CAPÍTULO 16
Noah
La concentración con la selección inglesa fue el salvavidas que no sabía que necesitaba.
En cuanto los periodistas salieron del complejo deportivo de St. George's Park, el eco de las palabras de Maia en el aparcamiento y el peso muerto de mis propios demonios se quedaron flotando al otro lado de las verjas. Allí dentro solo existía el fútbol.
Durante esa semana, el cuerpo técnico se empeñó en romper los típicos grupitos de los clubes para hacer piña de cara a los partidos internacionales.
Además de Seb, que se había convertido en mi sombra y en mi mayor apoyo en el vestuario del Kingsford, las dinámicas de grupo de la selección nos obligaron a mezclarnos por completo.
El seleccionador tenía una regla estricta: prohibido sentarse por clubes en el comedor.
Así fue como, casi sin darme cuenta, pasé de querer partirle la cara a media Premier League a compartir mesa, mantel y risas con mis peores rivales de los sábados.
Hice muy buenas migas con Jude, el carismático mediocentro del Liverpool.
Era un tipo del norte, rudo, con los brazos tatuados y una planta que intimidaba a cualquiera en el túnel de vestuarios, pero que fuera del césped resultó tener un corazón de oro.
Una noche, mientras tomábamos un té en las mesas de la terraza después de cenar, se sentó a mi lado y estuvimos hablando de lo jodido que era criarse en los barrios obreros del norte y lo mucho que chocaba el dinero de Londres cuando aterrizabas de nuevas.
Jude entendía perfectamente de dónde venía yo, el frío de las mañanas y el carácter cerrado de la gente de allí.
No hizo preguntas de más, no hurgó en mi pasado, simplemente compartió su historia y respetó la mía.
—Oye, Noah —me soltó a mitad de la semana durante un rondo de entrenamiento, dándome un empujón que casi me manda al suelo—. El próximo derbi contra vosotros te voy a dar dos patadas bien dadas en el tobillo para compensar las risas de estos días, que no se te olvide.
—Intenta cazarme primero, Jude —le devolví la jugada con una sonrisa, metiendo el cuerpo para robarle el esférico.
También conecté de una manera increíble con Brian, el extremo izquierdo del Chelsea.
El tío era un torbellino de energía, un descarado de veintidós años que vivía con unos cascos gigantes de música pegados a las orejas y que se pasaba las sesiones de gimnasio quejándose de las series de sentadillas mientras imitaba los gritos del preparador físico.
Él y Kyle, uno de los defensas centrales del Manchester City que habitualmente me hacía marcajes al hombre insoportables, formaban un dúo cómico letal.
Kyle resultó ser un tipo divertidísimo, muy alejado del carnicero implacable que te empuja contra la valla publicitaria durante los partidos.
Entre los entrenamientos intensos bajo la niebla matutina de St. George's Park, las sesiones con el fisioterapeuta para descargar los isquios y las clases tácticas con el míster, los días volaron. Pero el verdadero santuario del equipo era la sala de juegos del hotel por las noches.
Allí no había millones de libras, ni contratos publicitarios, ni presiones de la prensa.
Éramos solo un puñado de chicos haciendo lo mismo que hacíamos a los doce años.
Las timbas de cartas se volvieron legendarias, pero lo peor eran los piques en el torneo de la PlayStation.
Brian y yo formamos pareja en el simulador de fútbol y llegamos a la final contra Jude y Seb.
Recuerdo perfectamente el viernes por la noche; el marcador iba dos a dos en el minuto noventa, la sala estaba abarrotada con el resto de los internacionales gritando, apostando refrescos y tirándonos palomitas a la cabeza.
Cuando Brian marcó el gol de la victoria en el último suspiro, salté del sofá y lo cargué a hombros en mitad del salón mientras Kyle nos duchaba con agua mineral como si hubiéramos ganado la Copa del Mundo.
