CAPÍTULO 17
Maia
El silencio de mi piso se me caía encima.
Desde el desastre en el aparcamiento con Noah, la redacción de Tactical Football se había convertido en un suplicio y mi casa en un búnker de soledad.
Necesitaba ruido, aire, normalidad. Necesitaba, desesperadamente, sacarme de la cabeza esos malditos ojos verdes y la crueldad con la que me había expulsado de su vida.
Por eso, cuando Liam, un compañero de la sección de internacional con el que llevaba meses cruzando miradas en la cafetería del grupo editorial, me sugirió organizar una cena improvisada en mi piso con un par de compañeros más, acepté sin pensarlo.
Vinieron Liam, Brenda, de diseño gráfico, y Marcus, un fotógrafo de la vieja escuela que siempre llevaba una historia cínica en la boca.
Cocinamos pasta, abrimos tres botellas de vino tinto y pusimos música de fondo.
Durante un par de horas, funcionó. Me reí, bebí de más y dejé que Liam se sentara demasiado cerca de mí en el sofá, rozando su rodilla contra la mía.
Estaba intentando convencerme a mí misma de que aquello era lo que quería: un chico normal, un compañero de profesión divertido, alguien que no viniera acompañado de un pasado destructivo ni de muros de hielo insalvables.
El desastre ocurrió pasada la medianoche.
Brenda se había marchado ya en un taxi y Marcus estaba en la cocina, terminando de fregar las copas de vino mientras tarareaba la canción que sonaba en los altavoces.
Liam y yo nos quedamos solos en el salón.
La atmósfera se había vuelto densa, cargada de esa expectativa típica del final de una cita.
Él se inclinó hacia mí, con una sonrisa perezosa, y me besó.
Fue un buen beso. Cálido, correcto, experto.
Pero por dentro, yo estaba completamente congelada.
Mi mente, traicionera y obsesiva, no hacía más que comparar la suavidad de sus labios con la urgencia salvaje, el sabor a lluvia y la desesperación del beso de Noah.
Me aparté sutilmente, forzando una sonrisa cansada.
—Voy... voy al baño un segundo, Liam. Ahora vuelvo —mentí, porque lo que necesitaba era respirar.
Me levanté y caminé hacia el pasillo. Me apoyé contra los azulejos fríos, abrí el grifo y me mojé las muñecas con agua helada, mirándome al espejo.
Me sentía culpable por no ser capaz de disfrutar del momento, por tener el fantasma de Noah saboteando cada rincón de mi cabeza.
Estuve allí dentro apenas un par de minutos, intentando ordenar mis pensamientos antes de regresar al salón.
Cuando salí del baño, vi a Liam de pie frente a mi mesa de trabajo. Se me cortó la respiración.
Sobre el escritorio de madera, el portátil estaba abierto, pero con la pantalla apagada.
Al lado, desplegadas como un puzle macabro, estaban las fotocopias de los microfilms de la Biblioteca Central: los recortes de los periódicos de los noventa con los titulares sobre los delirios de Peter Caulfield, las fotos de su detención y, justo al lado, mi libreta abierta de par en par con un esquema manuscrito que unía las fechas de nacimiento, los traslados de cuenta y una línea roja que conectaba directamente el nombre de Caulfield con el de Noah Hayes.
Fui una estúpida por no esconderlo todo antes de que llegaran. ¿Cómo me pudo pasar?
Liam tenía la libreta en la mano. Su rostro, habitualmente risueño, estaba completamente pálido, con los ojos abiertos de par en par fijos en mis notas.
—Maia... —susurró, girándose lentamente hacia mí en cuanto escuchó mis pasos. Su voz temblaba de pura adrenalina periodística—. Dios santo, Maia. Dime que esto no es lo que parece.
Me quedé clavada en el umbral, sentía cómo toda la sangre se me retiraba del rostro, dejándome las manos heladas.
