.
Esperé un desprecio, un grito o que se diera la vuelta llena de asco. Pero no lo hizo. Para mi absoluto desconcierto, una sonrisa enorme iluminó su rostro y dio dos zancadas hacia mí, rodeándome con sus brazos en un abrazo cálido y apretado.
—¡Maia! ¡Dios mío, qué alegría verte! —exclamó al separarse, agarrándome de las manos. No había ni un ápice de rencor en su mirada.
—¿Kim...? —tartamudeé, completamente descolocada. La miré con fijeza, con el corazón latiendo a mil por hora—. ¿De verdad te alegras de verme?
La pregunta se quedó flotando entre nosotras, cargada de una vulnerabilidad que no pude sopesar a tiempo.
La tienda de música, de repente, se me antojó asfixiante y estrecha.
Me quedé rígida, con la espalda casi apoyada en el estante de los vinilos, temiendo que su reacción fuera solo una fachada de cortesía antes del reproche.
Estábamos en un pasillo angosto, dos desconocidas unidas por un hilo invisible de secretos y dolor, y la incomodidad empezó a pesar en el ambiente mientras un par de clientes pasaban por nuestro lado esquivándonos.
Kim, sin embargo, captó mi tensión de inmediato. Su sonrisa no flaqueó, pero sus ojos se ablandaron con una madurez que me desarmó. Soltó una pequeña risa, limpia y sincera, y le quitó importancia al asunto con un gesto suave de la mano.
—Claro que sí, tonta. ¿Por qué no iba a alegrarme? —respondió, dando un paso más hacia mí para acortar esa distancia incómoda—. Sé que las cosas se pusieron fatal… Bueno, de hecho, todos lo pasamos horrible esas semanas. Pero tú no tuviste la culpa de nada.
Exhalé un aire que ni siquiera sabía que estaba reteniendo, y una especie de alivio tibio se instaló en mitad del pecho. Miré la bolsa que llevaba en la mano y las partituras que sobresalían de ella.
—¿Qué... qué haces aquí, Kim? —pregunté, intentando desviar el tema hacia algo más seguro, aunque la curiosidad me quemaba—. Pensé que seguías en el norte.
—¡Ah, no! Mamá y yo nos mudamos —me soltó con un brillo de orgullo en los ojos—.
Vivo aquí ahora, en Londres. Noah y su club nos organizaron todo en un abrir y cerrar de ojos justo después de...
de que saltara todo en la prensa. Trajeron todas nuestras cosas en camiones y mamá y yo nos instalamos con él.
Ya llevo casi dos meses viviendo el ritmo de la gran ciudad.
—¿Dos meses? —repetí, asombrada de lo desconectada que había estado de su realidad—. No tenía ni idea.
—Sí, y no he parado —continuó Kim, acomodándose la correa del bolso, aunque empezó a removerse un poco incómoda al notar que llevábamos demasiado rato tapando el pasillo de la tienda y que el dependiente nos miraba de reojo desde el mostrador—.
He estado de acá para allá con entrevistas para tres universidades diferentes de aquí de Londres.
Quiero empezar Musicología en septiembre y...
bueno, estar aquí de pie entre vinilos de rock no es el mejor sitio para contártelo todo —rio con un cabeceo que movió su preciosa melena castaña.
Miró hacia la cristalera de la tienda, donde las primeras gotas de una lluvia fina empezaban a empañar el vidrio, y luego volvió a mirarme a mí con una mezcla de timidez y ganas de desahogarse.
—Mira, hay una cafetería aquí al lado, cruzando la esquina. Tienen unos sofás cómodos y un chocolate caliente que te mueres. Ven conmigo, Maia. Necesito de verdad que nos tomemos algo, que salgamos de este pasillo y que me cuentes qué ha sido de tu vida todo este tiempo. No quiero que te vayas así.
Diez minutos después estábamos sentadas junto al ventanal de una cafetería moderna, con dos tazas de chocolate caliente entre las manos.
Kim irradiaba una energía completamente nueva; ya no era la chica asustada y frágil que recordaba de Liverpool.
Parecía una joven segura de sí misma, con la piel más brillante y la mirada despejada.
—No te imaginas cómo han sido estos dos meses, Maia, frenéticos —me contó, gesticulando con entusiasmo—.
