CAPÍTULO 14
Noah
Durante el trayecto de vuelta a mi habitación tras su marcha, el silencio de la noche se me hizo insoportable.
Tenía los labios todavía encendidos por el tacto de los suyos y el aroma a jazmín de su piel flotando en mis manos.
No lograba comprender cómo me había atrevido a dar ese paso.
Yo, que llevaba años calculando cada movimiento, cada distancia y cada palabra para no dejar ningún flanco descubierto, me había saltado mis propias líneas rojas por el simple hecho de verla sonreír bajo la luna.
Había sido un beso precioso, sí, pero también un error estratégico monumental.
Una voz interna, fría y pragmática, me repitió durante toda la madrugada que no debía acercarme más a ella.
Maia seguía siendo una periodista en busca de titulares.
Por muy íntegra que se hubiera mostrado con mi hermana, su profesión consistía en desvelar lo que otros ocultaban, y yo arrastraba demasiados cadáveres en el armario como para permitirme el lujo de enamorarme del sabueso.
Los días posteriores a la cena se convirtieron en una auténtica tortura psicológica.
El calendario de la Premier no daba tregua y nos enfrentamos a dos partidos consecutivos en casa.
Cada vez que saltaba al césped para el calentamiento, mi mirada se desviaba de manera inconsciente hacia la tribuna de prensa del Kings Crown Stadium, buscando su melena castaña entre la multitud de cronistas.
Cuando la localizaba, una inquietud sorda me atenazaba las entrañas, entorpeciendo mi concentración.
Lo mismo ocurría en las ruedas de prensa colectivas; sentir sus ojos fijos en mí desde la tercera fila, estática y en silencio, me obligaba a medir cada respuesta con una rigidez que McGregor no tardó en notar.
El domingo por la tarde llegó el momento de despedir a mi madre y a Kimberly en la estación de Euston para su regreso a Liverpool. Mientras esperábamos el anuncio del tren en el andén, intenté quemar mi última baza para convencerlas.
El bullicio de la estación de Euston a esa hora de la tarde era ensordecedor.
El ruidoso viento helado se colaba por los andenes, arrastrando el eco de los avisos por megafonía y el traqueteo de las maletas sobre el suelo de piedra.
Me subí el cuello del abrigo y hundí las manos en los bolsillos, buscando un calor que no terminaba de llegar, mientras contemplaba a mi madre y a Kimberly.
Aproveché que faltaban quince minutos para la salida de su tren hacia Liverpool para volver a poner las cartas sobre la mesa. No quería que se marcharan, no ahora que las tenía cerca.
—Sigo pensando que os deberíais instalar conmigo de forma definitiva lo antes posible —les insistí, rompiendo el silencio que se había instalado entre los tres—. Ya habéis visto la casa. Está lista, es segura y allí nadie os va a molestar.
Kimberly desvió la mirada hacia las vías, mordiéndose el labio, pero yo mantuve los ojos fijos en mi madre. Ella suspiró, ajustándose la bufanda con un deje de cansancio que me encogió el corazón.
—Noah, hijo, no es tan fácil dejarlo todo de la noche a la mañana —respondió ella en un hilo de voz, esquivando la firmeza de mi propuesta—.
En Liverpool tenemos nuestra rutina. Tu padre está allí, en el centro, y no quiero desentenderme de él.
A pesar de todo lo que nos ha tocado vivir...
siento que debemos estar cerca, por si nos necesita.
Una punzada de amargura y rabia contenida me tensó la mandíbula de golpe.
Me dolió escucharla hablar así, con esa lealtad ciega que casi nos cuesta la vida a todos.
Nunca entendí esa actitud hacia él cuando lo que debería haber hecho desde el primer momento era largarse bien lejos.
Di un paso hacia ella, bajando el tono para que los pasajeros que abarrotaban el andén no pudieran escucharnos.
—De verdad que no te entiendo, mamá —dejé caer, y la crudeza de mis palabras sonó fría, casi cortante—.
No entiendo cómo puedes seguir queriendo estar cerca de él.
No después de lo que hizo. Lo de la clínica es lo de menos, los dos sabemos perfectamente que lo que pasó hace diez años fue muchísimo peor que una simple adicción.
Nos destrozó la vida, estuvo a punto de acabar con nosotros.
Deberías pasar página de una vez. Allí está cuidado y nunca dejaré de pagar esas cuentas, aunque no se lo merezca.
Es más, creo que es dañino para ti. ¿Nunca vas a soltar?
No le debes nada. Piensa en ti de una vez, piensa en Kim.
