CAPÍTULO 12
Noah
La mañana había comenzado con una mezcla inusual de ilusión y nerviosismo.
Por primera vez desde que salté al fútbol profesional, mi madre y mi hermana Kimberly habían viajado para visitarme.
Durante mi etapa en España, la distancia, el idioma y el miedo constante a que alguien las localizara hicieron imposible que vinieran a verme jugar.
Pero ahora, con el club facilitándome un palco privado blindado para los familiares y la seguridad de la nueva casa de las afueras, por fin se habían atrevido a dar el paso.
Las dejé en el centro de la ciudad a primera hora de la mañana para que pasearan y conocieran un poco los alrededores antes de mi entrenamiento.
Kimberly estaba entusiasmada con la idea de ver las tiendas y los edificios históricos, y yo me marché hacia las instalaciones del Kingsford FC con una extraña sensación de ligereza en el pecho.
Esa paz, sin embargo, saltó por los aires a mitad de la sesión táctica.
Estábamos en mitad de un partido de entrenamiento cuando vi a uno de los ayudantes de McGregor hacerme señas urgentes desde la banda, sosteniendo mi teléfono móvil en la mano.
El corazón me dio un vuelco. Corrí hacia el lateral del campo, me sequé el sudor de la frente con el dorso de la mano y cogí el aparato con dedos temblorosos.
—¿Noah? ¡Noah, por favor, ven! —la voz de mi madre llegó al otro lado de la línea completamente rota por el llanto, lo que desató el pánico en mis entrañas—.
Estábamos en una avenida grande, cerca de unos edificios de oficinas...
Kimberly se ha despistado un segundo para mirar un escaparate y ya no está.
La he buscado por todas partes, Noah. No aparece.
No conoce la ciudad, no responde al móvil y debe estar asustada. No sé qué hacer.
—Mamá, escúchame. Mantén la calma —le pedí, aunque a mí me temblaban las piernas—. Quédate exactamente donde estás, en un sitio visible. Voy para allá ahora mismo. ¿Dónde estáis exactamente? ¿Qué ves a tu alrededor?
—No lo sé muy bien, hijo... Es una zona llena de oficinas y ejecutivos.
Estamos justo al lado de un mercado cubierto muy antiguo, con pasillos de madera y techos pintados de verde y rojo...
Leadenhall, creo que se llama el mercado.
Hay un edificio enorme con forma de pepino de cristal un poco más adelante. No sé hacia dónde ir, Noah.
Se me cortó la respiración. El mercado de Leadenhall y la zona financiera de la City.
—No te muevas de donde la viste por última vez por si ella vuelve. Te llamo enseguida. Y si ves a algún policía, díselo.
Colgué el teléfono con el pulso a mil revoluciones por hora.
Entré en las oficinas del club a la carrera, todavía con las botas de tacos puestas, buscando desesperadamente a Olivia Ward para que me ayudara a gestionar la situación, pero su secretaria me informó de que estaba en una reunión crucial con los inversores en la otra punta de Londres y tenía el teléfono apagado.
McGregor intentó calmarme, y un par de compañeros del vestuario se ofrecieron a cambiarse a toda prisa para acompañarme en el coche, pero el trayecto hasta el centro de la ciudad requería casi una hora por culpa del tráfico del mediodía.
Yo estaba lejos, atrapado en la periferia, y mi hermana estaba sola y desorientada en mitad de una metrópolis desconocida.
Desesperado, en mitad del pasillo de las oficinas, abrí la agenda del teléfono. Mi vista pasó de largo por los contactos de los directivos y los representantes, hasta que se detuvo en un nombre concreto.
Maia Thawne.
No me detuve a analizar el orgullo, ni la rivalidad, ni el hecho de que fuera la periodista que andaba husmeando en mi vida.
Mi mente solo registró un dato objetivo: Maia trabajaba justo en esa zona del centro, era joven, se movía por esas calles todos los días, conocía la ciudad a la perfección y tenía una agudeza mental que ya me había demostrado de sobra.
