CAPÍTULO 15
Maia
El local que Noah había elegido para nuestra cita estaba escondido en una callejuela apartada de Chelsea, lejos del bullicio de las avenidas comerciales y de las miradas indiscretas de los paparazzi.
Era un establecimiento pequeño, de luces tenues y aroma a grano de café tostado, donde los pocos clientes se limitaban a susurrar tras sus periódicos.
Nos sentamos en una mesa del fondo, resguardados por una columna de ladrillo visto.
Pedimos dos cafés que tardaron una eternidad en enfriarse sobre la madera barnizada. El silencio entre nosotros era tan denso que casi se podía cortar, un cable de alta tensión que amenazaba con soltar una chispa al menor movimiento.
Al observarlo de cerca, desprovisto de los focos del Kings Crown Stadium y de las barreras del club, noté algo que me descolocó por completo.
Noah Hayes estaba inseguro. Sus dedos daban toques rítmicos y nerviosos contra la taza de porcelana, y su mirada verde, siempre tan fiera y penetrante sobre el césped, rehuía la mía de manera constante, perdiéndose en los reflejos del ventanal.
Aquella vulnerabilidad no pegaba en absoluto con su fachada pública ni con la actitud arrolladora que demostraba jugando.
El delantero insaciable, capaz de tumbar defensas enteras con un desmarque, parecía ahora un chico atrapado en una encrucijada que lo superaba.
—Bueno —rompí el hielo, apoyando los antebrazos en la mesa y obligándolo a mirarme—.
Supongo que no me has traído aquí para analizar el repliegue táctico del derbi.
¿Qué pasa, Noah? Desde la cena en tu casa actúas como si fuera invisible.
O peor, como si te arrepintieras de haberme dejado entrar en tu vida y, peor aún, de haberme besado.
Que sepas que no soy de las que se deja besar así como así, por si lo estabas pensando.
Noah detuvo el movimiento de sus dedos. Suspiró con una gravedad que le tensó los hombros y, por fin, me clavó esos ojos verdes que me hacían tambalear las ideas.
—No es que seas invisible, Maia. Es que eres peligrosa —admitió con una voz ronca, bajando el tono hasta volverlo un susurro apenas audible.
No me esperaba una respuesta tan directa, que me llegó como una flecha al corazón —.
Lo que pasó la otra noche... ese beso. No debió suceder.
Me pillaste con las defensas bajas por lo de Kimberly y el buenrrollo de la cena, pero las cosas no pueden salirse de lo estrictamente profesional entre nosotros. No nos conviene. A ninguno de los dos.
Una oleada de frío me recorrió el pecho, seguida de una punzada de orgullo que me escoció con fuerza.
Así que era eso. Para él, aquel beso largo y profundo bajo la lluvia, aquella caricia que me había dejado las piernas temblando, no había sido más que un desliz fruto de la debilidad del momento.
Una concesión por lástima o por puro desahogo.
—Entiendo —respondí, esforzándome al máximo para que mi voz sonara firme, teñida de esa ironía profesional que usaba como escudo—.
Así que fue un error de cálculo. Un bache en el camino que el gran Noah Hayes necesita corregir para no desestabilizar su preciosa carrera y la imagen de lobo solitario.
—No lo retuerzas, Maia —me cortó él, y por un instante la fijeza salvaje de su mirada delató que la atracción entre nosotros seguía intacta, quemando con la misma fuerza que aquella noche—.
Sabes perfectamente que no es por mi carrera.
Hay demasiadas cosas en juego. Tú eres periodista y yo...
yo tengo prioridades que no puedo desatender.
No quiero que te hagas ideas equivocadas.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Que sugiriera que yo me estaba haciendo ilusiones o que no comprendía los límites de la situación me pareció de una soberbia intolerable.
Me molestó profundamente su arrogancia defensiva, esa manía de cerrarse en banda en cuanto alguien se acercaba un milímetro a su fortaleza.
—No te preocupes, Hayes, no me hago ninguna idea —le espeté, poniéndome en pie de golpe y cogiendo mi bolso del asiento de al lado—.
No hace falta que me recuerdes quién soy ni cuál es mi trabajo.
Me ha quedado clarísimo. Aunque en poca estima me tienes si crees que no sé separar una cosa de la otra. Disfruta de tu café.
Me di la vuelta y abandoné la cafetería a zancadas, sin esperar a ver su reacción.
Durante todo el trayecto de vuelta a mi piso en el metro, y durante el resto de la tarde, no dejé de dar vueltas a la cabeza.