Como te dije antes, estoy en el proceso de selección en tres universidades diferentes de Londres para los estudios de musicología.
Estoy esperando las respuestas, pero los profesores me dijeron que tengo muchas posibilidades de entrar en el campus principal en septiembre.
—Me alegro muchísimo por ti, Kim, de verdad —le dije, y mis palabras eran cien por cien sinceras. Sentí un alivio inmenso al saber que por fin estaban a salvo de la sombra del norte—. Te mereces ser feliz y empezar de cero aquí.
Apreté la taza con fuerza, con la mirada baja.
Me moría por preguntar. El nombre de Noah quemaba en la punta de mi lengua, pero el orgullo y el miedo a romper la magia del momento me obligaron a mantener la boca cerrada.
Kim, que era muchísimo más lista de lo que su hermano pensaba, captó mi silencio de inmediato.
Sonrió de medio lado con un deje de ternura.
—Bueno... ya sabrás que Noah está jugando increíble —soltó, lanzándome una mirada cómplice—. Lleva cinco goles en los últimos tres partidos. El Kingsford va primero en la tabla y la afición se vuelve loca con él cada vez que salta al campo.
Forcé una sonrisa amable y decidí mentir por pura autodefensa.
—La verdad es que... no lo sigo mucho últimamente. Me han cambiado de sección. Ahora cubro el fútbol femenino.
—¡Ah, sí! Lo sé, leo tu columna todas las semanas —me interrumpió Kim, con los ojos brillando de admiración—.
Mamá y yo no nos perdemos ni un solo texto tuyo.
Nos encanta cómo escribes, Maia. Tienes una elegancia brutal para poner a esos idiotas en su sitio.
De hecho, te vi en la televisión el martes pasado. Estabas guapísima.
—Gracias, Kim —susurré, conmovida. Saber que su madre y ella me leían me dio un vuelco al corazón. ¿Noah me habría leído? No quise preguntar por su opinión, aunque el pellizco que sentí en el estómago me decía que me importaba más de lo que iba a reconocer.
Estuvimos hablando un rato más sobre las jugadoras, las diferencias tácticas del torneo femenino y la vida en Londres.
Durante toda la conversación, el elefante en la habitación seguía ahí: ni una sola palabra sobre Peter Caulfield, ni sobre el escándalo que provocó la noticia, ni sobre la desastrosa llamada telefónica que me hizo su hermano.
El pacto de silencio implícito se mantuvo intacto hasta que llegó el momento de despedirnos en la acera.
Kim se colocó la correa del bolso y me miró fijamente, borrando la sonrisa juguetona para adoptar una expresión madura y reconfortante.
—Maia... antes de irme —comenzó, bajando el tono de voz—.
Quería decirte algo importante. Mamá y yo sabemos perfectamente que no fuiste tú la que filtró la noticia a The Goal Post .
Sabemos qué clase de persona eres. Y Noah...
Noah tampoco te culpa ya. Él descubrió la verdad a los pocos días.
Sabe lo del chico de tu redacción y lo de sus deudas.
El mundo se detuvo por un segundo. Las palabras de Kim me golpearon con la fuerza de un camión. ¿Noah lo sabía? ¿Sabía que yo era inocente? Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas que me costó la vida contener.
—Él... ¿él sabe que yo no lo traicioné? —alcancé a articular con la voz estrangulada.
—Lo sabe, Maia —asintió Kim con dulzura, dándome un último apretón en el brazo—. Pero está bloqueado. Su orgullo es enorme y se siente tan avergonzado por la forma en que te trató y las cosas que te dijo al teléfono... que no sabe cómo mirarte a la cara. Está aterrado.
Kim se dio la vuelta y empezó a caminar deprisa hacia la parada del autobús al ver que se acababa de detener en la esquina. Justo antes de subir, se detuvo, se giró hacia mí y me lanzó una pregunta que me dejó el pecho helado bajo la lluvia fina de Londres:
—¿Puedo decirle que te he visto, Maia?
Me quedé clavada en mitad de la acera, con el agua resbalando por mis mejillas, incapaz de articular una sola palabra.
El autobús cerró las puertas con un bufido hidráulico y se alejó por la avenida, dejándome sola con un silencio ensordecedor y el corazón latiendo desbocado en mitad de la tormenta.