Si alguien podía reaccionar con rapidez y eficacia en ese distrito, era ella.
Marqué su número con la respiración entrecortada. Respondió al segundo tono, con su habitual voz profesional.
—¿Noah? ¿Quieres hacerme más advertencias sobre mi trabajo? —preguntó, con ironía.
—Maia, por favor, necesito tu ayuda —solté, tragándome cualquier atisbo de reservas—.
No sé si es lo apropiado, pero…, por favor, necesito…
—gemí—. Mi hermana Kimberly se ha perdido.
Estaba con mi madre por la zona de tu oficina, junto al mercado de Leadenhall.
Se ha despistado y no la encuentran. Yo estoy en el campo de entrenamiento, el tráfico es un caos y voy a tardar demasiado en llegar.
Por lo que más quieras, Maia... si tienes un momento, mi madre está sola y no sabe qué hacer.
Es una chica de decisiete años, delgada; lleva una chaqueta vaquera clara y el pelo castaño recogido en una trenza.
Se produjo un segundo de silencio absoluto al otro lado de la línea, el tiempo justo para que ella procesara la gravedad de mi petición y el hecho de que el hermético Noah Hayes la estuviera llamando al borde de las lágrimas.
—No te preocupes, Noah. Salgo ahora mismo —respondió ella, y el tono profesional mutó en una calidez firme y resolutiva que me devolvió el aliento—.
Conozco perfectamente los alrededores de la oficina y las plazas peatonales que hay detrás.
Quédate tranquilo y conduce con cuidado.
Voy a buscarla. Si puedes, pásame una foto.
Colgó. Le envié una foto que nos habíamos tomado el día anterior en mi casa y me cambié de ropa a una velocidad ridícula, subí al coche junto a Seb y Ethan, dos compañeros del equipo que se negaron a dejarme solo, y salí hacia el centro de Londres, desafiando los límites de velocidad bajo la lluvia.
El trayecto fue una auténtica tortura de retenciones y semáforos en rojo que me crispó los nervios.
Cuando por fin logramos estacionar cerca de la avenida principal del distrito financiero, bajé del coche y corrí hacia la dirección que mi madre me había indicado por mensaje.
Al doblar la esquina de una calle peatonal, cerca de una pequeña plaza con soportales donde la gente se refugiaba de la lluvia, me detuve en seco.
Ahí estaban.
Maia había llegado mucho antes que yo. Estaba sentada en un banco de piedra resguardado de la lluvia, junto a mi hermana Kimberly.
Le había echado su propia gabardina de color arena por los hombros para abrigarla y sostenía entre las manos dos vasos de cartón con chocolate caliente que acababa de comprar en un puesto cercano.
Kimberly, aunque todavía tenía los ojos enrojecidos por el susto, sonreía levemente mientras escuchaba a Maia, que le hablaba con una suavidad y una ternura que me conmovieron las entrañas.
Mi madre estaba al lado, visiblemente más tranquila, agradeciéndole el gesto con las manos en el pecho.
Maia no había hecho magia; simplemente había aplicado el sentido común de una buena periodista, recorriendo las cafeterías y los soportales resguardados donde una chica asustada buscaría refugio de la tormenta, según me contó más tarde cuando volvimos a la calma.
Me acerqué a ellas a zancadas, con el pecho agitado y la respiración rota.
Kimberly, al verme, se puso en pie y corrió a refugiarse en mis brazos.
La estreché contra mí con una fuerza desmedida, oculté el rostro en su cabello, y sentí cómo la tensión acumulada de la última hora amenazaba con desbordarme por completo.
—Estás bien, estás bien... Ya estoy aquí, pequeña —le repetí contra la sien, con la voz entrecortada, mientras la acunaba levemente en el sitio para asegurarme de que era real.
Kimberly se separó un poco, lo justo para mirarme. Tenía las mejillas coloradas por el frío y los ojos todavía empañados por las lágrimas, aunque el temblor de sus manos ya había empezado a remitir gracias al chocolate caliente que Maia le había comprado.
