El secreto del fichaje estrella (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 2) CAPÍTULO 13
41%

CAPÍTULO 13

Maia

El recuerdo de los soportales del mercado de Leadenhall me acompañó durante toda la semana.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir el impacto de los brazos de Noah envolviéndome, una presión firme, desesperada y desprovista de cualquier tipo de máscara profesional.

El delantero inalcanzable, el chico de los ochenta millones, se había quebrado un instante contra mi hombro, susurrándome un ruego que no nacía de la soberbia, sino del miedo más puro a perder el control sobre su vida  a la persona que más quería.

Había visto su grieta. Y lo que era más perturbador: él me había permitido verla.

Cumplí mi palabra a rajatabla. No registré ningún dato en los ordenadores de la revista, no comenté el episodio con mis compañeros de redacción y archivé mis notas mentales sobre la Fundación Hope en el rincón más hondo de mi cerebro.

El juego había cambiado. Noah ya no era un enigma táctico que descifrar ni un perfil que publicar; se había convertido en un hombre real, con una hermana vulnerable que se abrigaba con mi gabardina y una madre que me apretaba las manos con los ojos llenos de lágrimas y agradecimiento.

Vi en ellos a una familia tan unida como atormentada y no iba a ser yo quien hurgara en esa herida que querían tapar.

La sorpresa llegó el jueves por la tarde, en forma de un mensaje de texto corto y formal desde el número privado de Noah.

« A mi madre y a Kimberly les gustaría invitarte a cenar mañana en casa para agradecerte lo del otro día. Sé que es una molestia, pero insisten mucho. Si te viene bien, te paso la dirección, pero no te sientas obligada. Noah ».

El corazón me dio un vuelco contra las costillas. Me quedé con la mirada perdida unos segundos frente a la pantalla antes de teclear una respuesta afirmativa.

El viernes por la noche, mientras conducía mi pequeño utilitario hacia la urbanización privada de las afueras, los nervios me atenazaban el estómago.

El control de seguridad de la entrada me hizo sentir fuera de lugar, y cuando por fin estacioné frente a la imponente fachada de la propiedad, tuve que respirar hondo tres veces antes de apagar el motor.

Fue Kimberly quien me abrió la puerta. Su sonrisa gigante y su abrazo espontáneo disiparon la tensión de golpe.

—¡Maia! Qué alegría que hayas venido —exclamó la chica, tirando de mi mano hacia el interior de la vivienda.

Al cruzar el umbral, me quedé muy sorprendida con la decoración.

La casa era espectacular, de líneas puras, techos altísimos y enormes cristaleras que daban a un jardín sumido en la penumbra.

Sin embargo, resultaba llamativamente minimalista, casi desalmada.

Los muebles eran de un diseño impecable pero frío, de tonos neutros, y no había apenas objetos personales en las estanterías de obra.

Parecía la suite de un hotel de superlujo más que un hogar familiar.

Noah apareció por el pasillo lateral, vestido con unos vaqueros oscuros y un jersey de punto gris que acentuaba la anchura de sus hombros. Al cruzarse con mi mirada, sus facciones se suavizaron sutilmente, desprovistas de la rigidez de nuestros encuentros en el club.

—Vaya casa, Noah —comenté, ladeando la cabeza mientras contemplaba el salón—. Es impresionante. Tienes un gusto excelente.

—No tiene ningún mérito, estaba así amueblada cuando firmé el contrato de alquiler —respondió él con una media sonrisa, metiéndose las manos en los bolsillos—.

Me resultaba cómoda y segura, pero no he tocado nada.

Ojalá fuera mía de verdad y tuviera tiempo para pensar en estas cosas y personalizarla.

Espero que mi madre me ayude a darle un toque más hogareño.

Mientras su madre terminaba de ultimar los detalles de la cena en la cocina, Kimberly me guio por el salón para enseñarme el equipo de música que Noah le había comprado esa misma semana.

Mientras caminábamos, mi ojo de periodista, habituado a escanear los detalles del entorno, no pudo evitar fijarse en un mueble aparador donde reposaban tres fotografías enmarcadas, las únicas por el momento: una de Kimberly de pequeña, otra de la madre sonriendo en un parque y una de Noah celebrando su primer gol en el fútbol profesional.

En esos pocos lugares donde había puesto fotos, no había ni rastro de una figura paterna.

Ninguna mención, ninguna imagen antigua, ningún hueco que sugiriera su existencia.

Registré el detalle en silencio y me hice la firme promesa de no tocar ese tema bajo ningún concepto. El pacto de confianza seguía vigente.

—Me apasiona la música y colecciono cedés de mis grupos preferidos —me contó Kimberly, sentándose en la alfombra junto al equipo mientras sacaba uno de su funda—. En Liverpool suelo ir a todas las tiendas de segunda mano que puedo. Noah me ha traído este de una tienda del centro.

Nos enfrascamos en una conversación fluida sobre grupos independientes británicos de los noventa.

Para mi sorpresa, compartíamos exactamente los mismos gustos musicales; conocíamos las caras B de las mismas bandas y recordábamos los mismos festivales de la televisión, a pesar de la diferencia de edad.

La conversación se volvió tan divertida y cotidiana que me olvidé por completo de que estaba en la casa del jugador más cotizado de la Premier League.

Noah se limitaba a escucharnos desde el sofá, con una expresión de paz y relajo que transformaba por completo sus ojos verdes.