Mi madre palideció y bajó la cabeza, incapaz de sostener la verdad de mi mirada. El peso de ese secreto, de aquello tan grave que permanecía oculto para el resto del mundo pero que a nosotros nos había marcado a fuego, volvió a flotar entre nosotros como un fantasma del que no podíamos escapar.
Para destensar el ambiente, me giré hacia mi hermana, con toda la suavidad que pude en mi voz.
—Además, Kim, tienes que empezar la universidad este mismo año y Londres es el mejor lugar del mundo para ello —le recordé, buscando su complicidad, a pesar de haberlo hablado muchas veces en casa—.
El campus de musicología que visitaste con mamá el otro día es uno de los más prestigiosos del país.
Tienen unos estudios de grabación increíbles y un programa que no vas a encontrar en el norte.
Te vendría bien un cambio de aires definitivo. Olvidarte de todo aquello.
Kimberly miró a nuestra madre con los ojos abiertos de par en par, encendidos por una ilusión desbordante que no pudo ni quiso disimular.
Le había encantado la energía de la ciudad, el ambiente cultural de las calles que habíamos recorrido y, sobre todo, la posibilidad real de estudiar lo que verdaderamente le apasionaba en una facultad moderna, lejos de las sombras del pasado que aún la perseguían en Liverpool.
—A mí me encantaría, Noah —susurró Kim, agarrando la manga de la chaqueta de nuestra madre con timidez—. El campus es precioso y el programa es lo que me gustaría estudiar. Mamá, piénsatelo, por favor. Sería como empezar de nuevo. Las dos.
—Lo pensaré, Noah, te lo prometo —respondió mi madre, suavizando la tensión con una caricia en mi brazo—. Déjanos volver, organizar las cosas allí y asimilar todo esto. Ha sido un viaje muy intenso.
Antes de subir al vagón, Kimberly esperó a que mi madre se adelantara con las maletas para quedarse rezagada un instante conmigo. Me clavó una mirada cómplice que me puso a la defensiva de inmediato.
—Le gustas, Noah —me soltó a bocajarro, con esa naturalidad que a veces me asustaba—. Y ella a ti te vuelve loco, se te nota en los ojos cada vez que sale su nombre. ¿Por qué no la llamas y quedas con ella a solas? No seas tan cobarde.
No supe qué responder. Le di un beso de despedida en la frente, las dos subieron y, en pocos minutos, vi cómo el tren se alejaba hacia el norte, dejándome a solas con mis dudas en mitad del bullicio de la estación.
Para colmo de males, la presión no solo venía de mi familia. En el vestuario, mi adaptación iba por buen camino y había hecho buenas migas con Ethan y Seb, dos de los centrocampistas veteranos del equipo.
El martes, después de la sesión de baño y masaje, me encontraba en los bancos del vestuario terminando de abrocharme las zapatillas. Ethan y Seb estaban sentados un par de metros más allá, revisando los últimos análisis de la prensa en una tablet mientras compartían un batido de proteínas.
—Vaya, Hayes —soltó Seb de pronto, levantando la vista de la pantalla con una sonrisa burlona—.
Tienes que leer la crónica técnica que han subido hoy los de Tactical Football .
Menudo repaso te da la Thawne con los movimientos de arrastre del último partido.
Dice que juegas con el freno de mano puesto.
—Esa mujer no te pasa ni una, tío —se mofó Ethan, soltando una carcajada mientras se apoyaba en la taquilla—. Es alucinante. Cada vez que hay rueda de prensa, os lanzáis unas miradas que parece que vais a sacar los cuchillos en mitad de la sala.
Sentí una punzada de incomodidad en el estómago, pero me esforcé por mantener el rostro completamente inexpresivo. Cogí mi camiseta de entrenamiento de la percha con la intención de fingir una indiferencia que no sentía en absoluto.
—Es periodista, es su trabajo, supongo —respondí con voz plana, cortando el tema—. Analiza lo que ve en el campo y ya está. Tampoco le presto tanta atención.
—Ya, claro, lo que tú digas —replicó Seb, guiñándole un ojo a Ethan con evidente picardía—.
Pero aquí el amigo y yo llevamos los suficientes años en esto como para saber que los que tanto se pelean, al final se desean.
Es un clásico. Entre el pique que os traéis en los micrófonos y la forma en que os vigiláis en el túnel de vestuarios, hay más tensión ahí que en una final de Copa.
Se nota a la legua que te tiene ganas, Hayes, aunque sea para morderte.