Estaba furiosa, frustrada y, sobre todo, profundamente confundida.
¿Cómo podía un hombre besar con tanta ternura y luego mostrarse tan sumamente frío y esquivo?
Había una contradicción enorme en su comportamiento, un misterio que iba muchísimo más allá del fútbol o de la simple timidez.
Al llegar a casa, ya de noche, encendí el ordenador de manera mecánica para revisar el correo, necesitaba pensar en otra cosa. En mitad de la bandeja de entrada, un mensaje captó mi atención de inmediato. Provenía de una dirección privada de Liverpool.
Se trataba de un contacto que había hecho semanas atrás en la propia Fundación Hope, un enfermero del turno de noche al que había estado sonsacando información con la excusa de un reportaje sobre salud mental en el deporte.
Como investigar los nombres de los donantes de la clínica había resultado imposible, decidí cambiar de estrategia y pedirle un favor bajo cuerda: que echara un vistazo al registro histórico de pacientes ingresados a largo plazo durante la última década.
Quería saber si había alguien de los círculos futbolísticos, familiares o gente relacionada con famosos.
Mi contacto me adjuntaba una lista escueta con apenas media docena de nombres que cumplían ese perfil. Al repasar el documento, mis ojos pasaron de largo por varios nombres desconocidos hasta que se detuvieron en uno que me hizo fruncir el ceño.
El nombre de Peter Caulfield me resultó extrañamente familiar.
Mi memoria, entrenada para recordar crónicas antiguas y viejas glorias caídas en el olvido, hizo clic de inmediato.
Pasé el resto de la noche pegada a la pantalla del ordenador, devorando archivos digitales y buscando cualquier noticia antigua en internet que contuviera ese nombre.
Las pocas referencias que encontré en la red hablaban de un prometedor centrocampista del Liverpool de finales de los noventa, un jugador tosco pero con una visión de juego brillante cuya carrera se había truncado de golpe a los veintiséis años tras un oscuro incidente doméstico del que los periódicos de la época apenas dieron detalles por motivos legales.
La curiosidad me impidió pegar ojo. Al día siguiente, a primera hora de la mañana, me desplacé hasta la Biblioteca Central de Londres.
Necesitaba acudir a la sección de microfilm y hemeroteca para revisar la prensa física de hace más de quince años, aquella que jamás se había digitalizado ni subido a internet.
Pasé horas revisando los archivos de los tabloides locales de Liverpool de la época, tomando notas a toda prisa en mi libreta.
Al cruzar las fechas de los periódicos con los informes de las clínicas de rehabilitación de la zona, la macabra biografía de Peter Caulfield empezó a dibujarse ante mis ojos de forma nítida.
No era una simple historia de adicciones y juguetes rotos del deporte.
Caulfield había sido un hombre destructivo, alguien que en mitad de sus delirios y sus problemas con el alcohol estuvo involucrado en un suceso gravísimo que casi cuesta la vida de su propia familia antes de ser inhabilitado por completo y recluido en centros psiquiátricos.
Mientras organizaba mis notas sobre la mesa de madera de la biblioteca, un escalofrío me recorrió la espalda.
Todavía no lograba conectar las piezas del puzle ni sabía qué vinculación exacta tenía ese exfutbolista maldito con el delantero estrella del Kingsford, pero mi instinto me decía que Peter Caulfield era la llave maestra para entender el pánico que ocultaba Noah Hayes tras su mirada verde.
Pero no quise dar ninguna suposición por cierta hasta tener todos los datos que pudieran corroborarlas.
Varios días después, en los que no supe nada de Noah, la rutina de la competición liguera se detuvo por el parón de selecciones.
Algunos de los mejores jugadores de la Premier League se concentraron con sus respectivos combinados nacionales en las instalaciones deportivas de la federación inglesa, a las afueras de Londres, y Noah Hayes se encontraba entre los convocados.
Como era habitual en estos parones, el departamento de prensa de la selección organizó el famoso Media Day .
Era una jornada caótica y bulliciosa diseñada para los medios de comunicación, donde los entrenamientos se abrían por completo a los periodistas gráficos y las cámaras de televisión.
Los futbolistas interactuaban entre ellos sobre el césped, bromeando y realizando ejercicios de posesión específicos para facilitar las fotografías y los reportajes de las cadenas internacionales.
Yo me encontraba a pie de campo, con mi libreta de notas en la mano y la acreditación de Tactical Football colgando del cuello, junto a un grupo de redactores que comentaban el estado de forma de los delanteros.