Verlo sonreír de esa manera, disfrutando de la normalidad de su hermana, me aceleró el pulso de una forma nueva.

Sin duda, entre ellos había una conexión especial.

Desde que Kim se extravió, pensé que ya no era una niña para que Noah la sobreprotegiera tanto, así que ahí debería haber uno de sus puntos débiles.

Vi, de una manera clarísima, que lo que le ocurriera a ella le afectaba como si fuera a él mismo.

¿Tendrían un pasado complicado que le llevara a actuar así?

Saqué la idea de mi cabeza; no había aceptado la cena para indagar en el jugador, sino para pasar un rato agradable con su familia.

A mitad de la noche, Noah se levantó para ir a la cocina a ayudar a su madre con las bandejas del postre. En cuanto sus pasos se alejaron por el pasillo, Kimberly se inclinó hacia mí sobre la mesa, con los ojos brillándole de pura picardía.

—Te gusta mi hermano, ¿verdad? —me preguntó a bocajarro, en un susurro cómplice.

Sentí cómo un calor súbito me encendía las mejillas de golpe. Me sonrojé de manera inevitable, atrapada por la astucia de la chica, e intenté buscar una salida elegante para desviar la respuesta antes de quedar en evidencia.

—Bueno... es un futbolista muy interesante de analizar, ya sabes que lo mío es la táctica de los jugadores, la esencia que plasman en su juego... —empecé a decir, pero Kimberly me cortó con una risita suave.

—No me refiero al fútbol, Maia —me interrumpió, guiñándome un ojo—. Sé cómo lo mira la gente, sobre todo quienes lo admiran o las chicas, pero tú lo miras de otra manera. Y lo mejor es que él también te mira a ti como no ha mirado a nadie en años. Se le nota en la cara. Solo quería que lo supieras.

Noah y su madre volvieron con el postre y la cena terminó entre risas y anécdotas locales de Liverpool que la madre relató con una timidez entrañable.

Hacia la medianoche, me puse la gabardina para marcharme.

La madre y Kimberly se despidieron de mí en el porche con sendos abrazos cargados de afecto, y Noah se ofreció a acompañarme hasta el coche, que estaba estacionado a unos metros, junto al camino de entrada.

La noche se había vuelto completamente silenciosa y oscura.

La lluvia, que había dado una tregua, dejó el asfalto brillante bajo la luz de la luna y un aroma a tierra mojada que lo envolvía todo.

Caminamos uno al lado del otro, sin prisa, manteniendo una distancia mínima que hacía que nuestras chaquetas se rozaran a cada paso.

Al llegar junto a la puerta del conductor, me giré para mirarlo.

Noah se detuvo a un palmo de mí. La penumbra de la urbanización suavizaba las líneas de su rostro, y sus ojos verdes me observaban con una intensidad salvaje, un magnetismo puramente físico que me cortó la respiración de inmediato.

La corriente eléctrica que siempre fluctuaba entre nosotros regresó de golpe, multiplicada por el silencio de las afueras.

—Gracias por venir, Maia —pronunció mi nombre con esa voz ronca que me erizaba la piel—. Y gracias por lo del otro día. No sé qué habría hecho si...

—No tienes que darme las gracias por nada, Noah —lo interrumpí con suavidad, dándole un sutil toque en el brazo—. Te lo dije en el mercado y te lo repito hoy: lo que conozco de tu familia está a salvo conmigo. No soy esa clase de persona.

Noah guardó silencio, pero sus ojos descendieron un instante hacia mis labios antes de regresar a los míos.

Vi cómo flaqueaba su última línea de defensa.

Dio un paso al frente, acortando la distancia que nos separaba hasta que sentí el calor de su pecho contra el mío, y levantó una mano despacio, rozando la línea de mi mandíbula con las yemas de sus dedos.

Su tacto era cálido, tembloroso y de una ternura que me conmovió por dentro.

Se inclinó despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme si así lo deseaba, pero no lo hice. Contuve el aliento y cerré los ojos en el instante en que sus labios encontraron los míos.

Fue un beso precioso, largo y pausado, cargado de una emoción contenida que llevaba semanas buscando una salida.

No había prisa, ni la urgencia de nuestros piques profesionales; era una caricia profunda que sabía a alivio, a gratitud y a un deseo latente que nos hizo perder la noción del tiempo bajo el cielo estrellado de Londres.

Noah me rodeó la cintura con el otro brazo, pegándome a su cuerpo con una firmeza que me hizo temblar las piernas, mientras yo hundía los dedos en el punto de su jersey, aferrándome a él.

Cuando nos separamos despacio, nuestras respiraciones se mezclaron en el aire húmedo de la noche. Noah mantuvo la frente apoyada contra la mía unos segundos, con los ojos cerrados, respirando hondo, como si intentara asimilar el vuelco que acababa de dar nuestro mundo.

Se apartó unos centímetros, me dedicó una mirada cargada de una dulzura inédita y me abrió la puerta del coche con un gesto caballeroso.

—Conduce con cuidado, por favor —me pidió en un susurro, acariciando mi hombro una última vez.

Subí al coche con el corazón desbocado y las manos temblorosas sobre el volante.

Arranqué el motor y salí de la propiedad; por el retrovisor vi que se había quedado de pie junto al camino, sin dejar de seguirme con la mirada hasta que giré hacia la calle principal de la urbanización.

Conduje de regreso a Londres con una sonrisa involuntaria dibujada en los labios, sabiendo que la frontera que nos dividía se había disuelto por completo en mitad de la noche.