Me dolía el estómago de tanto reírme. Hacía años, literalmente años, que no me sentía así.
Me sentía libre. Arropado por tíos de mi edad que me valoraban únicamente por lo que era capaz de hacer con un balón en los pies y no por el apellido que intentaba ocultar con uñas y dientes.
En esa sala de juegos no era el hijo de un juguete roto; era solo Noah, el delantero del equipo, el compañero que metía los goles.
El sábado por la tarde, tras ganar el partidillo de entrenamiento con un golazo por la escuadra a pase de Jude, nos abrazamos todos sobre el césped, exhaustos y empapados de sudor.
Al mirarlos a todos a la cara, me descubrí sonriendo de verdad, con una sensación de plenitud que me ensanchaba el pecho.
Estaba integrado, cómodo. Y me sentía como nunca. Sin duda había nacido para el fútbol.
El colofón de la semana llegó el sábado por la noche con el partido amistoso que jugamos contra la selección de Alemania en un Wembley abarrotado.
La complicidad que habíamos forjado entre risas en la sala de juegos se trasladó al césped de una manera mágica.
Jude dominaba el centro del campo como un gigante, recuperando balones y rompiendo líneas con una facilidad pasmosa, mientras que Brian no paraba de desbordar por la banda izquierda, volviendo locos a los defensas germanos.
En el minuto setenta, tras una jugada ensayada que habíamos estado repitiendo hasta la saciedad en los entrenamientos, Jude filtró un pase milimétrico entre los centrales; arrastré la marca, controlé con el pecho y, sin dejar caer la pelota, la reventé de volea colándola por toda la escuadra.
El estadio rugió con una fuerza que me hizo vibrar los huesos.
Brian llegó corriendo y se me colgó del cuello, seguido por Jude, Kyle y el resto del equipo, que me zarandearon entre gritos de júbilo y palmadas en el pecho.
Mientras celebrábamos la victoria sobre el césped bajo el destello de los focos y los aplausos de miles de aficionados, sentí una oleada de adrenalina y plenitud que me ensanchaba el pecho.
Estaba en la cima, arropado por los mejores, cómodo en mi propia piel. Era, por fin, extrañamente feliz.
Pero las burbujas, por definición, siempre terminan estallando.
El regreso a Londres el domingo por la tarde fue un golpe de realidad de los que te dejan sin aliento.
Crucé el umbral de mi casa y el silencio me recibió como una bofetada.
Era una mansión grande, lujosa, de líneas modernas y ventanales perfectos, pero estaba completamente vacía.
No había ruidos, no había risas, no había calor.
Solo el eco de mis propios pasos sobre el suelo de porcelana blanca.
Dejé la mochila de la selección en el vestíbulo y, sin quitarme la chaqueta, saqué el móvil y llamé a mi madre. Necesitaba escuchar una voz familiar para no hundirme en el pozo de mi propia casa, la que había buscado pensando en ellas y que se negaban a ocupar.
—Hola, hijo —respondió ella al segundo tono, y supe que estaba sonriendo solo por la vibración de su voz—. Ha sido un partidazo, enhorabuena, cariño.
—Hola, mamá. Ha sido increíble. Me alegro de que lo hayas visto. ¿Cómo están las cosas por allí?
—Muy bien, cielo. No te vas a creer la noticia...
Kimberly se ha estado informando en varias webs toda la semana.
Al final va a mandar la solicitud de ingreso en tres universidades diferentes de Londres.
Está entusiasmada con el campus de musicología que visitó.
Creo que... creo que de verdad está lista para dar el paso y dejar Liverpool.
Un alivio inmenso me inundó el pecho, destensándome los hombros de golpe.
Sentí una felicidad pura y genuina. Por fin.
Por fin iba a poder sacarlas de aquel ambiente viciado del norte, de las calles donde la sombra de mi padre era un monstruo enorme que amenazaba con devorarlas a la vuelta de cada esquina. En Londres estarían a salvo. Conmigo.