—Déjalo en la mesa, Liam. No toques nada —le ordené, con una voz que pretendía ser autoritaria, pero que sonó rota.
Él no me hizo caso. Dejó la libreta, pero señaló las fotografías con un dedo tembloroso.
—Peter Caulfield... el centrocampista que se volvió loco y casi mata a su familia en Liverpool. Es el padre de Noah Hayes. ¡Es su puto padre! Las fechas coinciden, el historial médico, el cambio de apellido de la madre... ¡Por eso Hayes oculta a su familia! ¡Por eso nadie sabe de dónde salió!
Liam se llevó las manos a la cabeza, dando una zancada hacia mí. El brillo en sus ojos no era de preocupación; era el hambre del depredador que acaba de oler la exclusiva de la década. Un bombazo que destruiría los servidores de cualquier periódico deportivo de Europa.
—¿Lo vas a publicar? —me presionó, agarrándome suavemente por los hombros, con la respiración acelerada—. Maia, esto es histórico. Si Tactical Football saca esto en portada, nos consagramos. Te dan el premio a periodista del año mañana mismo. ¿Cuándo lo vas a soltar?
—¡No voy a soltar nada! —le grité, apartándolo de un manotazo con una furia y una desesperación que me encendieron el rostro de un rojo encendido.
Corrí hacia la mesa, cerrando la tapa del ordenador portátil de un golpe seco y recogiendo las hojas de los periódicos contra mi pecho, como si intentara esconder un cadáver—.
¡Sal de aquí, Liam! ¡Sal de mi casa ahora mismo!
—Maia, estás loca, tienes la carrera de Hayes en tus manos...
—¡Es información privada! —bramé, con las lágrimas de rabia desbordándose por mis mejillas—.
¡Es secreto profesional! No hay ninguna historia aquí, ¿entiendes?
Son solo notas de archivo. Si dices una sola palabra de lo que has visto en esta habitación, te juro por mi vida que me encargaré de que no vuelvas a escribir ni una nota de prensa en este país.
¡Prométemelo! ¡Prométeme que no vas a decir nada!
Liam dio un paso atrás, asustado por mi brote de violencia. Levantó las manos en señal de rendición, aunque la chispa de la codicia seguía bailando en el fondo de sus pupilas.
—Vale, vale, de acuerdo. Lo prometo. Es secreto profesional. Tranquilísima, Maia. No diré nada.
Sacó a Marcus de la cocina con una excusa cualquiera y los dos se marcharon de mi piso cinco minutos después. Pasé el resto de la noche sentada en el suelo del despacho, abrazando mis rodillas, con una sensación espantosa de que el suelo bajo mis pies empezaba a agrietarse.
El presentimiento se convirtió en una pesadilla infernal tres días después.
Era jueves por la mañana. Estaba en la redacción, frente a mi taza de café, cuando un murmullo extraño empezó a recorrer las mesas de los redactores.
Brenda me miró desde el otro lado de la sala con una expresión de horror puro, y a los pocos segundos, mi teléfono móvil comenzó a pitar de manera histérica con alertas de Twitter y mensajes de texto.
Con las manos temblándome tanto que casi tiro la taza, abrí el navegador.
No lo publicaba Tactical Football , ni ningún medio serio.
La noticia había estallado en The Goal Post , un pasquín digital de ínfima categoría, un medio sensacionalista sin escrúpulos conocido por inventarse rumores de fichajes y airear trapos sucios de los futbolistas. Pero esta vez no era un rumor.
El titular ocupaba toda la pantalla, zafio y destructivo:
«¿EL HIJO DE UN MONSTRUO? FILTRADO EL HISTORIAL PSIQUIÁTRICO DEL PADRE DE NOAH HAYES: EL DELANTERO REY DE LONDRES ES EN REALIDAD EL CACHORRO DE PETER CAULFIELD» .