—Lo siento muchísimo, Noah. De verdad, perdóname —consiguió articular, con la voz quebrada por la culpa—.
Todo ha sido por mi culpa. Me distraje con el escaparate de una tienda de música que tenía unos vinilos antiguos en la entrada.
Me pareció escuchar tu nombre dentro del local y entré sin avisar a mamá, pensando que estarías saliendo en alguna televisión.
Cuando quise darme cuenta, salí por la puerta contraria y todas las calles me parecieron exactamente iguales.
Me agobié tanto que me bloqueé por completo.
—No pasa nada, Kim. Olvídalo. Lo importante es que no te ha pasado nada —la tranquilicé, apartándole un mechón de pelo mojado de la cara; el miedo a que le pasara algo otra vez era demasiado fuerte—. Menos mal que Maia te encontró.
—Ha sido encantadora, Noah —asintió mi hermana, mirando de reojo a la periodista con una gratitud infinita—.
Estaba muy asustada, llorando en un rincón de los soportales porque no tenía cobertura en el móvil, y ella se acercó y me dijo que la habías avisado y que ya venías de camino. Si no llega a aparecer...
—Ya pasó, ya estás a salvo —la interrumpí con dulzura, dándole un beso en la frente antes de volver a estrecharla contra mi pecho.
Mis compañeros de equipo se quedaron un paso atrás, charlando con mi madre y restándole importancia al asunto para rebajar el drama.
Tras asegurarme de que mi hermana estaba perfectamente, me separé un poco y miré a Maia.
Ella se había puesto en pie, desprovista de su gabardina, vestida solo con un jersey fino bajo la fina lluvia que empezaba a colarse bajo el soportal.
Me acerqué a ella despacio. Sentía los ojos húmedos, el pulso alterado y una gratitud tan inmensa que me nublaba el juicio.
Sin importarme la presencia de mis compañeros, ni la calle, ni el hecho de que estuviéramos a las puertas de su propio entorno laboral, di un paso al frente y la envolví en un abrazo corto pero de una intensidad arrolladora.
Maia se tensó por la sorpresa durante una milésima de segundo, pero de inmediato correspondió al gesto, apoyando una mano en mi espalda con una suavidad que me apaciguó el alma.
El aroma a jazmín de su piel volvió a inundarme los sentidos, pero esta vez no traía hostilidad, sino una paz absoluta.
Me incliné hacia su oído, rozando apenas su mejilla con mis labios húmedos por la lluvia, y le susurré con la voz rota por la emoción:
—No cuentes esto. Por favor.
Me refería a todo, a la existencia de mi hermana, a mi vulnerabilidad, al hecho de haberla llamado a ella antes que a nadie.
Me separé despacio, y sostuve sus hombros entre mis manos.
Maia me miró con sus ojos castaños, desprovistos de cualquier brillo de astucia periodística o de ironía.
Me dedicó una sonrisa amable, sincera y reconfortante que me llegó directamente al corazón.
—Descuida, Noah —me respondió en un susurro, manteniendo la voz baja para que nadie más nos escuchara—. No soy de esa clase de periodistas. No utilizo estas cosas. Gracias por confiar en mí.
—Te debo una. No sabes cuánto te lo agradezco. Ella es lo más importante de mi vida.
Tras decir esas palabras, me quedé clavado en el sitio, contemplándola en silencio mientras ella daba un paso atrás y se despedía de mi familia con un gesto cariñoso antes de enfilar el camino de vuelta hacia su redacción.
Seguí su silueta con la mirada hasta que la lluvia la difuminó por completo al girar la esquina, con los hombros firmes, y supe con total certeza que las reglas del juego habían saltado por los aires para siempre.
Maia Thawne acababa de derribar la fortaleza que tanto me había costado levantar, pero esta vez no lo había hecho con preguntas afiladas, sino con una humanidad que me había dejado completamente desarmado ante ella.