—Es la mejor noticia que me podías dar, mamá —aseguré, tragándome el nudo de la garganta—. Dile que la ayudaré en todo lo que necesite.
Una sensación de felicidad que no solía notar me inundó por completo: ellas a salvo, Kim estudiando y todo tras una semana perfecta. No podía pedir más.
Mi madre no contestó. El silencio al otro lado de la línea se volvió denso, y supe perfectamente lo que venía antes de que abriera la boca. La ayudé a soltarlo.
—¿Cómo está él?
—Pues... —titubeó en un hilo de voz—. He ido a verlo esta mañana a la clínica. A la Fundación Hope.
—¿Cómo? No, mamá, no debes ir allí, no debe verte. Lo prometiste. —Se me congeló la sonrisa. La mandíbula se me tensó de inmediato.
—Lo sé, cariño. La enfermera llamó al número ese anónimo que me diste.
—¿Y bien? —pregunté, forzando una neutralidad que no sentía.
—Las noticias no son buenas, hijo. Los médicos dicen que los daños cognitivos por los años de abusos son severos.
Ha tenido otra crisis de delirios esta semana.
Apenas sabe dónde está. Sigue... sigue atrapado en el pasado, obsesionado con el fútbol y con lo que pasó aquella noche.
A mí ni me reconoció; me tomó por otra enfermera.
Apreté el puño libre hasta clavarme las uñas en la palma de la mano. Peter Caulfield seguía destruyéndose a sí mismo, arrastrando los pedazos de la familia que casi aniquila.
—No pienses en eso, mamá. Céntrate en Kim y en la mudanza —le corté de forma suave pero tajante, incapaz de seguir escuchando hablar de él—. No te merece y no quiero que sientas lástima, ¿me oyes? Te llamo mañana, ¿vale? Te quiero.
Colgué antes de que pudiera replicar. Lancé el teléfono sobre la mesa de centro y me dejé caer en el enorme sofá de cuero, abrumado por el peso del mundo.
La felicidad de hace unos minutos se fue a pique.
Me dolía la cabeza. Agarré el mando a distancia y encendí la televisión de manera mecánica, buscando cualquier ruido de fondo que acallara mis pensamientos.
Sintonizé el canal deportivo. Mala idea.
En la pantalla apareció el plató iluminado de la tertulia nocturna de fútbol, y allí, sentada en primera fila con un traje de chaqueta oscuro que le sentaba de escándalo y el pelo castaño recogido, estaba Maia.
Maldije no haber puesto una película para no encontrarme con ella.
En ese momento, analizaba con una brillantez impecable los movimientos tácticos de la selección durante la semana, moviendo las manos con esa seguridad aplastante que tanto me fascinaba.
Estaba preciosa. Y parecía tan jodidamente lejana, tan fuera de mi alcance por culpa de las barreras que yo mismo había levantado desde lo que le solté en el aparcamiento, que sentí una punzada física en el centro del pecho.
Me quedé mirándola fijamente, incapaz de apartar los ojos de su boca, recordando el sabor de sus labios bajo la lluvia y la forma en que su cuerpo encajaba contra el mío. La echaba de menos. Dios, la echaba de menos hasta el punto de doler.
Poco a poco, el cansancio acumulado de la semana y el zumbido de la televisión empezaron a pesarme en los párpados.
Me acomodé en el sofá, acurrucándome contra el cojín mientras la imagen de Maia en la pantalla empezaba a desdibujarse.
Me adormecí allí mismo, a oscuras, dejándome arrastrar por el sueño.
Y por primera vez en muchos años, no soñé con los gritos de mi padre ni con las luces de las ambulancias de Liverpool.
Soñé con ella. Con sus ojos castaños mirándome sin lástima, con sus manos enredadas en mi pelo y con una tregua que, al despertar, sabía que volvería a convertirse en cenizas.