El artículo era una carnicería. Aunque no aportaba las fotocopias físicas que yo tenía en mi despacho, describía con una exactitud milimétrica los ingresos en la Fundación Hope, las fechas de las crisis de Caulfield y la conexión con el delantero del Kingsford.
Todo lo que Liam había leído en mi libreta estaba redactado palabra por palabra, aderezado con un tono amarillista asqueroso.
El mundo se desvaneció a mi alrededor. El ruido de la redacción desapareció, sustituido por un zumbido ensordecedor en mis oídos.
«Liam».
Me levanté de la silla con tanta violencia que tiré el teclado al suelo.
Busqué con la mirada por toda la planta, pero su mesa estaba vacía.
No había venido a trabajar. Agarré el móvil, salí corriendo hacia las escaleras de emergencia del edificio y marqué su número con el corazón golpeándome contra las costillas como un animal enjaulado.
—¿Qué coño has hecho, Liam? —le espeté en cuanto descolgó, sin dejarlo ni respirar. Mi voz era un grito ahogado de pura desesperación—. ¡Me lo prometiste! ¡Me diste tu palabra de que era secreto profesional! ¡Has vendido mis notas a esa basura de portal!
Al otro lado de la línea se escuchó un silencio cobarde, seguido por una respiración agitada. Liam ni siquiera intentó sonar digno.
—Maia... me ofrecieron veinte mil libras —susurró, con una voz patética—. No tienes ni idea de las deudas que tengo... Iban a quitarme el coche. Pensé que, al ser un medio tan poco serio, nadie te culparía a ti. Nadie sabe que las notas eran tuyas, te lo juro...
—¡Eres un maldito desgraciado! —le chillé, estallando en lágrimas de pura impotencia, golpeando la pared de hormigón de la escalera con el puño—. ¡Has destruido una familia! ¡Me has destruido a mí! ¡No vuelvas a hablarme en tu puta vida!
Colgué el teléfono, dejándome caer de rodillas en el escalón.
Estaba desesperada, completamente fuera de mí.
La culpa me devoraba las entrañas como ácido.
Noah. Dios mío, Noah. Él pensaría que había sido yo.
Recordaría mi mirada en el Media Day , recordaría mis amenazas en el aparcamiento, recordaría que yo era la única periodista que había preguntado por la clínica de Liverpool.
Estaba segura de que para él, yo era el monstruo que acababa de vender su vida por un puñado de clics.
Tenía que llamarlo. Tenía que avisarlo, suplicarle que me escuchara, explicarle que me habían robado la información en mi propia casa.
Busqué su contacto en la agenda, con la vista nublada por las lágrimas, pero mis dedos se congelaron sobre la pantalla.
¿Iba a creerme? ¿Después de lo frío y cortante que había sido conmigo?
Jamás me creería. Estaba a punto de marcar, con el pecho tan apretado que apenas podía respirar, cuando el teléfono empezó a vibrar de golpe en mi mano.
La pantalla parpadeó, mostrando el nombre que me hizo dar un respingo de puro terror, el suyo.
Se me detuvo el corazón. El aire se volvió de plomo. Me llevé el aparato a la oreja con una mano que me temblaba como una hoja, tragándome el sollozo antes de presionar el botón de aceptar.
—¿Noah? —susurré, con el hilo de voz que me quedaba.
Al otro lado de la línea no hubo gritos, ni insultos, ni la furia destructiva que me esperaba.
Lo que escuché me heló la sangre mucho más que cualquier explosión de rabia.
Solo había un silencio sepulcral, denso, roto únicamente por una respiración entrecortada y pesada.
Cuando por fin habló, su voz sonó tan rota, tan desprovista de vida y tan terriblemente herida que sentí un dolor físico insoportable en el centro del pecho.
—Dime que no has sido tú, Maia —pidió en un susurro ronco, un ruego desesperado que parecía el de un hombre al que acaban de empujar al abismo—. Por lo que más quieras en este mundo... dime que no me has hecho esto.