—O para otra cosa —añadió Ethan con tono de guasa, dándole un empujón amistoso en el hombro a Seb—. Vigila tus espaldas en la próxima zona mixta, coloso, no vaya a ser que la redactora estrella te meta un gol por la escuadra fuera del campo.
Me limité a negar con la cabeza, esbozando una media sonrisa forzada para quitarle hierro al asunto antes de ponerme la camiseta y enfilar la puerta hacia el gimnasio.
No añadí nada más. Sus bromas, aunque nacían del típico compadreo del vestuario, me habían dejado el pulso alterado.
Ellos lo veían como un entretenimiento divertido, un simple flirteo de oficina entre un jugador y una periodista analítica, pero la realidad era que el recuerdo de su boca bajo la lluvia seguía actuando como un cable de alta tensión dentro de mi cabeza, además, el miedo a que descubriera la recaída de mi padre o el entramado de la Fundación Hope actuaba como un freno de mano insuperable.
El punto de inflexión se produjo el viernes siguiente, al finalizar la rueda de prensa previa al derbi del fin de semana.
Como venía siendo habitual desde que me ayudó a encontrar a mi hermana, Maia no había sido incisiva conmigo durante la ronda de preguntas; se había limitado a formular un par de cuestiones técnicas sobre el repliegue defensivo del rival, dándome un respiro que agradecí enormemente.
Al concluir el acto, los periodistas comenzaron a recoger sus ordenadores y a desalojar la sala de prensa por el pasillo lateral que conectaba con la zona mixta.
Yo caminaba despacio hacia la salida de jugadores cuando su silueta se interpuso en mi camino.
Nos cruzamos justo en el umbral de la puerta, un rincón con menos iluminación donde el tránsito de personas obligaba a ralentizar el paso.
Temía este momento desde hacía días, todos los que habían transcurrido desde el beso y sin que ninguno de los dos volviera a sacar el tema ni hacer nada por volver a vernos.
Sé que no estuvo bien poner esa distancia, pero es que estaba hecho un lío.
No quería quedar como el futbolista que se aprovecha de su fama para besar a una chica, ni abrirle de par en par mi vida porque tampoco deseaba una relación en la que seguir ocultando mi realidad.
No sería justo. Con esa duda constante en mi mente fueron avanzando los días hasta ese momento en que cruzarnos fue inevitable y lo tenía que afrontar.
—Vaya, Hayes —comentó ella en voz alta, con la cabeza ladeada y una sonrisa cargada de una ironía muy afilada—. Veo que hoy has aprendido a responder sin morderte la lengua. Tu análisis sobre el tercer hombre en el centro del campo ha sido casi aceptable.
—Intento estar a la altura de tus elevadas exigencias periodísticas, Thawne —le devolví la pulla, cruzándome de brazos y sosteniéndole la mirada con el mismo tono cínico—.
Aunque ya sabes que los futbolistas no tenemos tanta imaginación como los que escribís las crónicas desde la comodidad de la tribuna.
A nuestro alrededor, varios redactores de otros medios pasaron de largo, riéndose del intercambio de golpes y tomándolo como el típico pique folclórico entre el delantero estrella y la analista de moda.
Sin embargo, en cuanto el grueso del grupo se alejó unos metros por el pasillo, la máscara cayó de golpe.
La fricción profesional mutó en una tensión ambiental sofocante.
Maia dio medio paso hacia delante, reduciendo la distancia hasta que su aroma a jazmín anuló cualquier otra percepción en mis sentidos. Me clavó sus ojos castaños con una fijeza que me cortó la respiración.
—¿Qué está pasando, Noah? —me preguntó con un hilo de voz, un susurro apenas perceptible que no pretendía verbalizar el beso ni el distanciamiento de los últimos días por la presencia de testigos, pero cuyo significado exacto capté al vuelo.
Había una mezcla de reproche y de urgencia en sus pupilas que me desarmó por completo.
Sentí un vuelco violento en el pecho. La frialdad y las barreras que tanto me había esforzado en construir durante la semana se agrietaron ante la proximidad de su boca.
—Vamos a tomarnos un café. Fuera de aquí. Y hablemos —le respondí, en un susurro que volvió áspero y rotundo mi tono de voz, incapaz de seguir sosteniendo esa ridícula farsa por más tiempo.
Maia sostuvo mi mirada unos segundos, asimilando la seriedad de mi propuesta, antes de asentir despacio y dar un paso atrás para recuperar la distancia profesional antes de que alguien se girara.
Me quedé clavado en el umbral del pasillo, mientras la veía alejarse hacia la salida, con la certeza absoluta de que esa tarde la verdad y el deseo iban a colisionar de manera inevitable.