CAPÍTULO 15 #2
Llevábamos días sin hablarnos, desde nuestro tenso encuentro en la cafetería de Chelsea.
A pesar de la distancia física que nos separaba en el terreno de juego, sentí un escalofrío en cuanto Noah saltó al césped junto a sus compañeros de selección.
Llevaba la equipación de entrenamiento, el cabello algo húmedo por la niebla matutina y esa expresión imperturbable que lo caracterizaba.
Durante los ejercicios de calentamiento, mientras corría y tocaba el balón al primer toque ante el destello constante de los flashes de los fotógrafos, su mirada se cruzó con la mía durante una milésima de segundo.
Ninguno de los dos hizo amago de saludar, pero la tensión ambiental que se instaló entre nosotros fue tan fuerte que el resto del campo pareció desvanecerse por completo.
La tregua forzada había terminado, y en mitad de ese circo mediático, el aire volvía a estar cargado de promesas y reproches ocultos.
Al terminar los ejercicios de posesión, el jefe de prensa de la federación le hizo una seña a Noah para que se acercara a mi micrófono. No pudo negarse.
Sostuve su mirada mientras se aproximaba, preparándome mentalmente para mantener nuestro habitual tono irónico, sin levantar sospechas. Hacer como que nada había pasado entre nosotros no iba a ser fácil, pero no había más remedio que ser profesional.
—Vaya, Hayes —comencé, ladeando la cabeza y ofreciéndole una sonrisa forzada—. Veo que el seleccionador te está haciendo ensayar el juego de espaldas. A ver si con la selección sí consigues asociarte con los extremos sin perder tantos balones como en el último derbi.
Era nuestra dinámica de siempre, pero algo falló en mi ejecución.
Mientras pronunciaba aquellas palabras mordaces, mis ojos se clavaron en los suyos con una fijeza que no pude controlar.
Sabiendo ahora la terrible historia de Peter Caulfield, la sombra del que creía que era su pasado familiar y el infierno que probablemente arrastraba si mis sospechas eran ciertas, no fui capaz de mantener la frialdad de otras veces.
Una nota de profunda empatía, de una suavidad casi compasiva, se me coló en la mirada sin querer.
Noah lo interpretó fatal de inmediato. Su orgullo herido y su paranoia saltaron las alarmas.
—No te preocupes por mis pérdidas de balón, Thawne —me devolvió la pulla, forzando una sonrisa gélida delante de las cámaras que no logró ocultar la hostilidad que le vibraba en la voz—.
Me pagan precisamente por arriesgar. Quizá los que analizáis el fútbol desde la barrera deberíais preocuparos más por vuestras propias líneas antes de juzgar las de los demás.
El jefe de prensa le tocó el hombro para pasarlo al siguiente medio, cortando la entrevista.
Noah se dio la vuelta sin mirarme, dejándome con la palabra en la boca y el corazón desbocado.
Me quedé paralizada, apretando el micrófono con fuerza mientras sentía que el rostro me ardía por el desprecio de su respuesta.
Su orgullo desmedido lo había aplastado todo; había visto mi empatía y la había machacado como si fuera un ataque.
Recogí mis cosas a toda prisa, con un deseo exagerado de salir de ese maldito complejo, pero aún me quedaban entrevistas por hacer a otros jugadores.
Al terminar la jornada, mientras caminaba hacia la zona de aparcamiento trasera cargando con mi bolso, me lo encontré de frente junto a la verja de seguridad.
Noah caminaba hacia el autobús del equipo, pero al verme, se detuvo en seco.
La rabia pudo más que la prudencia y me planté ante él.
—Te has pasado tres pueblos ahí dentro, Noah —le solté en voz baja, esforzándome por mantener la firmeza—. Solo estaba haciendo mi trabajo y me has atacado como si fuera tu peor enemiga delante de todos mis compañeros. No me merezco tus cambios de humor ni que pagues conmigo tus malditos fantasmas.
La cercanía de su cuerpo y la intensidad salvaje de sus ojos verdes me nublaron el juicio por un instante.
Deseé que bajara la guardia un solo segundo, pero Noah hizo todo lo contrario.
Su rostro se transformó en una máscara de absoluta crueldad defensiva.
Dio un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que su aliento helado me rozó la frente.
—¿Mis fantasmas? —se mofó con una risa amarga y sibilina que me congeló la sangre—.
No te equivoques, Maia. Lo que pasa es que no soporto que me mires como si me conocieras de algo.
No soporto tu lástima. Me equivoqué la noche de la cena y me equivoqué al tomarme ese café contigo.
Eres una periodista que busca una historia, y yo he cometido el error de dejar que te acerques demasiado a mi familia.
Se acabó el juego. Mantente al margen de mi vida.
Di un paso atrás, como si sus palabras me hubieran dado un bofetón real.
Sentí que palidecía por completo y un nudo asfixiante se me formó en la garganta.
Me estaba acusando de ser un buitre, de usar a su hermana, de jugar con él por una puta crónica.
Apreté los dientes con todas mis fuerzas, tragándome las lágrimas de impotencia, y le sostuve la mirada con la última pizca de dignidad que me quedaba.
—Tienes razón, Hayes —respondí, y me dolió escuchar mi propia voz, tan distante y muerta—. Eres solo un futbolista soberbio y yo solo soy la redactora que cubre tus partidos. No te preocupes, no volveré a cometer el error de ver algo más en ti. Quédate en tu torre de cristal. A solas.
Me di la vuelta y me marché a paso rápido hacia mi coche, sin mirar atrás ni una sola vez, aunque sentía su mirada clavada en mi espalda como un puñal.
Subí al coche y apoyé la frente contra el volante, con la respiración entrecortada mientras las primeras lágrimas de frustración resbalaban por mis mejillas.
Noah había logrado lo que quería: levantar un muro insalvable de hielo entre los dos.
Sabía que no debía volver a acercarme a él, que su fortaleza era demasiado destructiva.
Pero mientras arrancaba el motor y dejaba atrás las instalaciones de la selección, la libreta con las notas sobre el terrible pasado de Peter Caulfield pesaba como el plomo en mi bolso.
La distancia entre nosotros ahora era real, enorme y definitiva, y lo peor de todo era que yo tenía el secreto que podía destruirlo para siempre, y él ni siquiera lo sabía.